Vanessa Springora: «El silencio es sintomático de la violencia: cuanto más se calla, más probable es que haya mucho detrás»
Tras el fenómeno de «El consentimiento», traducido en 31 países, aclamado por la crítica y llevado al cine, la escritora francesa explora ahora sus turbias raíces familiares, las conexiones de su abuelo paterno con el nazismo y el rol mudo de lo heredado en «El nombre del padre» (Lumen, septiembre de 2025), una ¿novela? expeditiva y ecuánime en la que la catarsis y la voluntad de redención no inhiben su denuncia explícita del que supone el vuelco más devastador de la historia reciente.
Por Carmen Cocina

Retratos de la escritora Vanessa Springora. Crédito: Jean-François Paga. Cortesía de Lumen.
«Nadie reparará las injusticias que se cometieron, pero todas las injusticias se olvidarán». La broma, de Milan Kundera, parece el marco (kafkiano) ideal para ubicar El nombre del padre, la segunda novela de Vanessa Springora, en la que lo personal es más político que nunca. Tras la repentina muerte de su progenitor, con el que no se hablaba desde hacía años, la autora de El consentimiento se topa con un hallazgo que, paradójicamente, resulta tan revelador como ambiguo: unas fotos de su abuelo Joseph luciendo el águila imperial y la esvástica. ¿Obligación o devoción? ¿Quién era en realidad ese hombre que siempre se presentó ante su descendencia como un refugiado checo, y cómo ha afectado esa mentira a la identidad de su padre? Con un argumentario sembrado de citas de Stefan Zweig, Freud, la psicioanalista Françoise Dolto o Georges Perec, y convencida de la impronta de la estirpe, Springora se embarca en una indagación burocrática que la lleva a abrir la caja de Pandora y revolver los archivos de hace más de un siglo con la esperanza de que la letra, lo concreto, la lleve a revelar al hombre, lo abstracto, lo espiritual. En su afán por despejar una incógnita que nunca deja de serlo del todo, la escritora francesa recorre tres generaciones que acaban trazando un mapa nítido y detallado no solo de su intrahistoria familiar, sino del siglo más convulso de la historia europea. Un viaje en el que lo individual y lo colectivo se retroalimentan secundando la tesis de la banalidad del mal de Hannah Arendt en estos tiempos en los que, enterrado el «nunca más», el exterminio y la barbarie han cambiado de bando como jamás alcanzamos a imaginar. La historia se repite… a la inversa.
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LENGUA: Empezó a escribir este libro a raíz de un descubrimiento fortuito. ¿Le había pasado ya alguna vez?
Vanessa Springora: No, efectivamente es algo completamente nuevo. El proceso ha sido muy diferente al de mi primer libro, que comencé a escribir cuando llevaba años queriendo contar esa historia, solo que no me atrevía. Con El consentimiento tenía muchas notas y fragmentos ya escritos que luego podía reunir para hacer el libro. En cambio, El nombre del padre fui escribiéndolo a medida que avanzaba mi investigación. Está todo: mis vacilaciones, mis dudas, mi comprensión de lo que iba descubriendo... Fue muy interesante cambiar el proceso de escritura, porque nunca había pasado por esa inmersión hasta el cuello en otra vida. A veces me sentía como una voyeuse de las vidas de mi padre y de mi abuelo: ambos habían muerto y me tocó a mí ir a recoger y seleccionar sus cosas. Todo aquel que haya perdido a uno de sus progenitores se ha encontrado en esta situación, cara a cara con la vida de sus padres. Y hay algo muy incómodo en ello, porque por lo general solo los vemos a partir de la relación que tuvimos con ellos, no a partir de lo que fueron antes de que nosotros naciéramos. En el caso de mi padre descubrí toda una intimidad nueva, y también mucho sobre la vida de mi abuelo.
LENGUA: Teniendo en cuenta las fotos de su abuelo con el águila imperial y la esvástica, que fueron lo primero que vio en esa casa, probablemente sintió miedo por lo que podía encontrar. ¿Qué la impulsó a seguir investigando a pesar de todo?
Vanessa Springora: Lo que sentía era un poco ambivalente. Tenía miedo, sí, pero también una necesidad vital de encontrar respuestas, de entender: incluso en el caso de que lo que descubriera fuera extremadamente doloroso, también me aliviaría, en el sentido de que por fin empezaría a tener respuestas a una cuestión que me había perseguido toda la vida. Durante mucho tiempo, a medida que iba descubriendo cosas, tenía ganas de «salvar» a mi abuelo, de excusarle de su compromiso ideológico con el nazismo. Pero cuanto más avanzaba, más me daba cuenta de que incluso se había afiliado al partido antes de que Hitler invadiera su país, Checoslovaquia. Mi mayor temor era descubrir que hubiera participado activamente en el Holocausto, es decir, que hubiese formado parte de la Gestapo o que hubiese asesinado con sus propias manos. Eso ha quedado en el aire. Pero creo que al menos estuvo próximo a todo eso, porque se formó en una escuela de policía nazi y perteneció a la OrPo, la policía alemana del Orden en Checoslovaquia, y a los batallones que asesinaban a los judíos de un tiro en la nuca en los bosques en el periodo previo a que el régimen empezara a enviarlos a los campos de concentración. No tengo pruebas de qué ha hecho exactamente, pero estando ahí le tocó de cerca. Y el hecho de que mi abuela y él nunca hablaran de su pasado me lleva a pensar que quizá fue porque había cometido actos criminales; si no, habrían podido explicar que estaba en una brigada y que le obligaron a llevar armas, que se trataba de una época muy complicada y que no se podía ser policía sin afiliarse al partido nazi. Pero no fue así, y creo que el silencio es sintomático de la violencia: cuanto más se calla, más probable es que haya mucho detrás.
«El muro de silencio que mis abuelos le impusieron a mi padre redundó en su personalidad: alguien que ha construido para sí mismo una mentira igual que la que construyó su padre».
LENGUA: Hay un proverbio inglés que dice Curiosity killed the cat (literalmente, «la curiosidad mató al gato»). En El consentimiento, las memorias de su pubertad, lee algunas de los pasajes que G. ha escrito sobre usted, a pesar de que prevé que lo que va a encontrar no le gustará en absoluto. Otro tanto ocurre, potencialmente, en su investigación sobre su abuelo. ¿Por qué necesitamos desenterrar la verdad, aunque pueda ser devastadora?
Vanessa Springora: Yo no creo que la curiosidad sea un defecto, en absoluto. En El consentimiento hago referencia al cuento de Barbazul, que siempre prohibía a sus mujeres entrar en una habitación en donde podían ver que las mataba a todas. Pero una desobedeció, y fue eso lo que la salvó, en contra de lo que advierte ese refrán inglés. Fue su curiosidad lo que le permitió descubrir la verdad y salvarse. Para mí la curiosidad es una virtud, algo que debemos fomentar, también porque nos muestra puntos de vista distintos al nuestro y nos abre al mundo. La gente que no tiene curiosidad vive en la oscuridad, no aprende nada. La curiosidad es la base del saber y de la ciencia: es lo que mueve a los científicos a investigar por qué las cosas funcionan como funcionan. Es muy necesaria, tiene un papel crucial en la educación y no hay que tenerle miedo. Eso de que la curiosidad mató al gato es justo el tipo de cosas que algunos padres dicen a los niños para que no sacudan las alfombras y no descubran lo que esconden, que en realidad es lo que les permitiría confirmar lo que intuyen. Para mi padre, a quien le ocultaron la verdad durante toda la vida, ese silencio fue devastador. La verdad es lo que nos salva.
LENGUA: Fue precisamente el deseo de entender a su padre lo que la impulsó a investigar y a escribir este libro. Al principio lo describe como un hombre megalomaníaco, embustero, fabulador, que siempre quería darse más importancia de la que tenía y que vivió de forma muy errática, tanto en su vida laboral como en la conyugal y la familiar. ¿Cómo ha cambiado su concepto de él a raíz de lo que ha descubierto?
Vanessa Springora: Fue fascinante. Mi padre era un caso clínico que interesaría mucho a la psiquiatría, porque es el vivo ejemplo de alguien que ha sufrido tanto por lo que se le ocultaba que su personalidad derivó en la mitomanía, una enfermedad bastante extraña sobre la que no se ha escrito mucho. Yo he leído al respecto y el término «mitómano» fue acuñado por un psiquiatra francés, Duprès, que ya a principios del siglo XX había comprobado que los mitómanos siempre eran personas que habían crecido en un entorno de silencio o de mentiras familiares. Siempre había un problema de ruptura de filiaciones; su cuadro de identidad nunca estaba claro. Son personas que no saben quiénes son ni de dónde vienen, lo que los lleva a inventarse una ascendencia prestigiosa, como mi padre, que quería hacerme creer que descendíamos de la aristocracia y de los antiguos reyes de Bohemia, o que decía que era espía, o ministro, o que le habían confiado una labor muy importante en política exterior. Todo ello correspondía a una carencia primaria, porque creo que ya de niño comprendió que su padre no le decía la verdad sobre quién era; para empezar, se decía checo pero ni siquiera sabía hablar el idioma. Los niños se dan cuenta de todo, son como esponjas. Y les encanta hurgar: estoy convencida de que mi padre encontró las mismas pruebas que yo, o al menos las dos fotografías de mi abuelo que estaban en su casa cuando murió. En mi caso el secreto ha saltado una generación, así que puedo permitirme hacerme estas preguntas y abordar el tema con cierta distancia, pero cuando se pertenece a la generación inmediatamente posterior y ha pasado algo importante es casi imposible hablar de ello: los padres se ven incapaces de afrontar el tema con sus hijos. El muro de silencio y el tabú que mis abuelos le impusieron a mi padre redundó en su personalidad: alguien que ha construido para sí mismo una mentira igual que la que construyó su padre, alguien que dejó las cosas en su cauce porque no podía plantarle cara a su progenitor. Se construyó una vida de mentiras, igual que la suya, asumiendo, como él, identidades ficticias. Esto que puede considerarse un tipo de locura tiene un origen muy claro: la mentira original de su padre, que le hace creer que es un refugiado checoslovaco cuando en realidad fue un alemán que trabajó para la policía nazi. De niño, esas grietas en su identidad le privaron de un marco referencial claro y le causaron una debilidad psicológica que mi padre intentó suplir con otras mentiras. Algo que me dejó conmocionada, y que también explica muchas cosas, es su homosexualidad oculta y reprimida, contra la que luchó toda su vida. Yo creía que si había fracasado en sus tres matrimonios era porque era insoportable y misógino, pero ahora me he dado cuenta de que se odiaba a sí mismo y se lo hacía pagar a todas las mujeres con las que tenía una relación de pareja, porque en realidad no las amaba y no quería estar con mujeres. Y creo que si no aceptó su homosexualidad fue por su educación: su padre tenía una concepción muy heteropatriarcal de las relaciones de pareja y jamás habría aceptado tener un hijo homosexual.

Vanessa Springora. Crédito: Jean-François Paga. Cortesía de Lumen.
LENGUA: En El nombre del padre reflexiona sobre la noción de narcisismo: afirma que frecuentemente se aplica a hombres como G. y elucubra, al principio de la novela, sobre si su padre podría serlo en algún sentido. ¿Qué es entonces el narcisismo ? ¿Podría ser un rasgo más frecuente en la sociedad actual?
Vanessa Springora: En el caso de Gabriel Matzneff, el hombre al que retrato en El consentimiento, sí podemos hablar de una perversión narcisista, pues era alguien que no tenía en cuenta a las personas que tenía a su lado y pensaba que el mundo entero estaba ahí para satisfacer sus pulsiones y deseos, incluidos los niños y sus cuerpos. El caso de mi padre es muy diferente, es lo contrario del narcisismo: el hecho de no poder conocer la verdadera identidad de su propio padre y crecer en el secretismo y la mentira creó en él una debilidad. En el lenguaje corriente tenemos una tendencia a denigrar el narcisismo, pero si profundizamos en la teoría psicoanalítica vemos que, en su justa medida, es algo necesario, porque si no nos queremos a nosotros mismos tampoco podremos querer a los demás. En este caso no se trataría de un narcisismo unilateral, pues nos permitiría conectar con los demás en lugar de escindirnos de ellos y verlos como objetos. Me interesa muchísimo el psicoanálisis, y durante mucho tiempo recurrí a su práctica terapéutica: me salvó la vida. Y me gusta decirlo, porque a veces se le sigue teniendo ojeriza. Obviamente en la teoría freudiana existen elementos que deben actualizarse, pero como terapia es muy sanador y eficaz. Yo veo que se cuela en mi escritura, que está muy influida por la literatura de principios del siglo XX: no en vano en este libro cito frecuentemente a Stefan Zweig, que era un ferviente admirador de Freud, lo que se reflejaba notablemente en sus escritos. No fue hasta que llegó el siglo XX y el psicoanálisis que los individuos empezaron a verse como tales, como sujetos únicos, cada uno moldeado por su propia historia familiar e infantil. Antes se les contemplaba como miembros de una colectividad, desde una perspectiva social. Y ese giro es apasionante. En lo que respecta al narcisismo, es crucial fomentar en los niños la seguridad en sí mismos. Si en un momento dado mi hijo pequeño me hubiera dicho, por ejemplo, que no era guapo, yo habría replicado que claro que sí. Estas cosas son necesarias. Ahora los tiempos han cambiado, pero desgraciadamente no siempre fueron así. Siendo yo adolescente, cuando sufría tantísimo tras conocer a Matzneff, la psicóloga de mi instituto le dijo a mi madre que me iría bien acudir a un psicólogo, y ella no quiso ni oír hablar del tema. «¡Mi hija no está loca!», exclamó. La gente se imagina que si vas al psicólogo es porque estás loco, pero todo es una cuestión de grados. Incluso en el caso de aquellos a quienes se considera completamente locos habría que preguntarse de dónde les viene. Y también hay una dimensión psicosomática: algunas dolencias del cuerpo a las que no encontramos explicación tienen un origen psicológico y desaparecen con la terapia.
«El descontento y la desesperación general de las clases medias y bajas es el caldo de cultivo del fascismo populista, porque las hace más propensas a confiar en ideas simplistas».
LENGUA: Algunos pasajes son reconstrucciones fabuladas: suposiciones sobre la infancia de su abuelo y las posibles razones por las que podría haber simpatizado con el nazismo y el antisemitismo. Escribe: «Lo imagino y me lo creo todo», y poco después: «Creo que son solo excusas». Siempre habrá un vacío que le impedirá saber con seguridad lo que su padre y su abuelo pensaban y sentían. Desde su subjetividad, ¿cómo lo ha paliado usted?
Vanessa Springora: El libro es el testimonio de un propósito utópico: escribir la biografía exhaustiva de alguien que ya no está en este mundo. Biografías se han escrito siempre, pero siempre habrá en ellas vacíos que se llenarán con lo ilusorio. Estos pequeños pasajes de ficción que incluí en el libro me fueron muy útiles para, a partir de lo que descubrí (los documentos que encontré, las conversaciones que mantuve con familiares lejanos, los lugares que visité y ciertas nociones generales de la vida en esa época), hacerme yo misma una representación mental de cómo eran las cosas: su casa, el idioma que hablaba en ella... Y a partir de ahí narrar de forma algo novelada cosas que sucedieron de verdad. Por otro lado, efectivamente, escribo diálogos y escenas de las que no he sido testigo, por lo que formalmente encajan más con el género novela. Pero aunque se trate de suposiciones, creo que se trata de las aproximaciones más plausibles a partir de la realidad que sí he conocido y reconstituido. Siempre faltarán piezas del puzle, pero entre el momento en el que descubrí todos esos documentos en el apartamento de mi padre y el final de mi investigación he logrado componer una imagen que, sin estar completa, nos da una idea del todo.
LENGUA: La investigación que refleja en el libro superpone dos dimensiones paralelas: la historia de su abuelo, por un lado, y la del siglo XX, por otro: el Tercer Reich, los alemanes de los Sudetes, los cambios de fronteras y los vaivenes en los regímenes totalitarios de las antiguas Chequia y Eslovaquia, el Telón de Acero… Con respecto a esta última, ¿cuál de sus descubrimientos le ha impactado más?
Vanessa Springora: Es difícil elegir solo uno. Yo tampoco tenía ni idea de qué era eso de los alemanes de los Sudetes, y fue toda una sorpresa descubrir que mi abuelo había pertenecido a ese grupo, ya que siempre nos había contado que era chevoslovaco. Y es fundamental que la gente sea consciente de la biculturalidad y el bilingüismo que por entonces existían en Checoslovaquia. Hoy en día estamos viendo cómo Putin pretende hacerse con Ucrania porque allí también hablan ruso. Quizá lo más estremecedor fue lo que leí en el libro de Christopher Browning sobre los batallones de policías checos formados por antiguos comerciantes y artesanos que se integraron en el cuerpo para evitar ir al frente, y a quienes en un momento dado se les pidió que llevaran a los judíos al bosque y los mataran de un tiro en la nuca. Ellos no simpatizaban con la ideología nazi, y aun así obedecieron. Tenían la opción de, literalmente, dar un paso atrás, porque el oficial de turno les ordenaba formar y luego decía que si alguien no quería hacerlo, que retrocediera. Y solo lo hacían uno o dos. Ahí se ve que la predisposición a la barbarie acecha en cada uno de nosotros y que personas normales y corrientes pueden convertirse en genocidas por someterse a la autoridad. Lo más chocante de todo esto es que no hubo represalias contra quienes se negaron a matar: como mucho los llamaban cobardes y los ponían a pelar patatas. No había ningún riesgo en desobedecer, y aun así la mayoría cumplieron las órdenes porque la autoridad así lo pedía. Consintieron. La noción del consentimiento también está muy presente aquí: consintieron en convertirse en asesinos y matar a hombres, mujeres y niños; de hecho, a las mujeres que tenían bebés les pedían que los sostuvieran contra su corazón para así gastar una sola bala. Y es aterrador descubrir la facilidad con la que una persona cualquiera puede convertirse en asesina. Costa-Gavras retrató en una de sus películas a un hombre a quien le dicen que va a hacer un interrogatorio, que debe darle una descarga eléctrica a la persona interrogada cuando no diga lo que quieren oír y que no se preocupe, que está exento de responsabilidad, que ellos se hacen cargo. Y todos aquellos a quienes se les encomienda esa labor llegan a dar descargas de muerte. Gente con trabajos corrientes. Hay un documental francés que, en mitad del genocidio del que estamos siendo testigos, termina con una frase muy bien traída: «Tenemos que dejar de creer que la peste de brutalidad y de odio es cuestión de un solo país y un solo momento histórico: siempre ha sucedido y volverá a pasar». La cuestión es que podemos hacer individualmente para luchar contra ello.

Vanessa Springora. Crédito: Jean-François Paga. Cortesía de Lumen.
LENGUA: De hecho, en El nombre del padre escribe: «La tentación fascista renace de sus cenizas». Parece que no hay mejor momento para recordarlo, ¿verdad? Tanto lo relativo al fascismo como al genocidio.
Vanessa Springora: Intuitivamente, lo que veo es que para que el fascismo coja fuelle tiene que haber una crisis previa, una crisis de la democracia en la que el pueblo piense que los políticos, en general, no han estado a la altura de las circunstancias. Siempre ocurre lo mismo: los ricos se hacen aún más ricos y los pobres, aún más pobres. Y la cólera de los pobres es tan fuerte que empiezan a cuestionarse el propio valor de la democracia y a dejarse permear por ideologías totalitarias. Los partidos fascistas, muchos de los cuales lo disimulan, siempre proponen discursos demagógicos que dan respuestas simples a problemas complejos: por ejemplo, si hay una crisis migratoria, no basta con poner un muro para solucionarla. Ahora mismo, el partido de extrema derecha francés quiere hacernos creer que si ellos gobernaran ese problema se acabaría, pero de hecho el problema es otro: por qué las personas migrantes encuentran tantas dificultades para integrarse en la sociedad francesa. Por otro lado, cuando alguien se ve obligado a abandonar su país, frecuentemente la situación la ha causado Occidente. Volviendo a lo anterior, el descontento y la desesperación general de las clases medias y bajas es el caldo de cultivo del fascismo populista, porque las hace más propensas a confiar en ideas simplistas. El fascismo apela al odio y a la estigmatización de las minorías desfavorecidas, ya sean migrantes, homosexuales o marginados, y todos los que están un peldaño por encima quieren pensar que acabar con ellos bastaría para solucionar sus propios problemas. Da pánico pensar que no hemos aprendido nada del pasado. No hay más que ver lo que está haciendo el gobierno de extrema derecha isarelí. Hace algunos años, con el movimiento #metoo, algunas voces totalitarias me acusaban de ser partidaria de la cultura de la cancelación. Hoy en día vemos que quien cancela programas educativos y prohíbe libros es la derecha de Trump. Libros tan leídos como 1984 o, agárrense, Romeo y Julieta. Hay que poner las cosas en su sitio y darse cuenta de que, esté donde esté, los resultados de un gobierno fascista siempre son los mismos. El primer libro prohibido por Hitler fue el ensayo de un psicólogo y sexólogo austriaco, Magnus Hirschfeld, que estudiaba la transexualidad. Es muy interesante que esta obsesión con lo que ellos consideran desvíos y la exaltación de una masculinidad violenta sea una constante en los regímenes totalitarios: diversas mujeres han testificado que Trump las violó y a sus votantes les ha dado igual. A mí me resulta extraño que tantos se dejen seducir por este tipo de discursos, pero albergo la esperanza de que hay una parte importante de la población que no está de acuerdo y que lucha contra ello desde la generosidad, la solidaridad y la igualdad, que es la gran enemiga del fascismo: la igualdad entre hombres y mujeres, entre las distintas orientaciones sexuales, entre razas... Y por eso debemos seguir defendiendo la democracia, que es el único régimen donde tienen cabida estos valores y que, de hecho, se basa en ellos.
«El problema del pueblo palestino es que son la víctima de la víctima. La moraleja de esta historia es que el hecho de haber sido víctimas no nos exime de la posibilidad de convertirnos en asesinos, ni torturadores, ni depredadores sexuales».
LENGUA: Hoy en día han cambiado las tornas de la historia: los descendientes de quienes sufrieron el Holocausto están perpetrando el genocidio más flagrante y ubicuo del siglo XXI, y además a la vista de todos. Esta subversión de su rol primigenio, de víctima a verdugo cuando conocen el sufrimiento en primera persona, lo hace todo aún más aberrante, ¿no?
Vanessa Springora: La moraleja de esa historia es que el hecho de haber sido víctimas no nos exime de la posibilidad de convertirnos en asesinos, ni torturadores, ni depredadores sexuales; de hecho, muchos pederastas sufrieron abusos sexuales cuando eran niños. En la historia colectiva, el genocidio contra los palestinos es el más industrializado que ha habido nunca. A mí me alucina cómo las autoridades israelíes instrumentalizan el Holocausto y airean constantemente la cruz gamada, como si eso les diera derecho a hacer lo que les plazca. Haber sido víctima no justifica convertirse en un agresor. Hay una frase popular en Palestina que dice que el problema del pueblo palestino es que son la víctima de la víctima. Pero ninguna víctima tiene por qué ser la definitiva: todos los seres humanos están sujetos a la posibilidad de, en un momento dado, dejar aflorar la crueldad y la pulsión muerte. Yo quiero creer que la sociedad isarelí no es uniforme; algunos se manifiestan contra su gobierno y están horrorizados con que su pueblo, que ha sufrido tanto, sea justo el que se está comportando de esa forma tan atroz. Cuando se den cuenta de lo que están haciendo les va a ser muy difícil recuperarse de esa doble condición, pero más le va a costar a pueblo palestino recuperarse de sus fechorías.
LENGUA: Volviendo a los pasajes más fabulados, está claro que, pese a que hasta el momento su escritura se ha anclado en lo real, usted tiene fantasía le sobra. ¿Se ha planteado escribir ficción?
Vanessa Springora: Antes de escribir este segundo libro empecé a escribir una novela de ficción, pero luego llegó la muerte de mi padre y me dejé arrastrar por las circunstancias: mis descubrimientos me obsesionaron y sentí la necesidad de escribir El nombre del padre. Creo que mi técnica de escritura es lo que en Francia llamamos escritura testimonial, lo íntimo, la autoficción. Siempre he leído memorias y autobiografías. En la literatura francesa es un género muy prolífico, de Montaigne y Rousseau a Proust y Annie Ernaux. Todos ellos escritores que he leído muchísimo y a quienes admiro. Siento que la primera persona es lo que me corresponde. Entiendo que al escribir es más fácil esconderse tras un personaje. Annie Ernaux tiene algunos libros así, en tercera persona, pero estaba claro que escribía sobre su propia experiencia. En casos así creo que se trata solo de una cuestión literaria, de que así la historia está más novelada. Y eso me gusta. Yo seguiré inspirándome, probablemente, en mis propias vivencias, aunque quizá adopten esta forma más ficcionada.
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