Pen Friends 2. Atentamente, bicho peludo

Ana Campoy

Fragmento

cap-2

¡Hola, cartamigo 226!

Aquí el cartamigo 887. Aunque mejor Óliver, que es como me llaman desde siempre.

¿Qué tal estás?

Vaya… Después de escribir la primera frase me he quedado pensando un rato largo antes de seguir.

Hacer esto es raro, ¿no te parece? Quiero decir, escribir a alguien que no conoces. Es difícil cuando no sabes quién te lee al otro lado. Las cartas no se escriben igual si las lee una persona u otra. Y tú eres un completo desconocido (¡o desconocida!, quién sabe). Aunque supongo que estarás igual de perdido que yo.

Creo que lo mejor será empezar por el principio. Hablarte de quién soy y qué es lo que hago. Así, al menos, tú lo tendrás más fácil.

Venga. Vamos allá: me llamo Óliver, tengo once años y vivo en la playa. No en una playa cualquiera, sino en LA PLAYA. Así, con mayúsculas muy grandes y negras. Y eso es así porque la playa está siempre en todo lo que me pasa.

A ver, no es que viva realmente en ella (aunque a veces parezca que sí). Lo que ocurre es que paso allí la mayor parte del tiempo. Te pondré algunos ejemplos:

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Empiezo por el colegio. Como el edificio mira al mar, cuando llega la hora del recreo es en la playa donde nos sueltan. Allí también es donde voy a mis clases de surf y donde me reúno con los amigos el fin de semana para dar una vuelta. Así que al final me paso ahí todo el día. Playa arriba, playa abajo. Playa mañana, tarde y noche. Playa hasta en la sopa. Hasta mi madre, cuando está harta de mí porque la estorbo, me dice: «¿Por qué no te vas un ratito a la playa?». Es así. No hay vuelta de hoja.

Tampoco te creas que soy el único, ¿eh? Lo de la playa le pasa a todo el mundo. De hecho, puedes encontrarte a cualquier habitante del pueblo si lo buscas allí. Si necesitas hablar con alguien y no sabes dónde encontrarle, no temas. Lo más fácil, con un ochenta por ciento de posibilidades, es que esté en la playa.

La explicación es que, si hay una mínima diversión, por pequeña que sea, es en la playa donde se celebra. Los mercadillos, las fiestas, los concursos… Incluso cuando el alcalde quiere reunirnos a todos para darnos la chapa, allí es donde nos vemos. La playa es el sitio comodín para cualquier cosa.

Supongo que con esto más o menos te habrás hecho una idea, así que ahora te hablaré del pueblo (quiero decir, la parte que no es «playa» estrictamente).

Mi pueblo no es muy grande, pero tampoco pequeño. Antes sí que lo era. Tenía cuatro casas mal construidas. Pero años después, muchos de fuera vinieron y pusieron sus comercios. Lo hicieron teniendo en cuenta que la playa es lo más importante. Que es vital para la riqueza de todos nosotros, como dice el alcalde.

Yo no sé si ese hombre (el alcalde, quiero decir) lleva razón en lo que dice, pero, como sabe hablar muy bien (o, más bien, es el único que habla), todo el mundo le hace caso. Las pocas veces que he intentado atender a lo que decía, me he empezado a aburrir en el minuto tres.

No sé si a ti te pasará lo mismo. ¡Es que es muy difícil escuchar a alguien que habla y habla sin tener mucho que decir! Cuando eso pasa, desconecto. Me pongo a mirar las olas en el horizonte. Desde la distancia elijo las que son buenas para lanzarte con la tabla. Y así me entretengo.

Menos mal que tengo el surf, en serio. El surf es lo mejor de vivir aquí. Es un entretenimiento genial y todos lo practicamos. Quiero decir, en mi grupo de amigos. Aquí, quien más, quien menos surfea. Y si no, te aseguro que debería hacerlo. El surf es medicina para cualquier cosa.

Como la playa es el centro de nuestras vidas, todos aprendemos a surfear desde bien pequeños. Hace años que se puso de moda y es el deporte más importante de la región. Tanto que hasta hay un torneo anual con premios y todo.

La pasada edición fue el primer año que los de mi edad podíamos participar. Yo estuve a punto de hacerlo, pero al final no pudo ser. Y eso que iba bien preparado. Pero todo fue por mi esguince.

Te diré que, en realidad, no fue culpa mía, sino de la papelera que no vi cuando eché a correr detrás de Cecilia. Ella sí que la vio y por eso saltó por encima. Pero yo no. Tropecé y me la comí. Y por culpa de eso, del dolor y de la escayola que me pusieron, se acabó el torneo para mí.

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Pero este año será distinto. Ya no hay dolor ni escayola. Voy superbién entrenado y no habrá papeleras que se pongan en mi camino. ¡Pienso hacerme con el primer puesto!

Bueno, que me estoy enrollando mucho. Tal vez podría contarte cómo me he metido en esto del correo sorpresa (espero que funcione y que no sea una broma pesada, porque no conozco a nadie que lo haya usado hasta ahora).

Vi el anuncio pinchado en el tablón del instituto y decidí apuntarme. No sé por qué, la verdad.

Bueno, a lo mejor un poco sí que lo sé. Y es que siento que últimamente los de alrededor no me entienden mucho. Así que he pensado que lo mismo alguien de fuera sí. En el pueblo viene mucha gente nueva, sobre todo los veranos, pero en invierno esto está muerto.

Vaya, se me acaba la hoja. Cuéntame algo de ti. Te toca.

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Cartamigo 887

cap-3

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¡Buenas, Óliver!

Soy Ruci, tu cartamiga 226.

¡No sufras! Sí que hay alguien por aquí.

La verdad es que tu carta me ha sorprendido mucho. No solo por lo rápido que ha llegado (¡es increíble!, ¡rellené el cuestionario de Pen Friends anteayer!), sino porque me cuentas muchísimas cosas en muy poco espacio. He podido hacerme una idea de dónde vives y también me ha encantado imaginarme tu playa, tu pueblo y tus amigos del surf. ¡Parece formidable!

Creo que yo nunca he estado en la playa. Donde vivo no hay. Aquí solo tenemos descampados. Pequeños, la mayoría de ellos. Aunque también hay un parque más grande que tiene cuatro árboles pelados. Lo llamamos el Bosque porque es lo más frondoso que hay en el barrio. Pero tampoco está mal. No me quejo.

Nuestra casa está muy cerca del Bosque. Vivo en ella con mi madre (bueno, para ser sinceros, sería más justo decir que vivir, vivo con mi abuela, porque es con ella con quien paso la mayor parte del tiempo. Si cuento todas las horas que tiene el día, me sale la casa de la abuela de sobra. Porque, dejando a un lado las horas de clase, allí es donde suelo estar si no estoy durmiendo).

La casa de la abuela es pequeña pero muy bonita. La construyeron hace mucho y se quedó un poco aislada del resto. Está al otro lado del Bosque. Así que, cuando salgo del instituto, suelo cruzar el parque para comer con ella y después me quedo allí durante la tarde. Como mi madre trabaja durante todo el día, la abuela y yo nos hacemos compañía.

Vivimos en el extrarradio de la gran ciudad y aqu

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