Chispazo en Londres (Serie Roboters 3)

Tom Helix

Fragmento

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El pasillo del colegio está más desierto que el Sáhara a la hora de la siesta. Hace rato que comenzaron las clases, y aquí y allá se escucha el RUNRÚN de las lecciones, desde rollos sobre el cuerpo humano hasta resolución de ecuaciones.

De pronto, una puerta se abre al final del pasillo. Apenas lo hace unos milímetros, pero ese resquicio es suficiente para que asome una especie de tentáculo del interior. No es ningún monstruo de la ciénaga, sino una especie de visor metálico a modo de telescopio de submarino que escanea el corredor y vuelve a esconderse tras la puerta.

Un segundo después, un robot menudo con reminiscencias a batidora abandona la Sala de los Castigos.

—¡Ja! —celebra el robot—. Por fin puedo salir a dar un voltio.

Es C-R3BRO, un androide superinteligente con más funciones que un reloj de primera comunión.

Pero de nada le sirve tanto software cuando vive la mitad del tiempo encerrado en un piso y la otra, en la base secreta de LOS ROBOTERS. Si pasa un día más así, se le solidificarán los circuitos internos.

Una vez se cerciora de que el pasillo está despejado, C-R3BRO sale a pasear. A estas horas Gala y Hugo están en sus respectivas aulas fingiendo que prestan atención a los profesores, y Ulises Cuchicuchi, más conocido como «EL PROFESOR» (aunque solamente es el vigilante de la Sala de los Castigos), toma un café en el patio con la profesora de lengua, por la que está coladito. Es la oportunidad perfecta para salir a merodear por el edificio sin que nadie lo riña.

C-R3BRO corre por el pasillo para estirar las patas. Después activa el gadget de trineo y se tira por las escaleras a lo loco.

—¡Yijaaa! —grita eufórico.

Se pega un porrazo al llegar al último escalón (¡AY!), pero es lo de menos. ¡Se lo está pasando en grande! Por fin puede disfrutar de un poco de libertad sin que esos aguafiestas humanos le manden esconderse. Es lo que pasa cuando eres el único robot del mundo capaz de viajar por el espacio-tiempo: todo el mundo querría secuestrarte. En el fondo, sus amigos lo ocultan por su bienestar.

Pero bienestar y diversión no van siempre de la mano.

C-R3BRO continúa su escapadita por el colegio cuando pasa por el aula de música. Para su sorpresa, la puerta se abre en ese preciso momento.

—¡ESTÁS CASTIGADO! —brama la profesora Fina desde el interior—. Así aprenderás a no meter chicles en las flautas dulces de tus compañeros.

El robot para en seco. Con un poco de suerte, el chaval que salga del aula lo confundirá con la decoración. Se pone tieso para fingir que es una fuente de agua (aunque nunca haya habido fuentes en el pasillo del cole).

Pero quien aparece por la puerta no es ningún desconocido. Es el mismísimo Al Piccolini, el alumno más peligroso del colegio, y su archirrival más antiguo.

El niño está furioso porque la profesora lo ha expulsado de clase, pero su expresión cambia automáticamente cuando descubre al robot.

—¡tú otra vez! —exclama nada más verlo.

—Por todas las tuercas. ¿Cómo me has reconocido? —El robot recupera su postura habitual—. ¡Toca correr!

Antes de que se cierre la puerta del aula de música, ya se ha iniciado la persecución. C-R3BRO sale pitando por las escaleras que conducen al piso de arriba; Piccolini lo sigue de cerca.

—¡Espérame, robotito! ¡Eres el único juguete que falta en mi colección!

—¡Será pesado! —protesta el robot—. ¡Que no soy un Furby, chaval!

C-R3BRO corre rápido, pero Piccolini se ha entrenado en los mejores campamentos de verano de minicriminales. Así, mientras suben por la escalera, el chico recorta distancia.

El robot no puede dejarse atrapar. Está seguro de que si Piccolini lo coge lo convertirá en un tirachinas eléctrico, o lo que sea que utilice de arma un matón de menos de metro y medio de altura. Tiene que evitarlo.

Aprovecha que están subiendo la escalera para dejar un rastro de canicas detrás (esas que tuvo que esconder porque Hugo las confundía con caramelos). Piccolini está a punto de resbalar con ellas, pero se agarra rápidamente a la barandilla y esquiva el resto de los obstáculos.

—¡No podrás conmigo! —dice amenazador. Su voz grave desentona con su cuerpo diminuto—. Pienso hacerme contigo cueste lo que cueste.

C-R3BRO y Piccolini alcanzan el piso superior, donde se encuentran las clases de los mayores. El chico está solo a unos pasos por detrás del robot. Apenas necesita estirar los brazos para atraparlo.

El robot no lo piensa más y activa el superimán, que atrae todas las chinchetas del corcho del pasillo.

¡PLAC, PLAC, PLAC, PLAC!

C-R3BRO las ha succionado todas y las guarda en el compartimento de su boca.

Piccolini necesita medio segundo para comprender la intención del robot.

—¡Nooo! —grita aterrado.

C-R3BRO gira la cabeza ciento ochenta grados y, sin dejar de correr, dispara un arsenal de chinchetas igual que si fuesen cáscaras de pipas.

El pequeño mafioso se lanza al suelo y da tres volteretas para ocultarse detrás de unas taquillas. Un segundo después, las chinchetas se clavan justo en la zona donde se encontraba Piccolini solo un instante antes.

—Uf… —suspira Piccolini—. ¡Por qué poco!

El robot está a punto de celebrar su victoria, pero no cuenta con el PLAN B del niño, que saca un silbato de oro del interior de su chaleco y silba con todas sus fuerzas.

No se oye nada.

—¡Ja! —se burla C-R3BRO—. ¿Eso es todo lo que pueden soplar tus diminutos pulmones?

Piccolini no responde y devuelve el silbato a donde estaba. Sonríe de un modo enigmático.

—Sí que te has rendido rápido. —C-R3BRO hace un amago de sacarle la lengua, pero entonces recuerda que los robots no tienen. Le hace una pedorreta en su lugar—. Los humanos sois unos blandengues. ¡Por eso nunca podréis con los robots!

—Es un silbato de alta frecuencia, estúpido saco de chatarra. —Piccolini está disfrutando como si se hubiese hecho con un trofeo de caza—. Puede que tus receptores no lo hayan captado, pero mis esbirros aparecerán de un momento a otro.

MALDICIÓN. Gala tenía pendiente actualizarle el receptor de sonido. Tuvo que desajustarlo porque EL PROFESOR mastica muy fuerte y no hay quien lo aguante.

Antes de que C-R3BRO pueda echar a correr, un grupo de repetidores lo rodean por los dos extremos del pasillo.

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