El devorador de almas (Crónicas de la Prehistoria 3)

Michelle Paver

Fragmento

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Torak deseó que no fuera un presagio.

Deseó que no fuera más que una pluma de búho sobre la nieve. Y decidió ignorarla. Ése fue su primer error.

Volvió con sigilo sobre las huellas que llevaba siguiendo desde el amanecer. Parecían recientes. Se quitó el mitón y las palpó. No había hielo en el fondo. Sí, sin duda eran recientes.

Tras volverse hacia Renn, por encima de él en la colina, se dio unos golpecitos en la manga y levantó el índice; luego señaló hacia el bosque de hayas: «Un reno. Se dirige hacia el sur.»

Renn asintió con la cabeza, sacó una flecha del carcaj y la colocó en el arco. Al igual que Torak, costaba distinguirla con el jubón, las calzas de piel de reno y la cara cubierta de ceniza para enmascarar su olor. Al igual que él, estaba hambrienta, pues no probaba bocado desde el pedazo de carne seca de jabalí del mediodía. Pero, al contrario que él, no había visto la pluma de búho.

«Bueno, pues no se lo digas», pensó Torak. Ése fue su segundo error.

Unos pasos por debajo de él, Lobo olisqueaba una zona del terreno donde el reno había raspado la nieve para acceder al liquen. Tenía las orejas levantadas y el pelaje plateado erizado por la excitación. Si había captado la inquietud de Torak, no daba muestras de ello. Olisqueó otra vez y luego alzó el hocico para olfatear la brisa cargada de aromas, los ojos ambarinos clavados en los de Torak. «Huele mal.»

Torak ladeó la cabeza. «¿Qué quieres decir?», preguntó en la lengua de los lobos.

Lobo meneó los bigotes. «Hocico malo.»

Torak se acercó para examinar lo que había encontrado y vio una gota de pus amarillo sobre la tierra desnuda. Lobo le estaba diciendo que se trataba de un reno viejo, que tenía los dientes podridos tras muchos inviernos de mascar liquen arenoso.

El muchacho arrugó la nariz en una leve sonrisa lobuna. «Gracias, hermano de camada.» Echó un vistazo a Renn y luego se dirigió colina abajo tan sigilosamente como le permitían las botas de piel de castor, no lo suficiente a juicio de Lobo, que movió una oreja en señal de reproche mientras avanzaba por la nieve silencioso como el humo.

Se internaron con sigilo en un bosque de árboles dormidos. Robles negros y hayas plateadas relucientes de escarcha. Aquí y allá, Torak veía el fulgor carmesí de las bayas de acebo; el verde intenso de un abeto alerta que montaba guardia ante sus hermanos adormecidos. El Bosque se hallaba sumido en el silencio. Los ríos se habían helado. La mayoría de los pájaros había volado hacia el sur.

«Excepto ese búho», se dijo Torak.

Había sabido que se trataba de una pluma de búho en cuanto había visto la afelpada parte superior, que amortiguaba el sonido del aleteo cuando el búho cazaba. De haber sido del gris oscuro de un búho de bosque no habría tenido de qué preocuparse; sencillamente se la habría dado a Renn, que las utilizaba para empendolar sus flechas. Pero esa pluma en concreto tenía franjas negras y de un pardo rojizo, de sombra y llama. Eso revelaba que pertenecía al mayor y más feroz de los búhos: el búho real. Y desde luego no presagiaba nada bueno.

Lobo meneó su negro hocico. Torak se puso alerta al instante.

Descubrió al reno a través de los árboles, mordisqueando barba del monte. Oyó el crujir de sus pezuñas y vio su nebuloso aliento. Por suerte se hallaban aún a favor del viento. Se olvidó de la pluma y pensó en carne jugosa y rica grasa de tuétano.

A sus espaldas, oyó crujir débilmente el arco de Renn al tensarse. Colocó una flecha en el suyo y entonces se dio cuenta de que estaba justo en medio. De inmediato se dejó caer sobre una rodilla para que Renn disparara, pues era mejor tiradora. En ese momento el animal se situó detrás de un haya. Tendrían que esperar.

Entretanto, Torak se fijó en un abeto rojo, a cinco pasos por debajo de él. Sus delgados brazos cargados de nieve parecían advertirle que retrocediera. Aferrando el arco, clavó la mirada en la presa. De pronto, una ráfaga de viento agitó las hayas, y las hojas del verano anterior crujieron como manos secas y muertas. Torak tragó saliva. Tenía la sensación de que el Bosque trataba de decirle algo.

Encima de él, una rama se movió y cayó un montón de nieve. Torak alzó la vista. El corazón le dio un vuelco. Un búho real, de orejas con penacho tan afiladas como puntas de lanza, lo observaba con sus enormes ojos naranjas como soles gemelos.

Torak lanzó un alarido y se incorporó de un salto.

Espantado, el reno salió huyendo y Lobo se lanzó en su persecución. La flecha de Renn pasó silbando junto a la capucha de Torak. El búho real desplegó las enormes alas y se alejó con vuelo silencioso.

—Pero ¿qué haces? —exclamó Renn, furiosa—. ¿Por qué te has puesto de pie de esa manera? ¡Podría haberte matado!

Torak no contestó. Observaba el búho real remontar el vuelo en el cielo azul de mediodía. Confuso, recordó que los búhos reales eran cazadores nocturnos.

En aquel momento Lobo apareció dando brincos entre los árboles y resbaló hasta detenerse junto a Torak, sacudiéndose la nieve y meneando la cola. No esperaba alcanzar al reno, pero había disfrutado con la persecución.

Al captar la inquietud de Torak, se frotó contra él. El muchacho se arrodilló y hundió la cara en su profundo y áspero pescuezo, aspirando su familiar olor a hierba dulce.

—¿Qué pasa? —inquirió Renn.

Torak levantó la cabeza.

—Ha sido ese búho.

—¿Qué búho?

Torak parpadeó.

—Tienes que haberlo visto. El búho real… ¡Ha pasado tan cerca que podría haberlo tocado!

Para asombro de Renn, el muchacho corrió colina arriba y encontró la pluma.

—Mira —jadeó, mostrándosela.

Lobo bajó las orejas y gruñó.

Renn se llevó una mano a las plumas de la criatura de su clan.

—¿Qué significa? —preguntó Torak.

—No lo sé, pero es algo maligno. Deberíamos volver. Fin-Kedinn sabrá qué hacer... —Observó la pluma—. Déjala ahí.

Cuando la arrojó a la nieve, Torak deseó no haberla tocado con la mano desnuda. Un fino polvo gris le cubría la palma. Se la frotó contra el jubón, pero le quedó un tufillo a podredumbre que le recordó a los osarios de los Cuervos.

Lobo profirió un gruñido y levantó las orejas.

—¿Qué ha olido? —preguntó Renn. No hablaba la lengua de los lobos, pero conocía a Lobo.

Torak puso ceño.

—No lo sé. —Lobo tenía la cola erguida, pero no le daba ninguna de las señales de presa que el chico reconocía.

«Presa extraña», le dijo finalmente, y Torak percibió que el animal también estaba desconcertado.

Una sensación de peligro se apoderó de Torak, que soltó una apremiante advertencia: «¡No te acerques!» Pero Lobo ya había partido y ascendía por el valle con su trote incansable.

—¡No! —exclamó Torak, trastabillando en pos de él.

—¿Qué pasa? —gritó Renn—. ¿Qué te ha dicho?

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