Biciosos

Pedro Bravo

Fragmento

cap-1

«¿Un libro sobre bicis? Anda... ¿y eso cómo es?» Tengo la sensación de que si hubiera empezado a construir un castillo románico con chapas de cerveza no habría generado tanto asombro a mi alrededor como estoy generando con este libro que empieza en este párrafo. Tengo la sensación de que a esta hora en (muchas partes de) España, la bicicleta como medio de transporte suscita incredulidad, asombro y mucha curiosidad. Y tengo la sensación de que por eso estoy escribiendo este libro y no haciendo el castillo de chapas. Porque la bici da pie a un montón de preguntas. Y, desde ahora, aquí está este libro para responderlas... Bueno, igual me he pasado con esta última frase, pero tenía que empezar fuerte y, de todos modos, algunas sí voy a intentar contestar.

«¿No pasas mucho frío?»; «¿No pasas mucho calor?»; «¿Y qué pasa con las cuestas?»; «¿Y no es muy peligroso?»; «¿No llevas casco?»; «¿Y no te roban mucho la bici?»; «¿No son un poco caras?». La lista de interrogantes habituales para el que va a pedales es larga y variopinta y, posiblemente, estas que acabo de escribir sean las más frecuentes. La gente —conocidos, amigos, familiares, uno que pasaba por allí— se entera de que vas en bici y te lanza dos o tres cuestiones seguidas. Es bastante automático.

También hay quien obvia las preguntas y pasa directamente a las sentencias. «Este país no está hecho para ir en bici; si yo viviera en Holanda iría en bici a todas partes, pero por aquí es imposible.» Una verdad como un templo que, como todas las verdades de los templos, supone un desafío al entendimiento; al menos al mío, que sí voy en bicicleta por aquí y no en los Países Bajos y que suelo moverme dentro de lo posible. Como sea, sospecho que tanto las preguntas como las sentencias esconden un pasmo superior: «¿Por qué vas en bici?».

De eso trata este libro, de por qué vamos en bici todos los que vamos, que somos muchos y creciendo, según las estadísticas, tanto en España como en el resto del planeta. Y también de por qué debería ir aún más gente. Porque no solo no pasa nada grave por ir sobre el sillín de un sitio a otro, sino que pasan bastantes cosas agradables. Aunque nos cueste admitirlo desde lo alto de nuestro progreso.

Esta sociedad que hemos ido construyendo los seres humanos está en un proceso de cambio bastante potente. Lo está a muchos niveles y con consecuencias de todo tipo. Algunas de ellas hasta positivas, aunque parezca difícil de creer si echamos un vistazo a la actualidad. Los cambios en materia de movilidad, por ejemplo, no son malos. Y el uso de la bicicleta como medio de transporte habitual en las urbes es uno de los principales síntomas de ese cambio, y quizás el más positivo de todos. Y el más singular.

Porque en un mundo que cada día vive una revolución tecnológica y que demuestra tener un apetito voraz por inventar y dejar el pasado bien atrás, el vehículo de moda y el que tiene pinta de quedarse un buen rato entre nosotros es uno que ya triunfó hace más de cien años y que, desde entonces, ha evolucionado poquito. Una solución mecánica tan simple como ingeniosa que es eficaz desde todos los puntos de vista. No es habitual que volvamos a una idea que ya tuvimos y la reconozcamos como buena. Pero es lo que está pasando con la bicicleta.

Por cierto, acabo de escribir que es el vehículo de moda y sé que hay unos cuantos que piensan que ya vendrá otra tendencia que sustituya a esta. Pues no. La bici no es como los pantalones de pata de elefante que tuvieron su inexplicable momento en los setenta y, años más tarde, su aún más increíble resurrección. La bici es una moda que ha vuelto para quedarse y si el lector no se lo cree, que siga leyendo hasta el final, que me juego una ración de torreznos a que le convenzo.

O si no le gustan los torreznos o prefiere ver la tele a leer, que se dé un paseo por Sevilla, Barcelona, Zaragoza, Córdoba, Vitoria y otras ciudades en las que cada día se demuestra pedaleando que ir en bici en España no tiene fecha de caducidad, ni es imposible ni tiene por qué parecer extraño a nadie. En esos lugares, como en muchos otros de Europa (Holanda y Dinamarca, pero también Francia e Italia) o América (Bogotá, Toronto... hasta Nueva York), ver a gente en bici es ya parte del paisaje. Y esa gente que va en bici por esos sitios no lo hace porque esté de moda, sino porque lo encuentra práctico. Más práctico y conveniente para sus intereses que cualquier otro medio de transporte. Así lo muestran todas las encuestas al respecto.

Ir en bicicleta ya no es cosa de hippies, ni de ecologistas ni de activistas. Ir en bici ahora mismo empieza a ser tan habitual como ir andando o ir en autobús. Y bastante más lógico que ir en coche, en según qué casos. Ir en bici es una solución tan evidente que, lo siento, Miguel, este libro no debería existir. La bici no debería dar para otra conversación que no fuera un «qué bonita es la tuya» o un «¿me prestas la bomba que se me ha deshinchado la rueda?». Y, sin embargo, existe porque aún hay un montón de gente que no se imagina yendo a trabajar dando pedales, alquilando una bici de un servicio público para ir a un museo o candando su vehículo sin motor a una señal de tráfico antes de meterse en un restaurante para una cita romántica.

Este libro existe por eso y porque Miguel, su editor, es un tipo convincente. Alguien capaz de citarme en la otra punta de mi ciudad a la una de la tarde de un caluroso julio y de decirme delante de una cerveza que tengo que convertirme en un apóstol de la bicicleta. Demonios. Yo solo soy un tío que hace cosas. A veces cosas más o menos raras, como escribir o ir en bici de un lado a otro, pero no soy un experto. Ni un gurú. La verdad, no tengo costumbre proselitista ni intención de hacerme santo de la movilidad sostenible.

Y, sin embargo, aquí estoy, con las primeras páginas de este libro. Y lo estoy escribiendo porque, en mi opinión, merece la pena contar cosas de bicicletas, anécdotas de gente que va en bici, historia e historias del artilugio, asuntos que pasan a pedales en todo el mundo, datos que confirman lo bueno que es ver la vida desde un sillín. También porque todas esas preguntas recurrentes que me hacen cuando voy en bici demuestran que el personal tiene ganas pero no termina de animarse. Y, además, porque no solo me hacen preguntas los otros, sino que yo mismo me hago unas cuantas subido a la bici.

Pero, sobre todo, estoy empezando este libro porque a mí ir en bici me regala momentos de felicidad, incluso dentro del follón de la gran ciudad y metido en un tráfico que recuerda más al Infierno de Dante que a la descansada vida de Fray Luis de León. Y creo que es positivo, por una vez, hacer apostolado de algo así. Porque la vida nos la están pintando de gris, y un pequeño cambio, como decidirse un día a dejar el coche o el autobús y coger la bici para ir a trabajar, puede servir para que nos demos cuenta de que debajo de todo ese gris hay un montón de colores. Y cuando vayamos viendo toda la paleta, empezaremos a hacer otros pequeños cambios y veremos aún más colores. Y de los cambios individuales pasaremos a los colectivos y... Perdón, que me acelero y casi acabo el libro en la introducción.

Empiezo por orden: no paso mucho frío en la bici porque, si lo hace, suelo ir abrigado; a veces sí que paso calor, pero es lo que tiene l

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