La saga de Valeria (edición pack)

Elísabet Benavent

Fragmento

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Prólogo

 

Querida Coqueta:

Recuerdo a la perfección todas las sensaciones que me azotaron el día que autopubliqué este libro y, para mi sorpresa, el ochenta por ciento de estas no fueron precisamente agradables. Miedo (más bien terror), vergüenza (ya ves tú, si dice mi madre que uno solo debe tener vergüenza de hacer el mal) o la impresión de haberme quedado desnuda delante de un montón de gente son algunas de las emociones que camparon a sus anchas por mi pecho.

Cuando recibí el email de la plataforma que me informaba de que mi libro ya estaba disponible…, lloré. Pero no de entusiasmo (que también) o de ilusión (que mentiría si dijera que no sentía), sino de puro pánico. Era la primera vez en mi vida que daba un paso al frente con la intención de cumplir mi sueño… o al menos de intentarlo.

La autopublicación de En los zapatos de Valeria y su posterior inclusión en el catálogo de la editorial Suma de Letras provocaron en mi entorno algunas reacciones que me descubrieron, entre otras cosas, la naturaleza de la gente que me rodeaba. De algunos recibí abrazos y enhorabuenas; de otros, burlas e intentos de humillación. También hubo quien me insufló cada día ánimo y confianza. Todo así, mezclado, en un batiburrillo de voces que llegaban a los oídos de una Elísabet joven que a veces no entendía y otras no quería entender.

Lo que quiero decir con todo esto es que, a pesar de considerarme sumamente afortunada, no todo fue un camino de rosas y, junto a Valeria, yo también maduré. Y aprendí. Y lloré. Y me caí. Y me levanté.

Han tenido que pasar unos años para darme cuenta de que nuestros caminos han ido en paralelo. En estas cuatro chicas he dejado mucho más de mí de lo que creía. Inconscientemente, en el interior de cada personaje, instalé uno de mis miedos y aporté también una de mis ilusiones. Por eso, ese claim con el que nació Valeria, ese «Todas somos Valeria», significa tanto para mí; todas lo somos porque todas albergamos en nuestro interior terrores y anhelos, y peleamos, a veces a conciencia y otras sin darnos apenas cuenta, por abrir los ojos, por alcanzar nuestras esperanzas y por crecer.

Valeria, Lola, Carmen y Nerea (en mi cabeza van siempre en ese orden) tienen muchísimo de la Elísabet de veinticinco años que tenía miedo de que no se cumpliese lo que anhelaba en sueños, pero también son todo aquello que admiré y admiro, todo lo que esperaba de la vida. Mujeres unidas, familia escogida, compañeras, hermanas, maestras, débiles o fuertes pero… humanas. Con sus luces, con sus sombras. Por eso tienen tanto también de mis amigas.

Con esta edición especial de la saga Valeria, de algún modo, cumplo otro sueño. Valeria y sus chicas tendrán una edición preciosa, casi de coleccionista, como quien se viste de gala para la noche más emocionante de su vida. Y es que están a punto de debutar en la pantalla y, en siete años de andadura, han conseguido, entre todos los libros que componen su historia, decenas de reimpresiones. Así que déjame decirte que con este libro que tienes entre las manos, siento que Valeria se reafirma, crece, madura, se hace consciente del camino… y esto solo ha sido posible gracias a ti. A ti, a todas esas amigas que lo recomiendan vía WhatsApp, a las que le prestan el libro al miembro de la pandilla que nunca lee con la promesa de que le va a gustar, a quien lo escoge entre todos los títulos de la librería ya sea para sí mismo o para regalar, a quien lo toma prestado de la biblioteca con ilusión. A tod@s…, GRACIAS.

Déjame decirte algo más…, ya para terminar y sin ánimo de ponerme pesada. Si alguna vez alguien quiere hacerte creer que no eres capaz, esfuérzate más. No por él, ella o ellos…, sino por ti, porque te aseguro que todo el esfuerzo que inviertes en ti misma (en tus sueños, en mejorar, en crecer…) te hace más feliz, y el mundo necesita personas felices que repartan luz. De sombras ya vamos servidos.

Gracias, Coqueta.

Gracias por tanto.

Con amor,

ELÍSABET BENAVENT

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1

Érase una vez…

Paré el ruidoso paseo de mis dedos sobre el teclado y releí el texto mientras me rascaba la cabeza con un lápiz: «Se miraron. Los metros de distancia entre ellos no importaban porque los pensamientos se materializaron, se cayeron al suelo y rebotaron hasta huir. En la décima de segundo durante la que se sostuvieron la mirada todo se congeló; en la ventana se paró hasta la brisa que agitaba los árboles. Pero ella pestañeó y ambos apartaron la mirada, avergonzados, azorados y seducidos de pronto por la idea de enamorarse de un desconocido».

Puse los ojos en blanco, solté el lápiz sobre la mesa y me levanté como si alguien hubiese instalado un muelle en el asiento.

—Pero ¡menuda mierda!

Evidentemente, sabía que nadie iba a escucharme, pero necesitaba decir en voz alta lo único que tenía en la cabeza en aquel momento. «Esto es una mierda». Era como las letras de inicio de La guerra de las galaxias pero en versión malhablada. Menuda mierda. Una mierda enorme. Una mierda del tamaño del cagarro que estaba escribiendo, que era inmenso.

Estaba seca de ideas, esa era la triste verdad. Las cincuenta y siete hojas que ya tenía escritas no eran más que sandeces con las que me justificaba, estaba claro. Sandeces chuscas y horripilantes dignas de concurso literario de instituto. Al terminar el día me exigía a mí misma haber escrito al menos dos folios, aunque dada la situación empezaba a agradecer dos o tres párrafos potables. ¿Potables? Eso era mucho esperar.

Pasarme el día delante del ordenador no tenía ningún sentido. Al estar sola en casa no necesitaba fingir nada, y sabía de sobra que no me saldría nada brillante aquel día. O quizá nunca. Así que del salón/despacho/sala de estar me pasé al dormitorio, recorrido para el que no eran necesarios más de tres pasos, y me senté en la cama. Eché una ojeada a mis pies desnudos y, como el descascarillado esmalte de mis uñas me horrorizó, acerqué el cenicero y encendí un pitillo…

Con lo que yo había sido… ¿Desde cuándo me parecía aceptable aquel estado de dejadez? Después miré de reojo el teléfono y, tras pensármelo dos décimas de segundo, lo agarré.

Un tono…, dos…, tres…

—¿Sí? —contestó.

—Pongamos que soy una fracasada, ¿me seguirías queriendo? —pregunté con soltura.

Lola soltó una carcajada que me hizo vibrar el tímpano.

—Eres una paranoica —contestó.

—No es paranoia. Aún no he escrito

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