No ficción

El año que Evo Morales vivió en peligro

«Evo: Operación Rescate» reconstruye de primera mano los 365 días que mantuvieron en vilo a Bolivia (y, con ella, a América Latina): desde la renuncia de Evo Morales a la presidencia en noviembre de 2019 y su rescate clandestino en el Chapare boliviano a su regreso triunfante a La Paz en noviembre de 2020, pasando por los meses que vivió como refugiado en el D. F. de México y en Buenos Aires. En este fragmento del libro, Alfredo Serrano Mancilla revela la trastienda de aquel derrotero regional, que incluyó vuelos diplomáticos secretos, permisos aéreos denegados, gestiones internacionales contrarreloj y mensajes cifrados, a la vez que se asoma al lado B de Evo en los días más aciagos de un exilio impensado.
10 minutos

Evo Morales en una conferencia de prensa en Buenos Aires, donde vivió como refugiado durante su exilio. Crédito: Getty Images.

Por ALFREDO SERRANO MANCILLA

A pocos minutos de las nueve de la noche de ese domingo 10 de noviembre de 2019, la Operación Rescate ya estaba en marcha. A México se le acababa de sumar la Argentina. Se conformaba una amalgama de relaciones internacionales que crecía de la misma manera que una niña avanza jugando a la rayuela. Se estaba gestando un hito histórico, de un enorme calado geopolítico.

El éxito de la operación de rescate con vida de Evo (más Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia, y Gabriela Montaño, presidenta de la Cámara de Diputados) dependería de las características de cada Estado, de su historia y de sus tradiciones, de los rasgos ideológicos de los gobiernos participantes, de las personas que tomaban decisiones, de la valentía, del grado de solidaridad y humanismo de cada actor, y también de la «buena onda». Y «buena onda» había a raudales. 

Mi micromisión en ese momento era llamar a México, o sea, a Efraín [Guadarrama, de la Secretaría de Relaciones Exteriores], para uno de los pedidos más descarados que hice en mi vida: solicitar si era posible que un avión oficial de la Fuerza Aérea mexicana se trasladara hacia Bolivia, más concretamente, a un aeropuerto que ningún oficial mexicano habría escuchado nombrar jamás: Chimoré (en el Chapare boliviano). ¿Quién era yo para hacer ese pedido tan impúdicamente, tan desfachatadamente?

Finalmente lo hice. Lo llamé por WhatsApp. Le expliqué brevemente la situación extrema en la que nos encontrábamos; casi le repliqué con las mismas palabras la súplica que Álvaro me había hecho para salvar la vida de Evo y aproveché para comentarle que Alberto [Fernández] también estaba en ello buscando otras vías alternativas después de la negativa de Macri. Efraín me asombró, para bien. Sin mucha floritura, en forma muy ejecutiva, me dijo: «Déjame averiguar. Consultamos y te digo». 

La puerta no se había cerrado y eso, simplemente eso, ya era un buen augurio. Hasta el momento, el gobierno mexicano (su Cancillería) había demostrado no solo buenas intenciones, sino también una gran dosis de efectividad. Hasta esa hora, las nueve de la noche, habían desfilado por la residencia y la embajada unas cuarenta personas en búsqueda de asilo (los hijos de Evo, ministros, servidores públicos). Eso me provocaba una ligera esperanza, que no quería aceptar del todo. Soy muy cabulero; imagino que es un mecanismo de protección por si la cosa no sale bien. Realmente en ese momento era prudente, porque sabía que la maniobra no era en absoluto sencilla. 

Apenas pasado un cuarto de hora, llegó la llamada de respuesta de Efraín. Yo tenía la sensación de escuchar a un país en todo su esplendor. México al habla, México diciendo «sí», México volviendo a querer hacer historia. Efraín dijo cuatro palabras que quedarán para el recuerdo: «Estamos autorizados para ello». Y a renglón seguido me pidió que reconfirmara antes de iniciar este gran operativo. La llamada no duró más de un par de minutos, porque ambos sabíamos que lo importante ya se había dicho y ahora había que ponerlo en práctica, si es que finalmente esa iba a ser la decisión tomada.

Teníamos la autorización del vuelo mexicano, y ahora comenzaríamos a navegar entre marismas, ese terreno pantanoso en el que la letra pequeña aparece por todas partes con posibilidades de jugarte una mala pasada. Efraín me insistía en lo obvio: saber cuál era la contraparte en Bolivia para que nuestro avión pudiera aterrizar. Tan obvio como difícil de identificar. Las Fuerzas Armadas se habían sumado al golpe, pero no habían asumido la conducción del país, como sucedió en otros momentos de la historia latinoamericana.

En ese tira y afloja para saber quién era el responsable de la torre de control de Chimoré que autorizaría el aterrizaje del avión, México decidió con gran tino enviar el vuelo cuanto antes a una zona lo más cercana posible a Bolivia: al aeropuerto internacional Jorge Chávez, en Lima, Perú. La mejor manera de ganarle tiempo al tiempo. La decisión mexicana me pareció de lo más atinada. De esta forma, se ampliaba el margen para la titánica tarea de encontrar algún aliado en el interior de un cuerpo que había sido copartícipe determinante del golpe de Estado. 

Teníamos la autorización del vuelo mexicano, y ahora comenzaríamos a navegar entre marismas, ese terreno pantanoso en el que la letra pequeña aparece por todas partes con posibilidades de jugarte una mala pasada.

¿Cómo hallar esa aguja en el pajar? Me preguntaba cómo el canciller boliviano Diego Pary y Álvaro darían con la persona que abriría la puerta de Bolivia, en pleno golpe de Estado, a un avión forastero para que entrara, buscara a Evo y volviera a salir como si nada. La cabeza de Evo ya tenía precio: cincuenta mil dólares estadounidenses. Otra traba no menor en esta carrera de obstáculos.

Faltaban pocos minutos para que formalmente finalizara aquel eterno domingo 10 de noviembre. Ese domingo que había comenzado muy temprano con el comunicado de la OEA de Almagro exigiendo la anulación de las elecciones, que siguió con la rueda de prensa de Evo Morales aceptando las nuevas elecciones sin ser él el candidato para evitar más muertes y más violencia, que continuó con la coacción de las Fuerzas Armadas solicitando la renuncia del presidente, que tuvo tiempo para que Evo Morales hiciera un segundo anuncio aceptando su renuncia para impedir un mayor derramamiento de sangre, un domingo que no terminaba a las doce de la noche porque había que conseguir que el vuelo mexicano estuviera en el aire camino a Lima, donde haría una parada previa antes del destino final, Chimoré. Ese domingo imperecedero aún tendría espacio para más cabos sueltos. 

No recuerdo bien si antes o después, pero apareció otro asunto no resuelto. El avión tenía que contar con el mayor número de capas de seguridad como blindaje ante una potencial locura de los golpistas bolivianos. Se nos ocurrió que personal civil acompañase al piloto y al copiloto (militares mexicanos). Lo consulté por teléfono, separadamente, con Alberto Fernández y el vicecanciller mexicano Max Reyes. La opción de Alberto fue llevar a un representante de Naciones Unidas, y de ser posible vinculado con el Alto Comisionado de los Derechos Humanos, en línea con las características del operativo. Procuraría comunicarse con Michelle Bachelet, aunque el horario y la escasa disponibilidad de tiempo jugaban en contra (el avión saldría en cuestión de horas). La otra alternativa era acudir a algún otro organismo, como la Cruz Roja Internacional, como garante en este tipo de operativos. 

Por su parte, Max encontró una solución muy directa: «Yo creo que lo mejor es que tengamos dentro del avión a un civil de cancillería, a una persona de mi extrema confianza; que además de mostrar que hay ciudadanos mexicanos en el avión también podamos tener una comunicación fluida con él». 

Me preguntaba cómo el canciller boliviano Diego Pary y Álvaro darían con la persona que abriría la puerta de Bolivia, en pleno golpe de Estado, a un avión forastero para que entrara, buscara a Evo y volviera a salir como si nada. 

La segunda alternativa era «pájaro en mano», y la primera, «cientos volando». Si Alberto no lograba comunicarse con Bachelet a esas horas de la madrugada (de domingo a lunes), ya teníamos asegurado que en el avión viajaría personal civil de la cancillería mexicana. Un importante escudo disuasorio ante cualquier tentativa golpista contra ese avión humanitario. 

Mientras apuntalábamos el plan, Diego Pary cruzaba la frontera por el río Desaguadero hacia Perú. Tiempo después me contó que utilizó su pasaporte común en vez del diplomático para no despertar sospechas. Una vez a salvo en el consulado boliviano de la ciudad de Puno, en la orilla peruana del lago Titicaca, podía sumarse plenamente a nuestro operativo. Su principal misión consistía en obtener un OK desde la torre de control de Chimoré que permitiera, primero, que un avión mexicano penetrara en el espacio aéreo boliviano y, segundo, que aterrizara en el lugar previsto. No lo tenía fácil, tal como evolucionaba el golpe. Los militares habían tenido un rol difuso hasta ese domingo, pero a partir de ahí se sumaron de lleno a la secuencia golpista. Era muy difícil que existiera una mínima rendija entre ellos que viabilizara el operativo. Sin embargo, Diego me decía que algunos miembros de las Fuerzas Armadas no estaban de acuerdo con la decisión tomada y que quizás ahí podríamos encontrar a ese «aliado» transitorio que nos abriera el pequeño hueco que necesitábamos en el cielo boliviano. 

Evo Morales llega al D. F. en un avión del gobierno de México luego de su rescate en el Chapare boliviano. Crédito: Getty Images.

El avión ya estaba en Lima. Había aterrizado sin problemas, incluso un poco antes de lo previsto. Desde ese momento, para iniciar la segunda fase, se debía tener el dichoso «papel» que otorgaba el permiso de vuelo a la aeronave para llegar a Bolivia. Un papel que nos evocaba lo peor de la burocracia, la antipática burocracia, incómoda hasta en los momentos más inesperados. 

Pero esta vez no se trataba de un trámite administrativo, de un papel cualquiera. Todos sabíamos que significaba un salvoconducto, un consentimiento por parte de algún sector de las Fuerzas Armadas para que Evo pudiera seguir con vida. La carta a favor era la presión internacional que significaba ese avión humanitario procedente de México que acudía en rescate de Evo Morales. Pero sabíamos que ese hecho podía no resultar suficiente para que se aceptara la maniobra. No habían pasado ni veinticuatro horas desde la consumación del golpe; todavía estaba el avispero muy agitado. 

Había disputas entre los poderes fácticos económicos, la Iglesia, algunos medios de comunicación, la OEA de Almagro, algunos gobiernos extranjeros, la policía, Carlos Mesa, Tuto Quiroga, los representantes del Oriente del país —como Fernando Camacho y algún otro más— y el sector sedicioso de las Fuerzas Armadas. Había muchos cargos vacantes, algunos fundamentales para lo que se quería de la nueva Bolivia: desde la presidencia hasta el máximo responsable del nuevo Tribunal Supremo Electoral (TSE). El Estado de facto estaba por confeccionarse. Bolivia en construcción. O más apropiado: Bolivia en destrucción.

Con Bolivia, los sectores más conservadores pretendían que una identidad política se borrara de la forma más simple posible, como hacíamos en el colegio con una goma luego de una equivocación.

Entre los sectores más conservadores de América Latina, aparece y reaparece una y otra vez una ensoñación sui generis: creer que, derrotada una fuerza progresista en las urnas o por un golpe de Estado, esa identidad política, como por arte de magia, puede desaparecer. Luego de su victoria en 2015, el macrismo creyó en Argentina que el kirchnerismo había desaparecido de por vida. Después de repetírselo por cuatro años, advirtieron que no era así y perdieron las elecciones siguientes (en 2019), que además consagraron a Cristina Fernández como vicepresidenta. 

Con Bolivia también pretendían algo parecido: que una identidad política se borrara de la forma más simple posible, como hacíamos en el colegio con una goma luego de una equivocación. La gran paradoja de las profecías autocumplidas es que se las terminan creyendo incluso quienes las predican. En ese momento, en plena dinámica golpista en Bolivia, era muy difícil acertar en los análisis prospectivos. (Ya habría tiempo para ello. O no). A esas alturas, lo único verdaderamente importante acontecía en el corto plazo.

Con el avión estacionado y a la espera del «papel», teníamos que comunicarnos con Álvaro para indicarle el horario preciso del vuelo de Lima a Chimoré, de modo que ellos preparasen cómo acercarse al avión acompañados de una marea humana. 

Evo había planificado la única manera de lograr llegar con vida al avión en el caso de que este pudiera aterrizar: aglutinar y coordinar a miles de hombres y mujeres para formar un escudo humano de un tamaño suficiente como para disuadir cualquier intento de balacera en su contra. Una jugada arriesgada, pero no quedaba otra: Evo, Álvaro y Gabriela debían caminar hasta el aeropuerto calculando el tiempo preciso para coincidir con el aterrizaje del avión mexicano, y hacerlo rodeados y acompañados de una multitud que desaconsejara cualquier intento militar o policial con armas de fuego, lo que ocasionaría una masacre. Antes de las diez, le mandé un whatsapp a Álvaro para actualizar el escenario.

Le mostraba las buenas noticias, pero le ocultaba las no tan buenas. No era necesario añadir más zozobra a la situación de ellos, escondidos en el monte, comiendo lo que podían y sabiendo que su vida corría un claro peligro. Lo mejor —decidí— era, sin mentirles, no abrumarlos con los peores titulares. Un equilibrio improvisado que tenía visos de desmoronarse en cualquier momento. Nada parecía estable a esas horas del lunes.

Y de repente se me vino encima un jarro de agua helada, casi congelada. Max me avisaba de lo siguiente: «Me dice el DG Fronteras que no dejaron entrar al avión a espacio boliviano». 

Continué empalmando llamada tras llamada. Lo siguiente era hablar con Alberto para contarle de primera mano que estábamos en el aire: «El vuelo ya está volando». (¡Qué hermosa redundancia!). Alberto había estado pendiente durante toda la mañana de cada uno de los pasos, obstáculos y detalles precisos que iban surgiendo en el fragor de la operación. Había hablado con Martín Vizcarra, presidente del Perú, para pedirle por favor que apoyara en todo lo que fuera necesario. Toda ayuda sumaba. La de Paraguay también. Había llamado a Mario Abdo Benítez para asegurarse de que la predisposición activa que este había mostrado la noche anterior siguiera intacta. Era importante garantizar que, además de México con su rol principal, también estuvieran involucrados otros gobiernos.

Y de repente se me vino encima un jarro de agua helada, casi congelada. Max me avisaba de lo siguiente: «Me dice el DG Fronteras que no dejaron entrar al avión a espacio boliviano». Ese mensaje en privado, con extensión de formato Twitter, significaba muchas cosas. Lo primero y primordial: el avión no puede entrar en cielo boliviano. Lo siguiente e inminente era avisar a Álvaro de que debían abortar la operación de acercamiento a la pista de aterrizaje de Chimoré. Dada la extrema gravedad, decidí telefonearle para explicarle con mayor precisión que había que retroceder, que por ahora no sabíamos a ciencia cierta si el avión podría reintentarlo o no. Le dije que íbamos a seguir gestionando las diferentes alternativas, pero que lo aconsejable era frenar esa marcha humana hacia el aeropuerto. Álvaro entendió a la primera todo el peligro que entrañaba seguir caminando hacia adelante, y me dijo: «Nos detenemos, nos regresaremos un poco a lugar seguro, y nos cuentan».

El entusiasmo mutaba en frustración. Pero en la voz de Álvaro percibía esa experiencia en administrar situaciones extremas, en las que no se gana a la primera, a veces tampoco a la segunda ni a la tercera, y hay que esperar a la cuarta, a la quinta o cuando toque. La perseverancia es imprescindible en la vida, y más cuando se trata de afrontar tiempos difíciles.

Estábamos enfrascados de nuevo. Ahora con un avión que revoloteaba en el cielo, cerca de la frontera aérea boliviana, pero sin poder entrar. Sabíamos que no podría permanecer mucho tiempo así. No entendíamos muy bien de qué se trataba: si de una orden política, o de otro trámite administrativo en medio del caos.



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