Timantti

Rebeca Stones

Fragmento

cap-1

Día -1

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Me llamo Timantti, soy finlandesa. Mis padres me pusieron ese nombre por la piedra preciosa. Una gema de apariencia brillante y luminosa, que sin embargo posee una extraordinaria dureza. Una piedra invencible. Desde pequeña me entrenaron para ser fuerte, tenaz y poderosa, como lo es el diamante. Ellos saben que, dada su situación, yo estoy en constante peligro, así que digamos que me han entrenado hasta convertirme en alguien más cercano a la dureza del diamante que a su resplandor.

—¡Timantti, baja a desayunar por favor! —vocifera mi madre desde la cocina. Son las seis de la mañana y, como de costumbre, llevo despierta alrededor de una hora. Los malos presentimientos me rodean y me impiden dormir...

Mi madre debe de haberlo notado: por mucho que me esfuerce en no hacer ruido siempre nota cada uno de mis movimientos. Supongo que es deformación profesional.

Me levanto y bajo a ver lo que me espera en la cocina.

—Mgmgfff —susurro mientras me siento; la verdad es que no tengo el mejor despertar del mundo.

—Nos han encargado un nuevo caso en Argentina, tendremos que trasladarnos allí —anuncia mi padre. La noticia no me sorprende: mis padres y yo estamos siempre en movimiento. Al principio siempre tenía que quedarme en casa esperando su llegada, pero desde los dieciséis permiten que los ayude, lo que me enorgullece. Ahora tengo casi diecisiete—. Pero esta vez no podrás acompañarnos.

O tal vez no.

—¡¿Perdón?! —grito mientras me levanto.

—Ya me has oído, Timantti.

Asiento y respiro. Todo me da vueltas. ¿Creen que aún no estoy lo suficientemente preparada?

—Cariño, ya has oído a tu padre... Creemos que en esta ocasión no es adecuado que vengas.

—No quiero quedarme. ¡Odio sentirme inútil y hacéis que me sienta así constantemente!

—Es que no vas a quedarte...

Los miro sin entender. Esto es nuevo.

—Mañana debes estar a las diez en el aeropuerto. Te hemos internado en un centro.

Miro a mi padre. Lo que está diciendo no puede ser verdad. ¿Me van a mandar a un orfanato? ¿No solo no soy lo suficientemente buena como para acompañarlos, sino que, encima, necesito custodia? La llama de la ira se propaga por mi interior, aprieto los dientes para impedir que salga. Me pongo en pie, dispuesta a abandonar la mesa hecha una furia.

—¿Quieres seguir comportándote como una adolescente caprichosa o quieres que te informemos? —pregunta mi madre, con un tono que deja claro que es un momento para comportarse como una profesional.

No soy una adolescente caprichosa; de hecho, podría decirse que apenas soy una adolescente. Soy una profesional. Me siento a la mesa, con la postura erguida y en actitud de escucha.

Sé cómo hacer esto, sé que es importante retener todos los detalles de una operación, sé que la información es algo que solo se repite una vez y sé cómo almacenarla toda, analizarla y compartimentarla en la cabeza, dejarla lista para cuando tenga que usarla. Una parte de mí, la parte adolescente, quiere irse a la cama, pero otra, la parte más adulta, quiere descubrir esos nuevos datos.

—Adelante.

—Te vas a Australia, te llamarás Daniela Niemi, tu nacionalidad seguirá siendo finlandesa y tus padres han muerto en un accidente de tráfico. Aquí tienes tus nuevos documentos.

Extiende delante de mí un pasaporte con una fotografía mía reciente. Ya no sé cuántos nombres he poseído a lo largo de mi vida, no sé cuántos me pusieron mis padres antes de que pudiera darme cuenta de lo que pasaba, ni sé cuántos he usado ya sabiendo quiénes éramos, a qué nos dedicábamos. Perdí la cuenta hace mucho tiempo. Supongo que no es muy importante lo que dice un papel sobre tu identidad, sino quién eres en realidad. Cojo la documentación y vuelvo a mi habitación. Pego un portazo para que sepan que, aunque acato su decisión, no he cambiado de opinión.

cap-2

Día 0

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15, 16, 17, 18...

La última vez aguanté 5 minutos y 20 segundos. Dejo la mente en blanco y me concentro en aguantar más, en la idea de que puedo superarme.

En la idea de que puedo ser mejor, mucho mejor.

Noto un fuerte calor en mis pulmones; quieren respirar, pero yo se lo impido. Aprieto los ojos con fuerza.

19, 20, 21, 22, 23... No debería, pero quiero seguir aquí abajo.

48, 49, 50, 51, 52...

Estoy a punto de llegar a 6 minutos.

1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8...

6 minutos y 8 segundos. La cabeza me da vueltas cuando la saco del agua.

Abro los ojos, el reloj marca las 8.25.

Justo a tiempo. La hora en punto es para el resto de la gente. Yo tengo que ir un minuto antes, tengo que estar precavida. Siempre alerta.

Para ser buenos en lo que hacemos, mis padres me han enseñado numerosas habilidades relacionadas con el tiempo. Siempre me han comparado con un cronómetro: tengo que ser igual de exacta.

Me seco y escojo una maleta. Tenemos muchísimas: más grandes, más pequeñas, pero todas igual de preparadas. Me decanto por una pequeña con doble fondo. Muy útil para guardar una pistola y su munición (también todo el dinero), sé que voy a un orfanato pacífico lleno de adolescentes estúpidos, pero también sé que es mejor prevenir que curar, mejor disparar que preguntar. Añado ropa veraniega y alguna prenda de abrigo, todo lo necesario para el aseo y dos libros de Edgar Allan Poe para entretenerme cuando esté allí. Paso por la cocina y añado dos barritas de chocolate que no solo me vuelven loca, sino que me proporcionan un subidón de energía cuando lo necesito. La gente odia el azúcar, y tiene razón, pero no hay que desestimar la potencia que tiene en tu metabolismo si sabes administrarlo. Podría decirse que es mejor que muchos esteroides. En realidad, es un esteroide natural.

En la mochila que voy a llevar en el avión añado una novela, Drácula, de Bram Stoker, mi teléfono móvil, el portátil y más barritas. Ya he dicho que me vuelven loca.

Me quito el pijama y me pongo unos tejanos, una camiseta negra básica y unas deportivas. Para los viajes largos, lo mejor es ir lo más cómoda posible.

Me gusta este momento de preparar la maleta. Siempre me ha gustado. Prepararse para lo desconocido. Me gustan los cambios, pero esta vez este se ha tomado sin mi consentimiento.

Son las 8.30 cuando salgo de mi habitación totalmente preparada. La hora en punto. Ahora es cuando el resto de la gente se despertaría. Yo ya voy a salir por la puerta.

—¡Adiós, Timantti! Recuerda que lo hacemos por tu bien.

Es mi madre, que me ha oído prepararme y ahora me despide desde su cama, ni siquiera se ha levantado. Es un gesto feo, así que decido no contestar. Me miro en el espejo del recibidor y repaso mentalmente que llevo todo antes de salir definitivamente de la que ha sido mi casa hasta hoy. Supongo que no la volveré a ver en un tiempo. Pero, p

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