Atrapados en Box Odissey

Alphasniper97

Fragmento

ellas

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Salvar el mundo no es como jugar a un videojuego. Pero se le parece mucho.

Alpha es un youtuber tan conocido mundialmente por sus habilidades en Call of Duty que ha sido invitado a Corea del Sur para probar un videojuego experimental de inmersión total.

Sin embargo, cuando unos terroristas se hacen con el control del avión y tiene que saltar del aparato, Alpha se da cuenta de que algo va muy muy mal. Los terroristas norcoreanos tienen como principal objetivo liquidar al hijo del presidente de Corea del Sur, otro betatester invitado, y de paso apoderarse de la tecnología del videojuego para aumentar, si cabe, el control sobre la población de su país y extender sus tentáculos hacia el resto del planeta.

¿Será Alpha capaz de rescatar al hijo del presidente y detener al grupo terrorista?

¿Todas sus horas de juego resultarán finalmente útiles para salvar el mundo?

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Océano Atlántico. A 55 millas de la costa de Terranova

El petrolero Noxxe Zedlav atravesó los gruesos muros de agua que se levantaban a causa de aquel mar embravecido. Si bien la lluvia era fina en ese momento, y un buen chubasquero hubiese sido suficiente para evitar mojarse en esas circunstancias, cada choque del petrolero contra las olas levantaba tal cortina de agua que era imposible no terminar calado hasta los huesos.

—Seguidme, por aquí —subvocalizó Alpha a través de un micrófono adherido al cuello.

—¿Seguro que sabes por dónde vas? —vaciló Grefg.

Se encontraba detrás de él, a solo tres metros de distancia, pero la única forma de comunicarse en aquel ambiente de ruido ensordecedor era a través del subvocal.

—¿Alguna vez os he fallado? —replicó Alpha.

—¿Quieres que te haga una lista por orden alfabético o cronológico? —intervino entonces Torete, mirando con cara de circunstancias a Grefg.

A pesar de que los tres estaban equipados con trajes térmicos sellados, tiritaban de frío. O quizá no era de frío, sino de miedo.

Mientras el petrolero cabeceaba de nuevo por el empuje de otra ola de diez metros, los tres avanzaron por la oscura cubierta en mitad de la noche, accediendo a una entrada situada en la proa. Los bandazos del petrolero arrastraban todo lo que no estaba bien sujeto, de modo que Alpha, Grefg y Torete tuvieron que usar una mano para agarrarse donde podían. La otra mano la tenían ocupada empuñando sus P-90, subfusiles automáticos fabricados en Bélgica y capaces de disparar novecientas balas por minuto.

En cubierta, el agua caía por todas partes y el viento aullaba, de modo que se cobijaron en el pasillo que descendía desde allí. Así se sentían un poco más resguardados, aunque los crujidos de los tornillos y del metal del casco tampoco les permitían sentirse a salvo del todo. Ese ruido horripilante, como de bestia herida, unido al pensamiento de que en aquel petrolero probablemente viajase un destacamento de Black Scorpions y otros renegados de fuerzas de élite contratados para proteger la Caja, hacían que Alpha, Grefg y Torete no pudieran sentirse lo que se dice a gusto.

Los tres bajaron por una escalerilla de metal y avanzaron sigilosamente por otro pasillo estrecho, apoyándose contra las paredes cuando el petrolero se inclinaba a estribor y babor. Todos tenían el estómago en la boca y a todos les daba la sensación de que, en cualquier momento, una ola poderosa abriría un boquete en el casco y arrastraría el barco al fondo del Atlántico.

—Veinte metros, luego derecha, treinta metros, y la puerta amarilla —informó Alpha por el subvocal, encabezando la marcha.

—Es un poco llamativo esconder un secreto detrás de una puerta de color amarillo, ¿no? —comentó Grefg.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta el amarillo?

—Me encanta el amarillo. Pero es justo el color que escogería para que me encontraran si me pierdo en el bosque.

—Canta como una almeja —terció Torete.

—¿El amarillo? —tanteó Grefg.

—No, este barco. Pensaba que era un petrolero, pero huele a pescado.

—En realidad no es un petrolero —replicó Grefg—. Lo usan para transportar la Caja y pasar desapercibidos.

—Pero tampoco es un barco pesquero y apesta a sardinas.

—¿Desde cuándo puedes oler algo aquí?

—No lo huelo, pero me lo imagino.

—Espera, ¿no estábamos hablando del color amarillo?

—Gente… —les interrumpió Alpha—, estamos a punto de llegar, concentraos… ¡A pincho!

La tormenta empujó el petrolero a la derecha, a la izquierda, de nuevo a la derecha. Después la proa se hundió. Todo se agitaba, oscilaba, subía y bajaba.

—Vamos, rápido… Como sigamos en esta montaña rusa pronto va a oler a otra cosa —anunció Grefg.

—¿Vas a potar? —preguntó Torete.

Alpha hizo un gesto con la mano para ordenar silencio y luego la agitó para que mirasen hacia donde estaba señalando. Allí al fondo, en efecto, había una puerta de metal pintada de amarillo. Los tres avanzaron poco a poco hacia ella, tambaleándose como si estuvieran borrachos debido al oleaje.

Alpha alcanzó la puerta amarilla e introdujo el código de acceso que les habían facilitado desde Inteligencia. La puerta siseó y se deslizó a un lado. Tras ella se reveló una sala de cincuenta metros cuadrados. En el centro, sobre un pedestal bajo, descansaba la Caja: una construcción de metacrilato del tamaño de un dado, pero que en su interior albergaba suficiente plasma concentrado como para liberar noventa megatones de energía. Con eso bastaría para originar una explosión que arrasara todo en un radio de veinticinco kilómetros. En la superficie de la Caja estaba grabado lo siguiente: THE BOX.

Grefg era el encargado de acceder al panel que liberaba la Caja del pedestal para, a continuación, abrirla y cortar el diminuto cable que la mantenía act

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