Etimologías para sobrevivir al caos

Andrea Marcolongo

Fragmento

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ÍNCIPIT

 

 

 

 

En aquella parte del libro de mi memoria, antes de la cual poco podía leerse, hay un epígrafe que dice Incipit vita nova. Bajo este epígrafe se hallan escritas las palabras que es mi propósito reproducir en esta obrilla, ya que no en su integridad, al menos en su sustancia.

 

DANTE ALIGHIERI, Vida nueva

 

 

Durante años también yo no he hecho más que «hojear» «el libro de mi memoria», en busca de aquellas palabras que me eran necesarias.

Etimológicamente «arrancaba los pétalos», uno a uno, de todos los lenguajes que componían mi intrincado discurso interior con el fin de descifrarme a mí misma en el mundo.

Buscaba la «rosa» de Giorgio Caproni, pero no encontraba nada más que espinas y la dureza cruel del tallo.

Solo ahora comprendo que no soy la única que está inmersa en una constante refriega con lo real: nos sucede a todos cuando no encontramos las palabras con las que expresar el mundo que nos rodea, y con las que expresarnos a nosotros mismos.

Sin palabras, quedamos elididos de la realidad.

Vivos pero ausentes: fósiles. Huellas, sin conciencia ya de lo que somos.

No queda de nosotros más que lo indecible, un silencio lúgubre y completo. La soledad más exacta.

Con el tiempo he intuido por fin que no era a las palabras a las que había que preguntar, sino a su «sustancia»: a su significado «esencial», cristalino.

El efecto concreto, el agarre firme que tienen sobre nosotros y sobre nuestra visión del mundo. «La marca indeleble que dejan en nuestra mente», como escribió Giosuè Carducci comentando justo este pasaje de Vida nueva, justo aquel por el que siento más cariño.

Incendiar lo real y no contentarnos con sus cenizas: eso es lo que significa «sentir» las palabras que nos queman por dentro. Dejar de ser anécdotas desenfocadas y volver a ser hombres y mujeres enfocados, expuestos a las miradas, desnudos.

Lo que tanto he deseado hacer con esta «obrilla» que ahora tenéis entre las manos ha sido precisamente «reproducir» un «lexikón» —del griego λεξικόν— contemporáneo y rebelde, «un relato de palabras», una narración con la que ofreceros las etimologías que poco a poco se han hecho mías y que, al término de esta lectura, serán «nuestras» para siempre.

 

 

Cuando me preguntan qué significa el arte de la etimología, solo puedo responder: «bizarría», vistosidad, rareza.[3]

¡Qué palabra tan prodigiosa, «bizarro»! Desde luego no quiere decir «extravagante», «extraño» (o, peor aún, «alocado»).

Etimológicamente «bizarro» significa «picado», «pellizcado».

La palabra deriva de una onomatopeya romance que lleva aparejada una claridad infantil: el biz biz biz de un insecto molesto que zumba a nuestro alrededor en los atardeceres de verano, cuando estamos sentados a la espera de un perezoso crepúsculo, quizá con una copa de vino fresco entre las manos, y que de repente nos sobresalta.

La picadura de una abeja o de un mosquito que de pronto nos hace pegar un bote, nos despierta del letargo y nos cabrea —literalmente, nos encabrita, como si fuéramos un caballo—, dominados por un repentino cosquilleo mixto, entre el dolor y el estupor. Y que trae consigo una actitud nueva: inédita, o sea, «no expresada todavía».

Ese es el sentido de seguir el rastro de las etimologías y de recurrir a ellas, siempre «bizarras» y «encabritadas», para llenar el abismo del lenguaje que nos separa de lo real.

De-construir una palabra para re-construirnos como seres humanos.

De hecho, sentir dentro de nosotros la «picadura» de un significado que habíamos perdido en los pliegues de nuestra memoria o en los museos de quién sabe qué pasado y descubrirnos completamente vivos, firmes del todo en nuestro presente.

Y por tanto de pronto dispuestos, a la vez, a morder, a pellizcar esta realidad que vivimos, porque no cuenta lo que ocurre, sino lo que hacemos con lo que ocurre.

Por encima de todo, cuenta cómo se dice.

 

 

No sé si habría tenido alguna vez el mismo valor para ponerme en marcha mediante la expresión si no hubiera tenido a mi lado, tanto en mi escritorio como en mi formación personal, a Jacqueline de Romilly.

Profesora de griego antiguo en la École Normale Supérieure de París y en la Sorbona, primera mujer admitida en el Collège de France y miembro de la Académie Française, en 1988 reunió en un libro titulado Dans le jardin des mots los apuntes y los escritos de una curiosa vida privada dedicada por entero a seguir el rastro de las etimologías.

Las palabras, en el «jardín» de Jacqueline, florecen no solo como adelfas perfumadas, sino como «bizarras», bellísimas mariposas que hay que observar con delicadeza cuando, por azar o por diversión, se posan en nuestras manos cada día.

De ese libro suyo, lo que más me ha sorprendido es la descarada, purísima libertad, unida a una incomparable elegancia, con la que la helenista más grande y revolucionaria que ha habido se mueve a través del lenguaje humano.

Su mirada, sin juzgar nunca, sino siempre maravillada, poco a poco se ha convertido en la mía. Y será el paisaje intelectual de este «lexikón».

La lengua que hablamos, la que hemos aprendido desde nuestra infancia y que alguien ha hablado desde hace siglos antes que nosotros, sirve para expresarnos en cuanto seres humanos.

Puede gozar más o menos de buena salud, hallarse en un estado exuberante.

Si, por el contrario, está marchita, desmejorada y necesitada de oxígeno y cuidados, también nuestro pensamiento y nuestra vida cotidiana lo estarán. Y, como resultado, nos sentiremos cada vez más asfixiados y también resultaremos asfixiantes a los demás.

Estas son, traducidas por mí (el libro no ha sido publicado todavía en italiano),[4] las palabras de Jacqueline de Romilly, pertenecientes a su introducción, titulada «La hipertrofia del lenguaje»:

 

Si la higiene es fundamental para no coger la gripe, el regreso a las etimologías y al punto en el que la lengua era respetada será para todos nosotros como una temporada de vacaciones en la montaña. Allí donde el aire no está contaminado, pronto po

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