Papá, ¿por qué eres de la U?

Alfredo Sepúlveda

Fragmento

Mi papá abrió los ojos tan grandes como una pelota de fútbol cuando le dije que el tío Pepe me había invitado al estadio con mis primos.

—Pero… pero… ellos son de… ¿Te vas a sentar en la barra de...?

Me quedé esperando que terminara la frase, pero no lo hizo.

—¿En la barra de?

—¡De esos! ¡De ellos! —rugió.

—¿De qué estás hablando, papá? ¡De quiénes!

—Dededede… ¡Del otro equipo!

—¿Y por qué no lo puedes nombrar?

—¿Quién dice que no puedo?

—No lo has nombrado.

Se encogió de hombros y se fue a la pieza del computador. No estaba enojado. Cuando se enoja habla con un tonito especial, como de cacatúa resfriada. En realidad, nunca he visto a una cacatúa resfriada; es algo que se me ocurrió recién. De hecho, ni siquiera he visto una cacatúa.

Lo que quiero decir es que esta vez pasaba algo diferente. Ese tono en su voz no lo había escuchado antes.

Cuando yo era muy chico, mi papá me llevaba al estadio y, al final del partido, me compraba un completo y una bebida. Después dejó de hacerlo. Una vez me dijo que era porque tenía mucho trabajo.

Mi papá es de la U. La Universidad de Chile. El grito de la U es: «¡Ce hache í! ¡CHI! ¡Ele é! ¡LE! ¡Chi-chi-chi, le-le-le, U-ni-ver-si-dad de Chi-le!». En mi pieza tengo una foto de los dos en el estadio. Me acuerdo de esa vez, pero poco. Era de noche, estábamos en primavera y hacía frío. Aparecemos los dos sonrientes, levantando los pulgares, con la camiseta de la U, y la bandera de la U y gorro y bufanda de la U.

Cuando nací, mi papá puso un peluche junto a mi cuna. Era un león con la camiseta del club. Todavía lo tengo.

Recordando todo esto, lo seguí hasta el computador.

Lo pillé viendo videos en YouTube.

—Buena. ¿No que estabas trabajando?

—Estoy tomando un descanso para despejar la cabeza. Me pillaste justo.

Me acerqué y le puse la mano en la espalda.

—Papá…

—¿Sí?

—¿Estás bien?

—Claro. ¿Por qué?

—¿Qué estás viendo?

El título del video era «Gol de Salah 1981!Universidad de Chile v/s Colo-Colo». Le puso pausa justo cuando yo llegué.

—¿1981? ¿Cavernícolas Unidos contra Dinosaurios Fútbol Club? —le pregunté.

—Muy gracioso. Observa y aprende —respondió y puso la opción de ver video nuevamente.

Las imágenes se empezaron a mover. En el video era de noche. Según mi papá, estaban jugando en el Estadio Nacional, en Santiago, pero me costaba reconocerlo. La pista de atletismo que rodea la cancha era roja. La luz que iluminaba el pasto era muy tenue, como de velitas. Los uniformes de los equipos, eso sí, eran iguales que ahora. La U, azul entera. Colo-Colo, camiseta blanca, pantalones negros, calcetines blancos. Me concentré en el juego: en el punto penal del área de la U, un colocolino iba a patear un penal.

—¿Cómo se llama esa gente que se pone contenta cuando algo le duele? ¿Esos que van felices al dentista? —le pregunté, porque no lograba recordar esa palabra.

—Masoquistas —respondió—. ¡Pero yo no soy uno! Observa, pequeño.

La patada del jugador fue rápida, como un rayo, y la pelota fue a dar justo a la mitad del arco, abajo. El arquero de la U se lanzó hacia la derecha y la pelota rebotó justo en sus pies. Otro jugador de Colo-Colo alcanzó a patearla, pero el arquero la atrapó con las manos.

—Lindo —dije—. Como Claudio Bravo en la final de la Copa América Centenario de 2016.

—Espera, sigue mirando.

El arquero despejó la pelota con un globo inmenso, que pasó la mitad de la cancha. Uno de Colo-Colo la chuteó, pero mal, y el balón fue a dar justo a los pies de uno de la U.

La cosa siguió muy rápido. El jugador dio un pase a otro de su equipo, que corrió por su lado izquierdo hasta llegar al área de Colo-Colo. De ahí cruzó la pelota al lado derecho y un compañero la recibió casi al borde de la línea de fondo. La detuvo, gambeteó y se sacó a cuatro colocolinos que lo presionaban. Centró, a ras de suelo, un poco hacia atrás, en diagonal, y apareció entonces otro de la U que, con un patadón, metió un golazo.

—¡Gooool! —gritó mi papá. Echó un garabato y saltó de la silla. Me tomó fuerte, me abrazó y me besó en la cabeza—. ¡Golazo! ¡Qué maravilla!

El gol estaba muy bueno, en verdad. Sobre todo porque venía de un penal perdido. Pero me pareció raro que lo celebrara como si estuviera ocurriendo hoy.

Mi papá giró, me tomó de los hombros y me miró a los ojos.

—Yo tenía entonces la edad que tú tienes ahora. Estaba en el estadio en ese momento, con el abuelo —me dijo, mientras me despeinaba fuerte con la mano.

—Es un gol muy bueno —le dije—. Pero, ¡jelou!, ¿por qué tanta emoción?

—¡Es la liguilla de la Copa Libertadores de 1981! Habíamos perdido el campeonato nacional en la penúltima fecha por un penal injusto. ¡Un robo! Pero con esto le ganábamos 2-1 a Colo-Colo e íbamos a la Copa. En ese momento llevábamos más de diez años sin ganar nada.

Mi papá respiraba agitado y la sonrisa le llegaba hasta las orejas.

—En la Copa Libertadores nos fue pésimo, pero no importó... ni importa ahora.

Se quedó así, agarrándome los hombros, con esa cara de… Me empezó a preocupar. Me lo imaginé con espirales saliendo de sus ojos, como esos que le ponen a los locos en la revista Condorito. ¿Podía chiflarse mi papá de tanto fanatismo por un equipo?

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí, es que me emociona el recuerdo.

—Me doy cuenta.

Se giró hacia el computador y cambió el entretenido YouTube por un aburrido Word. Se rascó los ojos y luego hizo un ruido asqueroso con la nariz.

—¿Estás llorando? —le pregunté.

—No —respondió—. Cómo se te ocurre.

Él solo había hecho ese sonido una vez antes, cuando se murió la Cachetona, nuestra gata gorda. Yo lloré fuertísimo, no podía parar.

—Sí, estás llorando.

—¡No! —dijo, y se pasó la manga de la camisa súper rápido por la cara—. Córtala con eso.

—Papá.

—Dime.

—¿Te puedo preguntar algo?

—Dale.

—¿Por qué te gusta la U?

Esa noche me lo contó todo. Todo, todo, todo. Me contó de su papá y d

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