La leyenda del bosque (Los dioses del norte 1)

Jara Santamaría

Fragmento

dioses_del_norte-2

Prólogo

Parecía una noche normal.

Si le hubieses preguntado a cualquier persona, te habría dicho que era un martes, que hacía un poco de frío y convenía abrigarse o ponerle una manta más a la cama, pero nada fuera de lo habitual en el valle. Los vecinos dormían tranquilos en el pueblo, las últimas luces comenzaban a apagarse y los grillos cantaban. Un día más que se acababa y ya está; eso te habrían dicho.

Y tú te lo habrías creído. Porque no había nada que te hubiese hecho sospechar que el mundo entero estaba en peligro, en manos de una chica que corría sin aliento por el bosque.

Pero a veces las cosas no son como pensamos. En la vida real, rara vez el peligro se presenta cara a cara, avisándote de que está allí, así que puede que ni siquiera te des cuenta de que todo a tu alrededor está a punto de cambiar. Por eso, aquella noche, mientras el valle del Baztán dormía, esa chica corría, en medio de la niebla, rodeada por árboles que se retorcían en formas sinuosas. Corría y sus desgastadas zapatillas trataban de seguirle el ritmo a duras penas, mientras se deslizaba ladera abajo esquivando las rocas.

Cada poco tiempo, miraba hacia atrás comprobando si la seguían, con las mejillas surcadas en dos lágrimas largas y calientes.

—Shh... —murmuraba de vez en cuando—. Ssshhh, por favor, calla.

Entre sus brazos, envuelto en una manta, algo lloraba sin consuelo. Tal vez tuviera frío. En ese valle siempre había hecho demasiado frío. Se detuvo de repente y miró hacia sus lados como si buscase algo, o a alguien, mientras mecía a ese bulto contra su pecho en un gesto impaciente.

A la derecha, lo encontró. Ese era el árbol del que le habían hablado, no había duda: ese con la marca de dos cruces en su tronco. Después, debía caminar tres más a la izquierda y allí debía encontrarlo. Al menos, eso contaban las leyendas. Y tenían que ser verdad, no podía ser de otra manera. Era su última esperanza.

Trató de respirar profundamente, aunque estaba agotada de correr por el bosque, y su corazón latía tan deprisa que le costó recuperar el aliento. Carraspeó con suavidad, mirando a la nada, en algún lugar entre los árboles, esperando que la escucharan.

—¿Estás aquí? —invocó, con voz temblorosa—. Me dijeron que te encontraría aquí.

Pero no pasó nada. El bulto seguía llorando y lo acunó, sin dejar de mirar a su alrededor. Los árboles estaban quietos; la noche entera estaba quieta, paciente. Solo le respondió el viento zarandeando las hojas.

No era así como le habían dicho que debía suceder.

—Por favor —suplicó al aire.

De pronto, escuchó el crepitar de un árbol que empezaba a moverse. La chica ahogó un grito y sujetó las mantas con más fuerza, protegiéndolas con su cuerpo sin apartar la vista de ese árbol, que se giraba despacio sobre sí mismo como si se desperezara después de un largo sueño.

Cuando quedó frente a ella, pudo darse cuenta de que donde había visto un tronco había en realidad unas largas piernas de gigante, que subían hasta un torso cubierto de un extenso pelaje. Era tan grande que tuvo que girar su cuello con torpeza para mirarle a los ojos.

Se le cortó la respiración. Era él. No le habían mentido.

—Basajaun... —susurró, tratando de mantener la calma.

La criatura se agachó y el bosque entero tembló con sus movimientos. Sus enormes ojos examinaron a la chica de arriba abajo.

—¿Qué haces aquí? —Su voz era grave, y resonaba en la noche como si hablase dentro de una enorme cueva.

Ella no respondió. En su lugar, con las manos temblorosas descubrió el bulto que guardaba entre los brazos. Desprovisto de sus mantas, el bebé comenzó a llorar con más fuerza, con las mejillas sonrojadas por el esfuerzo, agitando sus puños cerrados.

El Basajaun arrugó su expresión.

—¿Es ella?

La mujer asintió, haciendo esfuerzos por tragar el nudo en su garganta mientras le tendía el bebé a la criatura. Entregar a ese bebé parecía un gesto sobrehumano, lo más doloroso y difícil de tolerar que hubiera hecho en su vida, pero cerró sus ojos unos instantes y se lo tendió, despacio.

Para su sorpresa, el gigante la detuvo con una de sus enormes manos.

—No deberías haberla traído. No puedo ayudarte.

Los ojos de ella, brillantes, lo miraron con estupefacción.

—Pe-pero me dijeron... Me dijeron que podías sacarla de aquí y llevarla al otro lado del portal. ¡Me dijeron que nos protegerías!

—El Basajaun protege el bosque —gruñó la criatura, y su largo pelaje se agitó cuando negó con la cabeza—. Tu hija es un peligro para la paz del valle. No puede estar aquí.

Se dispuso a levantarse de nuevo, pero ella puso una mano sobre sus garras.

—¡No! ¡Por favor! Ya es tarde para eso, nos han descubierto. Si no nos ayudas, la encontrarán, y se la llevarán a Él y entonces... —La voz se le cortó antes de acabar la frase. Volvió a mirarle—: Por favor.

La criatura pareció dudar unos instantes. El bebé no dejaba de llorar. Desde lejos, escucharon el largo aullido de un lobo y la chica clavó los ojos en el gigante. Era un sonido inconfundible que conocía demasiado bien, y signo inequívoco de que no había tiempo que perder. Esta vez no lo dudó. Un poderoso instinto de protección se adueñó de ella y la fiereza de su mirada le hizo saber al Basajaun que no estaba dispuesta a aceptar un «No» por respuesta. Que haría cualquier cosa que fuera necesaria, por muy temeraria y estúpida que fuera. Todavía sin parpadear, colocó con cuidado al bebé entre los enormes brazos del gigante. Envuelta en su pelaje, la niña parecía todavía más pequeña, apenas una bolita rosada en medio de una gran manta de pelo marrón.

—Tienes que llevártela de aquí —repitió, asintiendo con la cabeza, tratando de convencerse a sí misma tanto o más que al propio gigante. La decisión ya estaba tomada. Una decisión que arañaba en lo más profundo de su estómago y la rompía a pedazos, pero la única decisión que una madre podía tomar: proteger a su hija por encima de todo, aunque ello supusiera no volverla a ver jamás. Miró a la niña una última vez y besó su frente, disfrutando del olor de su cabecita y deseando conservarlo para siempre, para llevarla consigo allá donde fuera. La voz le tembló cuando volvió a hablar, comenzando a dar pasos hacia detrás—. Dásela a alguien que se la lleve lejos, donde no la encuentren nunca.

El Basajaun miró a la niña. Descubrió con sorpresa que su llanto había menguado, y parecía que el calor de su pelaje estaba haciendo que se adormeciera entre sus brazos. Esa visión desplomó algo en su interior, como si hubieran dado un simple golpecito a una fortaleza de piezas de dominó y de repente todo se viniera abajo. Había oído hablar tanto de esa niña que había olvidado lo que de repente se presentaba frente a él en un golpe de realidad: no era más que un bebé. Un bebé que cerraba los ojos y respiraba tranquilo, con su pecho subiendo y bajando acompasadamente y las manos sonrosadas.

Gruñó. Estaba convencido de que era una idea terrible. Si descubrían a la niña, el bosque jamás volvería a ser el mismo. Nadie podría imaginar lo que esa niña sería capaz de hacer, ni lo que pasaría si alguien intentaba utilizarla en su beneficio. Esa

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