Caras de la historia II (Ensayista liberal 3)

Enrique Krauze

Fragmento

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Hernán Cortés

EL LEGADO DE LA CONQUISTA

México es un país de estatuas. Las hay en cada pueblo o ciudad, dedicadas a los héroes del santoral patrio: los guerreros aztecas que lucharon contra la Conquista, los misioneros franciscanos que convirtieron a los indios al cristianismo y fundaron la espiritualidad mexicana, los poetas y pensadores de la época virreinal, los insurgentes que murieron por la Independencia, los liberales que construyeron el andamiaje legal y cívico de la nación, los caudillos y jefes de la Revolución mexicana, los presidentes del siglo XX. Todos los grandes personajes de la historia tienen al menos un busto, una calle o una placa pública que los recuerda. Todos menos uno: Hernán Cortés.

Su nombre se ha relegado a la geografía: el Mar de Cortés, en la península de Baja California; el Paso de Cortés, entre los dos volcanes que resguardan el Valle de México, y el Árbol de la Noche Triste, donde según las crónicas, Cortés lloró la derrota que le dieron los mexicas, antes de la consumación de la Conquista. Sólo una institución privada conserva, en su interior, un discreto busto de Cortés: es el antiguo Hospital de Jesús, fundado por el propio conquistador. Tras infinitas vicisitudes ha seguido impartiendo asistencia módica sin interrupción desde hace 473 años.

Los indios no inventaron la irredención histórica de Cortés. La crearon los propios españoles. Para Bartolomé de las Casas, Cortés no era más que un tirano, un usurpador de reinos ajenos, un criminal que merecía ser decapitado. Los compañeros de Cortés lamentaron sus incontables actos de crueldad, como la terrible matanza de nobles indígenas en la plaza de Cholula, donde, bajo el pretexto de haber descubierto una conspiración, pero actuando en realidad por cálculo intimidatorio y preventivo, Cortés ordenó a sus arcabuceros masacrar a cientos de inocentes absortos y desarmados. Asimismo, los españoles le reprocharían su despiadada crueldad con Cuauhtémoc.

Con todo, lo cierto es que Cortés gozó en vida de un inmenso prestigio. Se llegó a proponer que, en lugar del título de marqués, mejor se le diera la «corona de un rey». Para algunos, Cortés tenía más mérito que los apóstoles, «porque más hombres hizo él en un día venir a la fe de Christo, más ovejas escapó de la boca del demonio, que en muchos años cada uno de los apóstoles». Los propios críticos españoles se sorprendían del afecto mutuo que existía entre el conquistador y los indios.

«Dicho don Fernando Cortés —testificaba uno de sus malquerientes en el juicio de residencia que se le entabló, en 1529— confiaba mucho en los indios desta tierra […] los dichos indios querían bien al dicho don Fernando Cortés e facían lo que él les mandaba de muy buena voluntad.» En la memoria de los pueblos enemigos de los aztecas que colaboraron con Cortés (en particular los tlaxcaltecas), Cortés era un héroe semejante al de las grandes crónicas de la Conquista escritas en el siglo XVI. Para los frailes franciscanos, cuya misión propició, Cortés era el hombre de la Providencia, nuevo Josué que guiaba al pueblo indígena desde las tinieblas de la idolatría hasta la Tierra Prometida de la religión verdadera. «Aunque, como hombre, fuese pecador —escribió uno de ellos, fray Toribio de Benavente, Motolinía—, tenía fe y obras de buen cristiano y muy gran deseo de emplear la vida y la hacienda por aumentar la fe de Jesucristo, y morir por la conversión de estos gentiles.» Algunas interpretaciones místicas de la Conquista, como la de Jerónimo de Mendieta, sostenían que Cortés había nacido el mismo día del año 1485 en que, supuestamente, 80 000 indios eran sacrificados en el Templo Mayor de Tenoch­titlán. Según Mendieta, fue el propio Creador quien, apiadado de tantas almas desgraciadas, envió en su nombre a un nuevo Moisés para liberarlos. Otras versiones aducían que Cortés había desempeñado un papel aún más importante en la economía divina: el mismo año en que la cristiandad sufría el cisma luterano, había conquistado para el catolicismo el vastísimo imperio de las Indias.

El tiempo no arrasó con el prestigio de Cortés: lo atenuó paulatina­mente. En España, los monarcas sentían celos retrospectivos de su hazaña. Sus Cartas de relación a Carlos V, publicadas por primera vez en 1524, se volverían a editar sólo 250 años más tarde y no en España, sino en Nueva España, donde su memoria seguía siendo respetada. En 1794, el propio precursor de la Independencia, fray Servando Teresa de Mier, pronunció una oración fúnebre por Cortés en la que lo elogiaba por haber «destruido la idolatría, los sacrificios humanos sangrientos y traído y comunicado la luz del Evangelio a los que moraban en las tinieblas de Egipto».

La execración de Cortés fue un producto directo de la guerra de Independencia. Si España hubiese sido más sensible a los reclamos de los criollos y les hubiese concedido una paulatina autonomía, el lazo no se habría roto sino desanudado. Ocurrió justamente lo contrario. México nació de espaldas a la herencia novohispana. La vuelta a escena de los argumentos de Bartolomé de las Casas comenzó a alimentar lo que Octavio Paz llamaría el mito negro del conquistador. El 16 de septiembre de 1823, día en que se exhumaban los restos de los caudillos de la Independencia para depositarlos en una bóveda de la catedral, se incitó al pueblo a violar el sepulcro de Cortés, a quemar sus huesos y echar sus cenizas al viento. Al enterarse, el joven Lucas Alamán rescató los restos y los escondió en un lugar seguro. Años más tarde, Alamán se convertiría en el fundador del Partido Conservador y escribiría dos obras históricas célebres sobre la historia mexicana desde la Conquista. «México —apuntaría Alamán— es un país en que todo cuanto existe trae su origen en aquella prodigiosa conquista […] La Conquista es el medio con que se estableció la civilización y la religión en este país, y don Hernando Cortés fue el hombre extraordinario que la Providencia destinó para cumplir estos objetos.»

Curiosamente, el adversario liberal de Alamán, José María Luis Mora, no tenía ideas muy distintas sobre el conquistador: «El nombre de México está íntimamente enlazado con la memoria de Hernán Cortés, mientras él exista no podrá perecer aquélla». Ambos ­compartirían la visión del historiador norteamericano William H. Prescott, que hacia 1843 había publicado, con inmenso éxito, su History of the Conquest of Mexico. Si bien desechaba el elemento providencial en la Conquista, Prescott introducía el argumento de la superioridad de una civilización sobre otra: «Las viciosas instituciones de los aztecas ofrecían la mejor apología para su conquista […] las naciones bárbaras viven necesariamente de una manera más confusa que el hombre civilizado».

La querella entre quienes siguiendo a Alamán buscaban la preservación del legado cultural, religioso y político de Nueva España, y quienes atacándolo proponían romper con el pasado y adopta

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