«Langley, séptimo piso», de David McCloskey
Un ruso llega a Singapur con un secreto valioso. Pero cuando es asesinado y Sam Joseph, el agente de la CIA encargado de la reunión, desaparece, Artemis Procter se convierte en el chivo expiatorio y es expulsada del servicio. Meses después, tras un intercambio de espías, Sam aparece en la puerta de Procter, en el centro de Florida, con una revelación explosiva: hay un topo ruso infiltrado en las altas esferas de la CIA. A continuación, LENGUA publica un anticipo de «Langley, séptimo piso» (Salamandra, mayo de 2026), la nueva novela de David McCloskey, el autor de «Estación Damasco» y «Moscú X».
Por David McCloskey

PRIMERA PARTE
La brecha
1
Moscú, en la actualidad
La pluma —una Montblanc con la cápsula de cianuro en el cabezal— estaba en el piso de arriba. «Debería haberla dejado abajo, aunque Alyona estuviera por aquí», se reprochó. Si tenía razón sobre esos dos coches, le quedaba muy poco tiempo. Cerró el cajón del escritorio y levantó a la niña, que estaba en su regazo, para posarla delicadamente en el suelo.
—¡Aúpa, aúpa! —insistió ella, levantando los bracitos y agitando las manos, pero él seguía pendiente de los monitores.
Sin dejar de gritar, le apretó la carita contra el muslo y le dejó unas manchas rojas y pegajosas en el pantalón, que él miró con pánico hasta comprender que era mermelada de fresa: la misma que le había untado en la tostada del desayuno. Normalmente se habría enfadado por algo así. Esta vez, no. Le hizo cosquillas en la barriga y ella se rió tanto que acabó retorciéndose en el suelo, enroscada entre sus pies.
—Ve a buscar a tu madre, mi amor —le dijo con cariño, aunque con un tono lo bastante firme para que obedeciera.
La chiquilla salió corriendo. Demasiado deprisa, como siempre, y casi se dio un coscorrón con el marco de la puerta. La oyó alejarse hacia la cocina, donde el hervidor acababa de empezar a silbar.
Él volvió a fijar la mirada en los monitores. Los dos coches negros se habían detenido en la entrada. No llevaban matrícula oficial, pero a él no lo engañaban. En cuanto se fijó en el de delante, reconoció el inconfundible triángulo de polvo en la esquina superior derecha de la ventanilla trasera del copiloto: justo ese punto al que nunca llegaban los cepillos del túnel de lavado del aparcamiento de la Lubianka.
En ningún momento se planteó irse con ellos. Aquello lo había decidido hacía ya mucho tiempo. Pero ¿por qué le habían ofrecido siquiera esa opción? «A estas alturas ya deberían haberme puesto una mordaza», pensó. Lo lógico sería que lo tuviesen maniatado con los brazos pegados al cuerpo, sin camisa ni pantalones, mientras le registraban la solapa y los bolsillos con sus manos ásperas. Y, sin embargo...
Se quedó mirando la mermelada que su hija le había dejado en la pernera del pantalón y, finalmente, la retiró con un dedo que luego se llevó a la boca. Era muy empalagosa.
Eran las diez de la mañana de un sábado tranquilo y lánguido en su dacha. Se había saltado el paseo matutino porque Vera y él se habían acostado tarde y habían bebido demasiado, y probablemente los hombres de fuera se habían cansado de esperarlo en el sendero por el que solía pasar.
Habían llegado a la casa por el sendero de entrada, el mismo por el que él acostumbraba a adentrarse en el bosque. El humo de sus cigarrillos se escapaba por las ventanillas entreabiertas. Observó los coches durante unos segundos, atento a la energía que desprendían, y lo que percibió no le gustó nada.
—Vera, tenemos visita —dijo en voz alta—. Ve a recoger fresas al jardín con la niña, así tendremos postre.
Su mujer apareció en la puerta del despacho y fijó la mirada en los monitores.
—¿Tiene algo que ver con Atenas? —preguntó en un tono un tanto brusco, mientras la pequeña entraba atropelladamente tras ella—. No estaría de más que se dignasen explicar por qué te pidieron que volvieras tan pronto.
—No lo sé. Salid al jardín —ordenó él. —Ahora que se estaba acostumbrando al colegio...
—Al jardín —ordenó.
En los monitores, cinco hombres salieron de los coches, y su mujer se volvió hacia él con gesto de preocupación. Él se levantó con un suspiro, la empujó suavemente y le dio un beso en la mejilla.
—Iré a buscaros cuando se hayan ido.
Entonces levantó del suelo a Alyona, le dio una voltereta en el aire y luego hundió la cara en su pelo, otra vez espeso y brillante tras los tratamientos. Ese gesto le recordó por qué había tomado aquella decisión. Aspiró hondo una vez más y la besó en la cabeza. No se arrepentía de nada. Volvería a asumir ese riesgo. Lo asumiría mil veces si hiciera falta.
La dejó de nuevo en el suelo.
—Te quiero, klubnichka mía —dijo.
—¡Papá, que no soy una fresa! —respondió ella moviendo el dedo como si lo regañase, aunque con una sonrisa incontenible.
La pequeña siguió a su madre hacia la cocina y ambas salieron al jardín. Cuando él oyó el portazo, apretó los labios: Alyona no sabía cerrar de otra manera; siempre lo hacía así.
Empezaron a llamar a la puerta principal. Abrió el último cajón del escritorio y arrancó el falso fondo. Apareció un sobre grande que contenía otros más pequeños. En uno de ellos había una carta para Vera. Era una formalidad; sin amor, pero amable y hasta generosa, quería pensar.
Había también veinte sobres para Alyona, sujetos con una goma y acompañados de una etiqueta con la instrucción: «Para que abra uno cada cumpleaños, desde el cuarto hasta el decimoctavo, y luego, cuando cumpla veinte, treinta, cuarenta, cincuenta y sesenta.»
Otro de los sobres llevaba el nombre de su hijo mayor y contenía una carta escrita con todo el cariño que le permitía la desilusión. Oculto entre los pliegues de esa carta había otro sobre todavía más pequeño con la dirección de un apartamento en Atenas y un buen puñado de sellos. «Echa la otra carta al correo, por favor», le había escrito en una posdata a su hijo, deprisa y corriendo.
Los golpes en la puerta, cada vez más fuertes, se detuvieron de pronto. En los monitores vio que uno de los hombres empezaba a forzar la cerradura.
Fue al cuarto de baño y metió los sobres como pudo en el estuche de maquillaje de Vera. Temió que los descubrieran durante el registro, inevitablemente minucioso, que se avecinaba. ¿Por qué no había tenido la previsión de coserlos en la ropa de Alyona —en el forro de una chaqueta, por ejemplo— si sabía que era lo más sensato? Ya no importaba. No había tiempo.
Mientras subía jadeando al dormitorio de invitados, oyó cómo se abría la puerta de la calle. Se sentó ante el escritorio, viejo y polvoriento, y escuchó los pasos en el recibidor, los murmullos apagados, el crujido de los peldaños. Por un instante se preguntó cómo lo habían descubierto. Ya nunca lo sabría. En cuanto a los estadounidenses, dudaba que llegaran a averiguarlo algún día. Abrió el cajón del escritorio y cogió la Montblanc.
—¡Mi hija está aquí, animales! ¡Por el amor de Dios! —gritó hacia la escalera.
Un joven corpulento, con los laterales del pelo rapados al cero como un vándalo descerebrado, irrumpió en la habitación. Otro entró detrás y, igual que el primero, abrió mucho los ojos al ver la pluma.
—Vergüenza debería daros —dijo él.
Se metió la Montblanc en la boca y la mordió, hundiendo los dientes en la cápsula de cianuro oculta en su interior. Le volvieron a la mente unas palabras, ya tan lejanas, que Jack le había dicho en Bogotá: «Respiras tres veces tapándote la cara y ya estará, amigo mío.»
Y eso hizo. Inspiró una vez, luego otra... A la tercera ya se habían abalanzado sobre el escritorio y sobre él, estampándolo contra la pared entre gritos y maldiciones. Uno lo puso boca arriba y le arrancó la Montblanc de la boca. Pero para entonces ya estaba muerto.
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2
Singapur
Sam Joseph prefería no detenerse demasiado en el significado atroz de las palabras del coronel: la sangre que sería imposible evitar, las vidas que pronto quedarían destrozadas por su culpa... Ya habría tiempo para eso.
Antes tenía que memorizarlas, aprendérselas con absoluta precisión, tal como habían salido de los labios de Gólikov. Utilizaba como palacio de la memoria el cuarto en el que había dormido de niño: cada palabra colocada en orden dentro de las cajas de colores que guardaba bajo la cama, donde siempre tenía sus piezas de Lego.
Pero antes de grabarse el mensaje tenía que asegurarse de haberlo oído bien, y aquello estaba costándole más de lo previsto, aunque él y su interlocutor estuvieran sentados codo con codo en la mesa de bacarrá.
Los dos micrófonos en miniatura alimentados con estroncio que tan bien habían funcionado en Langley se habían estropeado —oh, sorpresa— nada más llegar a Singapur, de modo que no tenía copia de respaldo. Según el perfil que le había pasado el analista, el inglés del coronel era perfecto. No lo era.
Para empeorar las cosas, se había visto obligado a reunirse con él en un casino, justo el tipo de entorno saturado de cámaras en el que menos le convenía encontrarse con un ruso.
Los planos utilizados para coreografiar el «bren» —de brief encounter, «breve encuentro»— indicaban que las salas de bacarrá de apuestas altas quedaban lo bastante apartadas de la zona principal y que, por tanto, según el cable que él mismo había redactado, ofrecerían «con toda probabilidad la tranquilidad necesaria». Nada más lejos de la realidad: al otro lado había una hilera de máquinas tragaperras de límite alto cuya sinfonía tenía la sutileza de una armadura rodando por una escalera.
Para colmo, eran las dos de la madrugada de un viernes en el Sands, y alrededor de las mesas no cabía un alma. Era justo el tipo de ambiente animado y febril que tanto les gustaba a los propietarios de los casinos... y también a él mismo, que siempre había considerado lugares así como un segundo hogar. Al menos cuando jugaba por su cuenta.
Aquella vez, sin embargo, el ruido y las cámaras ponían en riesgo la operación justo cuando menos margen de maniobra había. Le pidió al coronel que repitiera lo que acababa de decir. La voz del ruso era tan áspera como si acostumbrara a tragar esquirlas, pero por suerte su inglés bronco se ralentizó, aunque parecía ligeramente irritado.
Él sonrió como si el comentario hubiera sido un chiste y se apartó un poco para examinar sus cartas mientras asimilaba el mensaje. Tenía diez mil dólares de dinero público en la mesa. En ese sentido, las advertencias del Departamento del Tesoro habían sido claras y rotundas, aunque al final resultaran ineficaces: debía extremar la atención y reducir las pérdidas al mínimo.
Deslizó la mano izquierda por debajo del borde de la mesa y dejó en el regazo del ruso la tarjeta de su habitación con el número escrito a mano. Al mismo tiempo, con la derecha, deslizó las cartas hacia el crupier.
—Dos horas —susurró.
Si hubiera creído que los estaban vigilando no habría hecho nada parecido; pero durante un instante fugaz, mientras el ruso guardaba la tarjeta en el bolsillo, lo asaltó la incertidumbre. ¿Y si alguien los tenía en el punto de mira?
El coronel apostó y perdió. Juntó las cartas, las dejó sobre el fieltro verde de la mesa y apuró de un trago sus dos buenos dedos de whisky.
—Ya está. Se acabó —dijo cortando el aire con un gesto.
Le lanzó un par de fichas de propina al crupier y dio unas palmadas en la mesa mientras se levantaba. Luego saludó al resto de los jugadores, les deseó suerte y se marchó.
Él lo vio barrer la sala con la mirada. «Está asustado, como tiene que ser», pensó. Un punto a su favor. Los únicos que traicionaban sin llegar a sudar eran los desequilibrados, los sociópatas y los megalómanos.
A él no le gustaba el bacarrá: puro azar, cero habilidad. Ya había perdido cincuenta mil dólares del erario público en dieciséis minutos. Las siguientes manos pondrían en juego los veinte mil que le quedaban. En ese momento le preocupaba mucho más el papeleo con los de Tesorería que las repercusiones de lo que acababa de decirle Boris Gólikov.
Dedicó los diez minutos siguientes a salir del agujero, reduciendo las pérdidas a treinta mil. Después, tras dejarle al crupier una propina miserable —que luego tendría que justificar en términos operativos ante los plastas de Tesorería—, cruzó la sala de apuestas altas y salió al corazón palpitante del casino: un atrio central inmenso, lleno de mesas coronadas por imponentes esculturas doradas.
Comprobó si a simple vista reconocía a algún matón o a algún miembro de la delegación comercial del coronel, pero con tanto ruido era imposible saber si Gólikov o él estaban siendo vigilados. Y, en realidad, tampoco veía cómo evitarlo.
Pidió un café y se dio una vuelta por el casino haciendo algunas paradas: el baño; la mesa de blackjack —donde jugó unas cuantas manos— uno de los bares... No notaba nada extraño. Se encontraba bien, pese a las cosas horribles que le había dicho el ruso. Aún no había asimilado sus palabras. Además, estaba en plena misión, siguiendo un guión minucioso cuyo doble propósito era proteger al agente y obtener la información. Analizarla no le correspondía. Bastante carga llevaba ya en la cabeza. Tenía que limitarse a calibrar la presión de cada momento y lo que eso implicaba para el desarrollo del operativo.
Subió a su habitación con un gin-tonic al que no le había dado ni un solo sorbo. Lo vació en el lavabo. Luego sacó al pasillo la bandeja del servicio de habitaciones, colgó el cartel de no molesten en el pomo y encajó una servilleta bajo la puerta. Era la señal de seguridad que él mismo había propuesto durante los escasos segundos de conversación indirecta que había logrado mantener con Gólikov. Finalmente, cerró la puerta con cuidado para no mover la servilleta, y dejó visible sólo una punta.
Su maletín tenía un compartimento lateral secreto, del que sacó una bolsa hermética revestida con un material parecido al papel de aluminio. Abrió la cremallera, barajó los billetes con el pulgar y dejó la bolsa en el mueble junto al televisor. Cien mil dólares: el anticipo autorizado si la información del ruso valía realmente la pena. Origen de otra guerra con Tesorería.
Había dispuesto en la mesa de centro una botella de Russian Standard, dos vasos y algo de picar: aceitunas, frutos secos, patatas chips, palomitas... Guardó los bolígrafos y las libretas en el cajón de la mesa: la cia había decidido que aquélla sería una sesión sin notas para no poner a Gólikov al límite. «Si intenta vendernos lo que sospecho ya llegará bastante alterado», le había dicho el jefe.
Se dispuso a esperar, cosa que no se le daba nada bien, como sabían tanto él mismo como la comisión evaluadora (aunque ésta lo hubiera formulado por escrito en términos algo distintos: «tiene dificultades con el control de sus impulsos»). Los golpecitos de su pie en la alfombra seguían un ritmo acelerado. Ya no quedaban palomitas. Después de acabarse el cuenco, lo había guardado en el armario para no dar la impresión de haber empezado a comer sin su invitado. Se sentó en la silla del escritorio, lejos del aperitivo que había preparado.
• • •
Una hora después, se incorporó al oír el clic de la tarjeta en la cerradura y el ¡clac! del tirador. Entraron dos hombres a los que no había visto en su vida, ambos con traje, recorriendo la habitación con la mirada en busca de amenazas: otras personas, armas o cualquier cosa que él pudiera convertir en una. Se movían con la soltura de quien acostumbra a irrumpir en habitaciones ajenas.
Él retrocedió despacio hacia el escritorio. El pie de la lámpara era de mármol.
—Salgan de mi habitación —dijo retrocediendo medio paso más hacia la lámpara.
—Samuel Joseph —dijo el rubio en un inglés muy marcado.
Esa frase le despejó la duda: eran rusos. Valoró por cuál de los dos empezaría. Eran parecidos en estatura y complexión; les buscó debilidades en la mirada y se decidió por el moreno.
Mala elección: el moreno sacó una pistola con silenciador y lo apuntó.
—Si te mueves, disparo. No dudaré. Siéntate, Samuel Joseph.
Él tragó saliva y obedeció. Seguro que habían usado la tarjeta que le había deslizado al ruso bajo la mesa. ¿Para qué lo querrían a él, si ya tenían a Gólikov?
—Mucho vodka para uno solo —dijo el rubio cogiendo la botella de Russian Standard—. Para un estadounidense, yo creo demasiado.
El moreno lo rodeó hasta perderse a su espalda mientras el rubio tomaba asiento en una silla frente a él.
Oyó la cremallera de su maleta al abrirse y el ruido de ropa y zapatos cayendo en desorden al suelo.
—Tengo un problema con la bebida —dijo intentando mirar de reojo para ver qué hacía el moreno y topándose con el cañón de su pistola, que le decía: «Mirada al frente.»
El rubio chasqueó los dedos. —Aquí miras. Si no, sí que tienes problema. —Creo que os habéis confundido de habitación —dijo él. —¿Por qué tú hablas con Boris Gólikov?
Volvió a oír una cremallera: el moreno había encontrado la bolsa del dinero. Vio cómo el rubio abría los ojos un poco más y extendía la mano. Cuando su compañero le pasó el fajo, lo dejó caer sobre la mesa.
—¿Esto para Boris?
—Estamos en un casino —le respondió él—. Es para jugar. ¿Quién demonios es Boris?
—¿Qué dijo Boris en la mesa?
—¿Quién es Boris? —insistió.
—Mira, nosotros no pacientes —repuso el rubio—. Tú ves, tú sabes. Tú trabajas cia, también sabemos esto. Y sabemos Boris quiere hablar. Esta noche te has sentado con él. Lo hemos visto. Y aquí está la cosa: necesitamos saber qué dice, todo entero. Entonces nosotros nos vamos; limpio, tranquilo. —Se frotó las manos, como quitándose el polvo—. Si tú haces tonto, puede ser problemas, ¿vale?
—¿Boris es el ruso que estaba en mi mesa? ¿El que ha acabado desplumado? —preguntó él—. Pues no tengo ni idea de quién es ni por qué estáis aquí. Venga, fuera.
—No haces tonto, Samuel Joseph. Dinos qué dice Boris.
—Yo a Boris no lo conozco —repitió Sam.
El rubio miró a su compañero. Era un tipo de mirada que él conocía bien; la había visto en agentes, en policías y en jugadores de póker al otro lado de la mesa: la mirada de quien acaba de decidirse. Cogió uno de los cuencos y lo lanzó hacia el techo.
Los seres humanos tienden a fijar la vista en los objetos lanzados por los aires.
Mientras veía derramarse los frutos secos por el suelo como si estuviera en trance, percibió un movimiento rápido a su espalda y sintió un pinchazo en el hombro. De pronto, el calor le inundó el tronco y las extremidades. Cuando la oleada llegó al cerebro, la cabeza empezó a pesarle demasiado, como si el cuello ya no pudiera sostenerla. Un segundo después, se desplomó sobre la botella de vodka.
(...)
Langley, séptimo piso, de David McCloskey, sigue aquí.

