Yael van der Wouden: «Todo está contenido en la tensión entre lo que prohíbes y lo que permites»
Galardonada con el Women's Prize de 2025 y finalista del Premio Booker de 2024, «La guardiana» (Salamandra, 2025), aclamada ópera prima de Yael van der Wouden (Tel Aviv, 1987), alabada por la fuerza de su escritura y su atmósfera inquietante y muy bien tramada, es una audaz y aguda exploración sobre las secuelas emocionales del deseo. Dotada de una profunda sensualidad y una tensión silenciosa que acrecienta la fuerza psicológica de cada detalle, la novela no solo es una historia ingeniosa y perturbadora sobre el descubrimiento de la pasión, la identidad y el amor, sino también una profunda indagación en el doloroso legado de la Segunda Guerra Mundial.
Por Antonio Lozano

Yael van der Wouden, autora de La guardiana, durante la sesión fotográfica de los finalistas del Premio Booker 2024 en el Royal Festival Hall en Londres. Créditos: Getty Images.
Una de las óperas primas que más dieron que hablar el año pasado, candidata a algunos de los premios literarios más relevantes del panorama anglosajón y acogida con entusiasmo por crítica y público, La guardiana ha sido descrita por su responsable como un «thriller psicosexual sobre dos mujeres y una casa». Con todo, la mejor síntesis se la dio una amiga al confesarle que le había hecho sentir como si la película Retrato de una mujer en llamas hubiera sido dirigida por Alfred Hitchcock. Aunque limitados por la necesidad de no revelar en exceso detalles sobre una trama que va tomando caminos insospechados y se apoya de forma recurrente en el efecto sorpresa, sí cabe hablar de una novela que conjuga admirablemente el estudio de dos mujeres llenas de cicatrices y fantasmas con una exploración de las zonas de sombra de la historia reciente de los Países Bajos. Lo íntimo y lo colectivo, lo familiar y lo social, conviven y se retroalimentan en un relato tan capaz de conmover hasta el tuétano al lector como de tenerlo clavado al asiento mordiéndose las uñas, de provocarle claustrofobia -el hogar, pero también la mente humana, como prisión- que de arrollarlo con una sensualidad tremendamente física.
Tabús nacionales, secretos familiares, traumas de infancia, conflictos fraternales, deseos reprimidos... por La guardiana circula un torrente de temas que la escritora va dosificando y revelando poco a poco, para lo que juega con los mecanismos del suspense y la intriga. La presidenta del jurado del Women’s Prize for Fiction 2025, Kit de Waal, declaró que: «estamos ante una historia que posa una mirada nueva sobre una historia que todos creemos conocer. Contada desde la perspectiva de una mujer complicada y solitaria, que debe encarrar la verdad sobre los privilegios de los que ha disfrutado, la obra explora el amor y la pérdida, así como los compromisos y las traiciones que todos cometemos al intentar sobrevivir en tiempos difíciles».
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En el centro tenemos a Isabel, la guardiana de la casa de campo en la que se instaló junto a su madre y hermanos veinte años atrás, huyendo de los bombardeos de Ámsterdam durante la Segunda Guerra Mundial. Hoy vive en ella sola, prácticamente refugiada del mundo, entregada a una existencia austera, donde el cuidado del jardín y el obsesivo inventario de la vajilla dominan sus días. Hasta que en esta fortaleza de control y previsibilidad absolutos haga acto de presencia Eva, la novia judía de uno de sus hermanos, un elemento extraño y disruptivo que conseguirá hacer saltar todo por los aires. «Mi objetivo -ha declarado la autora - era imbuir todo el libro de tensión, y esa tensión resultó ser erótica».
A través de estos dos personajes, Yael van der Wouden sin duda analiza el amor y la atracción sexual, pero la ambición de su novela va mucho más allá, interrogándose sobre cuál es nuestra identidad más profunda, el grado de complicidad y culpabilidad individual frente a actos ignominiosos del grupo a los que se dio la espalda, y si es posible hallar alguna suerte de redención a nuestras faltas. La autora atendió a LENGUA por correo electrónico.
LENGUA: La situación de los Países Bajos durante la Segunda Guerra Mundial probablemente no sea muy conocida por el gran público. ¿Cómo resultó este periodo para su familia? ¿Fue tanto la historia personal de ella como el descococimiento generalizado sobre el papel de su país en el conflicto incentivos a la hora de escribir la novela?
Yael van der Wouden: Los primeros acontecimientos históricos de relevancia que me enseñaron en casa fueron la guerra y la posguerra en los Países Bajos. Ahí estaba contenido el relato de mi familia, de los motivos por los que se vieron obligados a desplazarse de un lugar a otro, pero también el relato de los amigos de mi familia y de mi comunidad entera. Tanto si son judíos como si no, la mayoría de la gente de los Países Bajos ha visto sus vidas moldeadas por la posguerra de una manera u otra. Cuando acudí a la universidad, ya estudié y escribí de un modo más sistemático acerca de cómo nos habían narrado lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial y las formas en que esta narrativa había ocupado el espacio literario. Tomar conciencia de todo esto ha sido un proceso muy formativo en la composición de mi persona y en mi manera de estar en el mundo. Al lanzarme a escribir mi primera novela tuvo todo el sentido que abordara el asunto en profundidad. Bueno, también el del amor. De hecho, creo que el amor es el verdadero dueño de la función.
«Las historias que consumimos colectivamente tienden a inclinarnos hacia nociones ligadas al papel de víctima, lo que significa que acabamos atrapados en relatos en los que nosotros, en nuestras vidas, muy raramente podemos llegar a considerarnos verdugos».
LENGUA: La guardiana conjuga el suspense -con un gran secreto en su centro que mantiene al lector en vilo - con un retrato muy sensual de las aspiraciones y deseos de una mujer. ¿Fue su idea desde el principio equilibrar lo mental con lo físico?
Yael van der Wouden: Quería poner mucho el acento en el cuerpo, tanto cuando lo exhibimos como cuando se lo ocultamos a los otros. Desde su entrada en acción, Isabel y Eva comparten lo furiosas que se sienten por el modo en que las percibe el mundo; consideran que su esencia verdadera permanece invisible a los demás, quienes sólo acceden a una proyección. Isabel es vista por sus hermanos como una extensión de su madre; Eva es vista por sus amantes como una imagen especular de lo que más desean que represente. Ninguna de las dos recibe una mirada completa hasta que no se conocen y se enfrentan la una a la otra. Lo que ven de forma inmediata es algo feo. Ambas mujeres se desprecian, aunque les queda el consuelo de verse despreciadas por lo que son, y no ser queridas por lo que no son. La fisicidad de su deseo se convierte en una extensión de eso: el cuerpo responde al hecho de sentirse percibido, especialmente por Isabel al poseer una perspectiva tan hondamente táctil de las cosas. Desde la primera página captamos con qué intensidad experimenta el mundo. Todo es vibrante y verde, y cada olor es penetrante y cada sonido, demasiado fuerte. ¡Un poco de brisa bastaría para tumbar a la pobre mujer! Isabel existe dentro de su cuerpo y su cuerpo la abruma. La relación de piel con piel que encuentra con Eva está conectada con la verdad y la percepción, pero también con la posibilidad de canalizar esa manera tan táctil en la que existe en el mundo hacia algo físico.
LENGUA: ¿Qué la llevó a escoger los años 60 para ambientar el libro? ¿Qué ventajas y desventajas le planteó encajar la historia que quería contar en ese periodo específico?
Yael van der Wouden: Me puse las cosas fáciles desde el momento en que la novela se desarrolla en una única casa y desde una sola perspectiva. La Historia se cuela ocasionalmente por medio de comentarios que hacen las niñas en la escuela, o cuando su tía rememora un episodio de la guerra, pero Isabel, nuestra protagonista, puede cerrarle la puerta a todo eso y retomar sus labores predilectas: contar los objetos de la casa para asegurarse de que no falta ninguno y limpiar la vajilla de porcelana. Su carácter reprimido también actuó de muro de contención respecto a lo que yo dejaba entrar en la historia. Todos los pensamientos, anécdotas y datos académicos que fui reuniendo durante el proceso de documentación los liberé finalmente en ese capítulo largo que actúa como antítesis de la disciplina que gobierna por defecto a Isabel: el capítulo del diario.

Yael van der Wouden. Crédito: Getty Images.
LENGUA: Isabel es un personaje muy complejo, una mujer reprimida y solitaria que vive instalada en el autoengaño. ¿Hasta qué punto buscaba que representara a toda esa gente que prefirió mirar hacia otro lado una vez acabada la guerra (aunque ella representa mucho más que eso, por descontado)?
Yael van der Wouden: Mi especialidad académica han sido los Memory Studies, un campo interdisciplinar que estudia el modo en que los individuos y las sociedades construyen, preservan y representan el pasado. Esto me ha supuesto leer montones de novelas ambientadas en la Segunda Guerra Mundial a lo largo de los años con el propósito de analizar las maneras en que estas ficciones han dado forma a nuestras percepciones de la guerra, así como nuestro presente: los modos en que creemos ser muy diferentes de las personas que vivieron todo aquello y que tomaron las decisiones que tomaron. Las historias que consumimos colectivamente tienden a inclinarnos hacia nociones ligadas al papel de víctima, lo que significa que acabamos atrapados en relatos en los que nosotros, en nuestras vidas, muy raramente podemos llegar a considerarnos verdugos. Con Isabel quise tirar un poco de los hilos de ese tapiz, desentrañar lo que pudiera de cuestiones muy complejas: ¿Qué ocurre si el relato que nos hemos explicado comienza a desmoronarse? ¿Qué pasa si las cosas que siempre hemos hecho de cara a la auto preservación ya no nos funcionan? Y aún más importante: ¿cómo ser capaces de mirarnos a la cara a nosotros mismos una vez nos han volteado las certezas? ¿Qué pasos resultan necesarios para cambiar y recuperarnos con la idea de ser dignos de afecto, tanto del propio como del ajeno?
LENGUA: Los comentarios acerca de su novela suelen centrarse en la relación entre Isabel y Eve, pero los lazos que se establecen entre la primera y sus hermanos son también muy interesantes y están llenos de matices. ¿No se sintió tentada de ir más allá en la exploración del componente fraternal?
Yael van der Wouden: Oh, por supuesto. Al final la novela era muy contenida y hubo mucho material que no pudo inquirirse en el estrecho mundo de Isabel y ese breve vistazo a su vida. Pero quizá le alegrará saber (o al menos eso espero) que la próxima girará plenamente sobre las relaciones fraternales (junto con un romance de lo más extremo y trágico, claro).
«Las casas, ya sean reales o literarias, son contenedores increíbles. Está la capa emocional de la pertenencia, la noción de quién tiene acceso a ella y quién no; ¿qué invitados traspasarán la puerta y cuáles deberán quedarse en el umbral?».
LENGUA: De forma paradójica, La guardiana es capaz de amplificar la sensualidad y la tensión a través de la sutilidad, la alusión y la acumulación de detalles. ¿Cómo trabajó este apartado en concreto? ¿Tenía en mente algunos ejemplos que admirara especialmente -de la literatura, el cine...- y que le sirvieran de inspiración?
Yael van der Wouden: Isabel rebosa de deseo: de ser amada, de amar, pero también de deseo de controlar el entorno; quise cambiar el enfoque de ese deseo del «prohibido tocar» al «tócalo todo». Esto implicaba cuerpos, por descontado, pero también otros elementos como la casa, las paredes, la tierra del jardín. Son muchas las cosas en las que puedes hundir los dedos. Todo está contenido en la tensión entre lo que prohíbes y lo que permites. Si escribes cien páginas acerca de una persona que no se permite a sí misma tocar, cuando llegue el momento en que le vas a permitir agarrar a otro ser vivo -el codo de Eva, por ejemplo- toda esa tensión naturalmente transicionará hacia el erotismo.
LENGUA: La casa de Isabel se sitúa en el centro del conflicto que hierve en la novela pero, al mismo tiempo, hablamos de una atmósfera claustrofóbica que amplifica la tensión diaria entre las mujeres. A esto hay que añadir que funciona al modo de una representación física de sus secretos y deseos. ¿Cuánta reflexión le mereció la cantidad de capas que esconde ese espacio doméstico?
Yael van der Wouden: Las casas, ya sean reales o literarias, son contenedores increíbles. Está la capa emocional de la pertenencia, la noción de quién tiene acceso a ella y quién no; ¿qué invitados traspasarán la puerta y cuáles deberán quedarse en el umbral? Luego está la idea de seguridad, el hecho de que paredes y ventanas deberían bastar para mantener el peligro fuera, aunque según mi experiencia, si alguien o algo desea fervientemente colarse, acabará encontrando la manera. A todo esto hay que sumarle los recuerdos, las casas en las que crecimos, los hogares que dejamos atrás y los que abrazamos en su lugar. Hablamos de un torbellino sumamente potente de grandes historias que definen nuestras vidas: de dónde venimos, dónde acabamos, qué es a lo que más tememos, qué es a lo que más amamos. Cuando se me ocurrió la premisa, me pareció de lo más lógico coger una casa y convertirla en el centro del misterio, en un objeto de deseo para estas dos mujeres que librarán una guerra por ella... ¡y luego ver cómo terminaba todo el asunto! Tanto para los personajes como para la propia casa. ¿Al final se mantendrá en pie? ¿A quién le tocará quedarse y a quién marcharse? Eran preguntas fascinantes a plantearse delante de la página en blanco.

Yael van der Wouden. Crédito: Getty Images.
LENGUA: Hay un giro en la novela que no revelaremos. ¿Tuvo que ser muy prudente de cara a no ofrecer demasiadas pistas que pudieran aguar la sorpresa?
Yael van der Wouden: Ya desde sus primeros pasos, di la novela a leer a muchos lectores para que me acompañaran en el camino, con la idea de intercambiar impresiones. Los primeros ya estaban al corriente de por dónde quería que fuera la trama y luego llegaron los que no tenían la menor información acerca de lo que iba la historia. Tuve lectores judíos, lectores de los Países Bajos y lectores que desconocían por completo la historia de los judíos y de los Países Bajos. Debía asegurarme de que la novela funcionara tanto si conocías el giro, si no lo conocías o si lo descubrías a medida que leías. El objetivo no era que el giro se mantuviera en secreto, sino asegurarse de que, incluso si lo averiguabas, el placer de ver cómo se desarrollaba la trama a partir de ese punto se conservara incólume. La recompensa de advertir el giro debía ser anecdótica.
LENGUA: La visión del deseo como una fuerza volcánica y trágica de alguna forma me llevó a la literatura romántica. ¿Siente especial interés por ella o el período histórico?
Yael van der Wouden: ¡Una comparación de lo más amable! No puedo decir que sea una gran fan de los románticos, aunque los leí profudamente durante la carrera. En términos literarios soy un poco urraca; no me interesa tanto el periodo, el género o el movimiento social al que pertenecen las obras como la voz que hay detrás de ellas. He dado con voces que me han interpelado en muy diversos momentos históricos y géneros, y a veces he dado con una sola escena bien singular en un libro, escena que he atesorado como una gema, pese a no haber conectado en absoluto con el resto de la obra. Para mí lo más preciado es que se produzca un eco entre autor y lector, ese momento de reconocimiento en el que sientes que la voz narrativa y tú veis de la misma manera algo relativo al mundo.
LENGUA: Su estilo literario se me antojó muy íntimo, de una enorme proximidad al personaje, como si hubiera dedicado muchos esfuerzos en conducir al lector a la mente del personaje y al lugar que este ocupa en cada una de las escenas. ¿Diría que sus intenciones iban en esta dirección?
Yael van der Wouden: No deja de procurarme una gran alegría escuchar que mi novela transmite esta sensación de intimidad a los lectores porque realmente fue mi objetivo prioritario -que todo resultara tan cercano que el lector casi pudiera sentir que tocaba las mismas cosas que tocaban los personajes-, junto con el hecho de que comprendieran los motivos que llevaban a los personajes a actuar de una determinada manera, incluso si estos comportamientos estuvieran muy alejados de los nuestros en el caso de hallarnos en su situación. En el caso de Isabel esto supuso un desafío especialmente gozoso, coger a una mujer que de entrada nos parece arisca y antipática con la idea de que poco a poco tendamos puentes con ella que nos conduzcan a entenderla. Cuando me siento particularmente optimista, tiendo a pensar que, si somos capaces de entender las elecciones más desconcertantes que toma un personaje, más fácil nos resultará también desentrañar la verdadera naturaleza de nuestras propias decisiones equivocadas. De todos modos, imagino que es una pretensión de un excesivo peso moral que hacerle a una novela.
«Para mí lo más preciado es que se produzca un eco entre autor y lector, ese momento de reconocimiento en el que sientes que la voz narrativa y tú veis de la misma manera algo relativo al mundo».
LENGUA: He leído que La guardiana fue escrita mayoritariamente durante trayectos en tren. ¿Ve esto como una mera anécdota o cree que tuvo algún efecto, marcado o sutil, sobre su composición?
Yael van der Wouden: Hay un elemento casi liminal en los trenes, ¿no es cierto? Hablamos de un espacio en el que estás inherentemente en transición y, por lo tanto, es un espacio que carece de propósito más allá de esperar dentro de sus límites a llegar a tu destino final. Creo que sí que tuvo sus efectos en la novela. Para mí la casa transmite esta sensación liminal. Una fase de transición, algo irreal, ligeramente fuera del tiempo y del espacio... Suena romántico, lo sé, y también un poco difuso, como un sueño. Quizá también podríamos decir algo en términos de ritmo. En ocasiones las frases ruedan de una manera que puede interpretarse como la cadencia de un traqueteo.
LENGUA: Ejerce de profesora de Escritura Creativa y Literatura Comparada en los Países Bajos. ¿Puede contarnos un poco cómo se ve a sí misma en tanto que docente? ¿Qué espera transmitirles de forma prioritaria a sus alumnos? ¿Dónde pone el foco al trabajar sus textos en clase?
Yael van der Wouden: Lo que más me gusta de dar clases es que puedo hacerme invisible. Por esto quiero decir que los alumnos entran en el aula sin el menor interés por cómo me ha ido el fin de semana, o el estado de mis familiares y amigos. El aula también es un espacio liminal para ellos; un lugar en el que pasarán un corto periodo de tiempo antes de abandonarlo, si hay suerte, habiendo acumulado un cierto volumen de conocimientos. Disfruto de mi papel en todo esto: guiar la conversación, guiarlos hacia el aprendizaje, y hacerlo desde un relativo anonimato. Supone un contrapeso refrescante a la escritura, que es una actividad centrada en uno mismo, donde tú y tu voz y tus pensamientos están permanentemente en el núcleo del esfuerzo. Mi principal objetivo como profesora no es tanto interesarlos en el material, sino en mostrarles cómo desarrollar la curiosidad, cómo formular preguntas que te permitan profundizar en un asunto, cómo desempaquetar un pedazo de literatura de un modo que te revele sus mecanismos. No nos preguntamos por qué un personaje se comporta de una determinada manera, nos preguntamos cómo un personaje que se comporta de una determinada manera moldea la historia desde su mismo arranque.
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