Cortocircuito en el cole (Serie Roboters 1)

Tom Helix

Fragmento

cap1

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LA MOSCA hace un triple salto mortal con tirabuzón y se posa en el estuche de Hugo. El chaval la mira embobado. Como si nunca hubiese visto una.

«Seguro que viene de oler una CACA caca.jpg en la calle. ¡Qué envidia!... A ver, no por oler cacas, sino porque puede ir a donde quiera.»

Ofendida, la mosca despega de nuevo y se posa en la mesa de Laura.

«Qué raro —piensa Hugo—. ¿Por qué Laura está escribiendo en un FOLIO EN p-7.jpg y no tiene NINGÚN libro a la vista?»

—Hugo, Hugo... —alguien susurra su nombre, pero él ni se entera. bombi.jpg

Acaba de tener una idea BRILLANTE.

El chico saca un puñado de piezas de Lego del bolsillo. A sus once años, Hugo es un maestro de construcciones.

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••••••• Hugo •••••••

p-7.jpg Le gusta:

Las construcciones de lego

Dibujar insectos (sobre todo moscas)

Los videojuegos (los de construcción con bloques son sus favoritos)

La sopa de fideos (¿qué pasa? ¡No a todos nos gusta la pizza!)

p-7.jpg NO Le gusta:

EL COLEGIO (obvio)

LOS DEBERES (superobvio)

LOS EXÁMENES (megaobvio)

TODO LO RELACIONADO CON EL COLEGIO (supermegaobvio)

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Sin perder de vista a la mosca, Hugo fabrica una casita sobre su pupitre. Incluso le añade una pista de aterrizaje y un comedor con vistas. Le está quedando una obra digna de un programa de «grandes construcciones». Para rematarla, en un arrebato de inspiración, arranca un trocito de paté del bocata que le sobró la semana pasada y lo pega en el bloque de Lego del centro. La mosca no se va a poder resistir. Es la casita ideal.

—¡Qué PESTAZO! —protesta Rodrigo, su compañero de al lado.

«Bah, no hay para tanto —piensa Hugo—. Mis zapatillas de deporte huelen mucho peor.»

Pero la mosca, ni caso. Pasa de la gran construcción y sobrevuela el bocata reseco de Hugo.

Es raro. No que la mosca no quiera paté. Cada uno tiene sus gustos. Lo que es MUY RARO es que Rodrigo, el vago de Rodrigo, el «Se Me Han Olvidado los Deberes en Casa» Rodrigo, también está concentrado sobre una hoja blanca. Y encima está mordiendo un boli en lugar de su bocata de salchichón. AQUÍ ESTÁ PASANDO ALGO.

Mientras, la mosca vuela a ras de la pizarra.

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El bicho se posa en la esfera de un reloj de pulsera abandonado en la mesa del profesor.

Un momento, ese no es cualquier reloj. Es el reloj del profesor Caraluna, para ser más exactos. Y eso SÍ que es raro, porque Caraluna SOLO se quita el reloj cuando quiere controlar el tiempo en las ocasiones importantes.

—HUGO, ¡QUE TE ESTOY HABLANDO! —le grita el profesor prácticamente en la oreja.

El chico se pega tal susto que pega un respingo y tira la silla. Y esta es solo la primera de una serie de reacciones en cadena.

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La silla cae sobre el pie de Aina, que salta como un resorte. La chica choca contra el póster enmarcado del mapamundi, que a su vez cae sobre el esqueleto de clase. Y los ruedines de la base del esqueleto lo hacen rodar directo hasta los brazos del señor Caraluna, que de pronto se ve abrazado por un montón de huesos.

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—PERO ¡BUENO! —chilla el hombre cuando consigue quitarse el esqueleto de encima. Se dirige al pupitre del chico como un tiburón a su presa.

El profesor Caraluna normalmente habla despacio y flojito. La madre de Hugo siempre dice que su profe es un «bálsamo de tranquilidad». Pero ahora tiene la vena de la frente hinchada como UN PIMIENTO ROJO, como esos con los que se hace la salsa brava y que te hacen llorar de gusto. El señor Caraluna está peligrosamente cerca de Hugo y no parece para nada un «bálsamo».

—¡¿Qué pasa?! —pregunta Hugo asustado.

—Eso digo yo —dice con los brazos en la cintura. La vena de la frente se le ha hinchado tanto que está a punto de reventar—. ¡Quedan cinco minutos para terminar EL EXAMEN y ni siquiera has sacado el boli!

¿UN EXAMEN? Claro. Por eso están todos tan ocupados. Hugo hace un repaso mental de las COSAS RARAS QUE ESTÁN PASANDO EN EL AULA.

LOS COMPAÑEROS ESCRIBEN EN SILENCIO (SALVO GUILLE, QUE SIEMPRE SE CREE QUE LEE EN VOZ BAJA, PERO SE LE ESCUCHA HASTA EN MOSCÚ).

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HUM. VALE. Quizá se le haya escapado alguna señal.

—¿Examen? —pregunta Hugo con miedo.

Examen, claro. ESO lo explicaría todo.

—Examen, sí —confirma Caraluna mientras su cara pasa del rojo al morado—. DE LA EDAD MEDIA. —Pasa a morado oscuro casi marrón— ¡¡¡Estás en la parra!!! —grita fuera de sí.

¡Caray! Caraluna es en realidad Carabrava. Tendrá que contárselo a su madre.

El chico niega con la cabeza. Él no está en la parra, sino en el aula de 6.ºD. Está a punto de explicárselo, pero algo le dice que no es el momento. En el fondo, Carabrava tiene razón. Hugo se ha distraído. OTRA VEZ.

La psicóloga de la escuela lo llama «déficit de atención», pero Hugo no está de acuerdo. Él presta mucha atención. ¿Acaso piensan que un rascacielos de trece plantas, escalera de incendios, dos góndolas y tres fuentes centrales, cada una con piezas de distinto color, se construye sin prestarle atención?

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No, amigos. El problema es que Hugo no presta atención a lo que los profesores QUIEREN. Les interesan unas cosas muy ABURRIDAS, la verdad.

Y, por lo visto, el examen no va ni de Legos ni de moscas. Por cierto, ¿adónde habrá ido la mosca? ¿La volverá a ver?

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Un ruido cada vez más fuerte lo saca de sus pensamientos.

Sus compañeros empiezan a corear ¡CASTIGADO! ¡CASTIGADO! para darle más emoción. Les gusta crear ambiente.

Hugo traga saliva. Va a suspender el examen 11027.jpg y encima sus padres se enfadarán con él. Y para empeorar las cosas: ¿adónde ha ido la mosca? La ha perdido de vista.

—¿En qué consiste el castigo? —pregunta con miedo.

El profesor se queda en silencio. Necesita unos segundos para calibrar la pena. Por fin habla, y sus palabras RETUMBAN EN LAS PAREDES DEL AULA.

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Los coros se detienen de golpe. Hasta Joaquín, el malote de clase, suelta un grito de terror.

La Sala de los Castigos es el lugar más espeluznante del mundo. Nadie necesita llamarla la Sala de los Castigos porque solo con decir LA SALA ya sabe lo que le espera.

Nadie se atreve a hablar de lo que ha visto allí dentro. Es demasiado traumático.

Hugo comprende que le

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