Alérgicos a 6º B (Serie La guerra de 6ºA 1)

Sara Cano Fernández

Fragmento

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pag9.jpg Era mi última oportunidad. Por suerte, lo tenía a tiro.

Los miembros de mi equipo habían muerto, yo estaba herido y casi no me quedaba munición. Solo un misil de plasma. Si quería acabar con aquella criatura asquerosa y deforme, tendría que esforzarme. Corrí para esconderme detrás de unos depósitos de trigidium que había por allí, mientras el gortrug salpicaba ácido por todas partes y trataba de alcanzarme con sus tentáculos viscosos. Aquella cosa era igual, pero igualita, que Hugo, el guaperas de 6ºB. Un Hugo alienígena.

Cargué el lanzamisiles, apunté, contuve la respiración y…

Inés me lo volvió a fastidiar. El móvil pegó un zumbido, y yo me distraje y mandé el misil a la estratosfera, mientras «Hugo» me devoraba las entrañas.

Paré el Brain Eaters II: Extreme Missions y miré el móvil:

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Seguro que estáis pensando que soy un viciado de la consola. Y la verdad es que un poquito sí. Pero es que el Brain Eaters es flipante. Me lo había dejado Max, que es mi mejor amigo y el chico más friki del curso. El juego va de unos soldados que tienen que cumplir una misión y además evitar que unos bichos asquerosos se les metan en el cerebro y los conviertan en zombis. Estaba a punto de pasármelo y, como la semana había sido movidita, no había tenido casi tiempo para jugar, así que me levanté temprano para intentar terminarlo. Si aquel no hubiera sido el primer día después de la olimpiada, habría hecho esperar a Inés. Pero tenía razón, para variar. Llegar tarde a primera hora con la Vieja es peor a que te coma el cerebro un bicho repugnante.

La Vieja es la profesora de Mates de 6ºA, nuestra clase. Y, además, la jefa de estudios del cole. Hasta ahora no le dejaban dar clase en 6º porque da mogollón de miedo. Pero miedo de verdad. Les da miedo hasta a los de la ESO, así que a los de 6º ya os podéis imaginar. A los de 6ºB les da Mates otro profe, el Pino, que es el que lleva dando clase en 6º desde que el colegio existe, pero a nosotros nos ha tocado comernos a la Vieja con patatas.

Siempre estamos igual: los asquerosos de 6ºB tienen una potra que no se la merecen. Cuando estábamos en 4º los llevaron de visita a una fábrica de chocolate, donde se pusieron morados. ¿Y nosotros qué hicimos? Morirnos del asco en una excursión al punto limpio. El año pasado el colegio organizó un viaje a la nieve de una semana con plazas limitadas. De 5ºB fueron quince y de nuestro curso ninguno, porque ni nos enteramos: los muy tramposos nos quitaron la nota de aviso del tablón de anuncios. Y este año nos había tocado a nosotros la Vieja en Mates y a este paso no iba a aprobar ni siquiera Inés, porque hasta ella, que es superlista, le tiene miedo.

La Vieja da mogollón de miedo porque no es de este mundo. Sí, ya sé que pensáis que soy un cagueta y que estoy exagerando, pero va en serio. La Vieja no es de este mundo por tres motivos:

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1. Siempre ha sido vieja. La madre del Estorbo, que tiene por lo menos cincuenta tacos, venía de pequeña a nuestro colegio y, cuando le daba clase a ella, la Vieja ya era vieja. Debe de ser un vampiro, o una bruja, o dormir en un frigorífico para no pudrirse, o algo así.

2. Nunca tiene frío. La tía es capaz de entrar en clase en pleno diciembre solo con una bata. Y lo peor es que debajo no lleva ropa, solo un sujetador marrón horrible que se le ve cada vez que empieza a escribir en la pizarra agitando ese brazo tieso que tiene (que yo creo que no lo dobla porque es tan vieja que se le ha fosilizado) y a decir: «¡Aquí huele a humanidad!». Y, ¡zasca!, nos abre las ventanas llueva, nieve o haga sol.

3. Y, el tercer motivo (y el más terrorífico), es que la Vieja puede leerte el pensamiento. En serio. Te saca a la pizarra a restar y a ti se te olvida hasta cómo se hace, porque sientes que se te está metiendo en el cerebro a empujones con el poder de su mente. Gracias a este don puede saber, con pelos y señales, cuándo, dónde y cómo fue la última vez que te comiste un moco creyendo que nadie te veía (venga, hombre, no pongáis esa cara de asco, que los mocos se los come todo el mundo).

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La idea de ponerme a simplificar fracciones en la pizarra, con la Vieja hurgándome el cerebro sin piedad, hizo que me entrara un escalofrío. Así que apagué la consola, me eché la mochila al hombro y bajé las escaleras pitando. Para variar, Inés me estaba esperando fuera, en el portal, con mirada asesina.

Inés y yo somos amigos desde la guardería. Nuestras madres son como hermanas y nos hemos criado casi juntos. Inés es empollona y puntual. Yo soy de «suficiente» y un tardón. Inés no soporta los videojuegos y yo no abro un libro de esos que a ella le flipan ni aunque me obliguen. Pero tenemos algo en común: a los dos nos encanta gastar bromas. Nos lo pasamos genial planeándolas juntos y, si son pesadas, mejor. La gente nos teme cuando nos ve conspirando, y hacen bien. Tener una compinche de bromas mola un pegote.

Pero aquel curso, la verdad, nos habíamos pasado más tiempo peleando que pensando jugarretas. El problema era que a Inés le gustaba Hugo, que es un imbécil de 6ºB, rubio, de ojos azules y con tableta, como los guapos de las películas. Se pasa el recreo jugando al fútbol o al baloncesto, y presumiendo de musculitos y abdominales. Eso y metiéndose con Max y conmigo, llamándonos frikis y viciados. Inés dice que no, pero yo sé que estaba por él porque se le ponía cara de boba cada vez que lo miraba, y por eso últimamente habíamos estado un poco picados.

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—Álber, tío, que llegamos tardísimo. ¿Qué hacías? Seguro que estabas enganchado a la consola… —me soltó en cuanto aparecí por el portal.

—No… —pero se me notaba a la legua que estaba mintiendo.

—Jo que no. Estáis todos viciados a ese juego. Ya te vale: sabes que si llegamos tarde nos la cargamos. ¡Que tenemos a la Vieja! ¡Hoy no nos podemos permitir un castigo! ¡Eh, el bus! —y ya no siguió echándome la bronca, porque el morro verde del bus asomó por la esquina y salimos disparados como balas.

Lo que Inés no llegó a decir es que, si la Vieja nos castigaba, seguro que anulaba todo el tema de la olimpiada. Y aquella era nuestra ocasión para vengarnos de 6ºB: les pensábamos restregar toda la vida que NOSOTROS habíamos ganado un premio alucinante…, ¡y ellos no! ¡PRINGADOS!

Llegamos a clase seis minutos antes de la hora. Perfecto, porque en las clases de la Vieja, si no estás sentado en tu silla a las 9:00, te pasas la h

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