El nuevo dardo en la palabra

Fernando Lázaro Carreter

Fragmento

Prólogo

Prólogo

La acogida excepcional que, hace cinco años, obtuvo la compilación de artículos aparecidos con el título de El dardo en la palabra[1], me ha movido a reunir en otro volumen el conjunto de los que he publicado durante los cuatro últimos años en el diario madrileño El País. Lo hago con el deseo de que, juntos en un libro, se salven de la volatilidad aneja a la prensa y sean fácilmente consultables por los lectores.

Procurar que el idioma mantenga una cierta estabilidad interna es sin duda un empeño por el que vale la pena hacer algo, si la finalidad de toda lengua es la de servir de instrumento de comunicación dentro del grupo humano que la habla, constituyendo así el más elemental y a la vez imprescindible factor de cohesión social: el de entenderse. Pero la estabilidad absoluta de ese sistema es imposible y, si lo fuera, resultaría gravemente nociva para los hablantes: por el lenguaje entramos en contacto con el mundo nuevo que sobreviene constantemente y al que la sociedad debe incorporarse para no quedar demasiado lejos de la vanguardia humana. Por ello, los idiomas cambian, inventando voces, introduciendo las de otros o modificando las propias, lo cual produce una fluctuación, a veces fuerte, del sistema lingüístico. Entre las dos tensiones, la de permanecer y la de cambiar, los hablantes van adoptando soluciones distintas, no siempre indiferentes: si muchas se incorporan fácil y útilmente al idioma, otras, en cambio, por causas distintas, manifiestan una indisciplina que hace peligrar la intercomunicación entre millones de hablantes, como es nuestro caso, y podría poner a punto de zozobra el futuro de la comunidad de los hispanohablantes, que, por el momento, se funda en su demografía colosal; fragmentado y diversificado el idioma común, disminuiría de modo pavoroso la fuerza de las parcelas resultantes.

De ahí que su mantenimiento y la máxima unidad en los cambios sea cuestión esencial, desatendida, en general, por los Gobiernos —que poseen el arma decisiva de los planes escolares— y que recaiga casi toda la responsabilidad idiomática en los medios de comunicación. No es unánime la asunción de tal incumbencia entre éstos; casos hay, sobre todo en los audiovisuales, donde ni siquiera se sospecha que esa misión les corresponda. Y ello porque muchos comunicadores piensan que se conquista la adhesión de los oyentes y espectadores dejando sin controles la expresión, aplebeyándola, a veces hasta su envilecimiento; en eso consiste, según sus ideas, hablar «el lenguaje de la calle». (Naturalmente, es el de la calle de la ignorancia).

De ese modo, dada la situación actual, esa incumbencia corresponde esencialmente a los hablantes a quienes una enseñanza primaria y secundaria responsable ha sensibilizado para estas cuestiones, les ha imbuido una conciencia crítica y alerta, y los ha inducido a la lectura. A quienes mantienen esa atención o desean adquirirla van destinados estos «dardos», que proponen a sus lectores reflexiones idiomáticas sin pretensión de infalibilidad, antes bien, con el deseo de establecer un contraste con otros sentimientos del lenguaje. Aunque las turbulencias afectan también a la sintaxis —alarmantemente puerilizada— es en el léxico donde más chocan, y a él se consagra la mayor parte de estos artículos.

La intrusión de voces nuevas en cualquier idioma, en el nuestro por tanto, suele motivar reacciones poco complacidas, incluso entre quienes cada día viven inmersos en un ambiente anglosajón, y se ponen un slip y no unos calzoncillos, o se meten en unos pantys y no en unas medias, sin percibir que, llamándolos así, están ofendiendo el que creen sagrado honor de nuestra lengua. Parece evidente que el mundo moderno se encamina hacia la neutralización de las diferencias de costumbres, modas y gustos mediante la adopción, no sólo voluntaria sino entusiasta, del modelo de vida norteamericano. Poco a poco o con rapidez, nuestra sociedad se está apropiando de gestos mentales distintos a los precedentes que, como resultado de la acción del tiempo, podía considerar suyos, aunque en parte fueran también importados. Los entrenadores de fútbol ya no suelen recomendar furia a sus jugadores, sino que se relajen, mucho relax; un ansia universal de relajación nos ha invadido (antes, la relajación era mala cosa; la definían así los austeros académicos que, en 1817, la introdujeron en el Diccionario: ‘Decadencia de la debida observancia de la regla o conducta que exigen las buenas costumbres, o de la disciplina y buen orden que se debe observar en cualquier profesión’). Se estudia y se trabaja también con música relajante. Vestimos vaqueros a la moda de Tejas, desayunamos cereales a la americana, endulzamos el café con sacarina, acudimos al trabajo en un automóvil, y aliviamos las retenciones escuchando un compacto de música pop; buscamos con ahínco aparcamiento, estamos en la oficina con aire acondicionado, y cumplimos con lo que exige nuestra plena dedicación, ocupándonos de asuntos puntuales para ajustar nuestro trabajo a la filosofía de la firma; hacemos huelga para exigir un aumento lineal que compense la inflación. Otros vamos al campus universitario para hacer un master en software. Comemos en un snack de autoservicio tal vez un perro caliente con cerveza light, volvemos a casa, consagramos algún tiempo a nuestro hobby, que es quizá algo de footing por la vecindad, seguido de más relax, con un whisky, un bourbon o un maría sangrienta mientras picamos frutos secos, y debatimos con la esposa o compañera o compañero sentimental el próximo fin de semana; comentamos un interesante reportaje del magazine acerca de los famosos y famosas que se han hecho un lifting. La cena, en que no faltan vegetales por su benéfica fibra, y algún plato precocinado, da paso a la televisión donde veremos un serial norteamericano, un filme de suspense, o un western.

Este movimiento anímico, que pasa de lo autóctono a lo advenido con o sin conciencia de hacerlo, y que lleva a unos hablantes a rechazar, a otros a admitir y a los más a hacer ambas cosas, no delata hipocresía, ni, si se me apura, contradicción, sino que constituye una evidencia de cómo vive el idioma en la cabeza de los hablantes, en nuestra alma. Lo hace entre el repudio de lo alienígena, porque nos desvirtúa, y la aceptación resignada, entusiasta o inadvertida de cuanto lo renueva y lo hace más útil para vivir con los tiempos.

Es fácil predecir que esta pugna entre ambos extremos no acabará nunca, al menos, mientras no cambie, y va para largo, todo aquello que la civilización grecolatina legó a la nuestra. Porque, en efecto, el problema ya se sentía en Roma, con el griego flanqueándola por todas sus orillas: Horacio nada menos, canon de la latin

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