El último infierno

J. Jesús Lemus

Fragmento

Los malditos 2: El último infierno

Prólogo

La noticia de que Rafael Caro Quintero fue puesto en libertad me sorprendió durante la promoción del libro Los malditos. En agosto de 2013 me encontraba en la habitación de un hotel de la Ciudad de México cuando se dio la noticia en la televisión. El hecho, que sin duda tenía brincando de contento al ícono del narcotráfico en México, me provocó sentimientos confusos. Conviví con Caro Quintero por más de dos años y medio, después de que fui clasificado con el mismo nivel de peligrosidad que él y, en consecuencia, se me asignó una celda al lado de la suya. No puedo decir que fuimos grandes amigos, pero mientras nuestras vidas fueron las mismas en el penal siempre me dispensó su afecto y su plática.

Traté a Caro Quintero en sus momentos de abandono. Tal vez nunca supe cómo pensaba, pero por la fuerza de la convivencia vi todas las facetas que un reo puede tener. Lo conocí en diciembre de 2008 y nunca me pareció el delincuente del que se habló en los medios de comunicación cuando informaron de su captura en 1985. Por eso, cuando supe de su liberación no pude sino imaginarlo con aquella sonrisa franca que se le abría cada vez que las cosas iban como él deseaba.

La noticia me alegró, lo reconozco. Después de todo, en mi fuero interno nunca lo miré como el criminal que pintaba el gobierno federal sino como lo veían todos los presos: un hombre que para remontar la pobreza se enroló en las filas del narcotráfico. Quienes lo conocimos sabíamos que no tenía el corazón para arrebatarle la vida a nadie.

Cuando lo miré en el pasillo 2-B del módulo uno del Cefereso 2 de Puente Grande, en Jalisco, ya no quedaban ni rastros de aquella imagen que difundió la televisión en el momento de su captura: el narco bigotón y con melena, de ojos vivaces y palabra a flor de labios. Sólo encontré a un hombre cansado de la cárcel, que aun cuando tenía una firmeza de carácter que pocas veces había visto, no dejaba de buscar la paz interior. Me alegró que por fin saliera del encierro.

Por otro lado, no dejaba de calarme un hecho cruel: Caro Quintero había alcanzado su libertad aun cuando estaba acusado de la muerte de un agente de la DEA. Le ganó al sistema en su propio juego y remontó el proceso penal que lo mantuvo en prisión durante más de 27 años. Se reconoció el error del sistema judicial y no fue necesario que él se fugara. Salió caminando por la puerta principal de la cárcel estatal de Puente Grande, adonde fue trasladado en 2010.

La noticia revelaba parte de la podredumbre del sistema judicial mexicano, donde es común armar los procesos penales con todo un entramado de mentiras. Eso me volvió a llevar a los días de la cárcel. En una extraña paradoja, no pude evitar el pensamiento que me hacía regresar a la prisión mientras el fundador del narcotráfico moderno daba sus primeros pasos en libertad.

Volví a recordar los días en que los dos sufrimos la prisión; cuando caminábamos en fila, con la tristeza de un animal que avanza hacia el matadero, cada vez que teníamos actividades juntos. El uniforme café indicaba que éramos la misma cosa ante los ojos del sistema.

“Aquí sólo hay dos bandos: los de azul, que nos cuidan, y los de café, que nos cuidamos entre nosotros”, me dijo una vez. Ésa era su filosofía de la cárcel, una extraña forma de pensar que traté de desenredar conforme lo fui conociendo.

“Aquí no importa quién es inocente o quién es culpable —sentenciaba—, sino que todos somos presos y formamos una familia.”

A eso se debía su necesidad de tratar a todos los presos como sus iguales. Nunca hizo juicios a priori; ni a los peores asesinos o secuestradores les reprochaba sus actos. Algunos presos les tenían animadversión a otros por la naturaleza de los crímenes que cometieron, pero Caro Quintero no era de esos. Aunque selectivo con quien se reunía en los escasos minutos que nos sacaban a tomar el sol, él saludaba amablemente a toda la concurrencia. Platicaba con pocos, pero nunca supe que le hubiera negado un favor a nadie, sobre todo préstamos de dinero para las familias necesitadas.

En un intento de penetrar el muro que protegía su pensamiento cada vez que se quedaba a solas, una vez le pregunté qué pasaba por su cabeza cuando un asesino le pedía ayuda. Él fue claro:

—Si hay algo que odio en la vida —explicó mirando al cielo, como solía hacer— es a los secuestradores. El que tiene maldad para secuestrar, la tiene para todo.

—¿Entonces por qué les habla?

—No soy Dios para juzgar a nadie. Cada quien sabe qué tan batido trae el pañal. Aquí soy un preso más y a todos los veo como a mis hermanos.

Durante el tiempo que compartimos el mismo pasillo de la cárcel de Puente Grande nunca hablé con Caro Quintero de su aspiración a la libertad ni me contó nada sobre su proceso penal, pero era evidente que, como todos los presos, él deseaba con toda su alma dejar atrás las altas y sucias paredes de concreto, coronadas por aquellas serpentinas de alambre frías y afiladas. Cuando lo conocí tenía 56 años y llevaba más de 24 encarcelado.

Mientras veía en televisión la noticia de que había salido, me llegaron oleadas de recuerdos que me volvieron a colocar delante de él: cuando me hablaba de su filosofía de vida o aplicaba uno de sus refranes favoritos: más sabe el diablo por viejo que por diablo. A él nunca lo vi como un demonio del presidio sino más bien como un viejo. Muchos presos recurrían a su consejo. Sus palabras eran de consuelo, ante la angustia que se recargaba en cada uno de nosotros. Hablaba con conocimiento propio de todo lo que se tiene que soportar si se quiere seguir vivo y cuerdo en el presidio. Sus consejos eran oro molido para los internos de ese sector, no porque los diera el gran narcotraficante Caro Quintero, sino porque provenían de uno de los presos con más años en ese penal.

Lo volví a recordar en la banca soleada que llamaba su “oficina”, en la que se sentaba a repasar sus pensamientos. Ahí se quedaba los pocos minutos que se nos permitía pasar fuera de la celda. Muchos internos hacían fila para hablar con él, como en un confesionario. Hablaba poco pero a nadie decepcionaba. Todos se marchaban con una sonrisa en los labios como si les hubiera quitado el peso de la depresión y la soledad de un solo gesto. Luego esa carga de la que liberaba a quienes podían hablar con él la echaba sobre sus propios hombros. Daba la sensación de que tras esas conversaciones con los presos Caro Quintero se hacía más viejo, como delataba su pelo cano.

“Ya sólo falta que el pelo se me ponga verde; se me ha puesto de todos los colores con los padecimientos de la cárcel”, bromeaba.

Pero casi siempre se encontraba sumido en sus pensamientos. Se iba haciendo minúsculo frente al día. Se negaba a mostrar su cara de tristeza. Rehuía las tertulias que los presos, ávidos de contacto humano, formaban a la menor oportunidad. Él prefería la soledad de s

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