Esto no es amor

Christel Guczka

Fragmento

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CAPÍTULO I

Hallan cadáver flotante


Lunes 15 de julio, 2012.

El cuerpo de Liza Durán, joven de 16 años, fue encontrado la noche de ayer en el canal de aguas negras de la zona oriente. Una mujer que salió a pasear con su perro dio aviso a las autoridades al percatarse del cadáver flotante.

Con el área acordonada, un equipo especializado de la policía atrajo a la víctima hacia la orilla para trasladarla al servicio forense, donde se realizaron los estudios correspondientes para conocer la causa del deceso.

Los primeros resultados revelan un severo traumatismo craneal y algunas contusiones en el cuerpo de la víctima que podrían haber sido causadas por la caída, señalan los peritos. No se encontró ninguna sustancia tóxica (alcohol o drogas) en su organismo ni rastros de violencia sexual, por lo que todo parece indicar un homicidio por robo, sin embargo, no se descarta la posibilidad de un suicidio, según afirma el oficial del Ministerio Público, dados los múltiples casos semejantes, en los que jóvenes de esa edad se quitan la vida por un amor frustrado, bajas calificaciones, que les impiden continuar con sus estudios o por pleitos con sus padres.

Los familiares de la difunta fueron informados sobre el suceso, por lo que acudieron para reconocer el cuerpo que quedará un par de días más bajo custodia de la fiscalía general para dar continuidad al expediente.

Octubre 19, 2011.


Ni siquiera sé por qué comencé a escribir este diario, yo que siempre me burlaba de quienes perdían el tiempo detallando cada una de sus actividades mientras, afuera, la vida sigue su ritmo, sin concesiones y sin esperar a que nadie la alcance.

Lo cierto es que hoy sentí la necesidad de compartir lo que me pasa, sin mayores preguntas, sin recibir consejos de alguien más, sin nada que distraiga las emociones que han comenzado a agolparse en mi pecho. Ahora entiendo a los escritores en su íntima relación con las palabras, en esa complicidad silenciosa y solitaria, en su deseo por alargar y mantener intactos los momentos.

Pero, ¿cómo empezar? «Querido diario» suena estúpido, es una libreta que no tiene ninguna carga emotiva para mí, la compré de oferta en la papelería de la esquina, por tener un rayón en la pasta. Mi idea original era usarla para anotaciones sin importancia, frases que a veces se me ocurren cuando voy en el camión o cuando veo una película en el cine que me llena la mente de imágenes. Los libros también están plagados de ellas, a veces vienen en racimos o en pequeñas gotas dentro de los diálogos de un personaje.

Me gusta pensar que pueden existir otros mundos, que yo les doy vida a través de las palabras y, con el simple hecho de mencionarlos, son como quiero que sean y, al creer en ellos, sólo me pertenecen a mí.

Pero, ¿qué momentos son los que valen la pena conservar? Cuando pienso en mi niñez, recuerdo las muñecas que ahora están arrumbadas en alguna caja del sótano; las fiestas de cumpleaños, en las que compartía con mi hermana la mordida del pastel, entre risas y cosquillas; las llamadas traviesas por teléfono a números desconocidos o las caritas sonrientes que pintábamos con plumón en las mochilas de los amigos.

Todo eso formaba parte de las cosas importantes, de las que hubiera deseado no desprenderme jamás. Pero crecí y nuevas experiencias se han sumado a mi vida, y verme sin la mano de mamá o papá ya no me da miedo, sólo siento una enorme inquietud de crear mi mundo, en el que sólo decida yo.

Y una de esas decisiones fue asistir a la fiesta de Brenda el viernes por la noche. Su hermano Lalo, que va dos grados arriba de nosotras, había ganado un torneo de basquetbol y sus amigos lo festejarían. Pensé que era una buena oportunidad para conocer a más personas, ya que soy de las novatas. Le pedí permiso a mis padres para ir sola, sin Elena (ella aún va en secundaria), con la promesa de volver temprano (cosa que no cumplí, y por lo que ahora estoy castigada) pero no importa porque, además de la música a todo volumen, las bebidas prohibidas para chicos de nuestra edad y la comida rápida, en el grupo de los invitados conocí al chavo más sexy: moreno, de ojos color miel y brazos de gimnasio que podrían desbancar a cualquier estrella de cine.

Para resumir, se acercó a mí, platicamos un buen rato sobre mil temas y durante el baile ¡me plantó el beso más delicioso que pudiera existir!, ¡casi muero de la vergüenza al sentir mi cara sonrojada y un temblor en las piernas! No supe qué hacer y me excusé diciendo que ya era tarde y debía volver a casa… Soy una tonta, lo sé, más aún cuando hubiera querido quedarme ahí, sostenida de sus brazos, toda la noche.

Sé que también va en mi escuela, aunque no lo he visto desde entonces. Lo cierto es que no dejo de pensar en él.

Afuera, el granizo parece romper los vidrios de las ventanas, el viento troza las ramas que, insensibles, dejan morir a sus retoños; el agua corre veloz por las banquetas sin detener su paso, sin saber a dónde va. Adentro, silencio. Elena está recostada con los ojos cerrados en su cama, no oye los truenos ni el caos, sólo silencio. Toda ella es silencio coagulado desde que Liza se fue para siempre.

Ya no logra escuchar el llanto de su madre detrás de las paredes, las palabras de consuelo se estrellan en una barrera invisible que la cubre y que se escurren sin dejar huella. Cada día despierta, camina, sigue su rutina e intenta sonreír, pero es como si vagara en una dimensión de la que ya no forma parte.

Se siente así: rota, vacía.

Y es que Liza era más que su hermana, era su amiga, compañera, cómplice. Compartían cada uno de sus sueños y temores. Ella era capaz de contagiarle entusiasmo por descubrir cosas nuevas y hacer posible lo inimaginable.

Ambas eran casi idénticas en apariencia cuando eran niñas. Pero, de las dos, Liza era la más sociable, la más atrevida, la que gustaba del sol y de caminar descalza por la casa. La que prefería probar nuevos peinados y la que no soportaba la mortadela en el desayuno.

Liza, la que hablaba por las noches hasta caer dormida, de su afición por la parapsi­co­lo­­gía y a la que ningún despertador levantaba. La chica que decidió pasar su decimosexto cumpleaños en la casa de sus tíos, a varios kilómetros de ahí; mientras su hermana Elena, tirada en el césped de su casa junto con unas cuantas amigas, estudiaba para los exá­menes finales.

Nunca viajaban una sin la otra pero, aquella vez, el fin de cursos detuvo a Elena. Y sólo Liza, quien había terminado el primer año de prepa, pudo ir. Ése fue un mes en el que Liza sólo hizo unas cuantas llamadas por teléfono para decir que todo estaba bien; un mes para Elena de andar y desandar sola el camino a casa, tal como debe hacerlo de ahora en adelante.

No es que nunca peleara con su hermana, de hecho, hubo ocasiones en las que pasaban un día entero sin dirigirse la palabra. Los motivos: tomar objetos de la otra sin pedirle permiso o hacer planes con las amigas a nombre de las dos.

Por su parecido, desde niñas habían rec

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