Entrevistas

Stephen King y George R. R. Martin: «Las ratas han sido muy buenas con nosotros»

Fue un encuentro único. Aunque ambos escritores se conocieron y cruzaron en más de una ocasión a partir de los años setenta, cuando aún no eran best sellers mundiales, Stephen King y George R. R. Martin no habían participado nunca antes en una ponencia pública conjunta como esta, que tuvo lugar en Albuquerque, Nuevo México, en 2016, cuando el autor de «Mr. Mercedes» presentaba el último tomo de esa celebrada trilogía policial («Fin de guardia»), y que fue el evento perfecto para fans de cualquiera de los dos. A lo largo de cerca de una hora de conversación intercambiaron recuerdos, impresiones y opiniones sobre el gen de la escritura, el misterio de la creatividad y sus diversas experiencias familiares; sobre la naturaleza del bien y el mal en sus libros y sus influencias ineludibles, como Lovecraft o Tolkien; y de por qué las ratas fueron fundamentales y benévolas en sus carreras (así como también, por supuesto, del contrapunto que ha marcado las vidas de ambos a lo largo de los últimos años: cómo es que King escribe tanto y tan rápido y por qué Martin no consigue terminar los dos libros finales de la saga de «Juego de tronos»).
30 minutos

ILUSTRACIÓN: LENGUA / MAX ROMPO

Stephen King: [ante los aplausos y gritos del público]. Gracias. A partir de aquí será todo cuesta abajo.

George R. R. Martin: Hola, es un gusto verlos a todos. Steve, bienvenido a la tierra del encantamiento. 

Stephen King: Gracias.

George R. R. Martin: ¿Habías estado antes acá? ¿Habías venido a Nuevo México?

Stephen King: Sí, había estado en Nuevo México antes, pero probablemente no estaba del todo sobrio en ese momento. Estuve en Taos. Sé que este tipo [por Martin] es oriundo de acá y que es grandioso. Antes de empezar, tengo que decirles que no había leído ninguno de los libros de la saga Canción de Hielo y Fuego hasta hace unos seis años, había algo que me decía: «¿Sabés qué? Probablemente no quieras leerlos». Porque intenté leer a Robert Jordan y no pude con ninguno de sus libros y pensé que los de Juego de tronos casi seguro serían malos, así que no tenía ninguna verdadera urgencia por meterme en ellos. Mi esposa los tenía todos, pero ella y yo no hablamos mucho acerca de libros; hablamos de cualquier otra cosa. Pero pasó lo siguiente: yo estaba en Florida —no quiero hablar mucho de eso, pero cumplíamos sesenta y cinco años y es lo que indica la ley [risas del público]—, cenando con unos amigos, y empecé a sentir lo que pensé que era un calambre bajo la rodilla izquierda. Para el momento en que volvimos a casa apenas podía caminar. Tuve que ir empujándome a mí mismo escaleras arriba, y muy pronto el dolor ya recorría toda mi pierna hasta la cadera, lo cual me dio un susto tremendo, porque tiempo atrás tuve un accidente en el que una camioneta me atropelló por el lado derecho, y la pierna de ese lado no es tan fuerte. Así que fui al médico y el doctor me dijo: «Bueno, estás envejeciendo y tienes ciática». Le pregunté cuánto iba a durar y me dijo que «se iría cuando se fuera». La ciática es algo extraño: normalmente si tienes un problema de espalda, lo sientes en la espalda; pero esto era en la pierna y de alguna manera empeora cuando te acuestas. Así que no podía dormir. En esa época tenía que grabar un audiolibro. Estábamos en la zona de Sarasota y yo tenía que ir hasta Bradenton, y la pierna me dolía incluso para conducir. Una noche de esas sin dormir me dije: «Voy a probar uno de estos malditos libros de George Martin y ver si valen la pena». Y me engancharon enseguida, que es lo que se espera que hagan los libros, pero no esperaba que fueran tan absorbentes. Me perdí en ellos y los leía cada vez que no podía dormir por la noche. Y cuando tuve que ir a grabar aquello ponía los audiolibros en el reproductor de mi auto. Tus libros me salvaron la vida, así que gracias. 

Dos ídolos mundiales se encuentran en público por primera vez ante un auditorio en llamas: Stephen King y George R. R. Martin conversan en el escenario del Kiva, en Albuquerque, Nuevo México, a mediados de 2016. El autor de Carrie, Cementerio de animales y La niebla presentaba la tercera y última parte de su serie policial de Mr. Mercedes: Fin de guardia. El creador de la saga Canción de Hielo y Fuego (más conocida por el título de su primer tomo, Juego de tronos) ofició de anfitrión. Ambos declararon su mutua admiración.

George R. R. Martin: Bueno, me alegro porque desde entonces has escrito muchos libros grandiosos. Hubiera sido una pena que no existieran. Steve y yo nos conocimos hace tiempo, en los setenta o a principios de los ochenta. En esa época él solía ir a convenciones de ciencia ficción y fantasía, donde nos encontrábamos… 

Stephen King: Jugábamos al póquer… 

George R. R. Martin: Jugábamos al póquer de cinco y cinco centavos [N del T: «nickel and dime quarter»] en una convención de Archon en San Luis, y aprendí una lección valiosa: es imposible engañar a Steve. Siempre descubría mis trucos. Pero, bueno, bienvenido de vuelta a Nuevo México.

Stephen King: Es estupendo estar acá.

George R. R. Martin: Viniste con el último libro de la trilogía de Mr. Mercedes

Stephen King: Debo decir que hace un mes George tuvo una charla como esta con mi hijo, Joe Hill. Su nombre es Joseph Hillstrom King, pero como no quería sentir que había tenido éxito por su apellido escribe con este seudónimo, y tiene un libro que actualmente se encuentra en la lista de best sellers de The New York Times. Se llama Fuego (The Fireman), es magnífico.

«Estaba padeciendo un ataque de ciática. Una noche no podía dormir, así que me dije: "Voy a probar uno de estos malditos libros de George Martin y ver si valen la pena". No esperaba que fueran tan absorbentes. Me perdí en ellos y los leía cada vez que no podía dormir. Y cuando tenía que conducir ponía los CD de los audiolibros. Me salvaron la vida, así que gracias». Stephen King

George R. R. Martin: También el hermano de Joe, Owen, es escritor. Así que es toda una tradición familiar: ¿es algo que querías que hicieran o fue al contrario? «Hijos, hagan lo que hagan, no se conviertan en escritores». En tu caso, ¿tu padre te alentaba a convertirte en escritor? ¿Tus padres eran lectores? ¿Había algún tipo de tradición familiar?

Stephen King: No lo sé. Creo que hay un componente genético en esto. No son solo los chicos, mi esposa ha publicado cinco, seis novelas, incluyendo una llamada Small World, que es un poco como El increíble hombre menguante de Richard Matheson; así que lo heredaron de ambas partes. Mi padre escribía y envió muchas historias a revistas pulp, como Argosy y Blue Book, pero ninguna de ellas llegó a ser publicada jamás, así que no. El caso es que nuestros hijos crecieron en una casa en la que había libros por todos lados, y también películas, y nunca les limitamos el tiempo que podían pasar viendo la televisión, nada del tipo «podéis ver una hora de televisión y después tenéis que hacer la tarea escolar». Creo que la mejor manera de educar a los chicos no es imponerles un montón de reglas, sino darles ejemplo, y ahí estaban los libros, a su alcance. Volviendo un poco a Joe, me parece que la creatividad es un misterio y también creo que tenemos algo dentro que es como una materia viva y que en algún momento se empieza a mover en nuestro interior. Cuando Joe tenía cuatro años y nuestra hija Naomi seis, entre las cuatro y las siete de la tarde, cuando se iban a la cama, eran las horas que mi esposa llamaba «las horas que Dios nunca debió haber creado», porque se peleaban constantemente por la televisión... o por cualquier cosa. Un día, por pura desesperación, paré en un quiosco y compré una historieta de G. I. Joe y ese fue el fin de la pelea y del drama, porque Joe simplemente quedó absorbido en ese mundo de los cómics. Ahora tiene una serie de historietas que lleva años escribiendo llamada Locke and Key. También ha tenido éxito en ese mundo.

George R. R. Martin: Es interesante que tu padre fuera un escritor que fracasó cuando trató de vender sus relatos a las revistas pulp. A pesar de eso, ¿te alentó para que escribieras? Mi padre trabajó de estibador en el puerto y, de hecho, me decía lo contrario: «Hijo, no quieres terminar trabajando en los muelles, descargando mercadería de los barcos. Haz otra cosa, no seas estibador». 

«Me parece que la creatividad es un misterio y también creo que tenemos algo dentro que es como una materia viva y que en algún momento se empieza a mover en nuestro interior». Stephen King

Stephen King: No, mi padre no me incentivó para que hiciera nada porque nos abandonó cuando yo tenía dos años y mi hermano David cuatro. Nos dijo que se iba a comprar cigarrillos y debía de ser una marca muy rara, porque todavía los está buscando. Nos crio nuestra madre; ella era lectora, así que nos leía las historietas que llevábamos a casa. No le gustaban, pero nos las leía de todas maneras. Tengo un recuerdo muy vívido de cuando tenía siete años, sentado en el porche del apartamento en el que vivíamos en Stratford, Connecticut, y nos leyó El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Fue una de esas cosas que encendió mi dial interno. Alrededor de la misma época en que vivimos en esos apartamentos en Connecticut, mi madre trabajó por un tiempo en una panadería, y en una lavandería, y también fue ama de llaves, y no teníamos demasiado porque papá la había dejado con muchas deudas cuando se fue. Así que ella trabajaba y nosotros éramos chicos «sin supervisión»; teníamos el piso para nosotros. Y un día volvimos del colegio y mi hermano entró corriendo a la habitación y me dijo: «¡Tienes que subir al desván!». Allí encontré un montón de cosas de papá que mamá había guardado. Había cajas y cajas llenas de cosas. Papá había estado en la marina mercante, así que había objetos del extranjero, como muñecas japonesas y posavasos de los puertos en los que hacían escala, y entre todo esto había una caja con ediciones de bolsillo de distintos libros y el de encima de todo era El horror oculto, de H. P. Lovecraft. Cuando lo vi dije: «Esto es realmente aterrador, esto es lo que quiero hacer». 

George R. R. Martin: Bueno, creo que lo has conseguido… 

Stephen King: ¿Cómo fue en tu caso? ¿Cuándo empezaste a escribir? ¿Por qué, George, POR QUÉ? ¡DINOS POR QUÉ!

George R. R. Martin: Empecé a escribir historias cuando era realmente joven y como me gusta acumular cosas aún conservo la mayoría de ellas. Tengo uno de esos viejos cuadernillos escolares blanco y negro que llené con una enciclopedia del espacio, en el que yo dibujaba un planeta y garabateaba —porque tenía unos cinco o seis años y aún no había aprendido a escribir— las características de ese planeta. Los planetas eran como círculos hechos con crayones: Marte era rojo y Venus era verde y todo eso, pero yo había mezclado Marte y Venus con planetas ficticios como Mongo y con otros que eran inventos míos…

Stephen King: ¿Ves lo viejos que somos? Esta gente no sabe qué es Mongo...

George R. R. Martin: ¿No recuerdan Mongo? ¿Al emperador Ming?

Stephen King: Ming, el despiadado villano de Flash Gordon.

George R. R. Martin: Que no debe confundirse con Flesh Gordon, una película totalmente diferente. También solía comprar unos pequeños alienígenas de plástico que vendían en la tienda de baratijas por quince centavos. Me compré el juego completo y jugaba con ellos y les inventé personalidades a cada uno de ellos, así que unos eran piratas espaciales, el que tenía la cabeza grandota era el jefe, el que sostenía un arma rara era el torturador… 

«Un día mi hermano entró corriendo y me dijo: "¡Tienes que subir al desván!". Allí encontré un montón de cajas con cosas de papá que mamá había guardado. Él había estado en la marina mercante, así que había objetos del extranjero, como muñecas japonesas y una caja con ediciones de bolsillo de distintos libros. El de encima de todo era El horror oculto, de H. P. Lovecraft. Cuando lo vi dije: "Esto es realmente aterrador, esto es lo que quiero hacer"». Stephen King

Stephen King: O sea, lo que me estás contando básicamente es que estabas loco…

George R. R. Martin: Básicamente, sí. Creo que en parte era porque no teníamos mucho dinero. Yo vivía en Bayonne, New Jersey, en las casas del proyecto estatal. Mi padre pasó por un largo periodo de desempleo antes de conseguir su trabajo como estibador. Vivíamos en la calle 1 y la escuela estaba en la 5 y esas cinco cuadras eran mi mundo, así que los libros y las historietas que también leía muy seriamente eran mi pasaje a un mundo más amplio. Yo soñaba. ¿Qué demonios había en la calle 8? No tenía ni idea. Era otro mundo lleno de gente alienígena. Bayonne es una península, por lo que hay un profundo canal de agua llamado Kill van Kull que separa Bayonne de Staten Island, Nueva York. Yo veía las luces de Staten Island desde nuestra ventana, en la oscuridad, y aquello era como Shangri-La para mí, así que me inventaba todas esas historias para explorar el mundo. 

Stephen King: Creo que lo mismo se puede decir en mi caso. Simplemente empecé a fantasear en algún momento y luego comencé a anotar estas fantasías en una hoja. Este trabajo es maravilloso, pero también es extraño, dado que el material que hemos escrito… Hay una historia que escribí, llamada El superviviente (Survivor Type), sobre un médico que está tratando de meter heroína en los EE. UU. Su barco se hunde y él es el único superviviente; queda varado en una isla rocosa donde no hay nada, solo un par de pájaros y algo de agua que se junta en las grietas entre las piedras. El tipo agarra a una de las gaviotas y se la come cruda. Mientras está persiguiendo a otra se rompe un tobillo y entonces ya no puede atrapar más pájaros, pero tiene la heroína y es médico. En esa época yo vivía en un pequeño pueblo en Maine y mi vecino más próximo era un médico retirado. Fui a verlo y le pregunté: «Doctor Drews, ¿cuánto tiempo podría vivir un hombre cortando y comiéndose partes de su propio cuerpo?». Me miró como si estuviera loco, pero insistí y al final me dijo que dependía, que para empezar moriría si no dispusiera de nada de anestesia, a lo que yo le dije: «Sí, tiene mucha anestesia». Pero lo que yo quería saber era cuál sería el mayor problema ante un caso así. Se me ocurrió esta idea porque había leído que los mineros y excavadores, cuando se quedan sin agua, beben su propia orina. Así que el doctor me dijo que dependía de cuánto pudiera aguantar el paciente los reiterados shocks que sufriría al estar cortándose a sí mismo; tendría que ser un verdadero ejemplar de supervivencia para hacerlo. Y pensé que ahí estaba el título de mi historia, Survivor Type. Lo único que estoy tratando de decir con esto es que uno tiene estas ideas enfermizas —y George ha escrito unas cuantas, créanme—, pero en lugar de ir a un psiquiatra y pagarle, las escribimos y ustedes nos pagan a nosotros por leerlas. Es bastante buen negocio.

George R. R. Martin: ¡Claro! ¿Siempre soñaste con ser escritor?¿Cuál fue la primera historia que vendiste y durante cuánto tiempo tuviste que recibir rechazos antes de que te publicaran?

Stephen King: Sí, quise ser escritor desde muy chico, era lo que más me importaba. Empecé a escribir historias y mandarlas cuando tenía unos doce años. Se las envié a Forrest J. Ackerman, que tenía la Famous Monsters of Filmland y otras revistas; había una llamada Spaceman, creo. Hablé con él antes de que muriera y me dijo que había guardado algunos de esos cuentos tempranos escritos en mi vieja máquina de escribir Royal. Cuando empecé a mandar mis historias puse un clavo en la pared de mi habitación; cada vez que me rechazaban un cuento lo clavaba en ese clavo. Para mis dieciséis o diecisiete años, el clavo no aguantó el peso y se desprendió del yeso, así que conseguí un clavo más grande [risas].  A los diecinueve vendí un cuento a Startling Mystery Stories titulado The Glass Floor (El piso de cristal) y me pagaron, creo, unos 35 dólares. Esa fue mi primera venta. 

George R. R. Martin: Eso era mucho dinero en aquel entonces.

«No teníamos mucho dinero. Yo vivía en Bayonne, New Jersey, en las casas del proyecto estatal. Vivíamos en la calle 1 y la escuela estaba en la 5 y esas cinco cuadras eran mi mundo. Veía las luces de Staten Island desde nuestra ventana, en la oscuridad, y aquello era como Shangri-La para mí, así que me inventaba todas esas historias para explorar el mundo». George R. R. Martin

Stephen King: Era bastante dinero. ¿Puedo contar otra historia? Vendí dos cuentos a las revistas de Robert Lowndes, Startling Mystery Stories y otra que creo que era Tales of Horror and Suspense. De mayor, en secundaria, escribí para el periódico del campus y uno de sus grandes atractivos era que tenían muchas máquinas de escribir; la que yo tenía en mi apartamento era un desastre. Y justo antes de graduarme tuve una idea. El verano anterior había trabajado en una hilandería, y cuando se estaba acercando el Cuatro de Julio vino el capataz y dijo que iban a cerrar por una semana y nos dio a elegir: «Te puedes tomar una semana libre sin paga o puedes sumarte a un equipo de limpieza con el que vamos a bajar al sótano, que no se ha limpiado en años». Yo me tomé la semana libre y cuando volví un tipo con el que yo trabajaba en la hilandería me dijo: «Oh, Steve, tendrías que haber venido, fue espectacular: nos dieron mangueras y cuando bajamos había ratas por todos lados, saltaban de cualquier parte y eran grandes como gatos; les dimos manguerazos para echarlas hacia el río». Me quedé pensando en esto que me había contado y me dije: «Voy a escribir una historia, pero en mi versión las ratas van a ser aún más grandes; van a haber mutado en la oscuridad y van a ser grandes como gatos y como perros». Esta historia se iba a llamar Graveyard Shift (Turno de medianoche) porque esa era la hora en que habían estado trabajando. Le conté a uno de mis amigos la historia que estaba escribiendo y me dijo: «Oh, es genial; tienes que hacer que uno de esos tipos enloquezca y corra por todos lados arrancándoles las cabezas a las ratas y dejando los cadáveres por todas partes». Pensé: «Es una buena idea, pero no es literario, no tiene la sensibilidad de John Cheever o John Updike. Pero está bien, no va desencaminado, aunque no esté apuntando suficientemente alto». En su lugar, a uno de los tipos las ratas le muerden en ambas piernas, y mientras tiene la boca abierta en un grito, una rata trepa hasta su boca y se cuela por ella. Yo quería experimentar y contarlo lo más elegantemente posible, de manera que sintieras el pelaje de las ratas en la parte de arriba de la boca del tipo y las patitas moviéndose por su barbilla y su garganta, mientras la rata le muerde la lengua al tipo y se la arranca de la boca. Vendí esta historia por 200 dólares.

George R. R. Martin: ¡Que es más que 35!

Stephen King: Es más que 35.

George R. R. Martin: Ibas progresando en la vida.

Stephen King: Esa la vendí a la revista Cavalier, que me compró algunas otras historias. Al año siguiente me casé y tuvimos una niña llamada Naomi. Y cuando ella cogió una de sus infecciones de oído, mi esposa me dijo: «Rápido, ¡inventa un monstruo!».

George R. R. Martin: Extrañamente, las ratas también me ayudaron a lanzarme como escritor…

Stephen King: Las ratas han sido buenas con nosotros. Han sido buenas con Steve y George.

«Uno tiene ideas enfermizas —y George ha escrito unas cuantas, créanme—, pero en lugar de ir a un psiquiatra y pagarle, las escribimos y ustedes nos pagan a nosotros por leerlas. Es bastante buen negocio». Stephen King

George R. R. Martin: Cuando estaba en, creo, segundo año de la escuela, yo era una especie de nerd, o por lo menos no era uno de los chicos populares. No era bueno en los deportes, sino en los juegos de rol, y en todo caso eso solo consigue que te acosen más. Uno de mis profesores de inglés estaba enseñando El pozo y el péndulo, una historia que, como saben, tiene un final terrible: el protagonista va bajando más y más en el pozo y de pronto, en el último párrafo, suenan trompetas, el péndulo se eleva y el tipo se salva. «La Inquisición estaba en las manos de sus enemigos», esa era la última frase. El profesor nos dijo: «Este es un ejemplo clásico de deus ex machina». Nuestra tarea escolar consistía en redactar un final mejor para el cuento. Entonces escribí un final en el que aparecían unas ratas y se comían al tipo, le mordían las mejillas, los dedos de los pies y la cara; el péndulo lo cortaba a la mitad y moría de una manera horrible, gritando y en medio de un terrible dolor. Sentía que era un final mucho mejor que el que se le había ocurrido a Edgar Allan Poe… 

Stephen King: Tiene cierto subidón con respecto al original, ¿no?

George R. R. Martin: ¿Verdad que sí? Pero lo que de verdad me animó fue que a mi profesor también le gustó e hizo que se lo leyera a la clase y de pronto todos esos chicos que nunca me habían prestado atención pensaron que yo era el más cool de la clase. «¡Guau! Qué gran historia, las ratas se comieron al tipo». Les encantó y me dije: «Tengo que escribir más historias como esta, claramente compensa».

Stephen King: Mi experiencia se parece bastante. Es gracioso que hablemos de esto y todos ustedes se rían y aplaudan, pero más tarde cuando se vayan a casa, en la oscuridad, no les parecerá tan divertido.

«Escribí un final alternativo para El pozo y el péndulo, de Poe. A mi profesor le gustó e hizo que se lo leyera a la clase y de pronto todos esos chicos que nunca me habían prestado atención pensaron que yo era el más cool de la clase. Me dije: «Tengo que escribir más historias como esta, claramente compensa». George R. R. Martin

George R. R. Martin: Me he tomado muy en serio algunas de las cosas que escribiste en tu libro Danza macabra, que siempre me pareció fascinante. En él hablabas acerca de cómo te las arreglabas para generar terror en tus historias, y que cuando no podías generar terror, que creo que es algo muy difícil de hacer, te conformabas con horrorizar al lector, y cuando no podías horrorizarlo te planteabas al menos asquearlo…

Stephen King: [risas]. Lo que decía era: «No estoy orgulloso...».

George R. R. Martin: Me lo tomé en serio y traté de adoptar ese tipo de filosofía para mí. Todavía la encuentro en tus libros más nuevos. Creo que probablemente las ratas en la boca entran en la categoría de «generar asco», ¿verdad?

Stephen King: Definitivamente eso es asquear al lector. Y con toda probabilidad la historia del superviviente también es de las que provocan asco. Creo que en cierta manera depende de cada historia y de lo que buscas lograr con ella. Escribí un libro titulado Todo oscuro, sin estrellas, en el que hay algunas historias desagradables. Una de ellas es «A Good Marriage» («Un buen matrimonio»). Yo estaba un poco fascinado con Dennis Rader, un asesino al que llamaban BTK (por Bind, Torture and Kill: «atar, torturar y matar»), que había asesinado a ocho o nueve mujeres a lo largo de varios años. Cuando finalmente lo atraparon, su esposa no sabía nada; no sabía que estaba casada con este monstruo, un maniaco homicida psicosexual. Mucha gente no se lo creyó, pero yo sí lo hice y quise escribir una historia acerca de una mujer que descubre que está casada con un hombre que es un monstruo, y eso es una situación que yo llamaría «de terror». Es algo que varía con cada tipo de historia, pero no creo que necesariamente asquear al lector sea algo malo.

George R. R. Martin: No, de hecho es divertido. De maneras muy extrañas, las ratas se han portado muy bien con nosotros dos… 

Stephen King: Yo diría que también hay muchos momentos de asco en tus libros. 

George R. R. Martin: Los hay, aunque nunca escribí acerca de comadrejas que salen de culos, como hiciste en tu libro El cazador de sueños.

Stephen King: [risas]. Sí, las comadrejas del culo son uno de mis mayores logros. Para mí, uno de los momentos más asquerosos de mi obra está en una película que escribí llamada Creepshow. El actor E. G. Marshall protagonizó la última historia de la película, que se llamaba «They're creeping up on you!», en la que un tipo con fobia a los bichos e insectos explota al final de la película y miles de cucarachas salen de su interior. Tom Savini se encargó de los efectos especiales. Y no sé si estoy orgulloso o avergonzado de esto, pero interpreté a un personaje llamado Jordy Verrill. Incluso a día de hoy los fans vienen y me piden que diga: «Meteor shit!». Y lo acabo de hacer [risas]. Al final de la historia, Jordy Verrill, que cultivaba hierba y se estaba convirtiendo en una planta de marihuana, se vuela la cabeza, bueno, lo que queda de ella, con una escopeta. Así que tuvieron que hacer un molde de mi cabeza. Es una experiencia muy incómoda: te dan una pajita para que respires a través de ella y tienes que quedarte sentado durante más de media hora mientras el yeso se seca. Sientes como si estuvieras haciéndote una tomografía mientras se seca todo alrededor de tu cabeza. Fue una experiencia tétrica. Y entonces llegó E. G. Marshall porque le tenían que hacer un molde como el mío y pensé: «Me voy a quedar a verlo porque este tipo va a enloquecer cuando le pongan el yeso en la cabeza con una pajita para respirar». Pero vi que estaba totalmente a gusto, y en un momento dado levantó la mano y gesticuló como pidiendo papel y lápiz para anotar. Y entonces, con todo el yeso alrededor del cuello, empieza a escribir: «B-O-U-R-B-O-N». Le trajeron el bourbon, se lo pasaron con un gotero a través de su pajita y fue feliz como un perro con dos colas. 

George R. R. Martin: Yo evité esa experiencia hasta ahora, pero hubo un momento durante la primera temporada de Juego de tronos en que sí ansié convertirme en una cabeza decapitada. Ya saben, la escena en la que mataban a Ned y a Sansa la obligaban a contemplar todas las cabezas colocadas en la pared junto a la de su padre. Les sugerí a [los showrunners] David Benioff y Dan Weiss que fueran nuestras tres cabezas las que estuvieran al lado de la de Ned. Les gustó la idea, pero estábamos teniendo problemas presupuestarios, como tantos programas de televisión, y cuando se enteraron de cuánto costaban esas cabezas me dijeron: «Lo sentimos, George, pero no podemos pagar por esas cabezas cortadas para un único plano». En lugar de eso, como en Hollywood se reciclan muchos objetos, compraron una gran caja de cabezas decapitadas usadas en producciones anteriores y las pusimos todas en una pared. Eran baratas, no sé de dónde venían, pero eran buenas y todo funcionó, salvo porque una de las cabezas cortadas era la de George W. Bush. No hubo problemas porque era una cabeza calva y nadie lo mencionó hasta el año siguiente, cuando estaban haciendo la edición en Blu-Ray de la primera temporada y uno de los directores comentó: «Ah, y por cierto, ¿ven esa cabeza que está junto a la de Ned?  Es la de George W. Bush». Por supuesto, las radios conservadoras se volvieron locas y Rush Limbaugh hizo un picnic y la gente decía que queríamos asesinar al expresidente y que éramos unos liberales dementes de Hollywood y yo trataba de decirles que no, que tan solo habíamos comprado una caja de cabezas usadas, que podrían haber sido las de cualquiera.

Stephen King: Es el tipo de cosas que pasan cuando uno hace lo que hacemos nosotros: es maravilloso y a la vez es extraño. Hicimos una miniserie de Apocalipsis (The Stand) y filmamos mucho en varios escenarios reales de Boulder, Colorado, porque buena parte de la historia está ambientada allí. Hay una escena en la que Harold Lauder entra con un grupo de enterradores a una iglesia a la que la gente que ha enfermado acude antes de morir. La iglesia está llena de cadáveres, por lo que necesitábamos conseguir muchos cuerpos de utilería. El director, Mick Garris, llamó a gente de efectos especiales que habían trabajado en películas de zombis, gracias a lo cual los habitantes de Boulder tuvieron el agrado de ver pasar rumbo a esta iglesia ubicada en la parte oeste de la ciudad dos camionetas cargadas con cadáveres esponjosos que rebotaban de manera realista arriba y abajo. Parecían cadáveres de verdad, que es lo que debían parecer.

George R. R. Martin: Pongámonos serios un momento. Hablemos un poco de Fin de guardia, el final de la trilogía de Bill Hodges. El primer libro, Mr. Mercedes, comienza con Brady Hartsfield, un villano muy malvado que embestía con su auto a una multitud de gente que se encontraba en una cola para conseguir trabajo, matando a muchas de estas personas y dejando inválidas o heridas a muchas otras en un acto de violencia aleatorio y desprovisto por completo de motivo. Y lamentablemente todos tenemos esto en mente, a la luz de lo que pasó hace poco en Orlando [N del T: alude al caso de la masacre de Orlando, ocurrida en junio de 2016, cuando Omar Mateen, un hombre de veintinueve años, abrió fuego contra los concurrentes de Pulse, una discoteca gay, matando a 49 personas y dejando heridas a 53]. Y sí, la situación es diferente: Brady Hartsfield usó un Mercedes y el tirador de Orlando usó un arma semiautomática y supuestamente tenía sus razones políticas —ISIS, los crímenes de odio contra gais y lesbianas—, pero creo que hay una similitud en el deseo de asesinar a gente extraña que nunca le hizo nada. Es una parte bastante oscura de la psiquis humana.

Stephen King: Tuve la idea original que acabaría convirtiéndose en Mr. Mercedes mientras conducía mi auto desde Florida hacia casa. Es un viaje que hago yo solo a un lugar al que voy a recargar energías, y escucho mucho rock and roll y canciones de country antiguas y dejo que se me vaya la cabeza hacia un estado neutral. Tras irme de Florida pasé la primera noche en Carolina del Sur y vi una historia en las noticias locales sobre una mujer que había estrellado su auto contra la cola de un grupo de gente que buscaba trabajo en un McDonald's. Esto pasó justo después de que la economía se hundiera en 2008, cuando McDonald’s había hecho una suerte de gran anuncio sobre cómo iba a echarle una mano a Estados Unidos ofreciendo trabajo a quienes lo necesitaran por el salario mínimo. Lo que pasó fue que esta mujer descubrió que su novio la engañaba con otra y sabía que esta otra mujer iba a hacer la cola para buscar trabajo en McDonald’s, así que pensó en cargársela provocando un accidente. Al final no mató a la mujer, pero sí hirió a mucha otra gente. Y yo pensé que ahí, en este acto casi azaroso de violencia, estaba el germen para una historia que querría escribir. En cada uno de los tres libros de la trilogía, Mr. Mercedes, Quien pierde paga y Fin de guardia, pude volver al crimen que originó todo esto para verlo desde tres ángulos distintos, por así decirlo, y el tema con Hartsfield y lo que comentabas, este acto de maldad a una escala mayor, es que Brady solo mata a ocho personas, lastima a muchas otras y consigue escapar, pero su verdadero plan es asistir a un encuentro multitudinario, el concierto de una banda adolescente, en una silla de ruedas, cargada con explosivos plásticos, y hacerlos explotar para matarse a sí mismo y llevarse consigo a la mayor cantidad de gente inocente posible. Y mientras tiene estos pensamientos aleatorios de violencia se le ocurre que tal vez debería asesinar al presidente, o mejor, a Brad Pitt, a Lady Gaga o a Adele. Lo que él quiere, básicamente, es lo mismo que mucha gente desconocida que ve estos actos de terror masivo como el camino a la fama. Lo triste es que varios años después, cuando las víctimas ya han sido olvidadas, aún recordamos a sus asesinos y esa es una de las razones por las que este tipo de actos siguen perpetuándose. El tipo que mató a toda esa gente en Orlando podrá habérselo adjudicado al ISIS, pero antes de eso había sido violento con su esposa y estaba lleno de ira, y creo que en muchos casos estos actos son perpetrados por gente que tal vez ofrezca alguna proclama política como la guinda del pastel, pero en esencia están simplemente locos. Y una cosa más: si este tipo hubiera entrado con un cuchillo en lugar de una semiautomática lo habrían reducido antes de que lograra matar a más de cuatro personas. Mientras cualquiera al que le falte un tornillo pueda entrar a un local y comprarse una máquina de matar, como un rifle de asalto AR-15, esto no va a terminar. Lo que quiero decir es que depende de nosotros. 

George R. R. Martin: Mis escritos de fantasía son a menudo comparados con Tolkien y he dicho en muchas entrevistas —aclaro que soy el mayor fan en el mundo de El Señor de los Anillos— que en sus ficciones el mal está externalizado. Según su punto de vista del bien y el mal, el mal viene de Sauron, o de Morgoth antes de él, y hay orcos que son absolutamente irredimibles y los buenos se unen para detener a los orcos. Casi todas las personas son buenas. Yo siempre me he sentido más atraído por los personajes grises y creo que la batalla del bien contra el mal es una gran temática para desarrollar en la ficción, pero en mi opinión esta batalla se pelea en el interior del corazón de cada persona. En cada decisión que tomamos, todos somos en parte buenos y en parte malos, y tomamos decisiones todos los días, y podemos hacer algo bueno el miércoles y luego algo malvado o egoísta el jueves. Es complejo, pero esa es la actitud que he asumido. Aunque soy un gran fan de Lovecraft, y creo que tú también, porque al leer algunos de tus libros veo influencias suyas, como la visión del más allá en el final de Revival, que es un momento lovecraftiano aterrador, o ese cuento cuyo título olvidé, en el que hay unas piedras que todo el que las ve desarrolla un trastorno obsesivo-compulsivo… 

Stephen King: Es un título muy fácil de olvidar, es simplemente N.

Aunque ni George R. R. Martin ni los showrunners de la serie Juego de tronos lo sabían cuando compraron una caja de cabezas de utilería destinada a un momento muy dramático de la primera temporada, la que está montada sobre una pica a la izquierda había sido modelada originalmente sobre el expresidente George W. Bush. Como no podía ser de otra manera, se armó un escándalo cuando la prensa conservadora de EE. UU. se enteró. Foto: captura de pantalla de la serie Juego de tronos (HBO).

«Soy el mayor fan de El Señor de los Anillos, pero en Tolkien el mal viene de Sauron, hay orcos que son absolutamente irredimibles y los buenos se unen para detenerlos. Yo siempre me he sentido más atraído por los personajes grises: la batalla del bien contra el mal se pelea en el interior del corazón de cada persona. En cada decisión que tomamos, todos somos en parte buenos y en parte malos, y tomamos decisiones todos los días, y podemos hacer algo bueno el miércoles y luego algo malvado o egoísta el jueves». George R. R. Martin

George R. R. Martin: La niebla es otra historia increíble, muy lovecraftiana, con toda esa niebla que se propaga y quién sabe qué criaturas se esconden en ella. Es verdaderamente aterrador, pero aunque detecto los elementos lovecraftianos, en tus libros los verdaderos villanos son las personas. Carrie mata a mucha gente en ese colegio, pero ella no es la villana; los villanos son su madre y los chicos que la atormentan. En Misery, Annie Wilkes es una figura aterradora y el tipo de persona que a ambos nos hace vivir en alerta permanente, como a cualquier escritor con éxito. Cuando hablábamos hace un rato, antes de empezar la entrevista, Steve me preguntó si alguna vez alguien se había presentado en mi casa. Y la gente se acerca a veces, sí, pero lo más perturbador que me ha pasado fue que un día me encontré con un paquete en mi buzón. Lo abrí y era un ejemplar de bolsillo de Misery. Ni una carta, nada. Algún fan desconocido...

Stephen King: ¡De tu fan número unooo!

George R. R. Martin: [risas]. Y los villanos de La cúpula podrán ser los alienígenas, pero son las personas comunes las que empiezan a hacerse cosas horribles unas a otras. Brady Hartsfield es un ejemplo muy claro y realista de esto. Tan solo es un ser humano. En La niebla hay monstruos lovecraftianos, pero es la loca religiosa la que hace que las cosas vayan mil veces peor. Así que no sé cuál es tu punto de vista sobre la naturaleza del mal: ¿hay un mal externo en el universo, ya sea Sauron, Satán o Cthulhu, o es nuestra jodida naturaleza humana?

Stephen King: Es interesante y tienes razón. No hay un Sauron en Juego de tronos, el mal va y viene dentro de los personajes, al igual que la bondad. Yo escribí una serie de libros llamada La Torre Oscura. Los siete libros fueron concebidos como una larga novela que nunca fue publicada como tal, porque salían como relatos cortos o en ediciones limitadas de Donald Grant Press. Nadie los editó ni los corrigió nunca, así que debí revisarlos todos. Un problema de esta historia es que para mí Sauron es el Rey Carmesí (The Crimson King) y se puede ver esa marca del ojo siempre, en todas partes. Ese es un mal exterior, que es una idea reconfortante: eso de que «el diablo me obligó a hacerlo» es una manera de evadirse de la responsabilidad y de decir «ese no soy yo». Me parece que todos entendemos que el mal está dentro de mucha gente y, al mismo tiempo, también creo que lo que hacen muchas ficciones de terror y fantasía es permitir que nos enfrentemos con el mal de afuera, ese que se nos presenta cuando recibimos una llamada telefónica que nos avisa de que nuestro primo ha muerto porque estaba en un club de Orlando, o como en el inicio de Fin de guardia, cuando el doctor te diagnostica un cáncer y te informa de que te vas a morir en los próximos dieciséis o diecisiete meses porque se ha extendido rápido. En mi libro es un cáncer pancreático; esto no es un spoiler, está en la página nueve, así que no empiecen a gritarme que espoileo esto o aquello. Odio este tema de los spoilers, si espoileas esto o aquello: por dios, ¡es un relato! Se supone que lo lees para tener toda la experiencia, no es como encontrarte un G. I. Joe en la caja de cereales. 

George R. R. Martin: ¡Rosebud era el trineo!

Stephen King: Así que hay dos tipos de mal: el interior y el exterior. Y en relatos como N. u otros de tipo lovecraftiano estamos tratando de lidiar con cosas de la vida que son malas y que no entendemos. Ya nos queda poco tiempo, George, así que dime si hay algo que quieras preguntarme desde hace mucho... ¡porque yo sí tengo algo que preguntarte! 

George R. R. Martin: Sí, sí hay algo que quiero preguntarte: ¿cómo haces para escribir tantos libros tan rápido? Creo que me está yendo bien cuando termino tres capítulos en seis meses; tú escribes tres libros en ese tiempo.

Stephen King: Hay libros y libros. Yo trato de escribir seis páginas al día. Con un libro como Fin de guardia, si trabajo todos los días tres o cuatro horas intentando completar esa cantidad de páginas suficientemente limpias, si el manuscrito tiene, digamos, 360 páginas, son unos dos meses de trabajo concentrado. Asumiendo, claro, que sale bien y logro efectivamente hacer seis páginas por día.

George R. R. Martin: ¿Y logras escribir esas seis páginas al día?

Stephen King: Por lo general lo hago.

George R. R. Martin: ¿Nunca tienes un día en que estás como estreñido, y escribes una única frase y la odias, y entonces te pones a revisar tu email y te preguntas si aún tienes talento y si tal vez no deberías haber sido plomero? ¿No tienes días como esos?

El Rey Carmesí, la encarnación del mal absoluto en la serie de libros de La Torre Oscura de Stephen King, según las sofisticadas ilustraciones realizadas por Michael Whelan para la adaptación al cómic. Bautizado en su idioma original como The Crimson King, este oscuro antagonista representa el equivalente a Sauron en El Señor de los Anillos: el mal como una entidad externa, noción que predomina en las obras de Tolkien y Lovecraft y sobre la que reflexionan tanto George R. R. Martin como King. 

«J. K. Rowling fue a Nueva York para participar en un evento de caridad cuando ya casi había terminado el último libro de Harry Potter. Acudió al Radio City Music Hall a hacer la prueba de sonido y un periodista se la llevó a un lado para hacerle preguntas. Jo es muy educada, pero cuando volvió estaba enfadada y me dijo: «Es que ellos no entienden lo que hacemos, ¿verdad?». Y yo le dije: «¿Cómo van a entenderlo si ni siquiera nosotros lo hacemos?». Stephen King

Stephen King: Claro, siempre está la vida real: estás trabajando y de pronto surge algo y tienes que levantarte e ir al médico o a la oficina de correos. Pero en general trato de escribir esas seis páginas al día, aunque la entropía siempre intenta entrometerse. Participé en un evento de caridad en el Radio City Music Hall en el que estaban John Irving y J. K. Rowling. En ese momento ella estaba escribiendo el séptimo volumen de Harry Potter. Sé que he sido muy afortunado como escritor y tú también tuviste mucha suerte; trabajaste durante mucho tiempo en tus libros, palabra por palabra, y de repente pasó todo esto, que no sé de dónde salió: me refiero a este boom por el que los libros llegaron a la lista de best sellers de The New York Times. Dios sabe que te lo merecías, pero lo que digo es que ocurrió de pronto y la gente te empezó a exigir y a gritarte «queremos el próximo libro, queremos el próximo libro», portándose como bebés. Y es algo bueno que lo quieran, pero la presión que sentimos tú y yo se parece a la de Rowling. Ella fue a Nueva York para participar en este evento de caridad cuando ya casi había terminado el último libro de Harry Potter. Estaba tratando de hacer tres cosas al mismo tiempo: tomarse unas vacaciones con sus hijos, terminar cinco o seis capítulos del libro y participar en el evento. Acudió al Radio City Music Hall a hacer la prueba de sonido vestida como un ama de casa o una madre cualquiera de vacaciones, con una camiseta sin mangas, un pantalón veraniego, sandalias, creo, y el pelo atado en una cola de caballo. Y cuando intentamos hablar de lo que íbamos a hacer en el evento, vino un periodista y se la llevó a un lado para hacerle preguntas. Jo es muy educada, pero cuando volvió estaba enfadada y me dijo: «Es que ellos no entienden lo que hacemos, ¿verdad?». Y yo le dije: «¿Cómo van a entenderlo si ni siquiera nosotros lo hacemos?».

George R. R. Martin: Muy cierto. Se nos terminó el tiempo, lamentablemente, aunque podría quedarme hablando ocho horas más. Espero que puedas volver.

Stephen King: Gracias, gracias, gracias. ¡Lean más libros!



OTROS CONTENIDOS DE INTERÉS: 

Añadido a tus libros guardados