Entre el honor y la espada

Juan David Morgan

Fragmento

Título

1

Londres, Corte del Rey, enero de 1685

Vencido el último peldaño de las gradas que ascendían del río Támesis a la Plaza de Westminster, el abogado John Greene se detuvo para recuperar el aliento. Las libras de más y el vaho cargado de humedad le dificultaban la tarea de llenar de aire los pulmones y una llovizna helada acentuaba la rigidez del rostro abotagado y lampiño, cuya única señal de vida parecía provenir de sus ojos inquietos y profundamente azules.

—Observad cómo se aquietan las aguas del río cuando presagian la proximidad del mar —dijo con voz grave y entrecortada al sirviente que, cargado de papeles, jadeaba a su lado—. Creo que este año se congelará nuestro Támesis y ya no podremos navegar hasta la ciudad.

Mucho tiempo había transcurrido desde la última vez que John Greene se presentara a gestionar un caso ante la Corte del Rey. La fortuna acumulada por el más famoso de los abogados ingleses después de tres décadas de bregar en los tribunales le había permitido retirarse del ejercicio activo de la profesión y hacía más de quince años que habitaba con su familia en la pequeña villa de Chiswick, a tres millas del centro de Londres. Más que el anhelado descanso, lo que determinó su alejamiento definitivo de la ciudad fue la mala racha que como maldición bíblica había caído sobre la capital de Inglaterra. Primero, la gran plaga de 1665, en la que perecieron más de cien mil londinenses, entre ellos dos de sus hermanas, seis de sus sobrinos y el menor de sus hijos. Todavía se estremecía al recordar a su pequeño Tim plagado de protuberancias, delirando por la fiebre y suplicando su ayuda. Pero, lamentablemente, una vez que el médico había diagnosticado la peste negra, no había nada que hacer más que rezar. Como si este castigo hubiera sido poco, un año después sobrevino el gran incendio, el más pavoroso que conociera la historia de Londres, que consumió más de dos tercios de las construcciones, incluyendo el antiguo edificio de Hay Market en el que John tenía su despacho. Aunque el rey había ordenado la reconstrucción inmediata del área destruida por las llamas, él prefirió emigrar más allá de los ejidos. La casa en la que ahora vivía junto a su esposa Claire bordeaba el Támesis y desde el pequeño muelle que hizo construir se le hacía fácil trasladarse en una pequeña balandra hasta el centro de la ciudad cuando algún asunto reclamaba su presencia. Solía vanagloriarse de que le tomaba menos tiempo navegar tres millas que a sus amigos recorrer en carrozas unas cuantas calles atestadas de gente, del tráfico y de los desperdicios e inmundicias de la gran ciudad.

Para que John Greene se dispusiera a abandonar la placidez de su retiro, sobre todo ahora que el invierno tocaba con saña a las puertas de Londres, se requería un caso judicial capaz de marcar un hito en la jurisprudencia. Y su olfato abogadil le aseguraba que el asunto que hoy lo llevaba a Westminster Hall era uno de esos casos. Es cierto que su primera reacción, tras leer la extensa carta que su amigo Henry Morgan le había enviado desde Jamaica, fue la de rechazar el encargo: resultaba inaudito que un personaje como Morgan, a quien cualquiera que no fuera súbdito de la Corona inglesa consideraría un vil pirata, pretendiera demandar por difamación a dos reconocidos libreros de Londres y reclamar de cada uno de ellos la suma de diez mil libras esterlinas por daños a su honor. El mismo John había sido testigo cuando sir Henry se vanagloriaba en los bares y salas de fiesta de sus asombrosas hazañas contra los españoles en las Indias Occidentales y en Tierra Firme, especialmente en Yucatán, Honduras, Nicaragua, Maracaibo, Portobelo y Panamá. Porque fue entre copas que se afianzó la amistad que ligaba al más famoso de los corsarios ingleses con el más prestigioso de los abogados acreditados para gestionar ante la Corte.

A mediados de 1672, algo más de un año después de la toma y el saqueo de Panamá, Henry Morgan había sido enviado a Inglaterra bajo arresto por haber violado el tratado de paz celebrado entre Inglaterra y España. Aunque el mismo rey había ordenado su detención y traslado, la gran popularidad de Henry entre la gente del pueblo y algunos miembros de la aristocracia determinaron que Carlos II, en vez de enviarlo a la Torre de Londres, decidiera otorgarle la ciudad por cárcel mientras se preparaba el juicio. A lo largo de los tres años que permaneció Morgan en Londres, en espera de un proceso que nunca llegaría, John Greene, a quien el corsario había buscado para su defensa, se convirtió en su íntimo amigo y confidente. Aunque el abogado era un hombre poco dado a las fiestas y francachelas, gozaba mucho escuchando las anécdotas del famoso corsario, que a sus treinta y ocho años era alto, apuesto y poseía un verbo elocuente y pintoresco. Cuando los vaivenes de la política y de la diplomacia determinaron, una vez más, el deterioro de las conflictivas relaciones entre las Coronas inglesa y española, Morgan no solamente quedó libre de todo cargo sino que, además, el sempiterno enemigo de España fue premiado con el título de sir y el cargo de vicegobernador de la isla de Jamaica. Sí, John Greene sospechaba que mucho de lo que se relataba en el libro de Exquemelin que él había enviado a su amigo era genuino, pero cuando terminó de leer la prolija carta que le remitiera un ofendido e iracundo sir Henry quedó convencido de que tenía ante sí la oportunidad que todo buen litigante anhelaba. Porque si él persuadía a la Corte de oír el caso y lograba demostrar que sir Henry tenía razón en su reclamo, sería la primera vez en la historia de la jurisprudencia inglesa que dentro de un proceso coram rege, es decir, ante el rey, se imponía una sanción por daños derivados de la difamación literaria a un civil. Y a él le correspondería el mérito y la fama de haberlo logrado.

John Greene recorrió lentamente la amplia plaza que llevaba del desembarcadero a Westminster Hall, se ajustó la toga, que ahora le quedaba estrecha, se acomodó la odiosa peluca blanca y penetró en la inmensa nave. Aunque había estado allí muchas veces para gestionar ante la Corte o para asistir a una festividad o a un acto oficial de la Corona, cada vez que ingresaba al majestuoso recinto el abogado se sentía sobrecogido. A su lado, el amanuense, que por primera vez pisaba la losa del legendario palacio, no sabía si mirar hacia el techo, cuya complicada armazón de madera parecía sostenerse por arte de magia diez brazas arriba de su cabeza; o hacia los enormes ventanales, por los que entraba a raudales la luz de la mañana y a través de los cuales se divisaban el Támesis y la plaza de Westminster; o hacia los nichos adosados a los muros, donde la mirada ceñuda de antiguos monarcas parecían recriminarle la osadía de violar sus dominios. Al fondo de la extensa sala, sobre un entramado de madera, la gran mesa de mármol y la enseña de Carlos II indicaban que la Corte estaba en sesión. El abogado ordenó a su sirviente que esperara, recorrió parsimoniosamente la sala y se sentó frente al escritorio correspondiente a la parte acusadora. Cinco minutos más tarde entraba a la sala el alguacil y tras él los magistrados. Con más familiaridad que solem

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