Bobicraft y el tesoro poderoso

Bobicraft

Fragmento

cap-1

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CIUDAD HELIO era la capital del cielo, pero no siempre aparecía en los mapas. Era un barco volador gigante sin rumbo, pocas veces aterrizaba. A Bobicraft le encantaba vivir ahí: era como ser un pirata dueño del mundo. Aunque, bueno, él no era dueño de nada; y tampoco era un pirata, claro.

Bobicraft era un joven lobo que se pasaba el día construyendo los inventos más alucinantes. ¡Incluso había construido una máquina del tiempo! Aunque ningún invento lo había preparado para lo que estaba por venir...

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Eran Sam y Luca, dos de los lobos que solían jugar al lado de su casa, y estaban hablando de algo increíble. Algo que lo cambiaría TODO.

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—«Unos conocidos de mis vecinos», ¿eh? Eso suena a trola.

—¡Que no, te lo prometo! En el vertedero que está en la proa. ¿Cómo los han llamado? —Sam intentó recordar con todas sus fuerzas—. ¡PROTECTORES!

—¿Protectores? No me suenan.

A Bobicraft sí le sonaban. Y mucho. El corazón se le aceleró y tuvo que calmarse para no asomarse mucho más a la ventana, ¡no podía perderse nada de lo que dijeran! Los protectores eran CRIATURAS ARTIFICIALES, diseñadas para defender todo tipo de construcciones. Al parecer, los experimentos fallaron, terminaron dejando el proyecto y abandonaron todas las piezas que estaban utilizando.

Sam había seguido hablando:

—Y eso no es lo mejor. Dicen que por ahí también hay un mapa del tesoro: conduce hasta una ESMERALDA PERDIDA que... ¡concede deseos!

Bobicraft intentó una vez más contener la emoción: ¿una esmeralda que concedía deseos? ¡No podía ser! Todo lo que le gustaría pedir se apelotonó en su cabeza y tuvo que concentrarse para seguir escuchando.

—¡Venga ya! ¡Eso sí que tiene que ser un bulo!

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—¡Estás flipando! He oído muchas cosas de ese lugar y dan muchísimo miedo. Dicen que, si te callas, puedes oír la voz de un zombi que vive ahí... y, si le molestas, ¡te ataca y te come el cerebro!

—Pero eso ¿qué más te da a ti? ¡Si tú no tienes cerebro, Luca!

Entre risas, los dos amigos volvieron con el resto del grupo. Por suerte, Bobicraft conocía muy bien esa voz y sabía que no era de un zombi. Iba al vertedero muy a menudo en busca de PIEZAS que le sirvieran para sus inventos, aunque jamás se había tropezado con nada parecido a un protector, ¡y mucho menos a un mapa del tesoro!

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Antes de salir de casa, Bobicraft se miró en el ESPEJO: el pelaje gris peinado, la chaqueta blanca puesta y, en sus OJOS VERDES, un brillo que no siempre estaba. Sonriendo, puso rumbo hacia la proa de Ciudad Helio.

Las nubes estaban cada vez más oscuras y apenas quedaba nadie en las calles y los parques. Por suerte, Bobicraft vivía en una pequeña casa situada en la periferia, cerca de uno de los bordes del BARCO y del vertedero. En ese lugar, sobre todo, había CHATARRA, aunque a veces daba con algunos tesoros y ese día esperaba que no fuera diferente.

Cuando llegó a la entrada de metal, abrió sin pedir permiso. No solía colarse en los sitios, pero ¿quién iba a regañarle ahí? Entre los montones de piezas inservibles y objetos rotos que los ciudadanos desechaban, Bobicraft comenzó a escuchar el CRUJIDO de unos pasos, el tintineo de unos tornillos al caer contra el suelo y una respiración lenta. El «zombi».

—Sé que estás ahí, Don.

Don solo era un viejo lobo que se había acostumbrado a escarbar entre los restos. Muchos aseguraban que estaba loco, pero a Bobicraft le caía bien. Era el único con el que se atrevía a cruzar más de dos frases seguidas.

Don no era malo. Y, desde luego, no era ningún ZOMBI comecerebros.

—¡Bobi! —lo saludó Don apareciendo junto a una pila de ordenadores estropeados—. ¿A qué has venido hoy?

Los protectores y el mapa no eran un SECRETO si cualquiera había podido enterarse. Aun así, el joven lobo dudó si contárselo. Tampoco llegó a inventarse un motivo, porque el viejo Don rompió en carcajadas antes de decir:

—¡A cenar seguro que no! A no ser que te gusten los cables con piedras. Son como los espaguetis con albóndigas, ¡pero más duros!

—¿Por eso te quedaste sin dientes? —respondió Bobicraft, a punto de reír.

—¡Oye, no me falta ni uno!

Prácticamente, le faltaban todos. Entonces Bobicraft pensó que, quizá, el viejo Don sabía dónde estaban las piezas de los protectores, incluso del mapa de la esmeralda perdida.

—Don, busco una piedra que cumple cualquier deseo.

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—Exacto.

—¡Ja, ja, ja, qué tonterías estás diciendo, chaval! Las piedras, o para jugar o para cocinar.

Era ridículo insistir. Tal vez el viejo Don sí estuviera un poco loco. Pero, si un loco no creía en esmeraldas que concedían DESEOS, ¿era posible que fuera REAL? A pesar de todo, Bobicraft se puso a investigar ¡No había ido hasta ahí para nada!

Escarbó aquí y escarbó allá. En ocasiones, escuchaba al viejo Don gritar algunas BOBADAS más y, durante otras, todo permanecía en silencio. Mientras tanto, atardecía, aunque todavía faltaban unas cuantas horas para que se hiciera de noche.

De repente, bajo un montón de telas, descubrió una especie de CAPARAZONES. Y, escondido entre algunos, había una esfera de cristal, perfecta y de color gris, en la que se reflejaba la luz de su alrededor con fuerza. La había visto dibujada en algunos libros de historia: era el CEREBRO de un protector.

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Animado, Bobicraft buscó con más ganas. Otro cerebro resquebrajado, más partes polvorientas a las que ni siquiera él podía sacarles partido... Y un trozo de papel.

—Parece muy muy antiguo —se dijo a sí mismo, desplegándolo.

Aunque no brillaba al igual que el cerebro que se había guardado en el bolsillo, Bobicraft tuvo la sensación de que el sol también resplandecía en él, como si hubiera encontrado el mejor de los TESOROS. Era un mapa y sus líneas estaban un poco borrosas, pero todavía podía descifrar el contenido. Ojeó unas coordenadas en los márgenes y varias anotaciones en el anverso. Luego se detuvo en un dibujo que estaba pintado con el mismo verde de sus ojos: la ESMERALDA. Y, por lo que entendió, estaba perdida en medio de un valle.

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Entonces tuvo la mejor idea: podía pedirle a la esmeralda que convirtiera el cerebro intacto del protector en un AMIGO para él. Así se cumpliría su mayor deseo. ¡No volvería a estar solo nunca más!

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