La batalla de los 4 colegios (Serie La guerra de 6ºA 5)

Sara Cano Fernández

Fragmento

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carachico.jpegBip, bip, bip.

El radar del uniforme de combate nos avisaba de que aquel almacén abandonado estaba infestado de turgs. Por si nunca habéis jugado al Brain Eaters (aunque no sé cómo puede haber alguien que no haya jugado al Brain Eaters), los turgs son unos parásitos cerebrales asquerosos, traicioneros y letales que atacan en manada. Se dedican a lanzar escupitajos y, si te dan, te conviertes en un no-muerto rabioso y hambriento. Además, son capaces de merendarse el cerebro de un marine en menos tiempo del que Inés tarda en leerse un libro.

Y, por si fuera poco, ¡parecen ARAÑAS!

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¿Puede haber algo peor? ¡Puaj!

Habíamos conseguido superar el nivel de la ciudad y llegar casi ilesos al almacén que, según Max, era el nido de aquellos monstruos. Pero, aunque habíamos recorrido la planta baja dos veces y escaneado con nuestros visores cada rincón, no habíamos encontrado ni una miserable gotita del ácido corrosivo que escupen esos bicharracos asquerosos.

—Alfa 2, esto está más muerto que un barco pirata atrapado entre los tentáculos del Sharkraken —dije—. No me gusta.

—Tranquilo, Alfa 1. Conozco bien a los turgs: deben de haberse replegado en el sótano —respondió Max, muy metido en su papel—. Iniciamos búsqueda en el nivel subterráneo.

Seguramente tenía razón: a esas repulsivas criaturas les gusta más la humedad, la oscuridad y el moho que al Estorbo los dónuts. Sin embargo, había algo raro.

—Pero, mi general…

Bip, bip, bip.

—Hemos buscado hasta debajo de las piedras, soldado, y los visores no detectan nada. Vamos al sótano.

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—Venga, Álber —dijo la voz de Inés—. No te pongas en plan héroe.

Inés, mi mejor amiga desde siempre (una empollona sin remedio como Max, pero bastante guay en todo lo demás), piensa que a veces me pongo un poco plasta con los videojuegos y… un poco chulito.

¡Pero os prometo que esta vez no era eso!

A ver, que vale que Max es muy listo y muy estratega y muy todo lo que queráis, pero ahí el que más sabía de turgs era yo. Que para algo me había pasado el Brain Eaters, el Brain Eaters 2: Extreme Missions, el Brain Eaters 3: Anthology y el Brain Eaters 4: Resurrection unas tres millones de veces.

Y a mí todo aquello me olía a emboscada tochísima.

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—¡Va en serio! Tengo una corazonada.

—¡Lo que tienes es la cabeza más dura que una piedra! —se rio Inés—. No sé ni cómo te entra la gorra.

—Basta, soldados. Se nos acaba el tiempo. Todos al sótano —nos cortó Max, avanzando por delante de nosotros.

¡Qué jeta! ¡Ahora quería mandar él! ¡Pero si me había pasado todo el nivel abriéndoles camino!

Corrí tan rápido como me permitía el uniforme de combate y me planté delante del acceso al sótano, bloqueándolo con mi (casi) metro cincuenta de estatura. Llevaba mi inseparable gorra aplastada debajo del casco ultratecnológico de marine del futuro y la metralleta láser cruzada sobre el pecho, e imitaba una de las poses del teniente Trigger.

—¡Que no! —grité. Si no lograba detenerlos, allí no iban a sobrevivir ni las cucarachas.

—¡Chssst! —me mandó callar Max. Se subió las gafas por el puente de la nariz y susurró—: Los turgs tienen siete pares de órganos auditivos, Álber. NO-PODEMOS-HACER-RUIDO —esto último ni siquiera llegó a decirlo de verdad. Movió la boca de manera exagerada para que yo pudiera leerle los labios.

A veces, Max se mete demasiado en el papel, pero tenía razón: era vital guardar silencio. Así que, con un gesto, les pedí que formaran un círculo a mi alrededor. Cogí aire, hinché el pecho, carraspeé para poner mi mejor voz de líder y…

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…al ver las pintas que tenía mi pelotón, se me escapó una pedorreta de risa.

Los marines del Brain Eaters son unos tiarrones de dos metros por dos metros que entrenan en academias especializadas para convertirse en expertos en todas las disciplinas de combate y en el manejo de armas blancas, láser y de fuego. (Vamos, que pueden hacerte papilla solo con un tirachinas). Su traje de combate, de un tejido ultraligero y megarresistente, les marca los músculos mientras que el casco, a prueba de todo tipo de ácidos corrosivos, les hace parecer dioses del Olimpo.

Y claro, comparados con esa legendaria casta de superguerreros del futuro, más que un pelotón de combate, nosotros parecíamos la pandilla pacotilla.

A la cabeza, Max se había quitado el casco y había dejado al aire aquella mata de rizos pelirrojos que le hace parecer un plumero. Además, el pobre es tan tirillas que le sobraba traje por todos lados y tenía que llevarlo remangado para no tropezarse con los pliegues.

Por detrás de él venía Inés, que no sabía qué leches hacer con la ametralladora y no dejaba de recolocarse el casco, de darse pellizcos en el traje y de refunfuñar que aquello picaba mucho y que se aburría.

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A su lado iba Julieta (también conocida como Yuli, también conocida como la Profeta), la nueva mejor amiga de mi mejor amiga (y que no por eso era amiga mía). La muy pava se había tuneado el casco con un pañuelo lleno de moneditas, como los que llevan las pitonisas de las ferias, y se había colgado del cuello un atrapasueños por si necesitaba ayuda sobrenatural.

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Áurea, Alejandra y Adriana no tardaron en llegar en Formación Fosforita. Eran las únicas a las que el traje les quedaba como un guante y se movían ágiles como panteras entre los escombros del almacén abandonado. El problema era que pasaban un poco de la misión. Se paseaban haciendo girar sus armas láser como si fueran bastones de majorette y no llevaban casco porque, según ellas, les estropeaba el peinado (y, si hay algo que a las 3As les importa más que su ídolo, el cantante Johnny Ahumada, es mantener el estilismo). Vamos, que iban monísimas, pero podían palmarla en cualquier momento…

Revoloteando a su alrededor como una polilla, Antón hacía malabarismos con los cascos de las 3As y apuntaba a diestro y siniestro con la metralleta láser, atento a cualquier cosa que pudiera poner en peligro sus rubias cabecitas. Cuando veía que estaban a salvo, se agachaba a recoger tierra y cosas viscosas del suelo

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