Escritoras latinoamericanas

Algo está pasando

En los últimos años, las escritoras latinoamericanas están ganando un enorme reconocimiento internacional: son finalistas y ganadoras de grandes premios; sus libros circulan cada vez más por toda la región y se traducen casi de inmediato a idiomas de países centrales como el inglés, el italiano y el francés; la crítica las señala como voces absolutamente nuevas en el panorama literario y algunas alcanzan cifras de venta inimaginables hasta hace poco. Sin embargo, aunque reconocen que algo está pasando, ninguna de las partes involucradas en este fenómeno quiere escuchar hablar de un nuevo «boom» latinoamericano... Y parecen tener razón. ¿Por qué? Para entenderlo, la periodista argentina Leila Guerriero emprendió la tarea de hablar con autoras, editores, agentes y traductores de todo el mundo. El resultado es esta iluminadora radiografía que LENGUA publicará a lo largo de junio en tres entregas. Una mirada cabal de este fenómeno tan inédito como bienvenido: la llegada de libros y autoras que empiezan a ocupar el lugar que les corresponde en la mesa literaria.
20 minutos

Crédito: Max Rompo.


PARTE 1: ELLAS DICEN



Y de pronto, estuvo ahí: la idea de que algo estaba sucediendo. Un susurro, compuesto por una trilogía de palabras —boom, escritoras, latinoamericanas—, empezó a recorrer el ecosistema literario hace algunos —pocos— años. En ferias y congresos, el susurro se materializó en debates que se anunciaron con nombres como: «Autoras: ¿el nuevo canon de América Latina?». En los títulos de los suplementos culturales cobró forma de afirmación exaltada: «El nuevo boom latinoamericano está escrito por mujeres»; «Las escritoras que revolucionan las letras latinoamericanas». Boom. Escritoras. Latinoamericanas. Debates, artículos, títulos repiten la idea desde hace dos o tres años. ¿Qué acontecimientos labraron esa cosmogonía de palabras? ¿Qué fue lo que le dio forma? No hay un mojón. Pero: en 2017, la argentina Samanta Schweblin quedó en la lista del Man Booker Prize International por su novela Distancia de rescate. Varios latinoamericanos habían sido nominados a ese premio que existe desde 2005 —César Aira, Mario Vargas Llosa, entre otros—, aunque jamás una latinoamericana. La presencia de Schweblin se celebró con sorpresa, orgullo. Y lo mismo pasó cuando, al año siguiente, la argentina Ariana Harwicz quedó en esa lista por su novela Matate, amor. Y lo mismo pasó cuando, en 2019, la mexicana Valeria Luiselli quedó en esa lista por Los niños perdidos. Las crepitaciones empezaron a lanzar chispas cada vez más incandescentes: ese año, la argentina Mariana Enriquez ganó el Premio Herralde con su novela Nuestra parte de noche, además del Premio de la Crítica en España, lo que la transformó en la primera latinoamericana en recibirlo y la quinta mujer de un total de 63 premiados (el galardón se entrega desde 1956); Schweblin volvió a quedar en la lista del Booker Prize, esta vez con Pájaros en la boca, un volumen de cuentos, impensable para un premio de ese tipo (donde las novelas reinan y los relatos, sobre todo provenientes de ámbitos periféricos, se enfrentan a la potentísima tradición sajona), y la chilena Alia Trabucco quedó incluida con la novela La resta (otro latinoamericano, el colombiano Juan Gabriel Vásquez, también fue seleccionado por La forma de las ruinas). Hacia atrás y hacia delante, el año se prodigó en reconocimientos: varias argentinas ganaron premios internacionales (Claudia Piñeiro, el Blue Metropolis [Canadá]; María Moreno, el Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas [Chile]; Ángela Pradelli, el premio a la mejor novela publicada en español en China por La respiración violenta del mundo, otorgado por la editorial People's Literature; Luisa Valenzuela, el Premio Internacional Carlos Fuentes [México]; María Gainza, el Sor Juana Inés de la Cruz, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, por su novela La luz negra; Selva Almada, el First Book Award, en Edimburgo, por su novela El viento que arrasa); y entonces, en ese in crescendo cada vez menos sutil, llegó 2020 y la mexicana Fernanda Melchor obtuvo en Berlín el Premio Internacional de Literatura, la argentina Camila Sosa Villada ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela Las malas, la misma Fernanda Melchor y las argentinas Gabriela Cabezón Cámara y —otra vez— Samanta Schweblin quedaron seleccionadas al Booker Prize con Temporada de huracanes, Las aventuras de la China Iron y Kentukis, respectivamente, y en 2021 Mariana Enriquez quedó seleccionada en la short list de ese premio con Los peligros de fumar en la cama

Entre esos libros hay relatos y novelas sociales, intimistas, de terror, policiales, de autoficción. Algunas de sus autoras han publicado varios libros y otras, uno solo. Unas viven en América Latina, otras, en Europa o en Estados Unidos. Muchas tienen educación universitaria, muy pocas, hijos (un dato que debería ser irrelevante: quizá no lo sea). Nacieron en los años sesenta (tardíos), setenta y ochenta del siglo pasado. ¿Las une algo, además de ser mujeres? ¿Hay un fervor por ellas, tanto en sus países como en España, tanto en su lengua como en lenguas extranjeras? ¿Puede ese fervor, si existe, equipararse al que despertó aquel boom de los sesenta y los setenta, repleto de testosterona, en el que estaban Cortázar, Fuentes, García Márquez, Rulfo, Vargas Llosa, etcétera, cuyos libros, en tiradas enormes, circulaban tanto en América Latina como en Estados Unidos y Europa? ¿Ellas, como heroínas de un canon inverso, están derribando el cliché del realismo mágico, la violencia narco, las historias de dictadura, los clones de Roberto Bolaño que buscaban —¿buscan?— los editores extranjeros al mirar hacia la región? ¿Es un fenómeno —¡el nuevo boom latinoamericano es mujer!— o un invento?

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«Hace quince años tenía un jefe que decía que no leía a mujeres. Yo me volví escritora escuchando esos comentarios. Te marca en dos direcciones. Por un lado, dije: "Si voy a hacer algo, tiene que ser suficientemente bueno, porque estoy compitiendo con toda esta bola de cabrones que lleva años publicando". Por otro, como era una autora, nadie me iba a hacer caso. Temporada de huracanes lo escribí cuando nadie esperaba nada de mí, y pude tomar todos los riesgos». Fernanda Melchor

Los nombres se multiplican formando las nervaduras de un mapa complejo. Autoras más instaladas como Mariana Enriquez, Valeria Luiselli, Nona Fernández, Guadalupe Nettel, Alejandra Costamagna, Samanta Schweblin, que empezaron a publicar en los noventa o los primeros 2000, conviven con otras que, perteneciendo a una generación parecida, comenzaron a publicar más tarde, como Gabriela Cabezón Cámara. Autoras más jóvenes que irrumpieron fuertemente con un libro (en ocasiones el primero —Cometierra, de la argentina Dolores Reyes—, y en ocasiones no, como Fernanda Melchor, que llevaba dos publicados antes del estallido de Temporada de huracanes) conviven con otras muy nuevas y un camino menos estruendoso pero diamantino: Camila Fabbri, Alia Trabucco. No las unen la edad —aunque muy pocas pasan de los cincuenta— ni el recorrido. Las unen el género y el territorio. ¿Y qué más? «Soy muy amiga de Antonio Ortuño y de Emiliano Monge, y siempre les decía que ellos son los perros grandes y yo, el perro pequeño. Ahora me dicen que soy el perrazo», dice Fernanda Melchor, aunque en su tono de voz se trasluce que no cree en absoluto ser el perrazo.

Fernanda Melchor. Crédito: Lisbeth Salas.

Nació en 1982 y vive en Puebla, pero antes vivía en Veracruz, donde escribía crónicas sobre el narco. En 2011 intentó reunirlas en un libro, que propuso a diversas editoriales a lo largo de dos años hasta que lo aceptó un sello independiente. Se tituló Aquí no es Miami, se imprimieron mil ejemplares, no recibió adelanto y no le importó: «Yo hubiera pagado por publicar». Ese año, la editorial mexicana Almadía lanzó su primera novela, Falsa liebre, y ella empezó a escribir Temporada de huracanes: al leer una noticia acerca de un hombre que había matado a una mujer en Veracruz porque aseguraba que ella lo había embrujado, pensó que investigar el caso sería demasiado peligroso y decidió ficcionalizarlo. La historia transcurre en un pueblo inexistente, La Matosa (muchas de las historias de estas autoras suceden lejos de escenarios urbanos, en ocasiones en sitios inventados). Un amigo le dijo: «Necesitamos un agente», y contactaron al alemán Michael Gaeb —su agencia, la misma de César Aira, incorporó recientemente a Melchor y a Ariana Harwicz—, que presentó la novela en Anagrama. «Me rechazaron, dijeron que era un libro demasiado mexicano. Se me rompió el corazón, porque Anagrama es Anagrama, qué chingadas. Yo tenía un buen amigo en Tusquets, y me dijo: "Vente a Tusquets". Pero después él salió de la editorial y el libro quedó bailando. Así que nos fuimos a Random». 

Salió en abril de 2017. En 2020, el efecto «lista Man Booker» —el inglés y los premios sajones son la llave a todo lo demás— inflamó el suceso: se vendió a 27 países. «Pero nada de esto hubiera pasado hace quince años. Ahora los editores están interesados en las voces de las mujeres. Hace quince años tenía un jefe que decía que no leía a mujeres. Yo me volví escritora escuchando esos comentarios. Te marca en dos direcciones. Por un lado, dije: "Si voy a hacer algo, tiene que ser suficientemente bueno, porque estoy compitiendo con toda esta bola de cabrones que lleva años publicando". Pero, por otro lado, estaba la certeza de que, como era una autora, nadie me iba a hacer caso. Temporada de huracanes lo escribí cuando nadie esperaba nada de mí, y pude tomar todos los riesgos. Ahora, además de que esto va a ser pasajero, hace que se publiquen propuestas que no siento que sean tan valiosas, solo porque son de mujeres. Las editoriales son negocios y están conscientes de que eso es lo que se está buscando. Y les da una buena onda, no una ganancia económica, sino capital simbólico».

Temporada de huracanes fue, durante mucho tiempo, inconseguible fuera de México. Solo se distribuyó en la región cuando Random House lo publicó en su colección Mapa de las Lenguas, que desde 2015 elige trece escritores por año para hacer un lanzamiento simultáneo. Sin embargo, su nueva novela, Páradais, salió a principios de este año en Literatura Random House, tanto en España como en América Latina, y ya fue comprada por Alemania, Inglaterra, Suecia. Siguen los nombres. 

«El fenómeno de las mujeres escritoras no es solo latinoamericano. Se reedita a Marge Piercy, a Octavia Butler, a Maryse Condé. Lo que es nuevo es el interés por lo latinoamericano. Y eso tiene que ver más bien con los discursos sobre la diversidad. En Estados Unidos hay un fenómeno de inmigración latinoamericana, y creo que hay un interés por saber quiénes son esas personas». Mariana Enriquez

En los últimos tiempos se ha revisado el boom de los sesenta y setenta con mirada crítica, señalando a las autoras que quedaron a la sombra de aquel derrame masculino: Clarice Lispector, Elena Garro, Rosario Castellanos, María Luisa Bombal, Silvina Ocampo. Nélida Piñón, Luisa Valenzuela. En verdad, la sombra del boom era grande y generosa, alcanzó para opacar también a autores como Juan José Arreola o Julio Ramón Ribeyro, y fue solo en los primeros años de este siglo que un latinoamericano, el chileno Roberto Bolaño, logró reavivar el interés de editores en otras lenguas: traducido al inglés, su novela 2666, publicada luego de su fallecimiento, fue un enorme suceso literario en Estados Unidos, puso en valor toda su obra, e hizo que las editoriales extranjeras volvieran la mirada hacia América Latina utilizando todo tipo de rabdomancia para encontrar «al nuevo Bolaño». Pero a eso —no había tantos bolaños disponibles— siguió una renovada y apacible indiferencia. 

La novela Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez, en la que se funden el terror, el ocultismo, la dictadura argentina, la relación entre padres e hijos, lleva cuatro ediciones en España y se tradujo a dieciséis idiomas. No es el primer libro suyo que funciona bien dentro y fuera de su país. Los relatos de Los peligros de fumar en la cama (2009) y Las cosas que perdimos en el fuego (2016) llevan cuatro y seis ediciones en Anagrama, y siete y 25 traducciones respectivamente. Cuando ella empezó a publicar —Bajar es lo peor, su primera novela, es de 1995— el panorama era distinto. «La posibilidad de publicar fuera de la Argentina era remota. Ahora todos los libros se publican también en España. Hay editoriales españolas que en los últimos meses publicaron a Magalí Etchebarne, a Belén Lopez Peiró, con primeros libros. Mi impresión es que hay un interés editorial por las mujeres, que tiene que ver con un interés global relacionado con el fenómeno del feminismo. Que además haya muy buenos libros escritos por mujeres es una suerte, porque eso va a hacer que esto se mantenga como una normalidad. Me parece bastante excepcional que en un espacio de dos o tres años se hayan publicado libros tan buenos como La Perra, de Pilar Quintana, y Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor. Pero el fenómeno de las mujeres escritoras no es solo latinoamericano. Se reedita a Marge Piercy, a Octavia Butler, a Maryse Condé. Lo que es nuevo es el interés por lo latinoamericano. Y eso tiene que ver más bien con los discursos sobre la diversidad. En Estados Unidos hay un fenómeno de inmigración latinoamericana, y creo que hay un interés por saber quiénes son esas personas».

Mariana Enriquez. Crédito: Nora Lozano.

En los noventa, la revista Gente publicó una nota bajo el título «Y mañana serán Borges». Reunió a escritores argentinos de entre veintiocho y cuarenta años de una generación potente formada por, entre otros, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Charlie Feiling. En la foto que ilustra la nota hay once hombres y una mujer: Esther Cross. Esa imagen, ahora imposible, fue el telón de fondo en el que Mariana Enriquez empezó a escribir. «Me gusta más ahora. Hay mayor complicidad. En el momento del examen estás más acompañada. Porque el examen existe. A mí no me preguntan: "¿Cómo hacés para ser mamá y escribir?", porque no tengo hijos, pero me preguntan cuándo voy a salir del tema del género, del terror. Es como si me preguntaran: "¿Cuándo vas a madurar y escribir cosas serias?". A Stephen King no le preguntan eso».

El nombre de la mexicana Guadalupe Nettel figura entre los más asentados de la literatura de su país. Forma parte de la lista Bogotá39, en la que el Hay Festival selecciona a los mejores escritores latinoamericanos de menos de treinta y nueve años, ganó el Premio Herralde con su novela Después del invierno en 2014, y acaba de publicar La hija única en Anagrama, la editorial que reúne casi toda su obra. «En el siglo XX, la literatura escrita por mujeres era considerada un subgénero sin importar que fuera ensayo, poesía, novela fantástica, negra —dice Nettel—. En el siglo XXI, la literatura se ha interesado en rescatar las experiencias de las minorías oprimidas en lucha por cambiar su situación. Los temas de racismo, colonialismo, LGBTQ, los cuerpos y las subjetividades disidentes, han encontrado un lugar en el arte y han sido revalorados. Los feminismos también. Cada uno de estos grupos le debe esa nueva visibilidad a sus militantes. No es una moda, sino una recompensa después de tantos años de lucha. Hace dos años, Annie Ernaux me contó que, cuando se publicó su libro La mujer helada, la crítica la desdeñó diciendo que a nadie podían interesarle esas historias de bonnes femmes. Ahora es un libro considerado precursor. Las sociedades deben madurar para poder hablar de ciertos temas. No lo hacen solas, las militancias y los activismos las llevan ahí. Lleva un tiempo. Ahora, por fin, estamos viendo el fruto de ese esfuerzo».

Samanta Schweblin.

En el mes de diciembre, Samanta Schweblin estaba en Noruega, cumpliendo una cuarentena después de llegar desde Berlín, donde vive. Es una voz literaria potentísima, fue elegida entre los mejores escritores en español menores de treinta y cinco años por la revista Granta en 2010, forma parte de la lista Bogotá39 y, como se dijo, lleva tres nominaciones al Man Booker. «No soy buena para ganarlo, pero soy buena para entrar en la lista —dice, riéndose—. Cuando Pájaros en la boca quedó finalista pensé: "Esto es muy importante". No por mí. Pensé: "Un libro de relatos no entra en el Booker casi nunca, esto tiene que abrir puertas a nivel territorial". Después no ganó, pero el hecho de autorizar la idea de un libro de cuentos y, más allá del género, escrito por una persona latinoamericana, me pareció que era algo. Gran parte de los mejores libros que leí este año están escritos por mujeres. No los elijo por eso, pero al final miro y son todas minas. Creo que no es porque estén haciendo una literatura superior, sino que pertenecían a una minoría, y cualquier minoría, cuando irrumpe, trae una frescura que se agradece. Por eso no creo que sea una moda pasajera. Pero también creo que el mercado está publicando a más mujeres de las que publicaría si estuviera eligiendo por calidad y no por género. Por otra parte, cada vez que los derechos de la mujer dieron dos pasos adelante, hubo una contramarcha que nos hizo dar dos pasos atrás. Sería ingenuo pensar que no va a haber una contramarcha». 

Avances, retrocesos. Si esa es la historia del feminismo, también podría ser —previsible, peligrosamente— la de la literatura escrita por autoras contemporáneas. 

«Los temas de racismo, colonialismo, LGBTQ, los cuerpos y las subjetividades disidentes, han encontrado un lugar en el arte y han sido revalorados. Los feminismos también. Cada uno de estos grupos le debe esa nueva visibilidad a sus militantes. No es una moda, sino una recompensa después de tantos años de lucha». Guadalupe Nettel

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La argentina Hebe Uhart pasó buena parte de su vida publicando en editoriales independientes, muchas de las cuales ya no existen. Su trabajo fue durante décadas motivo de admiración entre lectores enterados, pero solo salió del círculo de culto cuando un sello grande, Alfaguara, publicó sus Relatos reunidos, en 2010. Tenía setenta y cuatro años. En 2017, a los ochenta y uno, ganó el Premio Iberoamericano de Narrativas Manuel Rojas, en Chile. Un año después se murió. Para entonces, hacía rato que el escritor argentino Rodolfo Fogwill había dicho sobre ella: «Hebe Uhart es el mejor narrador argentino». Fogwill encontró la forma de decir «la mejor entre todos», y no «la mejor entre las mujeres», como se hubiera entendido si hubiera dicho «la mejor narradora argentina». El argentino Martín Kohan escribió al respecto que «Fogwill le hizo decir al lenguaje patriarcal, a su gramática y a sus desinencias, que la mejor era una mujer (…) Y produjo así, al interior de ese mecanismo, un colapso de engranajes, algo como un cortocircuito».

Mucho hace pensar que ese cortocircuito sigue siendo necesario. En 2017, el Ministerio de Cultura de Colombia envió una delegación de escritores a Francia en el marco del año Colombia-Francia. Todos eran hombres. Varias escritoras generaron un hashtag —#colombiatieneescritoras— y un texto para denunciar la situación. Ese mismo año, autoras y autores firmaron una carta criticando la poca representación femenina en el Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa: el jurado estaba compuesto solo por hombres, los finalistas eran cuatro hombres y una mujer y, de trece invitados, solo tres eran mujeres. También en 2017 se dio a conocer la nueva lista Bogotá39: figuraban trece mujeres, apenas dos más que en la misma lista de 2007. Esto produjo la reacción de autores como el mexicano Juan Pablo Villalobos, que escribió en su cuenta de Twitter: «Quien quiera ver en esto una tendencia (2 mujeres más cada 10 años), así, serán mayoría (21/39) dentro de 40».

Ahora, un salto en el tiempo. Año 2020. Ya instalada la avalancha de premios —y nominaciones a premios— de primera clase para las autoras latinoamericanas. Ya se habían hecho todas las cuentas, ya se había repetido una y otra vez la sinfonía de la desigualdad: que hasta entonces el Cervantes llevaba cinco mujeres premiadas en 42 años; el Premio Nacional de Literatura/Narrativa, cuatro en 41 años. Etcétera. Ese año, el suplemento El Cultural, del diario español El Mundo, publicó la lista de los mejores libros según sus críticos. La entradilla decía: «Huérfanos de nuevas novelas de Vargas Llosa, Landero o Mendoza, los críticos de El Cultural han apostado este año por obras escritas por y sobre mujeres». Las redes sociales echaron fuego por sus fauces de dragón, y El Cultural se disculpó en Facebook: «Que este año no han publicado novela Vargas Llosa, Landero o Mendoza, tantas veces ganadores de las listas de lo mejor del año, es un hecho. Pero nada más lejos de El Cultural que considerarnos huérfanos por su ausencia. Es una torpeza que desmiente nuestra historia. Y, por supuesto, nuestra alegría por el triunfo de la extraordinaria novela Un amor, de Sara Mesa».

Disculpas o no, hay cosas que no se cambian con alaridos: en 2019, el informe del ISBN en España arrojó que, de los 55.501 títulos inscritos, el 61,6 % eran de hombres y el 32,1 %, de mujeres.

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Claudia Piñeiro. Crédito: Alejandra López.

Claudia Piñeiro irrumpió en la literatura argentina en 2005, cuando ganó el Premio Clarín de Novela por Las viudas de los jueves, publicada por Alfaguara. Desde entonces, mucho antes de que empezara a hablarse de «las autoras latinoamericanas», sus libros ocupan los primeros puestos de venta en su país y han sido traducidos a 24 lenguas. En los últimos años, además, intervino fuertemente en la discusión pública defendiendo el derecho al aborto y participando de movimientos contra la violencia de género. «Creo que para que haya un boom tiene que haber dos cosas: alguien que ilumine a determinados escritores, y que esos escritores valgan la pena. Cuando fue el boom latinoamericano, Carmen Balcells, casi en una operación de marketing, dijo: "Miremos a estos autores". Hizo todo lo que había que hacer para que se los mirara, y entre ellos había autores extraordinarios. Me parece que ahora está pasando lo mismo, pero de la mano del feminismo. El feminismo iluminó determinadas escrituras de autoras que ya estaban escribiendo, aunque no se las veía. E iluminó a autoras extraordinarias, como Gabriela Cabezón Cámara, Ariana Harwicz, Samanta Schweblin, Mariana Enriquez. Pasaron a tener una visibilidad internacional altísima, a ganarse todos los premios. Porque son extraordinarias. Al mundo eurocentrista no le interesa más América Latina, como sí le interesaba cuando fue el boom de Carmen Balcells. Hoy, Europa está mirando hacia África o Asia, y lo único que le interesa de Latinoamérica es el movimiento feminista. Es una conjunción de la literatura de estas mujeres, que es extraordinaria, y la iluminación que les dio el feminismo». 

Cuando aquellas autoras argentinas —entre las que estaban Piñeiro, Enriquez, Valenzuela, etcétera— recibieron en el mismo año galardones internacionales, la cámara de diputados decidió hacerles un reconocimiento. Conjunto. Durante la ceremonia, el escritor y crítico argentino Martín Kohan leyó un texto: «No siempre existieron (…) las condiciones de posibilidad para que una valoración así se produjera, lo que supuso ni más ni menos que la postergación o la exclusión (…) de numerosas escritoras (…) Pero ahí donde esa arbitrariedad se desactiva (…), y se premia (…) tanta buena literatura escrita por mujeres, es en verdad peyorativo subrayar que es porque se trata de mujeres, como si el factor determinante fuese su condición de género (…) y no lo que verdaderamente se reconoce y se premia: la buena literatura que escriben». Su texto fue publicado por la revista Ñ bajo el título: «No es un boom». 

«Me parece que en efecto hay una tendencia de mercado a mover la literatura de mujeres —dice Kohan—. Me parece preocupante. Puede ser bienvenido en términos de compensación, por la historia de postergaciones que existió y existe. Pero hay formas y formas de revertir injusticias históricas. El asunto sería decir: "Entran en la misma consideración con cualquier otra literatura escrita por cualquier otra persona con cualquier condición de género, y como varias son buenas, ganan premios, las publicamos". Que no es lo mismo que decir: "Venimos a compensarlas: por siglos de injusticia, ahora premiamos a mujeres". Ya hubo mujeres que fueron best sellers: Beatriz Guido, Silvina Bullrich, Martha Mercader. Allende, Mastretta. Eran fenómenos reducidos, está bien. Pero ¿se disolvió, en nombre de una bienvenida paridad, la acepción de género en el mercado, o solo se amplió? El mercado ya tenía su negocio con escritoras mujeres. Antes estaban en una celda, cabían tres. Ahora caben treinta. Sigue siendo una celda. Estas escritoras, desde lo puramente literario, rompieron el molde asignado a la literatura de mujeres. Por eso pretendo que el reconocimiento no pase por el molde de literatura de mujeres». 

Lina Meruane. Crédito: Mariana Garay.

En la revista Palabra Pública, de la Universidad de Chile, se suscitó en 2020 un debate a raíz de un artículo publicado allí por la crítica chilena Lorena Amaro titulado «Cómo se construye una autora». La chilena Lina Meruane, que ganó el Premio Anna Seghers en 2011 y el Sor Juana en 2012 por su novela Sangre en el ojo, escribió: «Amaro argumenta persuasivamente que la escritora-autopromocionada (…) estaría peligrosamente cerca de caer en las trampas salvajes del capitalismo (…) y se propone advertirle (…) que este sistema perverso acabará tragándose su escritura para convertirla (…) en apenas un nombre consumible y olvidable (…) La crítica asegura (…) que a una escritora la hace su escritura y de esto se deduce que a eso deberíamos dedicarnos todas, a escribir y escribir y escribir sin levantar cabeza, a poner las manos en la construcción de una obra sólida que hable por nosotras. Y sería imposible para mí (…) estar en desacuerdo con esta afirmación, pero (…) enseguida pienso que nunca ha bastado con escribir, ni siquiera con escribir magníficamente. (…) La valoración de la escritura ha pasado por el juicio masculino (…), han sido los escritores y los editores y los críticos e incluso los periodistas, hasta ahora mayoritariamente hombres (…), quienes han decretado en qué consiste "ese escribir bien". (…) Y yo sospecho que (…) escribir bien no es suficiente, ni siquiera hoy, porque nuestro aumento de visibilidad es solo relativo y está acosado por nuevas sombras». 

Luces —¡premios, premios, premios!— y sombras: en 2016, VIDA, una organización con base en Nueva York que revisa la cantidad de escritores reseñados en medios de los Estados Unidos, encontró que, del total de autores y de los críticos que los evaluaban, los dos tercios eran hombres. Hasta 2019, el Premio Nobel, que nació en 1901, había sido otorgado a diecisiete mujeres. El Goncourt, que existe desde 1906, a diez. El Princesa de Asturias, desde 1981, a ocho. La mexicana Gabriela Jáuregui forma parte de la lista Bogotá39 y editó el libro Tsunami, de Sexto Piso, donde reunió ensayos acerca de las formas de violencia ejercidas sobre las mujeres. «Creo que hay una cosa muy real, fruto de la labor de las escritoras y de las editoriales pequeñas. Eso no quita que el capitalismo coopte a estas autoras y llene esos nichos desde el marketing. Pero correr el riesgo de que se transforme en una etiqueta es un gran lujo. El riesgo de caer en el cliché: ¡bendito riesgo! Si ahora se van a publicar cinco novelas malas para que haya veinte muy chingonas, antes de que solo se publiquen cinco, adelante. Yo no puedo darme el lujo de decir: "Quiero que me aprecien por la calidad de la escritura". Estoy segura que una mujer negra y una mujer trans también quieren eso, pero a la mayoría nadie le da la hora. Para empezar hay que ocupar el espacio, y luego podremos quejarnos y pedir que nos juzguen por el mérito y no por la cuota».

«No me gusta esa expresión, "dar voz a las mujeres". Es condescendiente —dice Claudia Ulloa Donoso, peruana, habitante de Bodo, Noruega, parte de la lista Bogotá39 y autora del libro de cuentos Pajarito, que se publicó antes en Chile, en Ediciones del Laurel, que en su país, y que pronto se publicará en Estados Unidos en el sello Deep Vellum—. Igual, como persona práctica que soy, pienso que es mejor eso que nada. Puede ser contraproducente, pero dependerá de nosotras que eso no se convierta en "las ponemos en grupo".

La portorriqueña Mayra Santos-Febres, autora de La amante de Gardel, dice que le preocupa que esta visibilización súbita deje fuera de plano otras discusiones, igual de relevantes. «Seguimos estando en la periferia las mujeres del Caribe, las indígenas que no escriben en español. Esas discusiones se quedan mas bajitas, porque el booommm, tú sabes —dice con ironía—. De un lado se logra algo, pero del otro hay una apropiación para beneficio del mercado. Yo soy una mujer negra, y siempre escribí desde la intersección de raza-clase, y de pronto soy categorizada como autora de literatura erótica. Digo: "¿Cómo fue, qué pasó?”. Lo que yo espero es que no se genere un nuevo canon de "mujeres que hay que leer"».


FIN DE LA PARTE 1

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