Las aventuras de Thor 3. La batalla de Ragnarök

Erik Tordensson

Fragmento

cap-1

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Asgard estaba sufriendo la peor ola de frío de su historia. Los dioses llevaban padeciendo tres inviernos seguidos, sin descanso entre ellos. El viento aullaba como si fuera un ogro con morriña y las nevadas eran fortísimas.

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Los jóvenes dioses Thor, Freya y Loki estaban desesperados. La nariz les moqueaba a todas horas, les castañeteaban los dientes y tenían las cejas cubiertas de escarcha.

Además, llevaban todo ese tiempo sin salir del palacio, encerrados para protegerse de aquel frío atroz.

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—¡No puedo más! —se lamentó Freya, segundos antes de sonarse con fuerza en un pañuelo empapado de mocos—. ¡Estoy harta de estar aquí metida!

—¡Y yo! —añadió Thor, apesadumbrado—. Con tanta ventisca, llevamos meses sin ver el sol.

—Nos vamos a quedar más blancuchos que los mofletes de Hela —dijo Loki, mientras se pegaba a la chimenea.

Hela era la reina del inframundo. Estaba tan pálida que casi podías confundirla con un muñeco de nieve.

Los tres amigos se encontraban en la habitación de Thor, envueltos en pieles, mantas y todo lo que habían logrado recolectar por el palacio.

Con un invierno eterno, las reservas de leña de Asgard estaban casi agotadas, así que dentro solo habían podido recolectar un bastón.

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El frío les había quitado las ganas de todo: Freya no podía salir a volar con su capa mágica de plumas de halcón.

Thor llevaba un montón de tiempo sin practicar con Mjolnir, su martillo mágico.

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Y en cuanto a Loki, hacía una eternidad que no gastaba ninguna de sus legendarias bromas.

Para el resto de los dioses, eso último era lo único bueno de aquel interminable invierno.

—¿Creéis que alguien habrá lanzado una maldición sobre Asgard? —preguntó Thor—. Porque este frío no es normal...

—Si fuera así, a estas alturas ya deberíamos conocer al culpable —respondió Loki—. Si yo fuera capaz de controlar el clima, querría que todo el mundo lo supiera.

—Lo que está claro es que aquí está pasando algo raro —intervino Freya—. Pero no se me ocu...

La diosa de los aventureros no pudo terminar la frase. De repente, el suelo empezó a temblar con violencia.

—¡Lo que faltaba! —exclamó Thor—. ¡Otro terremoto!

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Además del frío atroz, cada vez se producían más fenómenos climáticos adversos. Los maremotos, por ejemplo, que eran provocados por una serpiente monstruosa que había despertado de su letargo en el mar de Asgard. O los terremotos, causados por los gigantes que corrían a refugiarse del frío en sus cuevas.

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—No, esta vez no es un terremoto —replicó Loki—. Es Fenrir, que está corriendo como un loco por el pasillo. El pobre está desesperadito por salir a la calle.

Fenrir era el lobo gigante que tenía por mascota. Si se puede llamar mascota a un perrazo de una tonelada con colmillos como espadas.

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—Pues yo también estoy harto. ¡Y además estoy helado! —dijo Thor—. ¿Qué os parece si salimos a buscar leña? Así al menos estaremos calentitos.

—¿Y dónde piensas encontrarla? ¡Está todo nevado! —protestó Freya.

—Hombre, nuestro mundo está en el Yggdrasil, que es un árbol gigante —repuso Loki—. Algo de leña habrá, ¿no crees?

—¡Decidido, pues! —exclamó Thor—. Vamos a traer un buen cargamento para calentar esta nevera.

—Está bien —accedió Freya, a regañadientes—. Pero como nos pongamos malos, ¡nos vas a cuidar tú!

Los tres amigos se pusieron en pie a duras penas. Tenían el cuerpo agarrotado de pasarse todo el día sentados, cubiertos de mantas hasta las orejas. El único esfuerzo físico que hacían consistía en recorrer la distancia hasta la cocina para prepararse unos sándwiches.

Y a veces ni eso, porque Loki se las ingeniaba para convencer a algún guardia para que se los trajera.

Se dirigieron hacia la puerta principal del palacio. Los pasillos estaban vacíos, ya que todos los dioses se encontraban confinados en sus respectivos aposentos. Al igual que Thor y sus amigos, habían encontrado sus métodos para conseguir comida.

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Freya intentó empujar la puerta principal, pero el cerrojo estaba congelado por culpa del hielo. Thor encontró la oportunidad que esperaba para usar su martillo después de tanto tiempo.

¡CRAC! El problema es que derribó el pestillo y parte de la puerta. ¡Su fuerza era incontrolable!

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Con cierta reticencia, los tres amigos se asomaron al umbral. Hacía tanto frío que se te congelaba la saliva.

—¡Agh! —se lamentó Thor—. ¿Y si volvemos a entrar?

—La idea ha sido tuya, ¡así que arrea! —le dijo Loki, sacándolo de un empujón.

Los tres bajaron por las escaleras de la entrada, dejando un rastro de huellas sobre la nieve. De pronto, el suelo comenzó a temblar otra vez.

—¡Es Fenrir! —gritó Freya, señalando hacia el interior del palacio.

El enorme lobo se había quedado rezagado, olisqueando un trozo de pepino pocho que había en el pasillo. Cuando se dio cuenta de que sus amigos se habían marchado, echó a correr hacia la puerta. Una vez allí, pegó un brinco tremendo y aterrizó encima de ellos.

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—¡Eres demasiado cariñoso para una criatura de tu tamaño! —bromeó Loki, aplastado bajo su peso.

Se levantaron y reanudaron la marcha. El entorno estaba cubierto de nieve y en un visible estado de abandono. Avanzaron con esfuerzo en busca de leña, hundiéndose cada dos por tres en la nieve. Fenrir estaba en su salsa, ya que su pelaje le ayudaba a mantenerse calentito. Pero los demás no hacían más que mirar de reojo hacia el edificio, deseando volver a entrar.

Y lo habrían hecho, de no ser porque de repente se cayeron por un agujero.

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Los cuatro aterrizaron en mitad de un túnel oscuro y siniestro. Apenas había luz y el ambiente olía a moho. Parecía que nadie había pasado por allí en mucho, mucho tiempo.

—¡Auuu! —se quejó Thor, dolorido—. ¿Qué ha pasado?

—Parece que hemos atravesado una especie de trampilla —dijo Freya, mirando hacia arriba.

En el techo había un agujero que daba al exterior. De él colgaban los restos de unos tablones de madera podridos. La nieve había terminado de debilitar esa trampilla, que debió de ser construida mucho tiempo atrás.

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—¿Alguno de vosotros conocía la existencia de este agujero? —preguntó Loki.

Sus amigos negaron con la cabeza.

—¿Un pasadizo secreto

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