¿Por qué escribir?

Philip Roth

Fragmento

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PREFACIO

Los primeros textos aquí impresos pertenecen a un período temprano y convulso de mi carrera como escritor. Están incluidos, para el registro, en mayo de 2014, cincuenta y cinco años después de que mi relato «Defender of the Faith» fuera publicado en The New Yorker y rápidamente se considerara una afrenta a los judíos por algunos lectores judíos de la revista, recibí un título honorífico del Seminario Teológico Judío que confío en que marcó el fin del antagonismo de las fuentes institucionales y establishment judíos que había empezado con mis primeras publicaciones en mis veintitantos. La publicación de El mal de Portnoy (1969) —que encontró un público mucho mayor de lo que cualquier otro libro mío obtendría nunca— hizo ciertamente poco para mejorar este conflicto y explica por qué hay reunidas aquí distintas piezas examinando los orígenes de ese libro inflamatorio, su asombrosa recepción y su continuo impacto sobre mi reputación en algunos círculos, si no ya como antisemita, como algo difícilmente menos ofensivo: misógino. (Véase la entrevista con Svenska Dagbladet)

De mis treinta y un libros publicados, veintisiete han sido obras de ficción. Aparte de Patrimonio (1991), que relató la enfermedad y muerte de mi padre, y de The Facts (1988), una breve autobiografía sobre mi evolución como escritor, la no-ficción que he escrito ha surgido principalmente de una provocación —respondiendo a los cargos de antisemitismo y auto odio judío—, o para responder a una petición de entrevista por parte de un periódico serio, para aceptar un premio, para celebrar el aniversario de un hito o para llorar la muerte de un amigo.

La pieza sobre Kafka que abre el volumen llegó a escribirse después de haber pasado un feliz semestre en la Universidad de Pennsylvania enseñando toda la ficción principal de Kafka junto con su angustiada «Carta a su padre» y la biografía de Max Brod. Este híbrido entre ensayo e historia fue un primer intento de un enfoque que recuperaría más extensamente en The Ghost Writer (1979) y en La conjura contra América (2004): imaginar la historia de un modo distinto a como había ocurrido, primero como en «Siempre he querido que admiraseis mi ayuno» al conjurar a Kafka en Estados Unidos como un —mi— maestro de hebreo en la escuela, y años más tarde al inventar biografías alternativas para Anne Frank y luego para Charles Lindberg, así como para mi familia inmediata. En el ensayo «Mi Ucronía», escrito para acompañar la crítica del New York Times Book Review a La conjura contra América, explico las estrategias que ideé para hacer creíble unos Estados Unidos imaginarios de los años cuarenta aliados con la Alemania nazi bajo la presidencia de Lindbergh.

Viví en Londres durante la mitad de todos los años de 1977 a 1988 y, a partir de esa residencia, llegaron entrevistas clave publicadas en El oficio (2001), que se reproduce aquí en su totalidad. Ivan Klima en Praga, Milan Kundera en Praga y París (y Londres y Connecticut), Primo Levi en Turín, Aharon Appelfeld en Jerusalén, Edna O’Brien en Londres… todos estos importantes escritores estaban como máximo a unas pocas horas en avión de mi casa en Londres, de modo que pude ir y volver fácilmente durante todos esos años cultivando y disfrutando las amistades que surgieron de esas conversaciones. Me presentaron a Ivan y a Milan en 1973, cinco años después del colapso de la Primavera de Praga, en la Praga comunista totalitaria, y en el discurso «Una educación checa», pronunciado ante el PEN estadounidense en 2013, presento una imagen de las circunstancias precarias de nuestros encuentros posteriores.

Cuando viajé a Italia para ver a Primo Levi en su casa en otoño de 1986, ya nos habíamos conocido la primavera anterior en Londres, donde él había ido a dar charlas, y donde nos había presentado un amigo en común. Qué sensato me pareció durante esos días que pasamos hablando sin parar en su estudio de Turín. ¡Qué hombre tan vivaz! Envidiablemente arraigado fue como lo describí en la introducción a nuestra conversación, «completamente adaptado a la totalidad de la vida a su alrededor». En los meses que siguieron a mi visita, nos comunicamos por correo electrónico y lo invité a venir de visita a Estados Unidos cuando regresé a casa al año siguiente creí que había hecho un amigo nuevo y maravilloso. Pero la amistad nunca llegó a desarrollarse. Durante la primavera se suicidó, este gran escritor del que, solamente unos meses antes, había deducido que su comportamiento animado y despierto era señal de su sensatez, vivacidad y arraigo.

El volumen cierra con un discurso que di el 19 de marzo de 2013, en la celebración de mi octogésimo cumpleaños en mi ciudad de origen, Newark, en el auditorio Billy Johnson del museo de Newark, ante un público formado por cientos de invitados y amigos. Nunca disfruté tanto de un cumpleaños. Ahí estaban algunos de mis amigos más antiguos, chicos con los que crecí en la sección judía de Weequahic, en Newark, y muchos de los otros numerosos amigos que he ido haciendo durante toda una vida. La velada fue organizada por la Philip Roth Society y el Newark Preservation and Landmarks Commitee, y a mi charla le precedieron comentarios sobre mi trabajo de Jonathan Lethem, Hermione Lee, Alain Finkielkraut y Claudia Roth Pierpont. Me presentó una gran amiga desde hacía décadas, la gran novelista irlandesa Edna O’Brien, quien pudo haber sorprendido a alguien en la audiencia, pero no a mí, cuando dijo: «las influencias definitorias en él son sus padres, su padre Herman, el judío trabajador en un gigante gentil de los seguros, y la fiel vida doméstica de su madre.»

Terminé mi ponencia esa tarde («La implacable intimidad de la ficción») con una breve lectura de El teatro de Sabbath, una escena tomada del final del libro en la cual Mickey Sabbath, más aislado y abandonado que nunca, visita el cementerio de la costa donde están enterrados todos sus seres queridos. Entre ellos está Morty, el hermano mayor al que adoraba, cuyo avión militar había sido derribado en la Filipinas ocupada por los japoneses pocos meses antes del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando Sabbath era todavía un chico vulnerable; en efecto, es este golpe inimaginable durante la infancia el que, para Sabbath, determinará todo a partir de entonces. Esta escena en el cementerio concluye con Sabbath colocando una piedrecita encima de cada lápida, y, después que le desbordasen todas estas memorias tiernas de ellos, dice a sus muertos, simplemente, «Aquí estoy».

Digo lo mismo ahora. Aquí estoy, fuera de los disfraces e inventos y artificios de la novela. Aquí estoy, desprovisto de trucos de prestidigitación y despojado de todas esas máscaras a las que he conferido tanta libertad imaginativa como he sido capaz de reunir como escritor de ficción.

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LECTURAS DE MÍ MISMO

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