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Thomas Korsgaard, un cometa de la literatura europea contemporánea: «Cuando escribo, no tengo miedo»
«El patio» (Random House) es la impactante primera parte de la trilogía autobiográfica de Thomas Korsgaard, un retrato crudo y deslumbrante de la miseria oculta en las prósperas sociedades nórdicas. Ambientada en una granja destartalada de Dinamarca, esta novela que ya supera los 300.000 ejemplares vendidos convierte a Korsgaard en una de las voces más prometedoras de la literatura europea.
Por Daniel Arjona
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Thomas Korsgaard. Crédito: Franne Voigt.
Un cometa literario ha irrumpido con una fuerza inusitada en el firmamento europeo, y su nombre es Thomas Korsgaard (1995). A sus apenas treinta años, este joven autor danés se ha consolidado como una de las voces más reconocibles y potentes de Europa, un fenómeno literario que ya ha trascendido las fronteras de su país. La causa de esta conmoción es El patio (Random House), la primera entrega de una trilogía con fondo autobiográfico que ha vendido más de trescientos mil ejemplares solo en Dinamarca. Ahora, la novela llega a nuestro país como carta de presentación de un escritor que domina con maestría el arte de transformar el dolor en una narración hipnótica y universal.
El escenario que nos propone Korsgaard se aleja radicalmente de la imagen idílica asociada a las prósperas sociedades nórdicas. Nos transporta a una granja destartalada en la Dinamarca rural, un microcosmos de decadencia donde el pequeño Tue, su protagonista, observa la parsimoniosa desintegración de su familia. El patio es un retrato crudo y honesto de la pobreza y la disfuncionalidad que pueden anidar en los márgenes del estado del bienestar. Una realidad oculta que el autor desvela sin sentimentalismos, pero con un vivificante e inesperado sentido del humor que ilumina las situaciones más oscuras.
La fuerza de la novela reside en su perspectiva única, anclada en la mirada de un niño que habita un espacio intermedio entre la inocencia y una prematura conciencia de la catástrofe. El propio autor confiesa que esta técnica narrativa se inspira directamente en su infancia, cuando espiaba a sus padres a través de la cerradura. En ese acto furtivo, descubría un mundo adulto lleno de miedos y preocupaciones que le eran deliberadamente ocultados. Esa visión fragmentada, esa comprensión a medias de la tragedia, se convierte en el motor de un relato que permite al lector asombrarse y horrorizarse junto al niño.
Para sobrevivir a una infancia marcada por la violencia emocional, Korsgaard desarrolló un mecanismo de defensa que se convertiría en el germen de su vocación: observar su propia vida como si fuera una producción audiovisual, convirtiéndose en un mero espectador. Esta distancia autoimpuesta le permitió soportar lo insoportable y, con el tiempo, le proporcionó la herramienta fundamental del escritor. En su obra, lo más desagradable adquiere un nuevo sentido, transformándose en material valioso para una historia que, aunque bebe de la experiencia personal, se eleva a la categoría de ficción universal gracias a la potencia de su voz literaria.
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LENGUA: Explora las dinámicas familiares y la pobreza en Dinamarca, una sociedad generalmente vista como ejemplar en bienestar social. ¿Sus libros cantan a la Dinamarca desconocida?
Thomas Korsgaard: Más bien me ocupo de la vida desconocida de una parte de la gente que no solo encontramos en los países desarrollados, sino también en otros lugares. Pero lo que suele pasar cuando alguien crece en la pobreza y con el sentimiento de culpa de vivir al margen del resto de la sociedad, es que de alguna manera trata de ocultarlo de forma natural. Si no sabemos que existe gente que vive así, podemos pensar fácilmente que no hay problemas, que todo está bien. Pero no es así para nada.
LENGUA: Su protagonista, Tue, parece habitar en un espacio intermedio entre la infancia y el mundo adulto. ¿Qué significado tiene este periodo vital en la novela?
Thomas Korsgaard: En el fondo me he inspirado en mi propia infancia, en aquel mundo que yo mismo viví. Mi habitación se hallaba al lado de la cocina, y la cocina era como el punto de encuentro del mundo de los adultos cuando los niños ya nos habíamos acostado. De esta forma, en el momento en que mis padres creían que yo dormía, podía sentarme en mi habitación de rodillas y mirar a través del ojo de la cerradura, y verlos como si fuera una película. Mis padres se comportaban de forma completamente diferente a cuando, por así decirlo, estaban con nosotros. Entonces tenía que cerrar un ojo para poder enfocar lo que veía a través de aquella abertura reducida. Y luego, el siguiente paso, consistía en sentarme muy quieto para no perder el equilibrio y golpearme la cabeza contra la puerta y hacer ruido, porque entonces descubrirían que me hallaba allí espiándoles. Y cuando observaba a mis padres por esa cerradura, los veía llenos de miedo al futuro y hablaban de una manera completamente diferente a la que yo estaba acostumbrado. Era como descubrir todo un mundo de palabras y preocupaciones y cosas que influían en mi vida, pero que entendía que ellos intentaban, de alguna manera, ocultarme. Y eso probablemente ha inspirado a que el libro sea, en cierto modo, tal y como es. Intento escribir de esa manera o con esa mirada, porque si lo haces desde la perspectiva del niño, entonces, de alguna forma, también tomas conciencia de algunas cosas que, de otro modo, serían completamente normales. Pero cuando es un niño el que mira a sus padres, todo está permitido. Entonces, como autor, puedo asombrarme junto con el niño, aunque, por supuesto, yo mismo como adulto sé perfectamente lo que es y lo que no. Se trata de una buena posición narrativa para mostrar cómo estos padres intentan ocultar desesperadamente a sus hijos que, en realidad, la cosa va cada vez peor para toda la familia.
«Cuando escribo, no tengo miedo. Escribir me libera. Debía sobrevivir a todo aquello para poder contarlo. Hasta lo más desagradable puede tener un sentido en la vida de uno, un contenido enriquecedor por mucho daño que te haya causado. Se convierte en algo valioso para la historia que quieres contar aunque quizás lo fuera menos para tu vida».
LENGUA: La violencia emocional que refleja la familia de Tue es estremecedora. ¿Cuál era su estado de ánimo al escribir escenas tan intensas?
Thomas Korsgaard: Cuando escribo, no tengo miedo. Escribir me libera. Debía sobrevivir a todo aquello para poder contarlo. Hasta lo más desagradable puede tener un sentido en la vida de uno, un contenido enriquecedor por mucho daño que te haya causado. Se convierte en algo valioso para la historia que quieres contar aunque quizás lo fuera menos para tu vida. Pero en aquel momento, no podía estar seguro de si iba a salir adelante, y si podría llegar a escribir algo significativo. Uno puede sobrevivir de maneras completamente diferentes. La forma en la que yo lo hice y superé una infancia difícil fue observar toda aquella violencia que me rodeaba como si fuera una película. Me decía que no tenía nada que ver con esas personas, solo era un espectador, solo el público. Así todo se volvió más soportable. Poco a poco empecé a comportarme de semejante manera con el fin de sobrevivir. Pero de ahí surgió la idea de empezar a ver la vida completamente desde fuera. Y eso es también, en cierto modo, lo que hace un escritor. Así que creo que todo aquello cambió mi forma de ver el mundo, me condujo hasta la literatura.
LENGUA: Pero, con todos esos tintes autobiográficos, ¿cómo afrontó los riesgos de exponer su vida privada y la de sus familiares en la ficción?
Thomas Korsgaard: Sabía que estaba escribiendo una novela. Seguramente todo habría sido diferente si hubiera escrito una autobiografía. Pero he escrito una novela. Por eso, llamo al personaje principal «Tue». De lo contrario lo habría llamado «Thomas». Es cierto que le nutro de mis propias experiencias, pero también uso cosas que me he inventado, o sea, se convierte en una mezcla de recuerdo y fantasía, ideas que he leído o que me han inspirado. Es una mezcla de muchas cosas. Al final puedo confiar en que el resultado sea algo completamente diferente a lo que fue mi propia vida.
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Thomas Korsgaard. Crédito: Franne Voigt.
LENGUA: ¿Se reconoce en esa etiqueta ya tan manoseada de la autoficción?
Thomas Korsgaard: Seguimos hablando de autoficción, sí, pero yo no pienso en nada de eso cuando me siento a escribir. ¿Es una novela? ¿Es autoficción? Me da un poco igual. Solo quiero escribir la mejor historia posible. No puedo controlar cómo lo va a recibir el lector.
LENGUA: Es un escritor joven que aborda temas difíciles, y ha vendido muchos libros. ¿Den qué manera gestiona las expectativas del público y de la crítica literaria ante al éxito precoz?
Thomas Korsgaard: Eso es algo tan extraño y a la vez tan fantástico de los libros. Me parece que, si recibiera una notificación en mi teléfono cada vez que alguien lee mis novelas, probablemente me estresaría un poco, pero afortunadamente no lo hago. La lectura es un ejercicio solitario que practicas en privado. No es cómo actuar en un teatro, cuando puedes advertir en el mismo momento de la representación si el público disfruta de tu trabajo. Por suerte, no soy actor. El éxito de El patio ha sido sobrecogedor para mí. Tenía la esperanza de vender unos mil ejemplares y poder escribir así una segunda novela. Seguir avanzando. De ninguna manera podía pensar en que apenas unos años después de su publicación en Dinamarca, iba a encontrarme en España hablando de mi libro. Estoy muy contento.
«Seguimos hablando de autoficción, sí, pero yo no pienso en nada de eso cuando me siento a escribir. ¿Es una novela? ¿Es autoficción? Me da un poco igual. Solo quiero escribir la mejor historia posible».
LENGUA: En varias entrevistas ha mencionado a escritores escandinavos como referentes, pero ¿qué autores internacionales considera esenciales en su formación literaria?
Thomas Korsgaard: Leo muchos libros por placer y curiosidad, así que me ocupo de todo, tanto de historias cortas como de novelas, relatos y obras de teatro. Es decir, leo todos los géneros únicamente guiado por mi propio disfrute e interés. Pero los autores que más me gustan son aquellos que escriben sobre las personas y su lucha por la vida. Y aprecio especialmente a los escritores sin vanidad que se atreven a ir lejos sin defraudarse a sí mismos y que exhiben además una mirada humorística. Pero para mí el humor es algo que va necesariamente de la mano con la oscuridad. Así que, si tengo que nombrar algunos autores, entonces quiero por encima de todo recomendar a los españoles que lean a Tove Ditlevsen. Se trata de una escritora danesa fallecida que publicó una trilogía que acabo de volver a leer y es extraordinaria, tan vívida, tan divertida y tan ligera. Es decir, escribe como si fuera lo más fácil del mundo para ella. Pero cuando uno lee un poco sobre su vida, sabe lo difícil que también fue. Eso es el gran arte. Entonces, ¿qué más puedo decir? También siento un gran parentesco con Édouard Louis, el autor francés a quien de alguna manera me reconozco un poco afín y con quien siento que tengo muchas cosas en común. Y por supuesto, me encanta leer clásicos. De alguna manera puedo hincarle el diente a cualquier cosa que esté bien escrita. También debo reconocer que, si no puedo sentir con cierta rapidez lo que el autor quiere decirme, entonces dejo el libro. Pero si lo entiendo, si el libro me habla, me interpela a mí directamente, en realidad ya no importa cómo esté escrito o su género, si es ciencia ficción o alguna otra forma extraña, si me siento interpelado y si hay una voz que dice «esto tienes que oírlo, es importante», entonces leo con felicidad.
LENGUA: Ya que gusta de abordar las tensiones ocultas de Dinamarca, ¿se ve próximamente escribiendo una novela distópica sobre una hipotética guerra entre la Dinamarca post-bienestar y los Estados Unidos de Trump por la posesión de Groenlandia, o eso sería demasiado surrealista?
Thomas Korsgaard: Ja ja ja. ¡Esa tarea se la dejo a los escritores groenlandeses!

