Bajo el cielo de Géminis

Teresa Martín

Fragmento

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Bajo el cielo de Géminis

Primera edición: 2021

ISBN: 9788418104374
ISBN eBook: 9788418104824

© del texto:

Teresa Martín

© del diseño de esta edición:

Penguin Random House Grupo Editorial

(Caligrama, 2021

www.caligramaeditorial.com

info@caligramaeditorial.com)

Impreso en España – Printed in Spain

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A los amores complicados

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«Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur».

‘Elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de amar’.

PUBLIO SIRIO

«Concede a tu espíritu el hábito de la duda, y a tu corazón, el de la tolerancia».

GEORG CHRISTOPH LICHTENBERG

«Nadie puede ser perfectamente libre hasta que todos lo sean».

SAN AGUSTÍN

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Prólogo

Después de examinar la mejoría de Noah, Tobías respiró satisfecho. Más tarde, mientras se quitaba la bata, vio sobre una silla el cochecito metálico que había olvidado allí uno de sus pequeños pacientes. El juguete le recordó la afición que tenía de niño por esas miniaturas. Su abuela solía reñirle porque les desgastaba las ruedas. Cuando se disponía a salir, alguien golpeó la puerta. Era Sabrina, la madre de Théo, que regresaba con su hijo en brazos para preguntar por la maqueta del Audi R8 que había perdido el niño, y Tobías se la entregó enseguida. Théo sacó de una bolsa un caramelo y se lo ofreció a su pediatra. Al retirar el celofán de aquella golosina verde, el olor de la menta liberó los recuerdos de Tobías y el aroma de Sergio inundó su memoria. Todavía saboreaba el dulce cuando miró desde la ventana el horizonte edificado de Vancouver, y recordó la época en la que vivía con sus padres y estudiaba en el instituto Julián Zugasti.

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1

El primer día de clase, algunas voces emergían entre el murmullo y el rechinar de las patas de las sillas. Los alumnos se movían al compás del gruñido de su profesor, entregados de mala gana a cumplir órdenes. La seriedad de sus caras indicaba que no estaban de acuerdo con los cambios.

Tobías tenía la mirada fija en la pizarra. La velocidad de sus latidos y el entumecimiento que notaba en los huesos lo habían convertido en una estatua. Se esforzó por volver a la realidad y asomó la cabeza por detrás de la espalda de Álex. Quería ver a la chica que el tutor pretendía sentar a su lado, pero al inclinar la silla le faltó poco para caerse. Observó el perfil de la joven como una mancha borrosa y comenzó a sudar. Unas chapetas de color amapola le abrasaban las mejillas. No le apetecía conocerla. Además, acababa de decidir que solo compartiría el pupitre con Álex, su amigo de toda la vida.

—Vamos, Tobías Reyes Sánchez con Elena Roth Duarte. ¡Ya! —el grito del profesor retumbó como si un proyectil estallara en su frente.

—No. Yo no voy a sentarme con esa tía.

Tobías notó que le temblaba la voz y entrelazó las manos en un apretado nudo.

El rostro de Alberto, el tutor de segundo de bachillerato de Ciencias, fue pasando por todos los colores. Comenzaba a irradiar un sutil tono morado cuando Elena lo hizo palidecer.

—Yo tampoco pienso sentarme con él —dijo con los brazos cruzados sobre la mesa.

—Muy bien. Me parece fenomenal que no estéis de acuerdo con mis normas. Tobías, por favor, vete a tu sitio.

—Que no voy a pasarme el curso con esa niñata —aseguró con cara de haberse tragado siete sapos.

—Y yo no quiero estar al lado de ese payaso —replicó ella revolviéndose en su silla.

—¿Queréis hacer el favor de comportaros?

El ambiente ya se había caldeado cuando Marina hizo explotar el polvorín por el que caminaba la minúscula paciencia del profesor.

—Alberto, si no quiere estar con ella, será por algo —dijo guiñándole un ojo a Tobías.

—No necesito tu ayuda. —El tutor dio unos pasos hasta el sitio de Marina—. Y, además, me estoy cansando.

Álex trató de convencer a Tobías.

—Tío, que no te piden que te cases con ella, solo tienes que sentarte. A mí también me fastidia que nos cambien de sitio —aseguró dolido.

—Tú no sabes lo que me agobian las tías —dijo con un ceño tan fruncido como los pliegues de un abanico.

—Ya, pero nos está mirando todo el mundo.

Marta, la amiga de Elena, la animó a obedecer.

—Haz lo que te dicen. Sentarse con él no puede ser tan terrible.

—¿Has visto lo maleducado que es? —Elena se mordió las uñas.

—Que sí, que se ve que es un imbécil, pero no nos conviene enfadar a Alberto el primer día.

Tras amenazarlos con una expulsión, el tutor consiguió que se colocaran en el lugar que les correspondía.

—No os preocupéis tanto. —El hombre hizo un esfuerzo por quitarse de la cabeza el cigarrillo que ansiaba encender—. Esto es provisional, hasta que pongamos el curso en marcha.

El joven se sentó de mala gana junto a su nueva compañera sin dejar de refunfuñar. No le dirigió la palabra y tampoco la miró en lo que quedaba de clase, aunque, sin percatarse de que la fragancia procedía de ella, se deleitó con el perfume a mandarina que liberaban los mechones de su pelo. Elena no se molestó en ojear al tipo que tenía al lado. «¿Quién diablos será este tío?».

El timbre anunció la hora del rec

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