211 cosas que una chica lista debe saber

Bunty Cutler

Fragmento

I. Cómo ser un hombre de verdad

Cómo utilizar este libro

Cuando pregunté a mi hermano qué haría el sábado, él me dijo: «¡Irme a la cama con Marion Fay!». Enseguida advertí, dada mi cultura superior, que se refería a la novela de Anthony Trollope así titulada, una novela que yo había dejado hacía bien poco, repelida por la larga y tediosa introducción de no sé qué doctor.

Cuando leo un libro, no quiero tener que tragarme un prólogo aburrido y kilométrico; quiero ir directamente a las partes jugosas. Mi Don Quijote comienza con una introducción tan rimbombante que me bastaba con echarle un vistazo para quedarme profundamente dormida mientras la obra maestra de 752 páginas se me resbalaba de las manos.

De cualquier modo, esto no es más que un circunloquio para disculparme por mi propio preámbulo. Por supuesto, no hace falta que lo leas. Podrías saltártelo y pasar directamente a las partes jugosas, pero quizá quieras saber que, en vez de 29 páginas de insulsos disparates, esta introducción es una concisa exégesis pensada no solo para darte una primera impresión del libro, sino también para impedir que te cortes las venas.

211 cosas que una chica lista debe saber es distinto de otros manuales para chicas —sobre todo de los viejos manuales repletos de dibujos de niñas trajinando con cacerolas—. Tristes tomos de este tipo que tengo en mente incluyen Our Girls’ Holiday Book, que contiene, entre sus enmohecidas páginas de cartón, una descripción con ilustraciones sobre «Cómo ser más alta», así como el aburrido libro premiado Posters for school functions. Mi «Cómo ventosearte con gracia y encanto en la recepción de un embajador» es uno de una serie de artículos donde me he esforzado por aconsejar a la chica moderna en un estilo más excitante y vivaz que el de estos anticuados tratados.

También he intentado evitar los puntos flacos de tediosos libros de relatos como (mi favorito) Gay Stories For Girls, publicado en los años cincuenta. El carácter prosaico de los relatos de esta enciclopedia se refleja en sus títulos nada estimulantes, por ejemplo, «Olive y Peggy tienen ideas» (¡qué raro!) y «Vera en la Edad de Piedra». Las mujeres de entonces parecían hacer poco más que tricotar, preparar pasteles, zurcir calcetines y atildar a sus hombres: la palabra «feminismo» les habría dicho tanto como «punto G» dice probablemente a tu abuela. En vez de eso, me he concentrado en temas prácticos utilísimos para la ocupada señorita actual, por ejemplo, «Cómo perder tres kilos en seis horas» y «17 usos para una media de red descabalada». Como quizá hayas deducido ya, la lectora que tengo en mente se parece más a una alumna lanzada de colegio público que a una repelente delegada de colegio de monjas.

Si intentas leer este libro de un tirón, te volverás loca. Sería mejor que lo abordaras como una de esas grandes cajas de bombones belgas. Examina el contenido; elige uno y cómetelo. Si te tomaras la caja entera de una vez, vomitarías en toda la gama de marrones que existen, y lo mismo ocurre con este libro. De manera que, cuando ya hayas tenido suficiente —después de seis o siete páginas, pongamos—, ve, por ejemplo, a pintarte las uñas con una copa de cava (no me refiero a que te pintes las uñas con el cava; me refiero a que te las pintes con esmalte y te bebas el cava, ¡obviamente!).

Si sigues atentamente mis instrucciones, la seguridad no debería ser un problema (no prestes atención a la confusión del párrafo anterior). Puedes hacerte un favor utilizando los instrumentos que recomiendo; hay una enorme diferencia entre un par de tijeras «afiladas» y esa cosa oxidada llena de pelusas que has encontrado entre el cojín y el respaldo del sofá. Las hojas romas no sirven de nada a menos que estés cortando gelatina.

Las recetas de 211 cosas que una chica lista debe saber especifican ingredientes concretos. Puedes variarlos dependiendo de lo que tengas en la cocina, pero no me eches la culpa si tu delicia turca te queda como una piedra porque has duplicado la dosis de maicena o algo similar.

Por último, sé que sigues preguntándote por qué este libro se titula 211 cosas que una chica lista debe saber en vez de tener un título más sensato como 200 cosas. Bueno, este es un tomo complementario a 211 cosas que un chico listo debe saber de mi hermano Tom. No me preguntes en qué estaba pensando cuando se le ocurrió esa cifra. Cuando hablé con mis editores sobre cambiarlo por algo más inteligente, el departamento de marketing me sugirió que no deberíamos realizar modificaciones en una imagen de marca que el público ya conoce. No tengo ni idea de a qué se refieren —esa gente tiene un argot propio—. Pero, por otra parte, yo solo soy la autora: ¿qué sé yo de nada?

En fin, a por las partes jugosas.

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