Beryl Markham, la aventurera solitaria: la historia también la escriben los locos, los audaces y los extravagantes
La historia universal no siempre avanza con solemnidad de manual escolar. A veces se escribe entre cadáveres exhumados para ser juzgados, monjas que cambian el hábito por la espada, reinas ultrajadas que desafían imperios, panaderos capaces de detener una invasión o héroes que terminan convertidos en sinónimo de traición. En «Cada loco con su Historia» (Ediciones B, junio de 2026), María Dabán reúne un vibrante repertorio de episodios insólitos y personajes históricos que parecen nacidos para la novela, pero pertenecen al archivo imprevisible de la realidad. Con pulso divulgativo y mirada narrativa, la autora rescata esas vidas fuera de guion que revelan hasta qué punto el pasado fue excéntrico, feroz, humano y sorprendentemente cercano. LENGUA publica un capítulo del libro, el dedicado a Beryl Markham, aviadora, aventurera y figura fascinante del siglo XX.
Por María Dabán

La inglesa Beryl Markham comunica a su «audiencia radiofónica» que ha llegado a su destino. Lo hace durante una transmisión realizada poco después de convertirse en la primera mujer en cruzar el Atlántico en solitario por vía aérea, de este a oeste. Septiembre de 1936. Crédito: Getty Images.
En el mundo existen muchos tipos de personas, pero hay dos que me llaman especialmente la atención: las que miran la vida pasar y las que la exprimen al máximo. Conocí a un hombre que vivió sus días en el pequeño cubículo en el que trabajaba. Tenía tres hijos, pero nunca lo vi con ellos, y menos en la calle. Tampoco pisaba los bares, ni siquiera para tomarse un café. Su único contacto con el exterior era una pequeña radio. Siempre me chocó esa manera de aislarse del mundo por voluntad propia. En el otro extremo están las personas que viven a la vez mil vidas y todas ellas asombrosas. Entre ellas, está Beryl Markham, una aventurera británica criada en Kenia que desafió a todo y a todos para ser libre en una época en la que esto suponía todo un reto siendo mujer. Tuvo tres maridos, un hijo y numerosos amantes, pero en el fondo fue una persona solitaria a la que nadie llegó nunca a conocer del todo. Como ella mismo dijo: «Sola o no, seguía siendo inmune a la maldición del aburrimiento».
La primera vez que escuché hablar de Markham fue en la película Memorias de África (1985, Sydney Pollack), aunque, en el filme dirigido por Sidney Pollack, su personaje tiene un nombre ficticio, el de Felicity, una joven que mantiene una buena relación con Karen Blixen y que, al final de la película, aparece como una de las amantes de Denys Finch-Hatton. Ambas cosas fueron ciertas.
Tiempo después, una amiga me recomendó su libro Al oeste con la noche, publicado en 1942, y su historia me fascinó, y eso que en esas páginas es tan importante lo que cuenta como lo que no cuenta. El hecho de que se publicara en plena Segunda Guerra Mundial no ayudó a que se vendiera mucho, pero en 1982 George Gutekunst, el dueño de un restaurante y admirador de Ernest Hemingway, leyó una carta del escritor norteamericano en la que decía que Markham había escrito «tan maravillosamente bien» su libro que se sentía avergonzado de sí mismo como escritor. Los elogios hacia la aventurera, a la que había conocido en Kenia, no quitaban, eso sí, que Hemingway la considerara una «perra» antipática y desagradable. Gutekunst se hizo con un ejemplar y convenció a un editor para que lo volviera a imprimir y, entonces sí, la crítica aplaudió de manera fervorosa el libro.
La familia
Beryl nació en Ashwell, Inglaterra, en 1902, y era hija del capitán Charles Baldwin Clutterbuck y de Clara Agnes Clutterbuck. Tenía un hermano, Richard, que murió de malaria a los veintisiete años. Cuando Beryl tenía cuatro años, su familia se mudó a Kenia, donde su padre compró una propiedad en Njoro, cerca del valle del Rift, en la que se dedicó a criar caballos y a mantener una granja. Poco duró la armonía familiar. A los pocos meses, su hermano fue enviado de vuelta a Inglaterra con una familia y, poco después, su madre hizo lo mismo. Nadie supo por qué la pequeña se quedó con el padre, pero lo hizo, y eso marcó su vida. Siempre lo adoró y nunca perdonó a su madre por abandonarla, aunque posteriormente ella hiciera lo mismo con su propio hijo.
La infancia de Beryl
Beryl no recibió una educación al uso. Como ella misma decía: «Tenía que cuidar de mí misma, solía irme donde quería, leer por mí misma y pensar por mí misma». Y eso hizo. De hecho, la única vez que la enviaron a Nairobi a una escuela fue expulsada al poco tiempo porque, claro, no se adaptó. Beryl vivió libre, y siendo solo una niña pequeña, se iba ya con su lanza a cazar con los nandis. Con ellos participaba incluso en la ofrenda previa a su cacería, en la que decían: «Damos gracias a Dios por la sangre del toro, que da fuerza a nuestras entrañas; y por la leche de la vaca, que da calidez a los pechos de nuestras amantes». En una de esas aventuras, llegó a matar con su pequeña arma a un jabalí que había atacado de gravedad a su perro.
La infancia de Beryl fue todo menos anodina. En otra ocasión en la que había ido con su padre a la granja de unos amigos, fue atacada por un león que vivía en la propiedad y que creían que estaba «domesticado». Solo la rápida intervención de uno de los criados de su padre la libró de ser devorada por el felino. El mismo hombre fue a comunicarle a su progenitor que su hija había sido «moderadamente devorada» por un león. Si lo que quería con esa frase era tranquilizarlo, me da que no lo consiguió.
Otro de los rasgos de su carácter fue la tenacidad. Uno de los caballos de su padre, Canciscam, la pateó varias veces, pero ella siguió yendo cada mañana al establo a limpiarlo, a darle de comer y a montar sobre su grupa. Y la pequeña acabó ganando, claro.
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Criadora de caballos
Cuando Beryl era adolescente, hubo una enorme sequía en la zona de Njoro. Su padre acabó arruinado y decidió irse a Perú a criar caballos, pero ella prefirió permanecer en Kenia y probar suerte por sí misma, y se trasladó primero a Molo y luego a Nakuru a entrenar caballos. De hecho, fue la primera mujer en tener una licencia para ello y acabó siendo toda una leyenda, consiguiendo incluso seis victorias en el Derby de Kenia, una de las carreras más prestigiosas de la región. Los caballos y la aviación fueron sus dos principales pasiones, y, siendo ya una anciana, alquiló una pequeña casa al lado del hipódromo de Nairobi donde podía ver a sus amados animales.
La aviación
Un encuentro casual encendió en Beryl Markham la pasión por la aviación. Un día, en un camino perdido, se encontró con un hombre, Tom Black, que intentaba arreglar su coche y que comenzó a hablarle de los aeroplanos. «Cuando vuelas —le dijo— experimentas una sensación de dominio que no tendrías ni aunque toda África fuera tuya». Black acabó siendo un piloto famoso: ganó junto a otro compañero la carrera Londres-Melbourne y fue director general de la compañía Wilson Airways, de Kenia. Tiempo después, Beryl vio aterrizar un aeroplano con Black a los mandos, y le pidió que le enseñara a pilotar. Él accedió con dos condiciones: que no pusiera excusas para faltar a sus clases y que no bebiera alcohol cuando fuera a ellas. En poco tiempo se convirtió en una piloto experimentada y se cumplió lo que él le había dicho: «Claro que vas a volar. Siempre lo supe. Lo vi en las estrellas». A partir de entonces, Tom fue su mentor, uno de sus mejores amigos y algunos dicen incluso que uno de sus amantes, aunque otros ponen en duda esta historia.
Black era famoso también por su sexto sentido. Un día, Denys Finch-Hatton le propuso a Beryl que fueran juntos en su avioneta a Voi. Black le dijo a Beryl que no fuera ese día, sino al siguiente, y ella le hizo caso. En ese viaje, la avioneta de Finch-Hatton se estrelló y el famoso cazador inglés falleció junto a su criado, Kamau. La intuición de su amigo le salvó la vida.
Beryl comenzó a trabajar como piloto: llevaba el correo y suministros médicos, y pronto empezó también a localizar manadas de elefantes para los cazadores profesionales. A ello se dedicaba también Bror von Blixen-Finecke, el famoso marido de Karen Blixen y supuesto amante de nuestra protagonista. En cierta ocasión Blix, como era conocido, le envió una nota en la que le decía: «Ve al Kilimanjaro. Busca humo». Y así lo hizo. Tal era su habilidad como piloto.
En uno de sus viajes con Blix, ambos estuvieron incluso a punto de morir por el ataque de un elefante, y solo los salvó la benevolencia del animal que, en el último momento, se apiadó de ellos.

Beryl Markham en una fotografía de 1936. Crédito: Getty Images.
Al oeste con la noche
En 1928 Amelia Earhart había sido la primera mujer en cruzar el océano Atlántico desde Terranova hasta Gales, pero en el aparato viajaban otros dos tripulantes, dos varones. Ocho años después, Beryl Markham decidió hacer una hazaña similar con algunas diferencias: lo haría de este a oeste, y por lo tanto con el viento en contra, y lo haría en solitario. Fue lord Carberry, un viejo conocido de Kenia, quien se mostró dispuesto a financiar el viaje que, en principio, estaba previsto que cubriera la ruta desde Abingdon, en Inglaterra, a Nueva York. El 4 de septiembre de 1936 comenzó su odisea. La aviadora decidió no llevar su chaqueta de piloto porque abultaba demasiado y solo incluyó en su equipaje algunos sándwiches de pollo, fruta deshidratada, té, café, brandi y agua. Durante la travesía no tuvo miedo, sino que sintió confianza y aplomo, como si «la solidez de la tierra bajo los pies» se hubiera transferido a su avión. «Volar —llegó a decir— no es más que una huida pasajera de la eterna custodia de la tierra».
El viaje no estuvo exento de algunos problemas: en un momento dado, el motor se apagó porque se acabó uno de los depósitos de combustible y el aparato comenzó a caer; mientras eso sucedía, Beryl buscó una linterna, tiró de una de las válvulas que abría otro de los depósitos de gasolina y el motor arrancó de nuevo. Todo ocurrió en treinta segundos, pero ella llegó a sentir que aquello era el final de su vuelo. Más de veintiuna horas después del despegue, parecía que todo culminaría con éxito, pero la congelación de uno de los tanques de gasolina obligó a Beryl a hacer un aterrizaje de emergencia y a estrellar su avión en Baleine Cove, Nueva Escocia, Canadá. La aviadora salió del aparato, anduvo un rato y se encontró con dos pescadores a los que dijo: «Soy Mrs. Markham. Acabo de volar desde Inglaterra». Imaginen la cara de estupefacción que se les tuvo que quedar a ambos. Mientras tanto, en Nueva York, la gente esperó en vano la llegada del avión, y los periódicos empezaron a especular con todo tipo de posibilidades: que el aparato hubiera caído al mar, que ella hubiera muerto… Varias horas más tarde, una llamada telefónica confirmó que estaba viva. Un avión de la guardia costera la recogió y la llevó a Nueva York, donde fue recibida por más de cinco mil personas. Comenzó entonces una sucesión de entrevistas de todo tipo para contar su hazaña. Para los medios era una heroína; ella, sin embargo, solo destacaba dos cosas de ese viaje: la soledad y el silencio.
Vida personal
A pesar de casarse tres veces y tener un incontable número de amantes, Beryl siempre fue una persona solitaria. A los diecisiete años se casó con el capitán Jock Purves, un hombre trece años mayor del que pronto se separó. En 1927 contrajo matrimonio con Mansfield Markham, el hijo de un poderoso industrial británico, del que tomó su apellido. Un año después descubrió que estaba embarazada, y se planteó abortar, pero finalmente tuvo un niño al que pusieron de nombre Gervase. Este segundo matrimonio también fracasó pronto, y ella comenzó una aventura con el duque de Gloucester, Henry, hijo de Jorge V, a quien visitaba en el palacio de Buckingham entrando por la puerta de los sirvientes. Pero en 1929 Mansfield la acusó de adulterio en los tribunales y el romance tuvo que acabar. La familia real británica no podía permitirse un escándalo así, y ofreció a Beryl una pensión anual de quince mil libras esterlinas a cambio de su silencio. Se llevó el dinero, pero se ganó el ostracismo de la sociedad. Ella volvió entonces a Kenia, dejando a su hijo a cargo de su suegra. A lo largo de su vida lo vio varias veces, pero nunca supo ser una madre para él. Gervase murió a los cuarenta y dos años en un accidente de tráfico. Nuestra protagonista le sobrevivió varios años.
En 1942 Beryl volvió a casarse, esta vez con Raoul Schumacher, un escritor de poco éxito al que algunos atribuyen de manera errónea la autoría de Al oeste con la noche, pero tampoco en esta ocasión la cosa duró.
A Beryl se le atribuyen numerosos amantes, entre ellos, el barón Von Blixen, Antoine de Saint-Exupéry y Denys Finch-Hatton, un hombre al que, según decía ella misma, «nunca alcanzó la arrogancia». Tras morir en un accidente de avioneta, el aventurero inglés fue enterrado en las colinas del Ngong, donde Karen Blixen y él habían visto en una ocasión una bella puesta de sol y donde había dicho que quería descansar. En su funeral, todo el mundo daba el pésame a la escritora danesa, pero nadie se acercó a Beryl, que supuestamente tenía con él entonces una relación. Ella permaneció apartada de la gente, y pronto se alejó de allí. Al de Finch-Hatton fue al único funeral al que acudió. No lo hizo cuando murió su padre ni su íntimo amigo Tom Black, ni siquiera fue al de su hijo. Cuando recibía estos golpes, no lloraba, no hablaba, solo se aislaba y afrontaba su dolor en soledad.

Beryl Markham logra atravesar el océano, tras sufrir un accidente en Nueva Escocia, a 800 millas de Floyd Bennett Field, su destino final. La fotografía capta el momento en el que, tras completar el recorrido en otro aeroplano, es recibida con entusiasmo en el aeródromo de Nueva York, el 5 de septiembre de 1936. Crédito: Getty Images.
Últimos años
Los últimos años no fueron fáciles para Beryl Markham, que había obtenido numerosos premios pero que nunca tuvo una situación económica boyante. Además, sufrió un robo con violencia en su casa, una trombosis masiva, una caída que la dejó un tiempo en silla de ruedas y otro traspié en el que se rompió la cadera. La operación salió bien, pero una neumonía que cogió en el hospital cuando se estaba recuperando acabó con su vida el 3 de agosto de 1986. Estaba a punto de cumplir ochenta y cuatro años. En una ocasión ella dijo que temía «a la enfermedad, pero no a todo lo demás», y así lo demostró toda su vida. Jamás le importó la fama, tampoco el ostracismo al que fue condenada después de algunas de sus aventuras amorosas. Sus cenizas fueron esparcidas en Kenia, en el lugar donde siempre fue feliz. Ninguna lápida recuerda sus hazañas, pero el nombre de Beryl Markham forma ya parte de la posteridad, aunque nunca la buscara.
Extra (1): Kenia, colonos y el mito del Happy Valley
Cuando Beryl Markham crece en Kenia, el país es todavía el África Oriental Británica, un territorio que la metrópoli había vendido en Londres casi como un escenario exótico para segundones de la aristocracia, cazadores acomodados y aventureros con dinero. De esa mezcla saldrá lo que más tarde se ha conocido como el «Happy Valley set»: un pequeño grupo de europeos adinerados que hizo de los alrededores del valle del Rift un parque de diversiones para la élite blanca.
Este grupo se hizo famoso mundialmente no por su labor agrícola, sino por su hedonismo absoluto: el consumo de alcohol era olímpico (se dice que el lema era «bebe hasta que caigas»), el uso de morfina y cocaína era habitual, y el intercambio de parejas estaba a la orden del día.
Ese ambiente, a mitad de camino entre la novela romántica y el placer desenfrenado, es el telón de fondo de Memorias de África (tanto del libro como de la película) y del libro de Markham. Beryl se mueve por ese mundo con naturalidad, pero también con cierta distancia irónica: ella no encaja del todo ni con los británicos respetables ni con los libertinos profesionales del Happy Valley.
Extra (2): Beryl y el Principito: ¿un amor de altura?
Entre la lista de supuestos amantes de Beryl, destaca un nombre que brilla con luz propia: Antoine de SaintExupéry. Aunque los historiadores no han podido confirmar que realmente mantuvieran un romance, esta hipótesis se ha popularizado gracias a novelas recientes de ficción histórica (como Circling the Sun, de Paula McLain), que no han podido resistirse a la tentación narrativa de unir a dos personajes que parecían predestinados a encontrarse.
La fascinación por esta posible pareja no es gratuita: eran verdaderas almas gemelas. Ambos fueron pioneros de la aviación, ambos sobrevivieron a accidentes casi mortales y ambos elevaron el vuelo a categoría filosófica. De hecho, Al oeste con la noche, de Markham, y Tierra de hombres, de Saint-Exupéry, son considerados por la crítica como las dos cumbres de la literatura aeronáutica. Sea cierto o no el romance, resulta irresistible imaginar de qué hablarían en la intimidad: si de sus aviones, de las estrellas o de esa soledad compartida a tres mil metros de altura.
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