Celia y Eva. Guerra de Likes

Fragmento

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CAPÍTULO 1

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Zzz, zzz, zzz, hacían las abejas. Venían a por mí. ¡Con el mal rollo que me dan los bichos! Zzz, zzz, zzz. Me enseñaban el aguijón. Quise correr, pero nada, no podía moverme. Intenté gritar, pero no me salía la voz.

Cuando estoy muy agobiada, tengo pesadillas de estas. No puedo huir, ni gritar, ni hacer nada. Se llama parálisis del sueño, y se pasa fatal. Llevaba ya unas cuantas noches así, pero aquella iba a ser la última que iban a fastidiarme. En cuanto vi que estaba soñando, me obligué a abrir los ojos. Porque a mí a cabezota no me gana nadie. ¡Ni yo misma en sueños! Y, claro, en la habitación no había ni abejas ni nada… ¡Era mi móvil vibrando debajo de la almohada!

En fin.

No solo estaba fatal, también iba fatal. Porque si me había sonado la alarma era que llegaba tarde al instituto.

Tarde no: tardísimo.

Lo cogí y toqué la pantalla para que se callara de una vez. Luego lo tiré a la otra punta de la cama. Me tapé la cabeza con la almohada e intenté seguir durmiendo.

Pero se me había quitado el sueño. Me senté y resoplé, enfadada. Menuda manera de empezar el día. No me apetecía nada ir al instituto. Segundo de Bachillerato iba a acabar conmigo. Y eso que estudiaba la rama de Arte, que era la que tenía las asignaturas que más molaban. Aunque las iba sacando más o menos, sin dejarme ninguna para septiembre, ir a clase se me hacía muy cuesta arriba. Memorizar, hacer trabajos…, todo me parecía un rollazo, superpoco creativo. Tenía todas las ganas de que se terminara el curso. Lo que yo quería era dedicarme a las cosas que me gustan de verdad: comunicar cosas con imágenes, con vídeos, con fotos…

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Pero, sobre todo, con música.

Como la que se escuchaba al otro lado de la almohada. Por el móvil sonaba Brand New Day. Es el temazo de Camp Rock 2, una peli que me encantaba de pequeña, en la que salen Demi Lovato y los Jonas Brothers. Empieza lenta, pero en segundos se convierte en un chute de energía. Era la canción con la que me despertaba todas las mañanas. El móvil había empezado fastidiándome…, pero parecía que se había arrepentido y ahora me estaba pidiendo perdón.

Aunque seguía cabreada, la música me animó. Y es que no hay casi nada que no mejore con música. Es lo que más me gusta del mundo: escucho todo tipo de géneros y me paso la vida buscando nuevos grupos, estilos, temas… Es como una medicina para mí. La escucho constantemente y no voy a ninguna parte sin mis cascos. No me imagino la vida sin banda sonora.

Y tampoco sin cantar.

It’s a brand new day and I’m feeling good, decía Demi. Un día nuevo, para sentirse bien. Igual lo mejor era hacerle caso. Saqué la cabeza de debajo de la almohada, cogí el móvil y me metí en Instagram. Seguía igual de muerto que la noche anterior, cuando subí la última foto que había hecho. YouTube igual: mi última cover de Do I Wanna Know? de Arctic Monkeys seguía teniendo menos de cien visualizaciones y cuarenta likes. Todos de amigos míos o de mi hermana pequeña. Qué triste.

Me volvió a dar un poco de bajón, y estuve a punto de meter la cabeza otra vez debajo de la almohada. Pero entonces el móvil volvió a zumbar.

Un mensaje de César.

César: Despierta, lirón.

8:05

Eva: ¿Cómo sabes que estaba dormida?

8:05

César: Porque te conozco mejor que nadie. carasonriente.jpeg

8:06

Eva: Eso es lo que tú te crees.

8:08

César: Venga, que paso a buscarte con la moto. Llego en 10 min.

8:08

Aunque me repateara reconocerlo, César llevaba razón. Me conocía mejor que nadie. Por eso era mi mejor amigo.

Por eso, y porque siempre sabía cómo hacerme sonreír.

Aparté el nórdico de un tirón, cogí la ropa de la silla —me la dejo preparada por la noche porque, si no, sí que no llego nunca— y me metí en la ducha cantando.

—¡Eva! —gritó mi padre al escucharme en el baño—. ¿Todavía sigues aquí?

—Ya casi estoy lista, papá, no me agobies —le dije, abriendo la puerta.

Puc, mi perro, vino a saludarme, y me agaché para acariciarle entre las orejas.

—¿Quieres que te lleve para que no llegues tarde? —me ofreció mi padre.

—No, viene ahora César a buscarme.

—Vale. Oye, Eva, no te olvides de que a mediodía tengo reunión, así que no voy a poder pasar a recogerte. ¿Llevas dinero para el autobús?

¿Qué? ¿El autobús? ¿En serio?

Odiaba el autobús. Había que hacer mil transbordos y tardaba media vida en volver a casa.

—Eva, no me pongas esa cara, que sabes que no…

Cerré la puerta del baño de un portazo.

Pero eso fue porque todavía no sabía lo mucho que ese viaje en autobús me iba a cambiar la vida.

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—Piti, plasta, quita de encima, que me tengo que levantar.

El bulto peludo y calentito que tenía en la tripa protestó clavando las uñas en la colcha. Menudo genio tiene la tía.

—¡Ay! —me quejé.

Mi gata debió de quedarse a gusto, porque un segundo después ya estaba otra vez roncando. La empujé al borde del colchón y se quedó ahí repanchingada, con las patas delanteras colgando.

—Estás hecha toda una equilibrista profesional —le dije, saliendo de la cama con cuidado de no despertarla.

Luego fui a la mesilla de noche y encendí el móvil. Llevaba toda la noche apagado, y estaba nerviosa. Desbloqueé la pantalla y cerré los ojos. Luego los abrí un poquito. Lo justo para darme cuenta de que todo seguía igual.

En la pantalla no había ni una sola notificación nueva. Ni un like, ni un seguidor más en YouTube o Instagram. Ni siquiera un mensaje de Julia y Marta, mi squad, para decirme que les había gustado el último vídeo que había subido antes de acostarme. Nada de nada de nada. Con lo mucho que me esforzaba porque mis redes ganaran seguidores… De verdad que no lo entendía.

—Venga, menos drama —me dije, mirándome al espejo.

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