La hechicera de Asturia

Gloria V. Casañas

Fragmento

La hechicera de Asturia

PRÓLOGO

Hispania… Casi siempre vencida, pero jamás humillada ni completamente sometida.

THEODOR MOMMSEN

Bajaban de las montañas, donde el viento y la nieve mandaban. A lomos de sus veloces asturcones, en tumultuoso despliegue se desparramaron por los valles cismontanos. Llevaban sus cascos de cuero, sus capas de vellón sujetas con broches de metal sobre los vigorosos pechos. Penios, albiones, luggones, todos dejaron sus castros de altura para unirse a las tribus de las tierras bajas. Los ariscos hombres del norte cantábrico olvidaban sus diferencias ante la amenaza común.

Un resplandor aurífero tiñó la escena. De la fuente emanaron rayos en todas direcciones, iluminando los rostros cerriles. Uno entre los bravos hincó su rodilla sobre la tierra y recogió el agua sagrada en el cuenco que formaron sus manos. Rojo era el líquido que brotaba, roja la llamarada que cubrió el valle todo. Una oscuridad siniestra se extendió entonces sobre los guerreros, se acallaron los roces de las espadas, el entrechocar de los escudos y los mortíferos venablos, el fuego se apagó y el valle de los bravíos pueblos del norte se vistió de sombras.

Ingrid despertó, sudorosa y agitada. Había tenido una pesadilla.

Se levantó de su jergón, envolvió su cuerpo cimbreante en una piel de oso y caminó hacia la entrada de su choza, donde la claridad del día dibujaba arabescos fantasmales. Bajo esa luz etérea, la joven echó a andar hacia el bosque. Le gustaba tocar los árboles cuando la savia que los recorría aún estaba fresca. Robles, castaños, hayas, parecían inclinarse a su paso, abriéndole camino entre los brezales. El corzo la espiaba, el jabalí acechaba, pero ninguna de las bestias salvajes le impidió llegar hasta el claro donde yacían sus antepasados, en covachos bajo las rocas. Ella era parte de esas montañas, y un día dormiría al abrigo de las losas de piedra caliza también. Los que la habían precedido le legaron sus enseñanzas, en especial Él, que le confió secretos que podrían salvar su vida.

—Busca a quien te suceda, porque no debes partir sin legar tu herencia.

En ese preciso instante en que recordaba con amor a su Maestro, un chillido la conminó a mirar hacia arriba, donde los árboles más altos sostenían el cielo.

Un águila, la más poderosa que ella hubiese visto jamás, planeaba en círculos en el lento amanecer.

Mirándola.

Ingrid se estremeció. Era una señal. El águila representaba la amenaza para los guerreros del norte. Y aquello, entonces, no había sido un sueño sino una visión. Acababa de entender que ella poseía la magia y que debía usarla en beneficio de otros, pero ignoraba de qué forma hacerlo. ¿Cómo lograr que la escucharan? Ingrid era sólo una joven núbil, aficionada a recoger frutos del bosque y fabricar medicina con ellos.

Corrió hacia el castro de su gente con el corazón rebasándole el pecho. Antes de llegar, recordó la parte del sueño en que brotaba fuego de la fuente, y torció el rumbo hacia allí. Aún envuelta en sombras, el agua se mecía con suavidad, mojando las hierbas de la orilla. Ingrid sumergió sus manos, como había hecho el guerrero del sueño, y se contempló en ellas. Dio un grito y cayó de rodillas. Su hermosa cabellera rubia, envidia del oro de las grutas, se había tornado enteramente blanca.

La profecía empezaba a cumplirse.

CAPÍTULO I

EL ORO EN LA BRUMA

Hispania Citerior, siglo I a. C.

Desde la colina, ambos jinetes contemplaban la serranía que se recortaba sobre la faz del poniente. Montaban espléndidos caballos de guerra cuyos jaeces relucían bajo la luz moribunda. Tupidos bosques ensombrecían los valles del país que la lujuria romana había arrebatado tiempo antes a la codicia cartaginesa.

Muchas leyendas circulaban sobre aquellos parajes de geografía quebrada.

—Mira a tu nuevo señor, Tierra de Occidente —declamó Mauro con aire jocoso teñido de admiración por esa espesura salvaje y penumbrosa.

Hispania era un botín formidable que el arte superior de la guerra había arrojado al regazo romano. Nada impediría ahora la conquista del mundo. Llegados al término de Occidente, ya no existían límites para la grandeza.

La ruina de Cartago había sido la gloria de Roma.

Y ahora, aplacados los ímpetus de los pueblos ibéricos rebeldes al yugo romano, el horizonte se despejaba venturoso.

Junto a Mauro, Octavio mantenía el semblante sereno y una mirada especulativa sobre las montañas en las que se había librado la última batalla contra los astures. El crepúsculo delineaba claroscuros en los rincones, remedando la forma de lucha de aquellas gentes bravías, capaces de poner en jaque a Roma y de obligarlo a él, el Augusto, a acudir en persona para pacificar por fin el territorio conquistado, luego de años de zozobra.

—Ya puedes regocijarte, mi señor —siguió diciendo el legionario—. Te recibirán con la copa de oro de los héroes y podrás elegir la doncella más hermosa. ¡Una cada noche! Espero que no olvides que esta espada te acompañó en la cruzada final —y Mauro palpó su costado, de donde emergía la empuñadura del gladio, opacada por la sangre que la cubría.

Sólo un amigo cercano podía bromear con tal desparpajo con el general victorioso. Privilegio de una crianza compartida en la casa familiar de Vélitris.

Mauro era más joven que Octavio, pero el rigor de la milicia y la vida al aire libre los igualaban en el tono broncíneo de la piel y el perfil tallado de rasgos patricios, aunque los del Princeps se hallaban algo desvaídos por los continuos malestares que le aquejaban.

—¡Qué! ¿Ya hablas en lingua rustica? —lo reprendió Octavio.

Mauro soltó una sonora carcajada que retumbó en ecos infinitos entre los valles.

—¿Acaso no soy un hombre del pueblo? ¡Mírame, Octavio! Me gusta mezclarme con la soldadesca, beber hasta hartarme y descubrir los escondrijos de las malas mujeres. ¿Por qué no he de hablar como ellos? A otros les dejo la labia de Cicerón.

El general no pudo sino sonreír ante la desfachatez de su amigo, al que quería como hermano, pero reservó una mueca para la mención del viejo consular, que luego de darle su apoyo le había vuelto la espalda, mofándose de él. Sus opositores buscaban motivos para zaherirlo, incluso Marco Antonio lo había hecho. Octavio soportaba esos desplantes, aunque fuesen infundados. Ya llegaría el tiempo de acallar esas voces. Si había una cualidad esencial en él, era la prudencia.

Debido a su propio talante sombrío, Octavio hacía las veces de tutor de Mauro, como si le llevase cien años, y toleraba su humor re

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