Cuando éramos los mejores (pero no ganábamos nunca)

Santi Giménez

Fragmento

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Qué lejos queda aquello. En el tiempo (camino de los treinta años) y en los usos y costumbres (donde la distancia es aún mayor). La selección argentina se concentró en las instalaciones del América, en un pabellón central rodeado de campos de fútbol; durante el día hablábamos de fútbol, leíamos diarios y revistas de fútbol, mirábamos partidos de fútbol y observábamos vídeos de fútbol de nuestros próximos rivales. Escribo sobre ello y me vuelvo a aburrir. Era tal la carga de fútbol que teníamos encima, que entrenar era un alivio. Cuando entrenábamos jugábamos al fútbol y cuando terminaba el entrenamiento trabajábamos de futbolista. No hay color.

Ni nos peinábamos como los indios mohicanos, ni nos poníamos un brillante en la oreja, ni viajábamos en aviones privados, ni nada de lo que hacíamos era llevado a su modo de vida por los niños de todo el mundo. Éramos sólo futbolistas. Jugadores a los que no se les permitía salir de la cancha, como si las líneas de cal fueran las rejas de una cárcel. El mundo exterior no era asunto nuestro. Y si nos animábamos a cruzarlo, la autoridad nos reprendía.

La prensa generalista me la hacía llegar una amiga mexicana de forma clandestina a las siete de la mañana y, después de leerla a escondidas, guardaba los periódicos debajo de la cama para que Bilardo no detectara ese escandaloso signo de distracción. Un día me encontró leyendo un libro y me preguntó alarmado qué estaba haciendo.

—Leyendo —contesté, dando pie a un diálogo disparatado.

—No tenés que leer.

—Es que me aburro como una ostra.

—Te tenés que aburrir.

—Es que la espera del partido me pone muy nervioso.

—Tenés que estar muy nervioso.

… Imposible encontrar un punto de encuentro.

Fuera de la concentración, la suerte no mejoraba. Poco antes del debut se nos ocurrió decir que jugar a las doce del mediodía en el mes de junio era una temeridad que perjudicaba el espectáculo. La cosa hizo ruido porque uno de los que elevó la voz fue Maradona. Al día siguiente, João Havelange (presidente de la FIFA) no se anduvo con chiquitas: «Que jueguen y callen». Maradona se lo tomó al pie de la letra. Nunca nadie jugó más y mejor en una Copa del Mundo, y no necesitó decir una sola palabra para ser considerado un héroe.

Empecemos por ahí. En el 86, Maradona fue un pionero sociológico precisamente por haberse convertido en un héroe que trascendía el mundo del fútbol. Pedirle a Inglaterra la revancha por la guerra de las Malvinas y ganársela le convirtió en un referente político; haber inspirado a intelectuales ajenos al fútbol decenas de artículos y a artistas populares decenas de canciones le convirtió en un modelo cultural; alcanzar una popularidad planetaria pocas veces vista le convirtió en un símbolo de la globalización antes de que existiera la globalización.

El doctor Darío Rubén Oliva, brillante médico de Argentina en los Mundiales del 78 y el 82 y persona extraordinaria, conocía el cuerpo de Maradona como nadie. Un día Menotti le preguntó cómo había que entrenar a Maradona y Oliva puso las cosas en su sitio: «Diego es como los gatos, le basta con comer y dormir para saltar las tapias». Quizá aquellos días del 86 fueron los más profesionales de la carrera de Maradona. Comía, dormía y sólo discutía porque quería entrenar más y Bilardo se negaba por el desgaste que producía la altitud. Durante todo el mes, saltó las tapias con una gracia inolvidable y una pelota pegada al pie. Su reto era convertirse en el mejor jugador del mundo sin discusión y lo logró de tal modo que Platini y Zico, los dos en su último Mundial, parecieron jugadores normales.

El Mundial empezó sin sobresaltos con una selección que parecía estar por encima de todas: Dinamarca. «El tren que vino del norte», titulaban los diarios, y no era para menos. Fue la única selección que acabó la fase de clasificación con puntaje perfecto y no era un grupo cualquiera: 1-0 a Escocia; 6-1 a Uruguay y 2-0 a Alemania. Casi nada. Pero de pronto ocurrió lo inesperado (un clásico del fútbol de siempre): España le metió cinco goles en un inolvidable partido de Butragueño en Querétaro y se quedó con la gloria que hasta ese momento le pertenecía a Dinamarca. «Butragueño presidente», gritaba la gente reunida en Cibeles para festejar la gesta. Aquella generación de jugadores era algo así como la sección futbolística de la Transición y aquella tarde tocaba techo canonizando al Buitre de la Quinta.

Argentina ganó el Mundial varias veces en el 86. En cuartos de final, por ejemplo, en dos ocasiones. Porque por primera vez jugamos en el Azteca y frente a Inglaterra en un partido mediocre que Maradona convirtió en legendario gracias a dos goles con marca registrada: «La mano de Dios» y «El mejor gol de todos los tiempos». Sobre lo que supuso aquel partido no hace falta decir demasiado porque inspiró más literatura que todo el Mundial y en el recuerdo de la gente está más vivo que la final. Luego, satisfechos como campeones, nos pusimos a ver el España-Bélgica y, para ser sinceros, a medida que avanzaba el partido y a pesar de que en España jugaban varios compañeros del Real Madrid a los que daba gusto ver jugar, me fui haciendo belga. Por interés baila el mono, y el equipo entero se hizo de Bélgica porque nos parecía una amenaza menor. Hasta tal punto que tres segundos después de terminar la tanda de penaltis, de un modo espontáneo y por un impulso liberatorio, todos los jugadores salimos de nuestras habitaciones para encontrarnos en un patio central al grito de «Campeones, campeones, campeones…».

Pasamos por encima de Bélgica con otros dos maravillosos goles de Maradona de los que no se habla tanto por el gigantismo de los goles frente a Inglaterra. Y por el otro cuadro se venía Alemania con todas las virtudes del sobreviviente. Se había clasificado con sólo tres puntos (el triunfo aún valía dos puntos) en la fase inicial, le ganó 1-0 a Marruecos en octavos, eliminó a México por penaltis después de un 0-0 afortunado y, para asustar, que es una de sus especialidades, le ganó 2-0 a Francia en semifinales.

No recuerdo haber dormido ni un minuto antes de la final y tengo recuerdos que duran más que los noventa minutos que duró aquel partido. Ganamos 3-2, marqué un buen gol y para no alargarme sobre los efectos de aquel partido, sólo diré que me hizo un poquito más feliz cada día del resto de mi vida.

Para México, el Mundial ’86 fue la confirmación de que se trata de un país mágico para el deporte (Juegos Olímpicos del 68, el Mundial del 70 con el Brasil de Pelé, la consagración total de Maradona), pero también una reivindicación de la vida después del terrible terremoto de septiembre del 85 que, según fuentes del gobierno, causó 3.692 muertos, según la Cruz Roja 15.000 y según la voz popular más de 40.000.

El mundo quizá lo considere el último Mundial romántico. Luego vendría el de Italia, que, honrando a la más pura tradición del anfitrión, fue el más conservador y especulador de la historia. El siguiente sería en América, sede que dejaba im

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