Gourmeat

Cristian Robles

Fragmento

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Opinión escrita el 15 de diciembre de 2020ALGUNOS ASOMBROSOS VIAJES CULINARIOSEn Venga Monjas hacemos sonar una campana cada vez que conseguimos un pescao gordo (eso es: cualquier trabajo por el que nos paguen más de 70 euros). Quien sea que haya cerrado el trato agarra bien fuerte la campana y con la fuerza de un gorila la hace retumbar al grito de ¡NOS VAMOS A CENAR COSA BUENA, COSA CUCA! Nos colocamos los baberos y reservamos mesa en alguno de los restaurantes que tenemos anotados en nuestra larga Lista de Objetivos Gourmet.Somos unos golosos.Gracias a esta iniciativa hemos tenido la suerte de comer en los sitios más suculentos, los rincones más oscuros y retorcidos, locales que quedan a años luz del radar de ninguna Guía Michelin. Es más, ¡nos meamos en la Guía Michelin! O Guía MISHELÁN, como la llaman los más fi nolis… ¡que es una empresa de neumáticos, joder! ¡Nos hemos vuelto locos o qué!Hemos comido las cosas más raras. Ojos de piraña fl ameados, pelo de cebra a la plancha, queso de persona… ¡hamburguesa de alien! En serio, en una expedición espacial secreta unos astronautas chinos descubrieron un planeta habitado por vacas (Todo Vacas, lo llamaron), así que decidieron montar un negocio hamburguesero interplanetario. La sirven en el Área de Guisona.VENGA MONJAS
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Recordamos con cariño la vez que cenamos en el restaurante Basado en la Película Ratatouille de Pixar. Así se llamaba. Era un garito enano situado en el parking de un Corte Inglés a las afueras de Zaragoza, y no tenía nada de la película Ratatouille. Solamente el lema “todo el mundo puede ser chef”, que lo respetaban a rajatabla. Tanto era así, que no había chef; cocinaba quien fuese que estuviera ahí en ese momento. Eran sobre todo señores que no recordaban dónde habían aparcado.Otro hit fue la coctelería Sobremesa de Primera Comunión. Ahí conocimos los cocteleros más arriesgados: niños en traje y corbata que acababan de hacer su primera comunión y juntaban en un vaso de tubo todo lo que encontraban encima de la mesa después de su gran comida de celebración. Culos de cerveza, vino, Fanta, sobres de azúcar, aceite, colillas de cigarro… No conocían la palabra “límite”, eran auténticos alquimistas. El resultado era casi siempre insufrible, solo apto para paladares valientes de verdad. Inolvidable, eso sí. Eran tatuajes para el estómago.Hemos dado más vueltas que un ventilador… pero ningún menú nos ha sorprendido tanto como el mítico Gourmeat. Ni de lejos.Gourmeat es el único que lo entiende: no somos lo que comemos, como se suele decir… Es que somos comida. Tal cual. Comida cósmica. Phoskitos para las estrellas. Igual que un niño que se queda embobado ante un plato de espaguetis imaginando mundos microscópicos en cada albóndiga, Dios lleva rato diseñando el cosmos dentro de una sopa de miso. Dándole vueltas con una cuchara, soplando un poquito para que se enfríe. Desde la célula más pequeña de nuestro cerebro hasta el planeta más tocho, todo es lo
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mismo, todo es un bucle. El universo entero es un donut. Gourmeat ha logrado hacer esa conexión a través de tejidos, romper las escalas establecidas y enseñarnos la verdad más allá de la muerte.Tienes suerte de estar sosteniendo este libro, que ha sabido plasmar con bastante fidelidad la experiencia extrasensorial que es comer un menú Gourmeat. Abre tu mente, deja que hurgue en tu cerebro, y disfruta del viaje.¡VAMOS A CENAR COSA BUENA, COSA CUCA!
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