Cómo la vida imita al ajedrez

Garry Kasparov

Fragmento

Título

Introducción

EL SECRETO DEL ÉXITO

Al ser una estrella del ajedrez juvenil en un país loco por el ajedrez como es la Unión Soviética, me acostumbré desde muy joven a las entrevistas y a hablar en público. Aparte de preguntas ocasionales sobre aficiones y chicas, aquellas primeras entrevistas se centraban exclusivamente en mi profesión de ajedrecista. En 1985 me proclamé campeón del mundo a la edad de veintidós años, y a partir de ese momento las preguntas que me hacían cambiaron radicalmente. En vez de interesarse por las partidas y los torneos, la gente quería saber cómo había conseguido aquel éxito sin precedentes. ¿Cómo había conseguido esforzarme tanto? ¿Cuántas jugadas planeaba de antemano? ¿En qué pensaba durante una partida? ¿Tenía memoria fotográfica? ¿Qué comía? ¿Qué hacía por las noches antes de acostarme? En resumen, ¿cuáles eran los secretos de mi éxito?

No tardé mucho en darme cuenta de que mis respuestas decepcionaban al público. Me había esforzado mucho porque mi madre me enseñó a hacerlo. Los movimientos que planeaba de antemano dependían de la posición. Durante una partida intentaba recordar los entrenamientos y calculaba las variables. Mi memoria era buena, pero no fotográfica. Solía hacer una comida abundante a base de salmón ahumado, bistec y agua tónica antes de cada partida. (Lamentablemente, por orden de mi preparador físico, aquella dieta se convirtió en un asunto del pasado.) Todas las noches antes de acostarme me cepillaba los dientes. Nada demasiado sugerente.

Aparentemente, todo el mundo esperaba un método concreto, una receta universal que se pudiera aplicar para obtener siempre grandes resultados. A los escritores famosos se les pregunta qué tipo de papel y bolígrafo utilizan, como si los instrumentos tuvieran algo que ver con la escritura. Es evidente que todas esas preguntas pasan por alto el hecho de que todos somos distintos, el resultado de millones de elementos y transformaciones, que van desde nuestro ADN hasta esta misma tarde. Cada uno de nosotros crea su propio sistema para tomar decisiones. Nuestro objetivo es conseguir lo mejor de ese sistema, identificarlo, calibrar su rendimiento y encontrar fórmulas para mejorarlo.

Este libro describe cómo desarrollé mi propio sistema, cómo viví ese proceso en el pasado y cómo lo veo ahora con la perspectiva del tiempo. A lo largo de dicho proceso volveré la vista atrás para recordar a las personas que contribuyeron a ese desarrollo, directa e indirectamente. Las inspiradoras partidas de Alexander Alekhine, mi primer ídolo del ajedrez, que comparte esa condición con Winston Churchill, a cuyas palabras y libros sigo acudiendo con frecuencia.

Espero que esos y otros ejemplos les ayuden a comprender mejor su propia evolución como seres que deciden y les animen a seguir creciendo. Para ello será necesario que se valoren con total honestidad a sí mismos y valoren hasta qué punto han respondido a su potencial. Las soluciones rápidas no existen y este no es un libro de consejos y trucos. Es un libro sobre el conocimiento de uno mismo y el desafío, sobre cómo desafiarnos a nosotros mismos y a los demás, de forma que aprendamos a tomar las mejores decisiones posibles.

La idea de este libro surgió cuando me di cuenta de que en lugar de buscar respuestas inteligentes para las eternas preguntas como «¿Qué pasa por su cabeza?», era más interesante averiguarlo por mi cuenta. Pero la vida de un ajedrecista profesional, con su riguroso calendario de viajes, competiciones y entrenamientos, no me dejó mucho tiempo para la introspección filosófica, entendida como opuesta a la práctica. Cuando me retiré del ajedrez profesional en marzo de 2005, finalmente conseguí el tiempo y la perspectiva para rememorar mis experiencias e intentar compartirlas para que resultaran útiles.

Este libro sería diferente si lo hubiera terminado antes de mi espectacular giro del ajedrez a la política. Primero, necesité tiempo para asimilar las lecciones aprendidas en mi vida como ajedrecista. Segundo, mis nuevas experiencias me obligan a preguntarme quién soy y de qué soy capaz. No basta con ser un apasionado defensor de la democracia. Organizar coaliciones y organizar conferencias, me obliga a aplicar de forma totalmente nueva mi visión estratégica y demás habilidades como ajedrecista. Tras pasar veinticinco años en una cómoda posición de experto, debo analizar mi habilidad para construir y reconstruirme a mí mismo de cara a esos nuevos desafíos.

UN MAPA DEL CEREBRO

El día que cumplía seis años me desperté y me encontré con el mejor regalo que nunca había tenido. Junto a mi cama había un globo terráqueo enorme. ¡Tuve que frotarme los ojos para convencerme de que era real! Siempre me han fascinado los mapas y la geografía, y mis historias infantiles favoritas eran los relatos de mi padre sobre los viajes de Marco Polo, Colón y Magallanes. Todo empezó cuando mi padre me leyó fragmentos del libro de Stefan Zweig, Magallanes: el hombre y su gesta; seguir el rastro de los viajes de esos grandes exploradores se convirtió en nuestro pasatiempo favorito.

Poco después sabía el nombre de las capitales de todos los países del mundo, sus habitantes y todo lo que era capaz de averiguar. Aquellos relatos de aventuras reales me fascinaban más que cualquier cuento de hadas. Aunque no nos fijábamos especialmente en las descripciones de las terribles travesías por los mares del mundo, yo sabía que era necesario un valor increíble para ser el primero en emprender ese tipo de viajes. Aquellas historias alentaban mi propio espíritu de pionero. Deseaba abrir nuevos caminos, aunque en aquella etapa de mi vida eso se reducía simplemente a volver a casa por un camino nuevo. Así, a lo largo de mi carrera de ajedrecista busqué nuevos desafíos, cosas nuevas que nadie hubiera hecho antes.

La época de los grandes exploradores y emperadores ya ha pasado, pero siguen quedando algunos territorios por descubrir. Podemos explorar nuestros propios límites y los límites de nuestras vidas. También podemos ayudar a los demás a hacerlo, y quizá darle un globo terráqueo a un niño, o el equivalente en nuestra era digital, para su cumpleaños.

Disponer de un mapa personalizado es esencial, y con este libro podremos trazar aproximadamente las fases de observación y análisis que nos llevarán a dibujar ese mapa. Exagerando solo un poco, podemos decir que el mínimo común denominador nos sirve de muy poco. No obtendremos ninguna ventaja, ni ninguna mejora de lo que es obvio o idéntico para todos. Debemos mirar más alto y cavar más hondo, ir más allá de lo básico y universal. En teoría, cualquiera puede aprender a jugar al ajedrez en media hora y las reglas son, por supuesto, iguales para todos los hombres, mujeres y niños. Si damos el primer paso más allá de las reglas, sin embargo, si abandonamos el nivel inicial en el que solo nos preocupa movernos según las normas, empezamos a crear patrones que nos distinguen de todos aquellos que han desplazado un peón alguna vez

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