Gabriel García Márquez

Rodrigo García: Aracataca, Gabo y el adiós al Club de los Cuatro

Poco se sabe de los últimos tiempos de Gabriel García Márquez, cuando se alejó con discreción de esa vida pública plagada de literatura, política y celebridad que tuvo durante casi medio siglo. Sin embargo, su hijo Rodrigo llevó un diario de notas de aquellos días, que se prolongó primero hasta la muerte de su padre y luego hasta la de su madre, poco después. El resultado, tan inesperado como conmovedor, es el reciente «Gabo y Mercedes: una despedida» (Literatura Random House). De paso por Buenos Aires para filmar la adaptación de «Santa Evita», la extraordinaria novela de Tomás Eloy Martínez, viejo amigo de su padre, LENGUA invitó a Rodrigo a conversar con su «primo lejano», Ezequiel Martínez, hijo de Tomás. En este diálogo, repleto de confianza y pudor, Rodrigo habla de por qué escribió este libro de tanta intimidad, de la enfermedad de su padre, de la novela inédita que dejó, de los mitos alrededor de su madre, de su extraña relación con Aracataca y del fin de aquel club que formaban él y su hermano con Gabo y Mercedes.
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Gabriel García Márquez con su mujer, Mercedes, y sus hijos, Gonzalo y Rodrigo, en Roma en 1969. Crédito: Getty Images.

Por EZEQUIEL MARTÍNEZ

Rodrigo no conoce Macondo. Los recuerdos que el hijo mayor de Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha tiene de Aracataca, ese poblado que su padre instaló en el mapa de la literatura universal con aquel indeleble nombre de ficción, son como minúsculas gotas de agua. Se evaporan demasiado rápido, no conservan ningún color, no desprenden ningún aroma. Tienen sabor a nada. 

«Creo que fui a Aracataca una vez con mi padre y un grupo de sus amigos, yo tendría unos ocho, nueve años, o por ahí», dirá Rodrigo sin convicción en un español de acento exótico, mezcla de gringo y Caribe. Esa lengua contaminada por varias mudanzas de latitudes y continentes le enredó el uso doméstico del diccionario en el que su padre fue amo y señor. De hecho, Rodrigo piensa, escribe y vive en inglés. «Demoré veinte años en ver lo que era obvio para la gente a mi alrededor: que había escogido trabajar en un país con un idioma que mi padre no podía hablar», admite en una de las páginas de Gabo y Mercedes: una despedida, el libro que escribió en inglés y que, con traducción al español de Marta Mesa, publicó este año bajo el sello Literatura Random House. 

«Nunca más he vuelto a Aracataca —revela ahora Rodrigo, si es que alguna vez anduvo por allí—. Lo voy a hacer algún día que pueda ir solo; alquilaré un coche y daré unas vueltas por ahí… O sea, lo que quisiera es lograr estar anónimamente, no más de un par de horas antes de que alguien me reconozca. Pero quiero ir, definitivamente». Material en bruto para que desgrane algún psicoanalista: la escena inicial de Vivir para contarla, el primer y único tomo de memorias que escribió Gabriel García Márquez, narra el día en que él está a punto de cumplir veintitrés años y su madre se le presenta para pedirle que lo acompañe a Aracataca a vender la casa de sus abuelos, esa donde él creció. Esa que su hijo Rodrigo nunca conoció.

De esas memorias familiares y de las otras, más íntimas y por momentos desgarradoras que transitan el último tramo de la vida de sus padres, habla en este libro. Y también es la excusa para esta entrevista que no concedió desde Los Ángeles, donde reside y se afianzó como talentoso director de cine y series, sino en Buenos Aires y a través de una pantalla de Zoom, a un par de kilómetros de distancia entre entrevistado y entrevistador. Los rigores de la pandemia de la covid-19 aplazaron por más de un año el proyecto en el que venía trabajando y que finalmente lo trajo al país: la filmación de la miniserie basada en Santa Evita, la novela de Tomás Eloy Martínez —padre de este entrevistador—, que el entrevistado dirigió conjuntamente con Alejandro Maci durante casi seis meses en la Argentina, protocolos y barbijos mediante. La conversación arranca y se desvía, inevitablemente, hacia la amistad que nuestros padres mantuvieron durante varias décadas y los recuerdos que tanto él como yo compartimos con ellos. «Somos como primos lejanos», le digo. Y entonces él, como buen pariente, me invita a ver al día siguiente una jornada en la filmación de Santa Evita. En una semana se habrá vuelto a Los Ángeles, a su vida en inglés y a sumarle compromisos a su carrera de director exitoso. 

«Creo que fui una vez con mi padre y un grupo de sus amigos, yo tendría unos ocho, nueve años. Nunca más he vuelto a Aracataca. Lo voy a hacer algún día que pueda ir solo; alquilaré un coche y daré unas vueltas por ahí… O sea, lo que quisiera es lograr estar anónimamente, no más de un par de horas antes de que alguien me reconozca».

Los detalles de su trabajo en la miniserie y las anécdotas sobre nuestros postizos lazos familiares quizá lleguen en otro capítulo anexo a estos párrafos. Ahora nos concentramos en este relato que describe sin eufemismos la decadencia física y mental del autor colombiano más popular y universal del último siglo, que murió el jueves 17 de abril de 2014, y la partida de su compañera de toda la vida, Mercedes —Meche, La Madre, La Madre Santa, La Matriarca, La Gaba—, el 15 de agosto de 2020. Rodrigo nos permite espiar en el detrás de escena de una despedida familiar con previsibles ecos públicos que darían la vuelta al mundo. Su madre lo sabía mejor que nadie: «Tenemos que estar preparados porque esto va a ser un circo». 

El hijo comparte, casi con honestidad brutal, las heridas y las lágrimas que fue capaz de transmitir en las páginas de este libro. «Como suele ocurrir con la escritura, el tema lo elige a uno, y toda resistencia sería inútil», confiesa a la hora de las justificaciones, y rescata de sus apuntes una advertencia que se repite a sí mismo en voz alta: «Sé que no publicaré estas memorias mientras ella pueda leerlas». Ella, su madre, siempre sostuvo una actitud negadora frente al declive mental de su esposo, y quién sabe si le hubiese perdonado al primogénito la verdad que ahora desnuda en estas páginas.

Ezequiel Martínez: Hace un año publicaste un texto en The New York Times, «Carta a mi padre», donde le contabas lo que estaba ocurriendo en el mundo con la pandemia, y de algún modo dialogabas con él. Entonces pensaba que, aunque ya no estén físicamente, uno sigue hablando todo el tiempo con los padres.

Rodrigo García: Pues sí, claro, por lo menos en mi caso, y en el caso de otros amigos con los que he hablado… Precisamente hablaba con unos amigos de mis padres que ya tienen más de ochenta y pico años, y coincidimos en que los padres van creciendo cada vez más después de muertos, incluso a pesar de verlos con más claridad y más humanamente, con sus defectos y sus virtudes. Es decir, no es que se idealicen, pero se ven mucho más como personas y eso curiosamente los hace verse más gigantes; ser menos idealizados les da más fuerza.

Ezequiel Martínez: Aquella carta la encabezás con un «Gabo», no ponés «papá». ¿Lo llamabas así?

Rodrigo García: Sí, Gabo y Mercedes.

Ezequiel Martínez: ¿Tu madre supo alguna vez que estabas tomando notas sobre todo el proceso de la enfermedad de tu padre?

Rodrigo García: No, nunca le dije. Pero es que además nunca fue un plan tomar notas para escribir un libro. Viviendo esas últimas tres semanas de Gabo todo era tan fuerte, todo estaba tan preñado de emociones, que era imposible no pensar que valdría la pena reflexionar sobre ese momento, escribir algo, tomar notas a lo mejor para no olvidar, o para hacer una especie de diario familiar para mi hermano Gonzalo y para nuestros hijos. Pero nunca hubo un plan para un libro. Además, no tenía suficiente material y no quería agregar y agregar para hacer toda una memoria de lo que significó crecer con Gabo y tal; no quería eso. Pensaba más bien en algo que fuera realmente una cosa pequeña. Entonces lo escribí muy rápidamente después de que Gabo murió y lo puse a un lado, porque además era muy corto para hacer un libro y muy largo para hacer un artículo. Por otro lado, no lo iba a publicar mientras Mercedes lo pudiera leer, entonces ahí se quedó. Y cuando murió Mercedes en agosto del año pasado, me di cuenta de cuál era realmente el tema. El tema era despedirse de los padres. Ella ya estaba mucho en el cuerpo principal del libro, presente sobre todo en los días finales de Gabo, pero agregué esa especie de capítulo final sobre ella y una reflexión sobre el Club de los Cuatro: mis padres, mi hermano y yo. Recién entonces lo entendí como una despedida.

Ezequiel Martínez: Con la muerte de ambos, algo se había roto definitivamente.

Rodrigo García: Es que la pérdida del segundo padre es muy particular. Es el momento en que a ese Club de los Cuatro le faltan los padres fundadores. Entonces, una vez que empecé a escribir el libro, supe que había que alternar esas tres semanas que terminan con la muerte de Gabo con unos pocos recuerdos de nuestra vida cotidiana. Ninguno que fuese particularmente importante, sino más bien que fueran íntimos, cosas pequeñas que solo podríamos contar mi hermano y yo. Como esa escena donde Gabo pasa a mi lado mientras en la televisión estaba Elton John cantando sus temas más populares, y él se detiene y se sienta a escuchar el resto del recital para exclamar al final: «Carajo, este tipo es un bolerista increíble». 

«Una vez que empecé a escribir el libro, supe que había que alternar esas tres semanas que terminan con la muerte de Gabo con unos pocos recuerdos de nuestra vida cotidiana. Ninguno que fuese particularmente importante, sino más bien que fueran íntimos, cosas pequeñas que solo podríamos contar mi hermano y yo». 

Ezequiel Martínez: Esos recuerdos no transgreden el resguardo de la intimidad que siempre les preocupó a tus padres. En el libro comentás que para ellos la vida familiar debía ser estrictamente privada. Algunas de estas anécdotas que compartís son circunstancias en las que cualquier familia podría reconocerse.

Rodrigo García: Claro, en todas las familias siempre hay una infinidad de recuerdos, algunos más tristes, otros desagradables. Pero finalmente yo creo que la clave del libro, en el sentido de la clave musical, era la despedida. Y es una despedida principalmente cariñosa, entonces sí se podrían haber incluido cosas privadas, pero al final uno tiene que agarrar en las relaciones lo que se llama el bottom line, el balance final, que es lo que cuenta.

Ezequiel Martínez: En la escritura has tomado otra serie de decisiones. Por ejemplo, la narración está en tiempo presente, como queriendo subrayar: «Esto me está pasando, esto es lo que estoy sintiendo».  

Rodrigo García: Sí, bueno, yo tomaba mis notas a medida que las cosas sucedían, como las veía, las sentía o las pensaba en ese mismo momento. Entonces esa escritura en tiempo presente creo que le da al texto la sensación de los días vividos y de las emociones, no a la distancia, sino como se vivían a medida que iban sucediendo. Porque claro, la muerte es muy caprichosa y uno no sabe lo que va a pasar en la siguiente media hora. Lo de Mercedes, en cambio, ya está en tiempo pasado porque lo escribí cuando ella ya había muerto. Quise darle otro tiempo.

«En todas las familias siempre hay una infinidad de recuerdos, algunos más tristes, otros desagradables. Pero finalmente creo que la clave del libro, en el sentido de la clave musical, era la despedida». 

En la Nochebuena de 1938, Jorge Luis Borges se golpeó la frente contra una ventana, lo que resultó en una herida que derivó en una septicemia. Durante un mes, los médicos pensaron que no sobreviviría. A veces, Borges se despertaba sobresaltado en medio de fiebres y alucinaciones. Al pie de su cama en el hospital, su madre le leía Lejos del planeta silencioso, el primer tomo de la Trilogía Cósmica de C. S. Lewis. En un momento —Borges lo cuenta en su autobiografía publicada por primera vez en inglés en la revista The New Yorker, en 1970— el escritor rompió a llorar. «Mi madre me preguntó qué significaban esas lágrimas. "Lloro porque entiendo", dije».

En Gabo y Mercedes: una despedida, las lágrimas de Gabriel García Márquez recorren un camino inverso. Son las de un hombre desorientado, que está dejando de entender. Rodrigo las comparte con el lector cuando reproduce una escena entre Gabo y su secretaria, quien lo encuentra parado solo, con la vista extraviada, en medio del jardín.

—¿Qué hace aquí fuera, don Gabriel?

—Llorar.

—¿Llorar? Usted no está llorando.

—Sí lloro, pero sin lágrimas. ¿No te das cuenta de que tengo la cabeza vuelta mierda?

El libro transita, en su devastador avance, por la pérdida de memoria y el consecuente declive en la mente de un hombre que no sabe quién ha sido y que ya apenas es él.  «¿Quiénes son esas personas en la habitación de al lado? ¿De verdad, mis hijos? ¿Esos hombres? Carajo». O más adelante, cuando releía por primera vez sus propias novelas sin entender por qué la foto del hombre que aparecía en las contraportadas se parecía tanto a él, y al mismo tiempo se sorprendía con la imaginación arrolladora de esos escritos: «¿De dónde carajos salió todo esto?».

Ezequiel Martínez: Cuando tu padre empezó a escribir sus memorias sabía que no iba a poder evitar que alguien más se metiera con la historia de su vida. Incluso a la que publicó Gerald Martin la definió como una «biografía tolerada», más que «autorizada». Hacia el final de tu libro decís: «En el fondo sé que voy a escribir y a mostrar estos recuerdos de una u otra forma. Si tengo que hacerlo, recurriré incluso a otra cosa que nos decía: "Cuando esté muerto, hagan lo que quieran"». ¿En algún momento sentiste que estabas traicionando el mandato familiar de la reserva y la discreción? 

Rodrigo García: Claro que algo se traiciona, pero es en pos de eso que tú mencionabas, la idea de mostrar un poquito de ese detrás de bambalinas que significa perder a tus padres, en este caso siendo uno de ellos muy famoso. Lo que estaba buscando es no explotar el nombre de Gabo y de la fama, y no traicionar demasiado nuestra privacidad de una manera que no valiera la pena. Espero haberlo logrado. Mira, en estas últimas semanas estuve grabando las dos versiones para el audiolibro, en español y en inglés, y hay días en que me parecía que el libro es muy rico en detalles, en otros me daba la sensación de que todo era demasiado minimalista y que debería haber escrito más…  Pero quería que tuviera el tamaño justo, que te dejara un poquito con hambre. Siento que tal vez el libro es muy caprichoso en el sentido de que no es el libro que debería ser o que quizá desearían los lectores o los editores. Es realmente el libro que yo necesitaba escribir. Y ese es el tamaño que tuvo.

Ezequiel Martínez: Tenés una notable carrera como cineasta de la que tus padres seguramente han estado muy orgullosos. ¿Qué pensás que hubieran dicho de haberte visto publicar un libro? Incursionaste en un territorio en el que tu padre fue un emperador.

Rodrigo García: No es un libro de ficción, yo creo que eso ya marca una diferencia. Cualquiera puede escribir un libro sobre su propia vida, sobre su área de experiencia o su profesión, así que creo que en ese sentido todavía estoy a salvo. Y hubieran estado a salvo ellos, ¿entiendes? Es un libro sobre una cosa personal, no es una ficción. Nunca he tenido la idea de que esto se transformara en un cuento o en una novela, jamás. Cuando algo se me ocurre o tengo una idea, siempre pienso en un guion, en una obra de teatro, un corto, una serie, porque no tendría idea de cómo escribir una narrativa de ficción. 

—¿Qué hace aquí fuera, don Gabriel? 

—Llorar.

—¿Llorar? Usted no está llorando.

—Sí lloro, pero sin lágrimas. ¿No te das cuenta de que tengo la cabeza vuelta mierda?

Ezequiel Martínez: Algo que seguramente agradecen los editores y los lectores es ese álbum de fotos que agregaste al final. Algunas imágenes son conocidas, pero otras son fotos que vos tomaste en circunstancias muy personales que narrás en el texto, como aquella en la que estás a solas con el cuerpo de tu padre antes de que lo ingresen al crematorio. 

Rodrigo García: Lo de las fotos me lo sugirió Luis Miguel Palomar, de la agencia Balcells, porque sentía que tratándose de un libro tan íntimo debía tener una especie de álbum familiar. Así que junté algunas fotos que realmente ilustran esos días, con otras de la infancia y de la juventud de Gabo y Mercedes, más algunas familiares como el exterior de la casa, Gabo durmiendo la siesta… cosas muy comunes pero que si la gente no las ha visto nunca tienen un valor muy especial.

Ezequiel Martínez: No hay fotos del estudio donde trabajaba tu padre, aunque es un lugar que solía aparecer en las entrevistas que le han hecho. Una de las cosas que contás y que me sorprendió es que tu mamá nunca más volvió a entrar a esa habitación.

Rodrigo García: Nunca más. Esa es la única vez en el libro en que me salté el tiempo presente. Creo que ese era el lugar justo para hacer una proyección al futuro. Ella no entró y no volvió a entrar nunca más al estudio de Gabo.

Ezequiel Martínez: Mencionás que tu padre comenzó a leer sus libros como si fuera un lector ajeno a esos mundos y personajes que él mismo había creado. ¿Recordás los momentos en que vos mismo empezaste a leer cada uno de sus libros?

Rodrigo García: Leí contemporáneamente los que salieron a partir de mis veintipico años, quizá con Crónica de una muerte anunciada. Publicó Cien años de soledad cuando yo tenía unos siete años, y lo leí a los quince o dieciséis. Como comento en el libro, él nunca leía sus propios libros porque le daba miedo odiarlos, que eso lo paralizara… Pero hubo dos etapas en esas lecturas que describo en el libro. La primera es «No tiene memoria, pero tiene todavía la suficiente atención como para entender la historia». Entonces leía Cien años de soledad y preguntaba: «¿De dónde me saqué todo esto, de dónde inventé todo esto, de dónde vino?». Y luego, ya en una etapa posterior, era leer prácticamente sin entender, y al final darse cuenta de que su foto estaba ahí. Leía un libro que no entendía y que se le olvidaba que era su propio libro.

«En una etapa posterior era leer prácticamente sin entender, y al final darse cuenta de que su foto estaba ahí. Leía un libro que no entendía y que se le olvidaba que era su propio libro».

Ezequiel Martínez: «Solo la he visto llorar tres veces en toda mi vida», revelás acerca de tu madre en el momento en que le anunciás que el hombre con el que había compartido toda su vida acababa de morir. Ese quiebre se contrapone con el carácter de una mujer que pintás de cuerpo entero: siempre tomando las decisiones, monitoreando cada detalle, por momentos negadora de una situación irreversible pero a la vez manejando cada uno de los hilos de esa vida pública y privada que le tocó remar durante décadas. Incluso en la mesa chica de los amigos, su pulgar hacia arriba o hacia abajo podía ser lapidario. 

Rodrigo García: Ah, sí, su lista negra era contundente. Es que para ellos el tema de la amistad era muy fuerte, hacían un culto absoluto… Bueno, tenían literalmente cientos de amigos y, como digo en el libro, en los días que siguieron a la muerte de Gabo había amigos en la casa que yo casi ni conocía, porque los habían hecho en los últimos quince años, cuando yo ya estaba en Los Ángeles. Ellos siguieron haciendo amigos de todas las edades y de todos los estratos sociales. Por eso no perdonó a quienes dejaron de llamar después de que mi padre perdiera su memoria, ni siquiera para saludarla.

Ezequiel Martínez: Ahora vos y tu hermano Gonzalo han quedado como administradores del legado de Gabriel García Márquez. Ya en vida de tu madre tomaron algunas decisiones, como el destino de todos sus archivos, que fueron a la Universidad de Texas. Allí hay una novela inédita… ¿Cómo van tomando las decisiones de qué hacer con eso?

Rodrigo García: Bueno, los papeles y todo lo que son sus manuscritos, sus documentos y sus cosas lo decidimos con mi madre y, como dijiste, eso se fue para allá. La estrategia editorial sigue siendo un poco la que hemos tenido siempre, porque Gabo tenía de agente a Carmen Balcells y ahora nosotros, como herederos, tenemos de agente a su hijo, entonces ya hay una línea de acción que literalmente tiene más de cincuenta años. Por otro lado, Gabo no es un autor que necesite mucha promoción, en ese sentido la obra se maneja sola… Hombre, hay que ocuparse, claro, pero tampoco es que sea una herencia literaria pesada. Al contrario, es un privilegio.

Ezequiel Martínez: Pero, por ejemplo, han decidido que En agosto nos vemos, esa novela que dejó inédita, no se va a publicar porque quedó inconclusa...

Rodrigo García: Esa novela pasó por varias etapas. Gabo siempre decía «No está lista», «No me gusta», «Hay que destruirla». Su secretaria no la destruyó, luego a él se le olvidaba que la había escrito, o ya tampoco tenía cabeza para mejorarla. De hecho, en algunas versiones empeoraba en vez de mejorar, entonces después de que murió la leímos y, en efecto, no está terminada. Es el producto de una cabeza que no tenía la concentración necesaria. Así que no se trataba de publicar algo inferior solo por hacer dinero. Por ahora no hay acceso a ese manuscrito, pero creo que en algunos años los investigadores ya podrán al menos leerla y estudiarla. Pero no se va a publicar porque no está acabada. 

*

«La muerte del segundo progenitor es como mirar a través de un telescopio una noche y ya no encontrar un planeta que siempre estuvo allí», escribe Rodrigo en los últimos párrafos del libro. Antes de despedirnos, esa melancolía por los padres que ya no están se despereza de pronto y nos sacude con la presencia de los ausentes.

«¡Escúchame esto que me acabo de acordar! —exclama como si diera un brinco—. Cuando el año pasado iba a venir a la Argentina justo antes de la pandemia, primero pasé por México a ver a mi madre y me dijo: "Si vas a ver a Ezequiel, mándale mis saludos". Pero, bueno, el año pasado no te vi así que ya después de muerta te paso sus saludos». 

«¿En serio? —le pregunto—. Carajo».



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