Nido de piratas

Jesús Fernández Úbeda

Fragmento

Prólogo: Cuando fuimos honrados mercenarios, por Arturo Pérez-Reverte

Prólogo

Cuando fuimos honrados mercenarios

Érase una vez un periódico que no se parecía a ningún otro. Se llamaba Pueblo, era el más leído de España y tuve el privilegio de trabajar en él. Ya no quedan lugares como aquél, ni periodistas como quienes lo habitaban. Y de los que una vez lo hicimos, andan enterrando a los últimos. De vez en cuando llegan cartas de jovencitos, de esos que duermen mal y sueñan despiertos, preguntando cómo se hace. Pero ya no se hace. Ahora hay periodismo al que llaman serio y equipos de investigación, o eso cuentan, y teléfonos móviles e internet, y en las redacciones prefieren tener robots de minga fría conectados a un ordenador. Ahora incluso hay una asignatura de ética profesional en las facultades y todos los periodistas tienen la Verdad y la Certeza con mayúscula sentadas en el hombro y la obligación de ser responsables, la misión de liderar opinión, salvar la democracia, garantizar la libertad de expresión, convertir el mundo en un lugar paritario de libertad, igualdad y fraternidad, salvar a los delfines y las focas, acabar con las guerras y el hambre, y cosas así. Ahora, periódicos y periodistas se toman tan en serio a sí mismos que aburren a las ovejas. Así que, aburridos, los viejos reporteros van y se mueren.

Tuve el privilegio de conocerlos, e incluso de ser uno de ellos. De los de Huertas 73, quiero decir, que no es lo mismo. Durante doce años formé parte de aquella pintoresca tribu de canallas sin dios ni otro amo que la fiebre del periodismo y la necesidad de llegar a fin de mes, por ese orden. Durante doce años viví entre desalmados de ambos sexos capaces de dar la vuelta al mundo sin hablar una palabra de idioma alguno excepto el suyo, tener en algún caso seis mujeres y ocho hijos, colarse vestidos de enfermero en el hospital donde el yerno del Caudillo hacía trasplantes de corazón, disfrazarse de monja, viajar en aviones presidenciales, ir a Vietnam con la misma naturalidad que a Vallecas, emborracharse con estrellas de cine, entrevistar a criminales y a folklóricas, agotar reservas de alcohol y tabaco, jugarse la paga y perderla en media hora, encamarse con señoras propias y ajenas, y firmar quinientas veces en primera página cuando para firmar en primera página había que jugarse la magra hacienda y la libertad por conseguir una exclusiva. O sea, mentir, trampear, adoptar falsas identidades, sobornar a funcionarios, guardias y secretarias, ir a los velatorios haciéndose pasar por íntimo del fiambre y, además, robar la foto de boda, con marco de plata y todo, para publicarla en primera. Y de paso, empeñar el marco.

Ya no hay, como digo, periódicos ni periodistas así. Llegué al oficio cuando aún lo practicaban ellos, y a su lado tuve la suerte y el privilegio de echar los dientes y de que se me empezaran a retorcer los colmillos como Dios manda. De Yale, Tico Medina, Pilar Narvión, Julio Camarero, Marlasca, Conchita Guerrero, Miguel Ors, José María García (Butano), Carmen Rigalt, Raúl del Pozo, Manolo Alcalá, Fernando Latorre, Chema Pérez Castro, Paco Cercadillo, Raúl Cancio y tantos otros, los pocos que hoy siguen vivos y los muchos que ya están muertos, conservo el amor profundo por aquel periodismo bronco, caliente, hecho de olfato y de oficio, donde tantos de ellos se dejaron la salud y la vida. Aquella droga que cada amanecer, borrachos y de arribada, les manchaba los dedos de la misma tinta fresca que les corría por las venas, con grandes titulares en primera y su firma en un recuadro. Firma, aquélla, que fue por otra parte su único patrimonio. Porque esos hombres y mujeres extraños vivieron siempre a salto de mata, dando sablazos a los directores y a los amigos, trampeando y bebiéndose la vida a chorros, quemándola cada día entre el plomo de las linotipias. Fueron en buena parte golfos, puteros, tahúres, escépticos, resabiados y sin escrúpulos, pero los redimía siempre aquella manera de salir disparados sin decírselo a nadie cuando olfateaban la noticia, la pasión violenta con que vivieron la vida que habían elegido vivir. Nunca, que yo sepa, pretendieron hacer nada trascendente, convertirse en líderes de opinión o en misioneros salvapatrias. Su adversario fue siempre la Autoridad, bajo cualquiera de sus formas, y con ella se echaban un pulso diario. La objetividad les daba mucha risa, y jamás la estricta realidad les estropeó un buen reportaje. En cuanto a la popularidad, les importaba un carajo salvo por el dinero que podía producir. Eran honrados mercenarios de la noticia, capaces de vender la virginidad de su hermana por una exclusiva, pero leales hasta la muerte a sus amigos y al periódico, a la cabecera que les daba de comer.

Desde entonces, el mundo ha cambiado. Ya no hay sitio para ellos ni para su periodismo vespertino, cimarrón, bohemio y entrañable, y quizá sea mejor así. Pero lo cierto es que los echo de menos, y daría cuanto tengo por encontrarme de nuevo en aquella vieja redacción, tímido y jovencito, sin osar abrir la boca, mirando con reverencial respeto las mesas donde, entre humo de tabaco y tazas de café, los vi arriesgar al póker o al mus la paga del mes, vaciando botellas a la espera de salir disparados con un fotógrafo rumbo a cualquier sitio donde ocurriese algo. Una vez, recién llegado allí, Yale me dijo «Si no tienes en la agenda el teléfono de Lola Flores no eres todavía un periodista, criatura». Con el tiempo, entre muchos otros, conseguí el teléfono de Lola Flores, a quien por cierto no llamé nunca. Pero cada vez que me tropiezo con él en la vieja agenda, sonrío a la memoria de los viejos zorros intrépidos que me enseñaron el oficio más duro, más ingrato y más hermoso del mundo al principio de los setenta, cuando no existían gabinetes de comunicación, ni correo electrónico, ni ruedas de prensa sin preguntas; cuando en Pueblo todo cristo buscaba noticias como lobos hambrientos y se rompía los cuernos por firmar en primera página.

Nunca aprendí tanto, ni me reí tanto, ni fui tan feliz como en aquel garito de la calle Huertas de Madrid, que incluía todos los bares en quinientos metros a la redonda. Algo que aprendí allí y no olvidé nunca es que los periodistas, los buenos reporteros, sobre todo, corrían juntos la carrera, ayudándose entre sí, y sólo se fastidiaban unos a otros en el sprint. Ahí, a la hora de hacerse con la noticia y enviarla antes que nadie, la norma era no darle cuartel ni a la madre que te parió. Eso no excluía el buen rollo, ni echar una mano a los colegas de otros medios. Los directores y propietarios de radios y periódicos tenían sus ajustes de cuentas entre ellos, pero a la infantería esa murga empresarial se la traía bastante floja. En los apasionantes años de la transición del franquismo a la democracia, hasta con los del ultraderechista diario El Alcázar nos llevábamos bien, y cuando estábamos aburridos en la redacción y telefoneábamos diciendo «¿Es El Alcázar? Somos los rojos. Si no os rendís, fusilamos a vuestro hijo», reconocían nuestra voz y se limitaban

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