Siete días de julio: cronología de la semana en que España se partió en dos
Noventa años después de aquel verano en que España se quebró para siempre, la Guerra Civil vuelve a leerse como una sucesión de días decisivos, nombres propios y heridas abiertas. En «La guerra que cambió España: efemérides de la Guerra Civil» (Ediciones B, febrero de 2026), Miguel Ángel Santamarina propone una crónica rigurosa y envolvente del conflicto que marcó el siglo XX español, desde el golpe de Estado de julio de 1936 hasta las batallas del Ebro y Teruel. Su recorrido, organizado mes a mes, ilumina episodios conocidos -el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, el bombardeo de Guernica- y rescata otros menos transitados, como la fuga del fuerte de San Cristóbal o la figura del presidente comunista del Real Madrid. Segundo título de la serie «Efemérides de la Historia», el libro dialoga con una memoria que sigue viva. En ese marco, LENGUA publica la cronología entre los días 13 y 20 de julio de 1936, una semana crucial para entender el inicio de la contienda.

Fotografía del funeral de José Calvo Sotelo (1893-1936), político español monárquico asesinado el 13 de julio de 1936, pocos días antes del estallido de la Guerra Civil. Fotomontaje de apertura: Tropas nacionalistas escoltan a un grupo de soldados republicanos capturados en el frente de Somosierra. Crédito: Getty Images.
Asesinato de José Calvo Sotelo
La vida está llena de casualidades. Según contó Juan Cuenca, a su hermano Luis lo enterraron en el Cementerio Civil que estaba enfrente del de la Almudena. Le dieron sepultura en la fosa que estaba reservada para el teniente Del Castillo, y que no se llegó a utilizar para enterrar al guardia de asalto. Juan se enteró del asesinato que supuestamente había cometido su hermano Luis por un libro publicado en 1937, El crimen de Europa, que tenía el subtítulo Nuestra guerra, de Manuel D. Benavides. Según ese testimonio, los verdugos de Calvo Sotelo —político ejecutado en represalia por el asesinato del teniente Del Castillo— tenían nombres y apellidos: uno de ellos era el capitán de la Guardia Civil Fernando Condés y el otro, Luis Cuenca, miembro de la Motorizada de Indalecio Prieto, al que unos apodaban el Cubano y otros el Pistolero.
El 13 de julio de 1936 fue asesinado el diputado monárquico José Calvo Sotelo. Horas antes, salió del cuartel de Pontejos una camioneta con un grupo de personas formado por guardias de asalto y varios miembros de la Motorizada. Al mando de esta acción estaba el guardia civil Condés. Una vez en el domicilio de Calvo Sotelo, el exministro de Hacienda durante la dictadura de Primo de Rivera solo tuvo tiempo para despedirse apresuradamente de su mujer. Lo metieron en la furgoneta con la excusa de llevarlo hasta la Dirección General de Seguridad. El político de Renovación Española nunca llegó allí. Durante su traslado, le descerrajaron un tiro en la nuca.
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Un mes antes de su muerte, el 16 de junio, José Calvo Sotelo vivió una sesión de lo más acalorada en el Congreso de los Diputados. El diputado tuvo un duro enfrentamiento con Casares Quiroga. Hay cruces de acusaciones y al debate se suma Dolores Ibárruri, la Pasionaria. Nace en ese momento un bulo que ha sido reproducido en el siglo xxi en el Parlamento español, que asegura que la dirigente comunista afirmó: «Hoy es el último día que ha hablado», refiriéndose a Calvo Sotelo. Esa frase no quedó recogida en el Diario de Sesiones y no hay un documento que confirme su declaración. Lo que sí dijo la Pasionaria fue: «Que se encarcele a los líderes de la oposición, que se encarcele a los terratenientes, que se encarcele a los empresarios que dejan en malas condiciones a los trabajadores». Por si quedaba alguna duda, el razonamiento es sencillo: entre los señalados por el asesinato del exministro de Hacienda no hubo nunca un comunista. De Calvo Sotelo y de su asesinato se habló mucho entonces y se sigue haciendo en la actualidad. En su día, Pemán dijo: «Nosotros lo queríamos para gobernante. Dios lo quiso para mártir». Menos trascendente y más prosaico y revelador fue lo que afirmó el dirigente socialista Julián Zugazagoitia cuando se enteró de la ejecución del político de derechas: «Ese atentado es la guerra». En ese afán por añadir literatura —más cercana a la tragicomedia que a la épica— a nuestra historia, se dieron por buenas como las últimas palabras de Calvo Sotelo a su mujer las siguientes: «Te llamaré, a no ser que estos señores me lleven para darme cuatro tiros».

Francisco Franco visita el cuartel general del Frente Norte en Burgos el 19 de agosto de 1936. A su izquierda, con gafas, el general Emilio Mola Vidal. Crédito: Getty Images.
Sublevación, el golpe de Estado contra la Segunda República
Cuando Manuel Azaña se enteró de lo que se le venía encima, intentó negociar. Le endosó el marrón a Diego Martínez Barrio: entablar un diálogo con los rebeldes. El nuevo presidente del Gobierno —acababa de ser nombrado sucesor de Santiago Casares Quiroga—, acuciado por las prisas, comenzó de madrugada las conversaciones con el general Mola (apodado el Director), el hombre que había urdido el levantamiento. Antes de llamarlo, había contactado con algunos de los militares sublevados, como Antonio Aranda. Pero si Martínez Barrio quería tener una oportunidad de parar aquello, tenía claro que debía tener línea directa con Mola. El militar fue tajante: le comunicó que el golpe no tenía vuelta atrás mientras las Cortes estuvieran abiertas y los partidos políticos vigentes. Él no quería seguir viviendo en democracia. La conversación no dio para más. Mola se perfilaba como el hombre fuerte de los sublevados en aquel momento. Y lo fue más aún tras el accidente aéreo en el que perdió la vida el general Sanjurjo en los días posteriores. Franco ni siquiera formó parte de la Junta de Defensa de Burgos, constituida el 24 de julio. Pero el futuro caudillo tenía un plan para convertirse en el gran líder de los nacionales.
El 17 de julio de 1936 comenzó la sublevación en el protectorado de Melilla. Aunque hay diversas teorías sobre las causas del adelantamiento del golpe de Estado en esta plaza africana, la más convincente apunta a que sus planes fueron descubiertos. La mecha prendió en Melilla y el fuego continuó por Tetuán, Ceuta y Larache. El relevo lo cogieron los amotinados de Canarias. El ministro de Marina, José Giral, tuvo claro qué hacer: bloquear el Estrecho; el objetivo era impedir que las fuerzas africanas llegaran a la península. Entre el 18 y el 21 de julio, los rebeldes consiguieron tomar ciudades importantes como Sevilla, Cádiz, Burgos, Valladolid, Pamplona… Pero Mola no cumplió y no pudo llegar a Madrid. Aunque algunos mostraron cierto estupor cuando se enteraron de la sublevación —«¿Por qué lo han hecho?, ¿para qué lo han hecho?», se preguntaba Martínez Barrio antes de telefonear a Mola—, el golpe de Estado no fue una sorpresa para la mayoría de los políticos. Indalecio Prieto escribió el 14 de julio: «Será una batalla a muerte, porque cada uno de los bandos sabe que el adversario, si triunfa, no le dará cuartel». El dirigente socialista no solo anticipaba en esa sentencia la Guerra Civil, sino que adivinaba su desarrollo y su brutalidad.
Franco volvió a ganar otra partida con una escalera de color; el general consiguió convencer a los alemanes para que lo ayudarán a llevar a su ejército hasta Andalucía.
El general Franco, que se había trasladado desde Canarias, donde estaba destinado, hasta el norte de África, se convirtió en la figura clave de la sublevación. Sin su intervención, el golpe de Estado quizá no habría pasado de una simple astracanada, pero su mediación lo convirtió en un melodrama que duró cuarenta años. La jugada de Franco no se la esperaba nadie. El militar gallego sorprendió a todos al poner en el aire a los tres trimotores coloniales Fokker F.VII/3m de los que disponía para comenzar a transportar militares hacía la península. Esa maniobra no se había hecho nunca. A esta misión aerotransportada —bastante artesanal al principio— se unieron más aparatos, y entre los días 20 y 28 de julio los legionarios comenzaron a llegar a Cádiz. Los republicanos habían bloqueado de forma audaz el paso marítimo, pero no habían pensado en una operación aérea de este calibre. Hubo un militar, el teniente Aurelio Villimar, que advirtió de lo que estaba ocurriendo, pero sus informes no fueron tomados en cuenta. De haberlo hecho, quizá el golpe de Estado no hubiera desembocado en guerra civil, al menos no en una como la que se vivió a partir de ese momento. Franco volvió a ganar otra partida con una escalera de color; el general consiguió convencer a los alemanes para que lo ayudarán a llevar a su ejército hasta Andalucía. Hitler accedió a la petición y, entre agosto y noviembre de 1936, los Junkers Ju 52 llevaron a regulares y legionarios desde África hasta Europa. La mayor operación aerotransportada de la historia se había completado con un éxito arrollador.

Instantánea tomada en uno de los accesos a la Plaza Mayor de Madrid durante la Guerra Civil. Crédito: Getty Images.
«¡No pasarán!», el histórico discurso de la Pasionaria
Con la llegada del reformista Mijaíl Gorbachov a la presidencia de la Unión Soviética, el modelo comunista, vigente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, empezó a resquebrajarse. No solo en la Unión Soviética, sino también en sus países satélite como la República Democrática Alemana (RDA). En 1989, el Gobierno de Erich Honecker enfrentaba una situación límite. En una rueda de prensa, emitida en directo por televisión, del miembro del Partido Socialista Unificado de Alemania, Günter Schabowski, un periodista le preguntó acerca de la ley de viajes aprobada por la RDA, que iba a permitir a sus ciudadanos salir del país. Schabowski, en lo que ya es un momento icónico de la historia de la humanidad, respondió que los ciudadanos eran libres de cruzar a Occidente si así lo deseaban. Los habitantes de la RDA, que entonces se encontraban frente al televisor, interpretaron al pie de la letra lo dicho por el representante gubernamental: se dirigieron al Muro y, en la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, lo derribaron cruzando al oeste de la ciudad. Solo tres días más tarde murió la Pasionaria, la mujer que representó al comunismo español desde el comienzo de la Guerra Civil. Dolores Ibárruri Gómez no estaba preparada para lo que iba a venir.
El suyo era un llamamiento a todos los españoles: «¡Pueblos de Cataluña, Vasconia y Galicia! ¡Españoles todos! A defender la República democrática, a luchar contra el fascismo y los militares sublevados».
El 19 de julio de 1936 Dolores Ibárruri, la Pasionaria, dio un histórico discurso ante los micrófonos del Ministerio de la Gobernación en Madrid. La política vasca hablaba en nombre de los comunistas, pero exhortaba tanto a sus seguidores como al resto de trabajadores de otras tendencias políticas; el suyo era un llamamiento a todos los españoles: «¡Pueblos de Cataluña, Vasconia y Galicia! ¡Españoles todos! A defender la República democrática, a luchar contra el fascismo y los militares sublevados». En su alocución, Dolores recordaba los momentos claves de la lucha obrera de los últimos años, la Revolución de 1934 y la histórica victoria del Frente Popular unos meses antes, el 16 de febrero. Una frase se repetía, una y otra vez, en su proclama: «¡No pasarán!». Esas dos palabras se convirtieron en lema de los milicianos sitiados en Madrid para resistir. Una frase de perdedores, robada a un militar fascista (el mariscal Pétain o su subordinado, el general Robert Nivelle), y que acabó siendo, como no podía ser de otra forma, el anticipo de la derrota.
Pocas personalidades hay en la historia de España del siglo xx tan cuajadas de luces y sombras. Los relatos sobre Dolores alternan la hagiografía y el odio revanchista. La Pasionaria quiso ser maestra, pero tuvo que vender sardinas y atender a los señoritos. Entró a formar parte del movimiento obrero y desde ese momento sacrificó su vida personal por la política. Luchó contra el machismo fuera de su partido y dentro del PCE. El personaje que había creado engulló a Dolores. A la Pasionaria se la ha acusado de amenazas que nunca hizo (o al menos, no están documentadas) y de asesinatos (Paracuellos) en los que no tuvo una implicación demostrable, pero que han sido usados por la ultraderecha para estigmatizar su figura. Además de odio, Dolores acumuló adhesiones inquebrantables, la llamaron «Dama de Elche del socialismo», «madre del sol de la mañana» y «segura estrella salvadora». Su figura se convirtió en todo un referente dentro de los exiliados y ni siquiera su ultraestalinismo fue cuestionado. Algo que le hizo más mal que bien. Que sus defensores miraran para otro lado no benefició a la Pasionaria. Sus escritos justificando la invasión soviética de Polonia han sido la mejor munición para sus enemigos. Su regreso a España tras la muerte del dictador sirvió para cimentar la democracia. Le escribieron canciones y se las cantaron. En esos años, Dolores ya estaba alejada de la política, pero los que habían perdido la guerra, los que se quedaron sin padre, a los que no se les permitió alzar la voz, necesitaban verla —con su moño, el rostro hirsuto y vestida de negro; la «diosa de luto», dijo Manuel Vicent— bajando las escaleras del hemiciclo del Congreso de los Diputados del brazo del poeta Rafael Alberti. El círculo empezaba a cerrarse para ellos.

El general José Sanjurjo y Manuel Azaña, presidente del Gobierno de España, en 1936. Sanjurjo, militar clave en la conspiración contra la República, se unió a los generales Emilio Mola, Francisco Franco y Gonzalo Queipo de Llano en la preparación del levantamiento militar que desencadenó la Guerra Civil española. Crédito: Getty Images.
Accidente mortal del general Sanjurjo
Pocos se esforzaron con tanto ahínco como el general Sanjurjo para intentar acabar con la Segunda República. Lo intentó en 1932, pero fracasó. Aunque fue condenado a muerte, consiguió dar esquinazo a la parca en aquella ocasión. Después de ser amnistiado, se exilió en Portugal, donde siguió a lo suyo, conspirar. Sanjurjo era un imán para monárquicos alfonsinos, carlistas y cualquiera con un mínimo de ganas de finiquitar la democracia en España. Este militar —que había combatido en las guerras de Marruecos, a donde llegó desde Cuba— fue un firme defensor de otro golpe de Estado, el que llevó a Miguel Primo de Rivera al poder. Experiencia no le faltaba, pero, para liderar uno él mismo, necesitaba un hombre de confianza que se ocupara de la parte técnica. Esa asignatura pendiente la resolvió cuando encontró al general Mola. Fue este militar quien le mandó un avión a Portugal para que regresara a España. El ansiado plan para ser un dictador parecía que por fin iba a hacerse realidad.
Sanjurjo era un imán para monárquicos alfonsinos, carlistas y cualquiera con un mínimo de ganas de finiquitar la democracia en España.
El 20 de julio de 1936 falleció el general Sanjurjo en un accidente de aviación en Estoril, cuando se dirigía a Burgos para ponerse al frente de la sublevación militar contra el Gobierno. Al piloto Juan Antonio Ansaldo, que esperaba a José Sanjurjo Sacanell en el hipódromo que sirvió como improvisada pista de despegue, no le gustó nada la maleta de grandes dimensiones que llevaba el marqués del Rif. El avión De Havilland DH.80 Puss Moth tenía el tanque lleno de gasolina y el aviador estaba convencido de que ese exceso de peso podía ser fatal. El aparato intentó levantarse para coger altura, pero no lo consiguió, y después de chocar contra las ramas de unos árboles, acabó estrellándose. El general Sanjurjo murió en el acto; Ansaldo consiguió salvar la vida gracias a que un pastor consiguió sacarlo del aparato. Había que buscar un nuevo líder. Mola dio un paso al frente.
Nada más conocerse la noticia de la muerte del general San jurjo, comenzaron a surgir las teorías conspirativas. Pero ¿cómo era posible un sabotaje si el avión había hecho antes del fatal accidente dos trayectos —de Santa Cruz a Alverca y de allí a Quinta da Marinha— sin problemas? La lógica dice que el sobrepeso pudo ser la causa del fatal desenlace, pero la frase del socialista Ángel Galarza: «Si Sanjurjo vuela, no llegará a España…», abrió el debate de las especulaciones. Reflexionemos. Si somos honestos, es muy fácil ser un conspiranoico: Franco se convirtió en Generalísimo después de un accidente de aviación y apuntaló su liderazgo un año después cuando su mayor rival —Mola— murió en otro. Quizá la explicación a la supuesta conjura es también sencilla, en esa época era mucho más sencillo morir en un aeroplano. También el hermano del dictador murió de esa forma; Ramón, el que se pensó combatir en el bando republicano. Demasiados accidentes de avión. Demasiadas muertes. Demasiadas ganas de buscar a un culpable que no fuera el azar.
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