Lecciones sobre el uso y abuso de la predicción...
De las Torres Gemelas a la crisis climática: el mapa del miedo en el siglo XXI
El siglo XXI empezó con el estruendo del 11-S y no ha dejado de avanzar entre sacudidas: la entrada de China en la OMC, el colapso de Enron, la Gran Recesión, la crisis del euro, el Brexit, Trump, la pandemia y una sucesión de guerras que dibujan un mundo cada vez más incierto. En «Las invasiones bárbaras» (Debate, junio de 2026), Claudi Pérez propone un relato lúcido y narrativo de este primer cuarto de siglo para entender no solo de dónde venimos, sino hacia dónde podríamos estar caminando. Su tesis incomoda: los bárbaros no aguardaban fuera de las murallas, sino instalados en el centro mismo del sistema, aliados con nuevas élites tecnológicas y políticas. Pero el libro evita el puro catastrofismo. Entre el miedo, el desorden geopolítico y la amenaza climática, Pérez recuerda que el Apocalipsis rara vez cumple sus promesas. LENGUA publica los cuatro primeros extractos del libro.
Por Claudi Pérez

Un bombero no identificado de la ciudad de Nueva York se aleja de la Zona Cero tras el colapso de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001. Crédito: Getty Images.
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Era el mejor de los tiempos y todas las familias felices se parecían; era el peor de los tiempos y las familias infelices lo eran cada una a su manera. ¿Por dónde demonios se empieza? ¿Tal vez por definir los contornos del siglo que nos atraviesa, el mejor y el peor de todos ellos, la era de la luz y las tinieblas? ¿Acaso son maleables, son flexibles los siglos? Los intelectuales tienden a estirarlos o recortarlos a su antojo para tratar de clavar a martillazos sus narrativas en la perfecta aeronave de la Historia. El historiador marxista Eric Hobsbawm sostiene que el siglo XX corto empieza en 1914, con la Primera Guerra Mundial, y acaba en 1991, con el colapso de la Unión Soviética. El largo siglo XX arranca con las primeras etapas de la globalización, en las décadas finales del XIX, y se cierra con el estallido de la Gran Recesión en 2008, que puso el mundo patas arriba y dislocó el matrimonio que formaban democracia y capitalismo. Hay incluso un siglo americano, que estaría tocando a su fin con inusitada brusquedad. Paparruchas: un siglo es un siglo: unas 876.000 horas, hora arriba hora abajo.
El XX consiguió la proeza de ser el más próspero y a la vez el más bárbaro de todos ellos. Y el XXI, que promete tantísimo, arrancó en tromba y empezó exactamente cuando tocaba: en 2001, una odisea del espacio, con aquellos aviones ensartándose como cuchillos en las Torres Gemelas de Nueva York. Después del 11-S, la hegemonía de Estados Unidos logró resistir, pero el gran relato estadounidense —la gran novela geopolítica americana— quedó pulverizado a los pies de las torres. Y eso no es todo. Si alguna vez en la vida hay que citar a Lenin, esta es la ocasión: hay años, como ese 2001, que parecen décadas. El catastrófico recorrido de nuestro joven siglo tuvo un comienzo apoteósico, como suele ocurrir con las novelas monumentales. Junto con aquel atentado que vimos en directo por televisión, China se incorporó a la Organización Mundial del Comercio, otro clavo en el ataúd de la hegemonía de Estados Unidos. Y aún dos clavos más para las pompas fúnebres barraestrelladas: estalló el caso Enron, símbolo de la quiebra de un capitalismo fuera de control y premonición del crash de Lehman Brothers, y Washington se retiró del Tratado sobre Misiles Antibalísticos, crucial para la disuasión nuclear. El declive del imperio americano, que es el del orden liberal internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial (que en realidad no era ni tan orden ni tan liberal ni tan internacional), estaba servido. Y no ha dejado de coger velocidad desde entonces a lo largo y ancho de este primer cuarto de siglo loco, loco, loco.
Era el mejor de los tiempos y todas las familias felices se parecían; era el peor de los tiempos y las familias infelices lo eran cada una a su manera: eso es un «érase una vez». Algunas de las ideas más revolucionarias de nuestro tiempo empiezan con un «érase una vez».
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A caballo entre el siglo pasado y el actual, el rey de Bután, un pequeño país escondido entre la India y China —en los confines del mundo, decíamos antes, aunque ahora ese va camino de ser el centro y nosotros, los confines—, declaró que el objetivo oficial del Estado era conseguir el nivel más elevado posible de felicidad nacional bruta; sea lo que sea eso. Al poco cometió un error imperdonable: eliminó la prohibición de tener televisores en casa. También había prohibido los cigarrillos; por alguna razón eso no lo tocó. El magnate Rupert Murdoch —«nunca perderás dinero si menosprecias la inteligencia del público»—, que tiene a sueldo al expresidente José María Aznar y una colección de periódicos, radios y cadenas de televisión que amarillean más que las hojas en otoño, proporcionó enseguida medio centenar de canales. Y así los incautos butaneses vieron las maravillas de las que disfrutamos a diario el resto de los mortales, según una crónica del economista francés Daniel Cohen. Eso incluye la cuota habitual de sexo, violencia, publicidad, teleseries romanticoides, fútbol y telediarios estridentes, todo lo imprescindible para la vida moderna. Los divorcios, la criminalidad y el consumo de drogas aumentaron exponencialmente.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, saluda al presidente de China, Xi Jinping, antes de una reunión bilateral en la base aérea de Gimhae, el 30 de octubre de 2025, en Busan, Corea del Sur. Crédito: Getty Images.
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En una película francocanadiense de 2003 que da título a este ensayo con forma de paseo aleatorio por el primer cuarto del siglo XXI aparece un sociólogo analizando la caída de las Torres Gemelas, con las imágenes del segundo avión acabando de arruinar el skyline de Nueva York. «¿Qué hubo, tres mil muertos? Históricamente la cifra es insignificante, pero sí resulta revelador que los terroristas se atrevieran con el corazón del imperio. En los conflictos anteriores —Corea, Vietnam, la guerra del Golfo— el imperio mantuvo a los bárbaros lejos de sus fronteras. En ese sentido, quizá recordemos el 11-S como el inicio de las grandes invasiones bárbaras». Esa película, Las invasiones bárbaras, era la secuela de El declive del imperio americano, y fue sucedida, a su vez, por La edad de la ignorancia: esos tres títulos son, por sí mismos, un tratado de filosofía y una síntesis exacta del siglo que habitamos. Los diálogos, los actores, la estructura, los temas que toca: todo es interesante, todo es creíble en ese filme, salvo por una yonqui que parece la mismísima Helena de Troya y que tiene un papel estelar en el desenlace. Visité Estados Unidos en el verano de 2025, justo antes de ponerme a escribir este libro fragmentario con un puñado de entradas que pretenden ser las teselas del mosaico de la Medusa, con esos ojazos verdes y esas serpientes en el pelo como tirabuzones. En Seattle, una ciudad preciosa a orillas del Pacífico, había docenas de adictos al fentanilo vagando como zombis por una de sus avenidas principales. Y no, no había yonquis bellísimas entre esos pobres diablos: el fentanilo no tiene ningún glamour. Sí encontré, en las calles céntricas de esa ciudad vibrante, uno de esos cócteles que contienen angostura. Los ingredientes de ese cóctel son el declive del imperio, las invasiones bárbaras y la edad de la ignorancia. Agitado, no mezclado, como los martinis de Bond, James Bond.
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En el XX vimos la deriva de un siglo que venía hacia Occidente. En el XXI estamos empezando a sentir la deriva de un siglo que va de cabeza a Oriente. Del Atlántico al Pacífico: sostiene Enrique Vila-Matas que el Atlántico tiene un azul rebelde; el del Pacífico es un azul violento, sumado a un rumor como de batalla antigua que llega del fondo del mar. Ese péndulo entre siglo y siglo nos dice que la historia no es precisamente un archivo: es material narrativo; uno más de los infinitos discursos ideológicos posibles. Siempre en movimiento.
Hay tres maneras de mirar hacia el futuro e imaginar escenarios plausibles. Una de ellas es estudiar historia. Las otras dos son estudiar historia y estudiar historia. Pero la historia es correosa: es un género literario disfrazado de otra cosa. La verdad histórica es a menudo una fábula aceptada, como la descripción de Waterloo de Stendhal. Dos waterloos modernos: los chinos llaman a la Gran Recesión «crisis occidental»; los estadounidenses se refieren a la covid como un «virus chino». La trampa de Tucídides en versión Estados Unidos-China: la potencia emergente provoca temor en el hegemón y la cosa suele acabar como el rosario de la aurora, tal como sucedió entre Atenas y Esparta cuando el centro del mundo era el Mediterráneo, ese mar de color de vino. En este caso hay que decir que cada vez está menos claro quién es Atenas y quién Esparta. Pero en el Pacífico se escucha ya ese rumor como de batalla antigua que llega del fondo del mar, en dirección a Oriente. Esa cruzada —ese Mälstrom— está llamada a definir el próximo cuarto de siglo. Puede que incluso más. Hasta el infinito y más allá.
(...)
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