Maleantes

Patrick Radden Keefe

Fragmento

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PREFACIO

Uno de los momentos más extraños en mi carrera de periodista al servicio de una revista fue cuando recibí una llamada telefónica en mayo de 2014. Acababa de publicar «The Hunt for El Chapo» («A la caza del Chapo»), un artículo en el New Yorker sobre la carrera criminal y la captura definitiva del capo de la droga Joaquín Guzmán Loera, y recibí en la oficina un mensaje de voz de un abogado que decía representar a la familia Guzmán. Aquello resultaba, por decirlo suavemente, alarmante. Con los años, yo había desarrollado una especialidad en lo que los editores llaman el writearound: escribir artículos sobre personajes que se niegan a conceder una entrevista. Algunos periodistas odian los writearounds, pero yo siempre he disfrutado con el reto que plantean. Se requiere de mucha redacción creativa para retratar de manera vívida a alguien sin llegar a hablar jamás con él, pero a menudo esos artículos son más reveladores que los rígidos encuentros en los que acabas cuando el político o el director ejecutivo de turno aceptan que los entrevisten. Cuando escribí sobre el productor de telerrealidad Mark Burnett, él y yo no estábamos en contacto, pero sí sus dos exmujeres, y creo que al final aprendí más acerca de Burnett hablando con ellas de lo que habría aprendido tratando con él en persona.

En el caso del Chapo, cuando comencé mi artículo él estaba encerrado en una prisión mexicana y no concedía entrevistas, por lo que yo había dado por supuesto que no se sentaría conmigo a hablar. Tampoco albergaba la idea de que, cuando se publicase el artículo, él pudiera leerlo. A pesar de que dirigía un narcoconglomerado de miles de millones de dólares, se decía que era prácticamente analfabeto. Incluso si sabía leer, no se me antojaba un suscriptor del New Yorker. No obstante, cuando se publicó el artículo, contenía una serie de revelaciones de las que se hizo eco posteriormente la prensa mexicana. Así pues, debió de llegar de algún modo a su conocimiento.

Esperé algún tiempo para devolverle la llamada al abogado. Me figuraba que probablemente pondría objeciones a este o aquel aspecto del artículo (y me preocupaba que se tratase del pasaje en el que revelaba que el Chapo era un prodigioso consumidor de viagra). Hablé con una de mis fuentes, que hizo algunas indagaciones discretas y logró confirmar que aquel abogado trabajaba en efecto para la familia Guzmán. «Llámale sin más, estoy seguro de que no es nada importante». Acto seguido añadió: «Pero usa tu teléfono del trabajo y jamás, bajo ninguna circunstancia, les des tu dirección de casa».

Armándome de valor, telefoneé al abogado. Hablaba con acento extranjero, con un lenguaje formal y almidonado, y, cuando le dije con la mayor naturalidad posible que era Patrick Keefe, del New Yorker, me anunció con una seriedad casi teatral:

—Hemos leído su artículo.

—Oh —dije preparándome.

—Es —pausa dramática— muy interesante.

—¡Oh, gracias! —espeté. Lo había calificado de «interesante». Podía ser peor.

—El Señor[*]… —comenzó, antes de hacer una nueva pausa significativa— está preparado… —pasaban los segundos y me mantenía al teléfono mientras se me aceleraba el corazón— para escribir sus memorias.

Anticipándome a la llamada telefónica, había ensayado la conversación cual participante en un torneo de debate del instituto: si él dice esto, yo diré esto otro. Me había preparado para cualquier contingencia, para cualquier rumbo que pudiera tomar la discusión. Pero no para ese en concreto.

—Bueno —tartamudeé debatiéndome para hallar algo remotamente coherente que decir—. Me encantaría leer ese libro.

—Pero, señor —interrumpió el abogado—, ¿le gustaría escribirlo?

Confieso que, cuando me propusieron por primera vez la oportunidad de escribir anónimamente las memorias del Chapo, la consideré en serio por unos instantes. Durante sus años huido de la justicia, se había convertido en un personaje casi mítico y, como periodista, la idea de poder llegar a escuchar su historia en sus propias palabras se me antojaba verdaderamente seductora. Pero, antes de colgar el teléfono aquel día, ya había declinado la oferta. Guzmán era responsable, directa e indirectamente, de miles de asesinatos, quizá decenas de miles. No habría manera de escribir con rigor su historia sin explorar con mucho detalle ese lado de las cosas y la vida de sus numerosas víctimas. Pero parecía improbable que fuese esa la clase de libro que «el Señor» estuviera imaginando. Todo aquello recordaba un tanto al primer acto de un drama de suspense en el que el desventurado escritor al servicio de una revista, cegado por su deseo de una exclusiva, no sobrevive necesariamente al tercer acto.

—Incluso en las mejores circunstancias —le señalé al abogado tratando de proceder con el mayor tacto posible—, la relación entre el escritor anónimo y el personaje podría… crisparse.

El abogado fue muy cortés en todo momento. Tras otra breve llamada telefónica una semana después (en la que dijo «Mientras continúa considerando nuestra oferta…» y yo repuse «¡No, ya la he considerado, ya la he considerado!»), nunca volví a tener noticias suyas. Lo que había comenzado como una experiencia genuinamente aterradora acabó siendo una divertida anécdota para contar en las cenas. Pero el encuentro también parecía todo un ejemplo de lo que supone la aventura de escribir para las revistas: la misteriosa intimidad que un reportero puede sentir con un personaje a quien jamás ha conocido, la extrañeza de publicar una historia para que todo el mundo la lea y verla cobrar vida propia.

* * *

Estudiaba secundaria cuando me enamoré de las revistas. Estábamos a finales de los ochenta y las revistas —el objeto en sí, aquellos legajos de papeles grapados— eran omnipresentes y parecía que estarían ahí por siempre jamás. En la biblioteca de nuestro instituto había una «sala de publicaciones periódicas», en una de cuyas paredes lucían los últimos números de Time, Rolling Stone, Spin, U.S. News & World Report. Y, por supuesto, ejemplares del New Yorker.

Por aquel entonces nadie hablaba de «artículos de formato largo»; la expresión se introduciría más tarde con el fin de distinguir los reportajes extensos más típicos de las revistas de los artículos más concisos en la web. No obstante, ya en mis años de estudiante llegué a pensar que, al menos en lo que concernía a la no ficción, un artículo largo de revista podía ser el mejor de los formatos: lo bastante sustancial para sumergirte de lleno en él, pero lo bastante breve para leerlo de un tirón; esa clase de artículo poseía su propia estructura, finamente tallada. La narración hacía gala de una economía que, en contraste con los libros de no ficción que yo leía, se preocupaba por captar la atención del lector, mostrándose a la vez respetuosa con su tiempo.

Así pues, crecí leyendo el New Yorker y alimentando la secreta fantasía de que algún día yo mismo podría escribir para la revista. Durante mucho tiempo aquello fue una mera fantasía; tardé muchos años de comienzos fallidos y extraños rodeos (la facultad de derecho no es el camino que recomendaría a los aspirantes a

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