Y otros relatos de True Crime
Motines, juicios y una verdad escurridiza: «Los náufragos del Wager», la (pen)última genialidad de David Grann
En «Los náufragos del Wager» (Random House, 2025), apasionante recuento de la odisea de la tripulación del buque de guerra británico del título a mediados del siglo XVIII, David Grann da otra lección -tras «Los asesinos de la luna»- sobre cómo explicar unos hechos reales muy alejados en el tiempo con detallismo iluminador y pulso vibrante, al tiempo que buscando los interrogantes morales y los reflejos sociales que los anclan al presente.
Por Antonio Lozano

El naufragio de una embarcación británica del siglo XVIII según el pintor Charles Brooking. Crédito: Getty Images.
La aspiración por defecto entre los escritores ha sido desde siempre encontrar la mejor manera de explicar una historia, es decir, que la prosa y el estilo (la forma) hagan plena justicia a la trama (el contenido). Puesto que la realidad nos brinda los relatos más apasionantes, ricos e inverosímiles, y los géneros de ficción disponen de las herramientas más idóneas para atrapar nuestra atención e impulsar la lectura hacia delante, combinar con talento los puntos fuertes de ambos mundos es la receta para la narración perfecta. En los años 60 y 70, los practicantes del Nuevo Periodismo -Gay Talese, Tom Wolfe, Truman Capote, Norman Mailer, Janet Malcolm...- comenzaron a trasladar a sus libros las técnicas y mecanismos que ya antes habían practicado en sus reportajes: nacía así la llamada novela de no ficción, es decir, una aproximación a los hechos con los mimbres o ropajes de la literatura.
Transcurrido más de medio siglo desde aquellos pioneros, y tras infinitas mutaciones y debates éticos por el camino, parece incontestable que David Grann (Nueva York, 1967), redactor en plantilla del semanario The New Yorker, se cuenta entre las más excepcionales formulaciones actuales de ese viejo sueño de robarle el fuego a los dioses de la ficción para explicar historias cien por cien verídicas. A lo americanos les encanta recurrir a la expresión «bigger than life» para referirse a acontecimientos tan excepcionales que rozan la inverosimilitud. Este ha sido el coto de Grann, indagar en hechos que generan tal asombro que parecen ensanchar los límites de lo que la vida es capaz de generar, o expresado de otra forma, relatos que encajarían de forma más orgánica en un entramado ficcional. Léase: la demencial aventura del explorador británico Percy Fawcett por la jungla amazónica en busca de los tesoros de El Dorado (Z, la ciudad perdida), la no menos suicida misión del ex agente de las fuerzas especiales británicas Henry Worsley al empecinarse en cruzar en solitario el Ártico en 1955 bajo la inspiración del mítico explorador Ernest Schakelton (The White Darkness), la aniquilación programada de la comunidad india de los osage en Oklahoma durante los años 20 para hacerse con las riquezas obtenidas por medio de sus explotaciones petrolíferas (Los asesinos de la luna), uno de los primeros retos de envergadura a los que se tuvo que enfrentar el FBI, o los casos que inspiraron sus recopilaciones de reportajes de investigación El viejo y la pistola -centrada en delincuentes y estafadores que tomaron riesgos mayúsculos- y The Devil and Sherlock Holmes.
Precisamente el subtítulo de este último título, «Historias de asesinato, locura y obsesión», sería una buena síntesis de los raíles por los que han discurrido la mayoría de sus trabajos. El ser humano que transgrede los límites que impone la lógica, la ley, la sociedad, el sentido común... su capacidad para neutralizar la idea de imposibilidad y los escrúpulos morales cuando se deja arrastrar por toda suerte de objetivos febriles y demenciales. Como se diría que ocurre con cada uno de sus nuevos libros, Los náufragos del Wager eleva las apuestas, es decir, propulsa los incentivos que han definido la trayectoria de su autor hacia cotas más altas. La locura y la obsesión manifestándose con una cuota extra de potencia, el viejo dicho de que la realidad supera a la ficción plasmándose de manera todavía más gráfica. Grann nos embarca en una peripecia marítima que derivó en naufragio, amotinamiento y finalmente en un sonado consejo de guerra, todo lo cual tuvo en vilo a la opinión pública británica de mediados del siglo XVIII, y que el lector de hoy, casi tres siglos después, tendría serios problemas para darle credibilidad de encontrársela expuesta en una superproducción hollywoodense en vez de venir firmada por un reportero y escritor tan reputado. El Wager era un buque de guerra de la Marina Real Británica que formaba parte de una escuadra con la misión secreta de agenciarse el suculento botín de un galeón español en el marco del enfrentamiento entre ambas potencias imperiales. Sin embargo, una tormenta salvaje al intentar cruzar el Cabo de Hornos provocó su naufragio y los supervivientes acabaron buscando refugio en una inhóspita isla cerca de la Patagonia. Todo lo que siguió hay que leerlo para creerlo, pero avanzaremos que incluye hambruna, enfermedad, amotinamiento, sedición, azotes, asesinato, encuentro con población indígena, y lo más increíble de todo, retorno de una minoría de los sufrientes al hogar en dos expediciones por separado. El milagro de la vuelta de estos dados por muertos solo consiguió abrir un nuevo frente de tensiones, interrogantes y penalidades: dilucidar cuáles de las versiones contrapuestas de los luctuosos acontecimientos vividos en la isla era la cierta. Ironía máxima: de probarse alguna de las acusaciones cruzadas, los culpables podían acabar en la horca, es decir, uno había salido indemne de varios infiernos para despedirse de este mundo una vez bajo el teórico abrigo de la patria. Héroes devenidos traidores que subían al cadalso. ¿Pero quiénes? ¿Qué hombres que habían superado unos obstáculos dignos de un relato mitológico necesitaban acudir parcialmente a un recuento de ficción para salvar el pellejo? Una enconada lucha por arrogarse la versión triunfadora de los acongojantes padecimientos y la clemencia pues de los tribunales.
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Con los libros de Grann ocurre que el interés y la perplejidad que despiertan los acontecimientos que narra están a la par con el interés y la perplejidad que despierta su capacidad como escritor para analizarlos, estructurarlos y darles forma. En un encuentro virtual con periodistas españoles apuntó que Los náufragos del Wager implicó cinco años de documentación e investigación -lo mismo en el caso de Los asesinos de la luna-, el primero de los cuales centrado exclusivamente en familiarizarse con el lenguaje de la época (lleno lógicamente de arcaísmos), y especialmente en el registro marítimo (tan repleto de abreviaturas y códigos en desuso que su desciframiento no estaba tan lejos del de los jeroglíficos egipcios). Antes, no obstante, ya se habían producido los dos pasos cruciales que siempre necesita el autor para dar luz verde a un proyecto: que la historia lo haya cautivado, o mejor, agarrado por el cuello, y que existan fuentes documentales suficientes para armar un relato completo. Sobre este último punto, Grann habla en el apartado de Notas de «un sorprendente tesoro de documentos de primera mano (...) hablamos no solo de diarios de a bordo, sino también de correspondencia, diarios personales, registros de tripulantes, testimonios del consejo de guerra, informes del Almirantazgo y otros documentos del gobierno. A todo ello hay que añadir numerosas crónicas aparecidas en la prensa de la época, así como baladas marineras y bosquejos hechos durante la travesía. Y, cómo no, las vívidas narraciones que muchos de los protagonistas consiguieron publicar».
Ahora bien, solo será durante su redacción -la titánica labor de atravesar este océano tempestuoso de papeles-, asegura el autor, que el verdadero asunto del libro se revelará, al tiempo que para llegar a completarlo uno forzosamente ha de vivir obsesionado con el proyecto, debe sentirse poseído por él. Y una vez escrito, al tratarse de una obra que se devora como el más apasionante best seller pero mantiene una sagrada deuda de honor con la verdad, empieza un exhaustivo proceso de revisión frase por frase para comprobar de qué fuente procede lo dicho y cotejar que en el trasvase al papel no se haya incurrido en ningún error o desliz de la imaginación (para esta labor, que obliga a sacrificar hasta el menor detalle que no se ajuste al registro documental, Grann contrata a un fact checker de The New Yorker para que lleve a cabo una segunda capa de verificación).

David Grann. Crédito: Rebecca Mansell.
En otras manos, un compromiso tan exigente con lo factual forzosamente derivaría en una crónica periodística, pero el genio del autor radica en acercar la narración al máximo a la esfera literaria sin traicionar aquél. El rigor del historiador se cita con la seducción del novelista. Valiéndose de un fácil símil marino, uno se embarca en Los náufragos del Wager, no se limita a avanzar por sus páginas. Resulta sintomático que «viveza» sea uno de los términos más repetidos por Grann a la hora de definir lo que espera transmitir con sus historias. Si es cierto el refrán de que «el diablo está en los detalles», él mora en un Hades particular, y leer la obra invita a preguntarse por qué no nos enseñaron la Historia desde los mismos principios y técnicas que emplea. Veamos algunos ejemplos del modo que tiene el escritor de hacernos cercana e inteligible la esfera marítima del siglo XVIII y de que nos sintamos partícipes de la acción:
(...) Por muy sofisticados que fueran los buques de guerra con todo su trapo y su mortífera artillería, estaban hechos básicamente de materiales sencillos y perecederos; cáñamo, lona y, sobre todo, madera. Para construir un solo buque de guerra de grandes dimensiones podían ser necesarios hasta cuatro mil árboles; dicho de otro modo, talar cuarenta hectáreas de bosque. Aunque la de roble era la madera de preferencia, también las maderas duras estaban expuestas a los elementos erosionadores de las tormentas y del mar. El «Teredo navalis» un molusco rojizo que puede alcanzar más de un palmo de longitud- roía los cascos. (Colón perdió dos barcos por ese motivo durante su cuarto viaje al Caribe). Las termitas se cebaban en cubiertas, mástiles y puertas de camarote, lo mismo que el llamado «reloj de muerte», un escarabajo que perfora la madera. Por si fuera poco, un hongo en particular devoraba el núcleo de madera de la embarcación (...) Según un importante constructor, un buque de guerra normal duraba solo catorce años. Y para sobrevivir tanto tiempo, había que rehacer prácticamente el barco entero después de cada larga travesía: arboladura, aparejo y recubrimiento nuevos. No hacerlo era exponerse al desastre.
(... ) En el mar, a diferencia de en el campo de batalla, no había una posición fija: el barco se movía siempre con el viento, las olas y las corrientes. Un capitán tenía que adaptarse a esas fuerzas impredecibles así como a los movimientos de un contrincante astuto, lo cual requería una gran pericia táctica en cuanto que artillero y en cuanto que marino. En el fragor del combate, con balas de cañón y de mosquete, con metralla y astillas de dos palmos de largo volando en todas direcciones, el capitán podía necesitar que se izaran o arriaran más velas, ejecutar una virada o una trasluchada, dar caza o poner agua de por medio. Y podía querer embestir con la proa a un buque enemigo para que sus hombres lo abordaran armados de hachas, alfanjes y espadas una vez que los cañonazos daban paso al cuerpo a cuerpo.
(...) El combate continuó. El ruido era tan ensordecedor que Anson había de transmitir sus órdenes haciendo señales con las manos. Los cañones del galeón estaban sembrando el Centurion de una malévola mezcla de clavos, piedras y bolas de plomo, así como de trozos de hierro unidos por fragmentos de cadena, todo un surtido «»muy bien ideado para la muerte y el asesinato», según el maestro de a bordo, Pascoe Thomas.
(...) Velas y obenques del Centurion empezaron a desgarrarse, y varias balas de cañón se habían incrustado en el casco del barco. Cada vez que una impactaba por debajo de la línea de flotación, el carpintero y su grupo corrían a rellenar el boquete con pernos de madera para impedir que entrara agua. Una bala de hierro colado de cuatro kilos alcanzó en la cabeza a Thomas Richmond, decapitándolo sin más. Otro hombre fue herido en la pierna y la arteria empezó a escupir sangre; sus compañeros lo bajaron al sollado, donde el herido fue colocado sobre la mesa de operaciones. Mientras el barco daba sacudidas debido a las explosiones, el médico, Allen, cogió sus utensilios, y sin anestesia, procedió a cortarle la pierna al tripulante.
El caudal de información atractiva que maneja David Grann, y que muchas veces transforma en una narración cinética y envolvente, es lógicamente imposible de transmitir en su totalidad, pero podríamos extender las muestras representativas a la dificultad y peligrosidad que implicaba trepar los treinta metros del palo mayor, donde una caída sería probablemente fatal; a los estragos causados por los piojos, el escorbuto (resultado de un déficit de vitamina C, aunque los marineros sufrían de otras deficiencias vitamínicas, caso de la niacina, que producía psicosis, y de la vitamina A, que procuraba ceguera nocturna), al hambre (se mencionan episodios de canibalismo), al infierno que suponía cruzar el cabo de Hornos (con vientos que podían alcanzar los 320 kilómetros por hora y olas superiores a los treinta metros); a la habilidad del pueblo nómada de los kawésqar a la hora de fabricar un amplio surtido de herramientas y utensilios a partir de materiales naturales (peines con la quijada del delfín, morrales con vejigas de foca, taparrabos con pellejos de león marino...), o el dato curioso de que los marineros británicos que sí llegaron a adueñarse de un cuantioso tesoro de un galeón español fueron recompensados con tres mil libras esterlinas por cabeza, lo que venía a ser veinte años de sueldos, mientras que el almirante Anson obtuvo por ello noventa mil libras, el equivalente a veinte millones de dólares actuales.

Lily Gladstone y Leonardo DiCaprio en un fotograma de Los asesinos de la luna, película de Martin Scorsese que adapta la novela homónima de David Grann. Crédito: Paramount Pictures.
Grann ha comentado que su perspectiva no es la del Historiador que conoce de antemano el desenlace de los hechos, sino la de los individuos que los vivieron en presente y para los que, por lo tanto, su existencia y su suerte suponían un misterio en marcha. La incertidumbre angustiosa del protagonista frente a la frialdad del cronista omnisciente. La dimensión humana y moral frente al ordenamiento y el análisis del experto. De aquí que en el centro de la historia siempre esté la persona, sus aspiraciones, temores, decisiones, aciertos y errores, «cada personaje de Los náufragos del Wager es un arquetipo, representa una filosofía global y el lector interpreta el contexto amplio del periodo histórico a través de estas historias particulares», ha señalado el escritor.
(...) Cuando David Cheap puso pie en el Wager, oficiales y tripulación estaban allí para recibirlo con toda la pompa que correspondía a un capitán de un buque de guerra. Sonaron silbatos, se descubrieron cabezas. Pero reinaba una inevitable intranquilidad. Del mismo modo en que Cheap escrutaba a sus nuevos hombres -entre ellos el vehemente artillero Bulkeley y el entusiasta guardamarina Byron-, los hombres observaban a su vez a su nuevo capitán. Ahora ya no era uno de «ellos», sino que era el comandante y, a la vez, el responsable de cuantos hombres había a bordo. Como escribió otro oficial, su cargo requería «templanza, entereza, aplomo y abnegación».
Otro de los ángulos que sedujeron al autor del caso Wager fue el modo en que, pese a los siglos transcurridos, el tema de la desinformación, la manipulación del relatos, los hechos alternativos, y en definitiva, los desafíos a la hora de establecer la verdad de lo ocurrido entroncaban con preocupaciones y realidades de la máxima actualidad. ¿Qué versión queda fijada en la opinión pública y consigue pues circular de generación en generación? Los recuentos enfrentados de los hechos -y, tú, lector debes interpretarlos y juzgarlos, advierte el autor-, al tiempo que su censura o modulación por las autoridades para encajar con la visión del imperio británico como epítome de la civilización y la caballerosidad, generan ondas que nos siguen interpelando con fuerza.
Los náufragos del Wager es un ejemplo sublime de que para las buenas historias no pasa el tiempo porque consiguen interrogarse sobre nuestra humanidad profunda y reflejar inquietudes que se conjugan siempre en la primera persona del presente. Eso sí, hay que saber contarlas con el magisterio y la dedicación de Grann, que llegó a viajar durante tres semanas en una embarcación de madera por la zona de los infortunados marineros, lo «que me proporcionó al menos un atisbo del asombro y el horror que experimentaron los náufragos». En su iPhone escuchaba a ratos un audiolibro de Moby Dick para aprender del mejor.
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