De Maratón a Atenas, con alas en los pies
El espejismo de ser únicos: Takeshi Yoro desmonta el culto moderno a la originalidad
Hay ideas que, de tanto repetirse, acaban pareciendo verdades indiscutibles. La originalidad, la individualidad, la necesidad de ser únicos: sobre esos lemas que atraviesan la educación, la universidad y el mundo laboral carga Takeshi Yoro en «El muro de la ignorancia», un ensayo imprescindible y polémico sobre el cerebro, los sesgos y las contradicciones de la sociedad contemporánea. Publicado por primera vez en 2003 y convertido en uno de los grandes fenómenos editoriales de Japón, el libro, recuperado por Taurus en abril de 2026, vuelve la mirada hacia ese muro invisible que separa lo que creemos saber de lo que realmente comprendemos. Con una lucidez provocadora, Yoro denuncia una época que exige singularidad mientras premia la adaptación al manual, la obediencia al statu quo y la comodidad de las instrucciones. LENGUA publica un extracto del libro centrado en esa crítica feroz a la originalidad domesticada y a los «ciudadanos de manual de instrucciones».
Por Takeshi Yoro

Takeshi Yoro. Crédito: Jun Yasukawa (AFP).
Enfermos mentales prolijos en individualidad
Si en nuestras sociedades apareciera alguien verdaderamente original, sin duda sería internado en una institución psiquiátrica.
Para comprender esto, imaginemos a alguien que llora cuando todo el mundo ríe o que se carcajea en un funeral y que, cuando se le pregunta por qué hace tal cosa, no tiene ninguna respuesta que ofrecer. Nadie dudaría de la singularidad y la originalidad de quien desplegase tales emociones, como tampoco nadie dudaría de que, si son genuinas y no fingidas, estas acabarían conduciéndolo al psiquiátrico.
Si alguien busca individualidad y originalidad, que se acerque a un hospital psiquiátrico. Algunos de los pacientes que conozco escribían sus nombres con sus propias heces sobre paredes blancas. Desde un punto de vista artístico, debe de ser un acto de lo más creativo; quizá se trate, incluso, de un nuevo género todavía inexplorado dentro del arte contemporáneo, pero en la vida real es un auténtico trastorno para quienes convivan con esa persona, y también para ella misma.
A pesar de la obviedad de lo que acabo de decir, todo el mundo está como loco por la individualidad y la originalidad. A mí, sin embargo, me parece una irresponsabilidad: ¿de verdad los japoneses buscan algo así? ¿Seguro? Me cuesta creerlo. Me temo que, en unos baños públicos abarrotados de gente, una proliferación de originalidad solo traería problemas…
Creo que es de sentido común cuestionarse semejante exaltación de la originalidad, sobre todo cuando quienes la defienden lo hacen tan a la ligera. Si se detuvieran a pensarlo en serio, seguramente cambiarían de opinión, porque los mismos que defienden la individualidad y la originalidad tuercen el gesto cuando un desconocido hace algo que no les agrada. Deberían empezar por darse cuenta de eso antes de alentar la originalidad incondicionalmente. No seré yo quien la aliente ni la defienda.
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Ciudadanos de manual de instrucciones
Ese afán desmedido por promover la individualidad y la originalidad no lo sufren solo los niños en edad escolar: ha cundido también en el mundo de la academia. Se nos repite que debemos buscar la originalidad, pero después se alienta a los estudiantes de posgrado a escribir sus tesis en inglés, el idioma menos original en el ámbito académico.
La redacción de una tesis debe atender en primer lugar al marco teórico y a la metodología, pero la lengua elegida para escribirla constituye una parte importante de su ejecución y, por tanto, no es baladí. Naturalmente, el inglés se ha convertido en la lengua franca de la investigación científica y de la academia, y por eso se anima a su uso. Así pues, en ese sentido, no veo la originalidad por ningún sitio.
Tampoco hay ninguna regla que obligue a escribir en inglés, pero se asume que una tesis o un artículo que no estén escritos en ese idioma no obtendrán la difusión ni la valoración deseadas. Pero, aun así, ¿existe acaso alguna garantía de que alguien vaya a dedicar su tiempo a valorar la tesis o el artículo en cuestión?
Siento lástima al observar a las generaciones de jóvenes y ver las ráfagas de contradicciones con que se los bombardea, y cómo se los pone entre la espada y la pared al reclamárseles originalidad al mismo tiempo que sometimiento al statu quo vigente. Ni siquiera se les ha presentado una idea clara y nítida de en qué consiste esa originalidad que se les exige, porque el mundo de la empresa y de cualquier institución que les ofrezca empleo en el futuro les va a exigir amoldarse al estado de cosas efectivo, al acuerdo social común en vigor. Los jóvenes acaban haciéndose un lío tremendo.

Crédito: Getty Images.
Lo que querría subrayar es la contradicción en que incurren nuestras sociedades cuando alientan la originalidad entre sus miembros. Realmente, lo que se nos está pidiendo es una originalidad encorsetada, afín a unas normas ya férreamente establecidas e implantadas, y esto se me antoja tremendamente hipócrita. La flagrante incoherencia en que se recae y con la que se instiga a las personas acaba haciendo de ellas lo que yo he venido a llamar «ciudadanos de manual de instrucciones».
El ciudadano de manual de instrucciones viene a decir lo siguiente: «A mí déjenme de originalidad y pamplinas; denme un manual y ya me las apañaré siguiendo lo que ponga en las instrucciones». Se trata de una actitud que podría, a primera vista, parecernos un ejemplo de humildad, pero que más bien muestra todo lo contrario: una actitud arrogante.
«Yo no soy como los demás, pero… deme una serie clara de reglas y las seguiré». Eso es lo que, en definitiva, viene a decir el ciudadano de manual de instrucciones. Una persona así es flexible, equilibrada en todos sus aspectos vitales y capaz de adaptarse a cualquier situación. Es una actitud que no va conmigo. Por mi parte, yo ni me molestaría en leer el manual en cuestión. No me hace falta para desempeñar mi trabajo.
Para conservar un espécimen de insecto, a veces es necesario despojarlo de su órgano reproductor. En tales casos, al órgano reproductor, ya seco en el cuerpo del insecto, hay que devolverle su textura genuina, más blanda, y, una vez conseguido esto, se extrae con facilidad. Lo mejor es extraerlo al poco de haber atrapado al insecto. La extracción es limpia entonces, no deja marca. También suele ser posible devolverlo a su estado original. Toda esta manipulación, como digo, es mejor realizarla recién atrapado el insecto. Yo utilizo la lejía que tengo en casa para hacerla. Todo ello lo he ido aprendiendo a partir de la experiencia.
No conozco ningún manual que explique dicho procedimiento, pero sé que no hay otra manera de hacerlo. Ha sido también la experiencia la que me ha enseñado el método que debe seguirse para ablandar el insecto.
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