El vuelo de Ícaro

Caitlin Schneiderhan

Fragmento

Capítulo 1

1

Pues nada, estás muerto.

El chaval me mira boquiabierto desde el otro lado de la mesa, luciendo su destellante ortodoncia.

—Qué voy a estar muerto.

—Te has enfrentado tú solo a un kraken. Estás muerto de la hostia, colega.

Stan me da una patada en la espinilla.

—Ten un poco de manga ancha, hombre. Es un novato de primero.

—Ya lleva casi un año jugando. Eh, novato…

—Gareth —murmura Gareth desde algún lugar bajo su mata de pelo esponjosa y rizada.

—¿Cuántos puntos de golpe tienes?

Gareth farfulla algo que no acabo de pillar, pero estoy bastante seguro de que rima con «babero».

—Ya me parecía. Así que voy a contarte lo que pasa ahora. —Me inclino hacia delante, con una mano a cada lado de mi pantalla de DM—. Es el último azote de los tentáculos del monstruo el que acaba contigo. Un dolor insoportable te recorre todo el cuerpo, ahogando tu fuerza de voluntad. Y tus pulmones pagan el precio.

Ronnie me tira un borrador a la cabeza.

—Joder, Eddie —me suelta, pero la oigo reírse mientras lo dice.

—Por instinto, tratas de inhalar. Pero estás sumergido cuatro metros bajo la superficie del océano Solnor y el resto de tu grupo se ha quedado en la costa. Lo que significa que no hay nadie para salvarte mientras el mar te llena la garganta.

—Qué pasada —dice Dougie, mirándome embobado, con los ojos como platos.

—No hay nadie para ver cómo tu cuerpo tiene un último espasmo y se hunde, sin vida, hacia las negras profundidades de lo desconocido. Así termina la historia de Illian el Invicto, paladín semielfo y campeón de las Tierras Perdidas.

Brota un aplauso en la mesa, una respetable aclamación de mis jugadores. Ronnie y Dougie son los más entusiastas, y el segundo hasta se pone de pie en una muy estimada muestra de aprecio. Gareth, en cambio, se hunde en su silla y le da unos golpecitos alicaídos a su d20 con el dedo.

—Menuda mierda —dice.

—Pero ¿qué leches te pasa, Gareth? —le pregunta Dougie—. Acabas de recibir un monólogo mortal Munson de primera. Eso vale así como su peso en oro.

Los hombros flacuchos de Gareth están encogidos a la altura de sus orejas, pero aun así le lanza a Dougie una impresionante mirada torva.

—¿Y se supone que tengo que alegrarme? ¡Me ha matado!

—Ja, como si fueras especial. ¡Intenta matarnos a todos!

—Vale. —Levanto las dos manos, intentando desactivar la explosión que parece estar cociéndose—. Como vuestro humilde Dungeon Master, ¿me concederíais el honor de cerrar el pico de una vez?

Cierran el pico de una vez. Lo cual me da el tiempo justo para mirar a los ojos a cada uno de mis jugadores… mientras me devano los sesos pensando en qué narices voy a hacer ahora.

La afiliación al club Fuego Infernal no está precisamente por las nubes: incluyéndome a mí, somos solo seis. Ronnie y yo somos miembros desde que cruzamos juntos la puerta la primera semana del primer curso de instituto, y aunque Dougie se había resistido a «unirse al club de los bichos raros», un mes entero oyéndonos soltar chistes internos de nuestras sesiones del Fuego Infernal bastaron para que casi suplicara un asiento en la mesa.

Stan, un alumno de tercero, se había apuntado el curso siguiente, aunque su asistencia es un poco… aleatoria. A su familia se le ha metido en la cabeza que el D&D es un invento del mismísimo Satanás y que hasta tocar un dado con más de seis caras bastaría para enviar a su precioso niñito derecho a las llamas de la condenación eterna. Stan hace lo que puede por saltarse la prohibición contándoles historias sobre clases particulares semanales de álgebra y dejándole a Ronnie todas sus movidas del club Fuego Infernal para que se las guarde y la fisgona de su madre no las encuentre. Pero, incluso con tanta intriga, Stan termina perdiéndose una partida de cada tres.

Jeff, de segundo, lleva dos años perteneciendo al Fuego Infernal, pero parece que hace más tiempo. Ya jugaba con sus hermanos mayores antes de empezar en el Instituto Hawkins, y sabe casi tanto del juego como yo. Desde luego, sabe más de tocar el bajo que yo, motivo por el que lo recibimos con los brazos abiertos en Ataúd Carcomido, donde llena el sonido de un modo que Ronnie, Dougie y yo no habíamos podido hacer solos.

Y luego está nuestro pequeño novato, Gareth. Que está mirando la lámina plastificada con los presidentes de los Estados Unidos que hay en la pared como si quisiera empezar a usarla para hacer prácticas de tiro.

Mejor que no. No podemos permitirnos terminar en la lista negra de otro profesor, cuando ya hay tantos que se niegan a compartir espacio con «la secta satánica esa». Tal y como están las cosas, cada lunes tengo que ponerme a halagar y convencer al pequeño puñado de profesores con una mínima pizca de compasión por nuestra causa, negociando con ellos el derecho a tirar cuatro dados en su aula después de que terminen las clases a las 2.50 los miércoles por la tarde. Y cada lunes, mientras sigo la rutina de preguntar a la señora Debbs por su inminente jubilación y limpiar las pizarras en el laboratorio del señor Vick, me pregunto lo mismo.

«¿Por qué lo hago?».

Nunca he sabido responderme. Pero aquí sigo, semana tras semana. ¿Acaso no es eso la definición de la locura?

—Yo sí que creo que deberías alegrarte, novato —dijo—. Hoy has aprendido una lección muy valiosa.

Siento los ojos de Ronnie observándome. Está haciendo rodar un lápiz entre los dedos, tan rápido que se emborrona. No miro hacia ella. Gareth suelta un bufido.

—Tan valiosa no será, si no voy a estar para aprovecharla.

De pronto entiendo en parte a qué viene tanta angustia por parte de Gareth. Pero no es algo que pueda resolver aquí, delante de tantas miradas.

—Muy bien, niños y niñas —digo, enderezando la espalda—. Me parece que con esto concluye nuestra sesión de hoy. —Se oye un coro de gemidos, sobre todo procedentes de Stan y Dougie—. Nos reuniremos la semana que viene, cuando nuestros aventureros supervivientes se internen hasta el fondo del laberinto de… ¡Ralishaz el Loco!

Gareth ya casi ha recogido cuando termino de hablar, metiendo sus mierdas en la mochila a toda velocidad. Echa atrás la silla con un impío chirrido de sus patas de aluminio contra el linóleo y se va pisando fuerte hasta la puerta para abrirla con un golpetazo que hace temblar la pared.

Dougie silba hacia dentro, al ver cómo se cierra la puerta después de marcharse Gareth.

—Ese chaval es lo peor.

—Cállate, Dougie —contesta Ronnie con calma.

Me mira enarcando una ceja en silenciosa pregunta, pero ya estoy de pie y rodeando la mesa.

—A la misma hora —sermoneo a los presentes con una mirada atrás mientras salgo por la puerta—. Como lleguéis tarde, os pasará lo que

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