Y otras historias sobre el inconsciente
Stephen Grosz: «El dolor es el mejor instrumento que tenemos para saber qué amamos»
El psicoanalista estadounidense afincado en Londres comparte en «Trabajos de amor» (Debate, marzo de 2026) una colección de historias clínicas sobre la única tarea que importa. Cuarenta años de consulta, dos libros traducidos a treinta idiomas y una posición incómoda: el psicoanálisis tiene más futuro ahora que cuando empezó.
Por Daniel Arjona

Stephen Grosz. Crédito: Bettina Von Zwehl.
Una noche de noviembre de 1989, en Londres, Stephen Grosz (1952) recibió la llamada de una mujer que no podía dormir. Llevaba días con las sesenta invitaciones de su boda guardadas en una bolsa bajo el escritorio, sin atreverse a enviarlas, sin atreverse a contárselo a su prometido. La citó para el día siguiente. Sophie llegó tarde, vestida de negro, sin quitarse el abrigo. La noche anterior, contó, había soñado que la conducían a una cámara de gas junto a sus padres. Hablaron noventa minutos. El lunes, las invitaciones ya estaban en el correo.
Esta historia abre Trabajos de amor (Debate), el segundo libro de Grosz, psicoanalista nacido en Estados Unidos en 1952, formado en Berkeley y Oxford, instalado en Londres y profesor del Instituto del Psicoanálisis del University College. Su primer libro, La mujer que no quería amar, condensó en piezas breves las cincuenta mil horas que llevaba dedicadas a escuchar a sus pacientes. Se tradujo a más de treinta idiomas y reveló a un autor capaz de hacer literatura con materiales que la profesión guarda bajo la mesa. Vuelve ahora a esa misma forma para escribir sobre lo que el psicoanálisis nombra con vocabulario propio y la calle resume en una palabra inevitable.
Su tesis, apoyada en Iris Murdoch y Rilke, contradice lo que cabría esperar de un terapeuta del siglo XXI. Para Grosz, amar exige ver con claridad: a uno mismo y al otro. Hacerse atractivo para ser deseado pertenece al disfraz. La nostalgia, la ansiedad o el duelo funcionan como brújula y señalan qué nos importa y qué hemos perdido: tratarlos como síntomas que extirpar empobrece la vida. Quien anestesia el dolor, sostiene, anestesia también su capacidad de amar. Una afirmación incómoda en países donde los antidepresivos se recetan al ritmo del paracetamol y donde algunos pacientes llegan a su consulta tan medicados que él mismo recomienda dejar la pastilla un tiempo antes de casarse, para saber al menos con quién está casándose uno.
De ahí su escepticismo ante los chatbots terapéuticos que prometen «escucha empática» por una fracción del precio del diván. Grosz reconoce su utilidad para preguntas instrumentales, si conviene tomar diazepam o si urge ver a un médico. Discute que pueda llamarse escucha al simulacro que ofrece una máquina sin madre, sin hermanos, sin alguien a quien amar y sin la certeza de la propia muerte. Lejos de temer ser sustituido por la inteligencia artificial, sospecha que los próximos cien años del psicoanálisis serán mejores que los anteriores: cuanto más se aísla la vida en pantallas, más valor cobra la presencia de otra persona dispuesta a escuchar. Cualquier excedente de tiempo o de riqueza que la IA produzca, dice, debería ir a financiar precisamente eso.
Recibe a LENGUA en la primavera de 2026, con setenta y tres años, cuarenta de ellos en consulta, y la convicción serena de haber llegado al lugar al que quería llegar. Su definición de la felicidad procede del último capítulo del libro, escrito tras una caminata por las montañas noruegas en la que vio a su mujer y a sus dos hijos descender por un sendero sin él, y comprendió que algún día iban a seguir haciéndolo: «La dulzura de desear aquello que tienes».
Ver más
LENGUA: En el prólogo de Trabajos de amor, se describe a los 31 años llegando a su primera sesión de psicoanálisis «inmaduro, impulsivo, confundía la intensidad con la intimidad». ¿Qué haría hoy el Stephen Grosz de 73 años si pudiera sentarse frente a aquel joven en el diván?
Stephen Grosz: Le diría algunas de las cosas que menciono en el libro. Hay tanto que no sabemos cuando somos jóvenes. Yo realmente no entendía la función del dolor y el sufrimiento en el amor. Pensaba que si eras infeliz o sufrías, simplemente tenías que encontrar la manera de deshacerte de ello, como si fuera el síntoma de una enfermedad: no quieres sentir dolor. Lo que ahora sé es que el dolor es el mejor instrumento que tenemos, el más sensible y sutil, para saber qué es lo que amamos. Cuando conocemos a alguien, la ansiedad o el anhelo que sentimos por esa persona es tan poderoso que resulta doloroso. Esa ansiedad de «¿me amarán o no me amarán?», «¿me desearán o no me desearán?». Y, con el tiempo, si realmente amamos a esa persona y ella nos ama, sentiremos dolor porque la perderemos. Ya sea porque nos separemos y nos divorciemos, porque ella muera o porque yo muera. Esas cosas que no entendía son las que me ayudan a saber si realmente amo a alguien, y son valiosas. Así que le hablaría de eso. También sobre ver el amor de la manera en que lo planteo en el libro, que no consiste en hacerse atractivo para ser deseado. No se trata de un disfraz, sino de todo lo contrario. Se trata de intentar ver la verdad sobre mí mismo, ver la verdad de la otra persona, y también tratar de encontrar a alguien que quiera conocer mi verdad y pueda asumirla; igual que yo quiero asumir quiénes son ellos y ver las cosas con claridad. Como escribe Iris Murdoch cuando dice que el amor consiste en «adentrarse en la realidad».
LENGUA: Justo le iba a preguntar ahora por Iris Murdoch, a la que cita en el libro, y a Rilke también. Murdoch escribió que «todos nuestros fracasos son, en última instancia, fracasos amorosos». ¿Sigue creyendo que eso es literalmente cierto después de 40 años escuchando a pacientes?
Stephen Grosz: Lo es, si aceptas lo que ella añade más adelante sobre el amor en el libro, que el amor es la percepción de la realidad, que el amor es ver que algo distinto a ti mismo es real y verdadero. Yo creo en todas esas cosas. Un amigo mío que leyó eso me dijo que, en realidad, pensaba que su equipo de fútbol había fracasado, y no se trataba de amor, sino de que no habían logrado tener a los jugadores adecuados en el campo en ese momento. Me dijo: «Mira, no todos los fracasos son así», y lo entiendo. Bromeábamos sobre esto esta mañana: afirmaciones como el aforismo de Iris Murdoch son a la vez verdaderas y falsas. Tienen que ser así. Verdaderas y falsas.
«Lo que ahora sé es que el dolor es el mejor instrumento que tenemos, el más sensible y sutil, para saber qué es lo que amamos».
LENGUA: En una entrevista declaró que «el dolor es quizá el mejor instrumento que tenemos para conocer nuestro corazón». Pero vivimos en una cultura que medica el dolor emocional a velocidad industrial: ansiolíticos, antidepresivos, apps de mindfulness. ¿Estamos anestesiando nuestra capacidad de amar?
Stephen Grosz: La responderé de dos maneras. Con mis pacientes, a menudo recibo a gente joven. Vienen a verme entre los 25 y los 40 años. Necesitan ayuda y trabajamos en ello, pero muchos ya han sido medicados por su médico de cabecera. Y bastante pronto les digo: «Mira, pase lo que pase, puede que conozcas a alguien y te enamores, pero yo no seguiría adelante ni me casaría sin plantearte antes la posibilidad de dejar los antidepresivos un tiempo para ver cómo te sientes. Te estás adentrando en algo encontrándote fuertemente medicado. ¿Cómo sabes lo que sientes? Quizás tienes que dejar la medicación un tiempo». Así que la vamos dejando poco a poco, siguen con la relación, y tal vez vuelven a la medicación o tal vez no. Pero así ven realmente cómo son en esa relación. Siento que nuestros sentimientos son nuestro mapa, son nuestros instrumentos. También creo que hay ciertos aspectos del amor y el sexo que sabemos que son antidepresivos naturales. No sé qué porcentaje de la población en España toma antidepresivos, pero podría ser enorme. Y sabemos que ciertos antidepresivos disminuyen el deseo y el impulso sexual, tanto en hombres como en mujeres. Y esas cosas han sido, históricamente, parte de cómo superamos la depresión. Había algo natural en involucrarse con otras personas, tener sexo, y no estoy seguro de que eso fuera algo terrible. Creo que actualmente hay toda una ecología de la medicación suprimiendo el sentimiento sexual en la que no se ha pensado adecuadamente, y que también incluye la propia medicación.
LENGUA: Hablemos de sexo un poco más. Usted escribe sobre deseo y sexualidad con una franqueza notable. ¿Ha cambiado la relación de sus pacientes con el deseo sexual en cuarenta años? ¿Los pacientes de hoy hablan de sexo de forma distinta a los de 1990?
Stephen Grosz: En general, no lo creo. Había personas que eran más relajadas, o promiscuas, o que tenían más sexo, y personas que no. Es curioso, porque lo que yo hago no es sociología. Trato a un grupo muy pequeño de personas. Y mi enfoque en cada individuo se dirige a su relación con su propia sexualidad, no tanto en cómo se diferencian de otras personas, sino en cómo se sienten respecto a ella. Como muestro en mi libro, a menudo siento que la sexualidad es la respuesta a un problema creado cuando eran pequeños: sobre cómo regular la distancia, cómo lograr un cierto tipo de conexión, etc. Así que me interesa más centrarme en cómo la vida sexual de alguien encaja en toda su vida en general.

Los Beatles en 1967 posando con carteles que juntos conforman «All you need is love» en diferentes idiomas. Crédito: Getty Images.
LENGUA: Trabajos de amor no menciona las aplicaciones de citas, las redes sociales ni la pornografía digital que han transformado el deseo. ¿Es una omisión deliberada?
Stephen Grosz: No es deliberada y, de hecho, sí que surge en mi trabajo. Todas esas cosas aparecen en mi consulta. En algunas de las historias está claro... hay un caso al final de un hombre que tiene muchas citas; usa aplicaciones de citas todo el tiempo. No lo digo explícitamente, pero menciono que siempre está saliendo. Este hombre, que de hecho se está formando para ser analista, sigue involucrándose con la misma mujer, pero cuando rompen (que lo hacen con frecuencia), él tiene muchísimas novias. Y sobre él digo que tener citas es una defensa contra el amor. Que utiliza este salir incesantemente —él es médico— para cuidar de las mujeres de forma constante. Tiene una novia que es bastante difícil; siempre elige mujeres que, como digo yo, tienen «alas rotas», son personajes algo rotos. A él le gusta estar siempre en una posición de poder y cuidado. De esa manera, nunca permite que lo cuiden a él, nunca permite mostrar sus propias necesidades. Él es alguien que usa mucho las aplicaciones de citas. Estoy seguro de que también veía mucha pornografía, pero no hablé de ello. Creo que está implícito.
LENGUA: Reconoce que nadie entra en análisis para ser escrito. También reconoce que la privacidad total es «una ilusión». Pero cuando un paciente le cuenta algo devastador, ¿hay un momento en que el escritor dentro de usted piensa «esto es una historia»? ¿Y eso no contamina la relación terapéutica?
Stephen Grosz: Es una pregunta excelente. He dado conferencias al respecto a estudiantes de psiquiatría y médicos. Por un lado, me encuentro con la postura de «nunca deberíamos escribir sobre nuestros pacientes». Y por otro, la de «oh, puedes escribir mucho, solo cambia el nombre». Evidentemente, ambas son erróneas. Así que te encuentras en un punto intermedio, y tienes que empezar a pensar qué puedo y qué no puedo hacer, qué es apropiado y qué no lo es. Yo considero que la confidencialidad es aún más importante en el psicoanálisis que en cualquier otra ciencia médica. Porque si mi médico rompe la confidencialidad y le dice a mi esposa: «Oh, Stephen está enfermo de esto», yo seguiré recibiendo las mismas pastillas y el mismo tratamiento. Nada cambia. Pero si un analista rompe la confidencialidad, el tratamiento termina. El paciente lo sabría; si se entera de que su analista ha escrito una historia sobre él y no lo sabía... el tratamiento se acaba. Por tanto, hay varias cosas que debo hacer al escribir. Como explico al final del libro, todos los detalles de identificación se cambian. Hago las historias tan veraces como puedo, pero a menudo altero los detalles hasta el punto de que incluso si la esposa o el marido de la persona leyeran la historia, no sabrían que se trata de ellos.
«Tú y yo tenemos un historial; ambos somos hombres, nacimos, tuvimos madres, posiblemente hermanos (yo los tengo), hemos tenido que elegir a alguien a quien amar, hemos tenido relaciones y, algún día, vamos a morir. La IA no tiene nada de esto».
LENGUA: ¿Ha ocurrido alguna vez?
Stephen Grosz: Sí. Tuve un paciente al que un amigo le regaló una copia de mi primer libro, en el que él mismo aparecía, diciéndole: «Creo que esto te gustará». Hay que tener muchísimo cuidado. Pero también pido a los pacientes que lean las historias que he escrito y que firmen que están de acuerdo. Eso es interesante, porque, por ejemplo, el último paciente del libro —la historia sobre el suicidio, un relato muy oscuro al final—, si estuviera aquí diría que algunas de nuestras mejores sesiones ocurrieron después de que yo escribiera la historia y se la diera a leer. Hablamos de ello, y él diría: «Ahora tengo una historia de mi análisis que le he podido enseñar a mi esposa y a mis amigos, algo que yo mismo no podía poner en palabras, y estoy muy contento de poder hacerlo». Es muy, muy complicado. Otra cosa que lo dificulta es que, cuando pregunto a los pacientes si les parece bien, casi todos dicen que sí. Y desearía que más dijeran que no. Dicen que sí porque están en tratamiento conmigo y quieren complacerme. Eso hace que sea aún más compleja mi obligación moral de no pedírselo a ciertas personas y de no escribir sus historias. Con el primer libro pensé que vendería algunas copias; no imaginé que sería un éxito de ventas ni que se traduciría a treinta idiomas. Lo que ocurrió , y fue una sorpresa para los pacientes que aceptaron, es que se convirtió en un gran éxito. Un paciente del primer libro me dijo: «Si vas a escribir otro libro, me alegró mucho estar en el primero, pero no, gracias, para otro». No es sencillo, pero creo que es importante hacerlo. Si no lo hiciéramos, nunca podría enseñar a mis alumnos, ni explicar al público qué es lo que realmente sucede en terapia. La clave es hacerlo de una manera que sea absolutamente respetuosa con la privacidad de los pacientes.
LENGUA: El psicoanálisis clásico requiere cuatro o cinco sesiones semanales durante años. Es un tratamiento que solo pueden permitirse personas con recursos considerables. ¿No es problemático que el método que usted defiende como camino al autoconocimiento esté reservado, de hecho, a una élite?
Stephen Grosz: Sí, es cierto. Ojalá en Inglaterra estuviera disponible en todas las clínicas de la sanidad pública y fuera más accesible. Mi colegio profesional tiene una clínica donde la gente puede ir y pagar cinco libras, o incluso menos por sesión, para ser atendidos por nuestros estudiantes en prácticas o analistas recién graduados que necesitan ganar experiencia. Así que sí, es terrible si se reserva solo para los ricos. A veces derivo a una persona con dinero a uno de mis colegas más jóvenes, con la condición de que le derivaré al mismo tiempo a alguien que no tiene dinero. Y, como analista, hay una tradición en mi sociedad de ofrecer una hora a la semana con una tarifa baja. Ahora mismo estoy viendo a una persona gratis, y a otra por veinte libras la sesión, que no es mucho. Históricamente, esto siempre ha sido así en la sociedad psicoanalítica británica, y estoy seguro de que mis colegas españoles harán cosas similares. Ojalá hubiera más opciones. Ojalá pudiéramos acelerar el proceso, pero a veces se necesita mucho tiempo para que las personas confíen.

Psique reanimada por el beso del amor (Antonio Canova, 1793). Crédito: Getty Images.
LENGUA: Muchos psicólogos consideran el psicoanálisis como una reliquia acientífica. Como psicoanalista, ¿cómo sueles posicionarte o responder cuando te preguntan por el estatus del psicoanálisis en la ciencia psicológica?
Stephen Grosz: Actualmente, hay mucha evidencia científica de que la terapia conversacional sí ayuda. En lugares como Alemania, por ejemplo, la gente tiene derecho a lo que creo que son doscientas horas de psicoanálisis financiadas. Los gobiernos toman estas decisiones no por razones políticas, sino porque las compañías de seguros han calculado que es más eficaz tener doscientas horas de terapia que estar medicado de por vida para ciertos problemas. Así que hay mucha evidencia a favor. Pero también diría que estamos haciendo algo distinto. Hay ciertas psicoterapias, la terapia cognitivo-conductual, la medicación, muchos libros de autoayuda, que son muy valiosos. Pero es diferente a lo que nosotros hacemos, e incluso diferente a la inteligencia artificial. Podrías ir a tu ordenador y decirle: «Llevo cinco días sin dormir, ¿debería tomar melatonina? ¿Debería tomar diazepam? ¿O debería consultar a un médico?». Y la IA te dará respuestas que te ayudarán. Pero eso es muy distinto a estar con alguien y tratar de entender por qué nunca consigues tener una relación duradera. «¿Por qué elijo a personas crueles? ¿Por qué elijo relaciones en las que no me siento amado?». Es plantear una pregunta que tiene más que ver con el «ser». Además, la experiencia de que tú y yo estemos en una habitación juntos es diferente a estar a solas con una inteligencia artificial. Tú y yo tenemos un historial; ambos somos hombres, nacimos, tuvimos madres, posiblemente hermanos (yo los tengo), hemos tenido que elegir a alguien a quien amar, hemos tenido relaciones y, algún día, vamos a morir. La IA no tiene nada de esto. Puede ofrecer una representación, una mascarada de ello, pero no te sentirás escuchado o comprendido de la manera en que dos seres humanos se escuchan el uno al otro.
«He escuchado historias de todo tipo de tragedias. Y lo que me sorprende, algo que no sabía cuando tenía treinta años, es que los seres humanos somos increíbles: podemos enfrentar cualquier cosa».
LENGUA: Justo mi siguiente pregunta iba sobre la inteligencia artificial. Hoy se multiplican los chatbots terapéuticos con IA que ofrecen «escucha empática» a millones de personas por una fracción del coste de un psicoanalista. Usted ha dedicado su vida a la idea de que dos personas pensando juntas en una habitación es irreemplazable. ¿Tiene miedo de que esa idea sea, simplemente, un lujo del siglo XX?
Stephen Grosz: Siento lo contrario. Esa clínica de la que hablaba en Londres, que ofrece psicoanálisis a bajo coste, tiene cien años de antigüedad; empezó en 1926. De hecho, siento que los próximos cien años serán aún mejores. Realmente lo creo, porque pienso que cada vez utilizaremos más la IA en el trabajo. Creo que la IA probablemente podría escribir una biografía bastante buena de cualquier persona reuniendo toda la información sobre su vida, y haría un trabajo interesante de leer. Pero, precisamente porque la IA puede hacer todo eso y responder a cuestiones instrumentales, el mero hecho de eso pone en valor lo especial que es ser escuchado por otro ser humano. Imagina un futuro donde la gente pase el día entero en casa trabajando sola en su ordenador interactuando con la IA. Estar en una habitación con otra persona, donde hay una conexión real en torno a acontecimientos vitales (alguien con cáncer, alguien teniendo un bebé, alguien pasando por un divorcio, alguien enamorándose)... todas esas cosas van a seguir ocurriendo. A medida que estemos más aislados por la tecnología, la experiencia de la conexión humana será más importante. Tener a alguien que realmente te escuche será mucho más valioso. Y cualquier excedente de riqueza o tiempo generado por la IA debería destinarse, en gran parte, a crear espacios para que las personas estén juntas y se escuchen mutuamente. De lo contrario, si no nos escuchamos ni hablamos, será un mundo inhumano. Sé que algunos de mis colegas piensan: «Dios mío, la IA nos va a reemplazar». Yo siento todo lo contrario. Tengo muy claro que la IA es una herramienta concreta. Arreglar un problema logístico o médico es muy diferente a que tu esencia o tu corazón sea verdaderamente escuchado por otra persona.
LENGUA: La felicidad, escribe usted al final, es «la dulzura de desear aquello que tienes». Después de cuarenta años de escuchar historias de amor roto, ¿es usted feliz?
Stephen Grosz: Lo soy. Amo mi trabajo. Eso no significa que sea fácil; hay días que son muy difíciles. Pero volviendo a tus primeras preguntas, creo que lo que me resulta más asombroso ahora, en esta etapa de mi vida, es que en los últimos cuarenta años me he sentado en una habitación con personas cuyo hijo ha muerto. He atendido a gente a la que le han diagnosticado un cáncer terminal y le han dado un mes de vida. He escuchado historias de todo tipo de tragedias. Y lo que me sorprende, algo que no sabía cuando tenía treinta años, es que los seres humanos somos increíbles: podemos enfrentar cualquier cosa. Literalmente, podemos pensar y procesar cualquier cosa: nuestra propia muerte, un divorcio, el amor, la falta de amor, siempre y cuando nos sintamos lo suficientemente apoyados. Si el analista hace bien su trabajo y crea el entorno adecuado, esas dos personas pueden construir un marco de seguridad y pensar juntos sobre ese dolor, sea cual sea. Y eso es asombroso. Para mí, presenciar eso es algo muy poderoso. Así que sí, gracias a mi trabajo, me siento muy feliz. Poseo lo que más he deseado tener, y eso es algo muy especial.
OTROS CONTENIDOS DE INTERÉS:
Vivir a carcajadas y morir de tristeza: Feliza Bursztyn por Juan Gabriel Vásquez
«Actos humanos», de Han Kang: hay recuerdos que no cicatrizan nunca
Zadie Smith y las mentiras que decidimos creer
El amor (y la guerra) según Anne Michaels: «Lo que más enfurece a un tirano es la esperanza»
Una historia de las emociones
La noche más oscura

