Diario de un ninja

Miguel Ángel Rodríguez (El Sevilla)

Fragmento

 Indice

Índice

Portadilla

Prólogo

Capítulo 1. Yo no maté al presidente

Capítulo 2. Vecino ejemplar

Capítulo 3. La pela es la pela

Capítulo 4. Un respeto por los difuntos

Capítulo 5. El camino de la muerte

Capítulo 6. El año de la cabra

Capítulo 7. El sexto sentido

Capítulo 8. El francotirador del segundo izquierda

Penúltimo capítulo: La magica noche de Chan Wuan

Último capítulo. La noche de los muertos vivientes

Las 15 caras de un ninja

Los insultos ninja

Guía para convertirse en guerrero ninja

Agradecimientos

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

TXTNinja.xhtml

 

 

 

 

Orgulloso como padre, pero, sobre todo,

orgulloso como ninja: no hay más que ver

que lo lleva en la sangre

 

Nina y Ninja.tif

TXTNinja-1.xhtml

ninja.jpg

 

 

 

 

Con este libro he querido salir del armario para contar uno de mis secretos mejor guardado, aunque no voy a decir que soy mariquita, eso ya lo sabe todo el mundo (o sea, todo el mundo sabe que no lo soy): yo, Miguel Ángel Rodríguez, soy un ninja.

El que entienda del tema sabrá que la cultura de los ninjas sólo se puede aprender en Japón, ese país cuyos habitantes parecen estar siempre dormidos, y cuya bandera es «un puntazo», nunca mejor dicho. Pero a Japón va a ir su puñetera madre, pues no sólo está muy lejos, sino que además, está lleno de japoneses, que no hay más que ver lo chiqueninos que son y el color de piel que tienen para darse cuenta de que donde esté un buen cocido con su chorizo y su morcilla, que se quite el arroz blanco y el pescado crudo.

Por eso me saqué el diploma de guerrero ninja por correspondencia, título con el que me regalaron el kimono negro, el antifaz, un cinturón y unas zapatillas de goma que, por cierto, las tuve que tirar: no se imagináis cómo me apestaban los pies con ellas.

Sin embargo, después de que el maestro Hoo Tse Chu, que era de Bilbao, pero el tío entornaba los ojos y parecía oriental, me diera el título oficial de educación a distancia del Real Colegio Internacional de Ninjas de Japón, nunca habría imaginado que eso de ser un guerrero nipón me iba a traer tantos problemas.

Aunque tampoco vamos a engañarnos, también son muchas las satisfacciones: unos saltos que doy, unas cosas que hago con las manos, una elasticidad que tengo, que me como las uñas de los pies, de flexible que son mis huesos. Además, agarro los luchacos y empiezo a darles vueltas hacia arriba y hacia abajo, que más quisieran los Locomía manejar los abanicos como manejo yo dichos luchacos. Incluso mi potencia sexual ha aumentado desde entonces, pues los ninjas no sólo somos auténticas armas de matar, sino que, además, somos unas «máquinas» a la hora de hacer el amor.

Por eso, después de estos minutos de autopublicidad, sólo me queda invitaros a que conozcáis la vida del primer y último ninja que ha habido en el barrio donde vivo: mi vida.

 

Miguel Ángel Rodríguez, el ninja

TXTNinja-2.xhtml

ninja2.jpg

 

 

dragon.eps

 

 

Los ninjas sólo podemos hacer uso de nuestra fuerza y sabiduría en caso de emergencia y necesidad extrema. Y lo que me ocurrió aquella mañana no fue para menos. Bajé a decirle al presidente de la comunidad del edificio en el que resido que cambiara la bombilla de mi planta, pues llevaba dos meses fundida. Pero el muy desgraciado me contestó, directamente y sin escrúpulos, que me fuese a la mierda, que había cosas más importantes que hacer en el bloque que cambiar una simple bombilla.

No sé qué es lo que me entró en el cuerpo: era como si la sangre se me hubiese transformado en bicarbonato. Sin embargo, ni me inmuté, ni le contesté, ni me cagué en su puñetera madre cuando me cerró la puerta en las narices.

Entonces, algo en mi interior me dijo que subiera nuevamente a mi piso y me pusiera la ropa de ninja para darle una lección al presidente, pues los guerreros japoneses conocemos más de doscientas formas de matar a una persona y ocho maneras diferentes de endiñar un guantazo. Pero como llevaba casi diez años sin sacar el traje del ropero, tenía polillas tan grandes como garbanzos. Aunque ése no fue el mayor de los problemas, p

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos