No ficción

Viaje desde la España vacía hasta su contra

Apenas cinco años después de publicar «La España vacía», Sergio del Molino ha regresado con «Contra la España vacía», un texto que no refuta ni corrige su libro anterior, sino que amplía el debate acerca de cuáles son realmente las dos caras de esa moneda que es España. En las líneas que siguen, el propio autor explica de dónde surge este renovado y lúcido ejercicio de análisis (una mezcla de libro de viajes, ensayo literario, novela y crónica social) y por qué es importante seguir doblando las esquinas del mapa.
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Dos niños juegan en las calles de Valverde de la Vera, Cáceres. Crédito: Getty Images.

En La España vacía concebí la despoblación como un eje de conflicto sin explorar que podía recoser algunos rotos que amenazaban con destruir España como comunidad política. Si los mitos nacionales estaban muertos y los símbolos patrióticos daban urticaria a una buena parte de la población, ¿qué podía unir a los españoles y hacer que alguien de Barcelona sintiese que sus impuestos estaban bien invertidos en una comarca de Badajoz? Para que eso suceda, el de Barcelona y los de Badajoz han de sentirse parte de una misma comunidad política que otorga derechos y exige obligaciones mutuas.

Los relatos nacionales sirven para crear esas comunidades y cohesionarlas. La España vacía era para mí un relato posible, una herramienta narrativa para que el señor de Barcelona no sintiese que los de Badajoz le robaban el dinero. Al narrar el país como una red de afectos de ida y vuelta entre los campos despoblados y las ciudades hiperpobladas, se entendía mejor la dependencia de unos y otros y se revelaba la existencia innegable de una comunidad política empastada en cada árbol genealógico. No proponía volver la mirada a los efectos de los éxodos rurales como un ejercicio de nostalgia, sino como una palanca para entendernos y suturar los desgarrones que amenazaban con romper la comunidad política.

Esa era la preocupación central que inspiraba La España vacía, pero quedó desdibujada y ocupó un lugar muy secundario en las discusiones que arrancaron con el éxito del libro. Poco a poco, el sintagma se redujo a una pancarta para los activistas contra la despoblación y un lugar común político, pero casi nunca connotaba algo que sonase a convivencia, comunidad democrática o cohesión. Desde 2016 he dado más conferencias de las que puedo recordar, he escrito un sinfín de artículos y he participado en muchos debates. También he impartido cursos y seminarios sobre las cuestiones que abordaba en La España vacía, por lo que estas, a fuerza de darles vueltas y someterlas a discusiones, se han ido transformando en otra cosa. Podría aprovechar todos esos sedimentos para reescribir y ampliar mi ensayo, pero La España vacía es fruto de un aquí y un ahora. La asumo como la escribí, con sus errores, omisiones, delitos y faltas (y, confío, algunos aciertos).

La España vacía era para mí un relato posible, una herramienta narrativa para que el señor de Barcelona no sintiese que los de Badajoz le robaban el dinero. 

Más allá de retocarla y aliñarla cada tantos años, para que no suene demasiado caduca a los nuevos lectores, no quiero enmendarla. Para desdecirme están los libros por venir, como este, donde abordo el dibujo y el espíritu de mi país de una forma menos sutil que en mis ensayos anteriores, adhiriéndole una carga política mucho más evidente. Eso no quiere decir que este libro sea un alegato, un manifiesto ni un discurso militante que se pueda endosar a tales o cuales siglas. Tan solo me he propuesto abandonar el estilo huidizo y tangencial con el que expresaba mis ideas políticas hasta ahora.

No sé hasta qué punto esa transformación colectiva es patente ni cuál ha sido mi contribución, pero me urge escribir sobre ella, porque me siento interpelado de continuo. No escribo contra mi España vacía ni contra la España vacía que se usa como topónimo y territorio. Escribo contra mí mismo y contra el lugar común en que mi silencio o mis chistes sin gracia pueden convertirme.




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