La ambición también es dulce

Marisa Lazo

Fragmento

La ambición también es dulce

   

Introducción

Se lo debo a mi pasión,
a la insistencia de una amiga
y a un pay de pera
con almendras

Solo hay dos maneras de vivir tu vida.

Una de ellas es como si nada fuera un milagro.

La otra es como si todo fuera un milagro.

Albert Einstein

Desde que tengo uso de razón, recuerdo haber sido una dulcera de hueso colorado. Siempre he sido una verdadera aficionada a los chocolates y a los dulces, a tal grado que todo el dinero que caía en mis manos me lo gastaba en el pequeño negocio de doña Lupe, la dueña de la tiendita de la esquina de casa de mis papás. Mi mamá, por supuesto, me tenía prohibido comer tantas golosinas, por lo que en muchas ocasiones tenía que esconderme para seguir disfrutándolas.

Una tarde, cuando tenía como 12 años, me subí con mi prima Ana al techo de asbesto de un cuartito que había en nuestro jardín, donde se encontraba un baño en el que guardaban tiliches y herramientas. Felices, llevábamos una bolsa llena de Pulparindos, mazapanes y chocolates Tin Larín. El techo no soportó nuestro peso y las dos caímos estrepitosamente dentro del baño sufriendo múltiples heridas. Ambas terminamos en el hospital, y yo salí con dos cosas: una herida suturada con 15 puntadas y un fuerte regaño por ser la organizadora del picnic que terminó en tragedia. Además, estuve castigada por varias semanas sin poder comprar ni un solo dulce, me habían castigado con lo que más me dolía. ¿Cómo iba a sobrevivir sin mis galletas de chocolate favoritas todo ese tiempo? No me iba a quedar con los brazos cruzados, tenía que hacer algo al respecto, así que decidí preparar mis propias galletas. Fue así como cociné mis primeros polvorones de nuez (una receta sencilla, de solo cuatro ingredientes, misma que hoy en día utilizamos para nuestros famosos polvorones y que comparto al final del libro). Ahí descubrí una gran pasión, aún más grande que comer deliciosos postres: prepararlos, sin saber que esa pasión iba a definir el rumbo de mi vida.

Los polvorones fueron todo un éxito, a mis hermanos les gustaron mucho, se los acabaron en cuestión de minutos. Desde ese día invariablemente cuando probaba algún postre rico en casa de alguna de mis amigas pedía la receta (es triste pero ¡hoy en día nadie me comparte una receta, jaja!). Con el tiempo fui llenando mi recetario y disfrutaba mucho de hornear pasteles y galletas para cualquier ocasión, incluso para comérmelos yo sola.

Siendo muy honesta, no hay nada que me guste más que comer galletas, pasteles y chocolates. Me gustan sobre todo los pasteles que tienen mucho chocolate, cuya consistencia es espesa, tipo brownie, o las galletas rellenas de dulce de leche que al morderlas se desbordan por tener mucho relleno; también me encantan las galletas de mantequilla rellenas de mermelada, esas que se desbaratan en cuanto las muerdes. ¡Por eso soy la más feliz todos los días yendo a trabajar! No hay un domingo que piense “¡qué flojera, no quiero que sea lunes!” ¡Para nada! Me siento igual de feliz trabajando que en mis vacaciones. Literal.

Ya estando casada, cuando había una reunión de amigos o familiares siempre me ofrecía para llevar el postre. De esta manera la gente cercana fue conociendo mis especialidades y no dudaban en pedirme que llevara tal o cual postre para disfrutar en la reunión, siendo los de chocolate los más aplaudidos. Me emocionaba ver sus caras de satisfacción al probarlos. Pensar que con algo que yo había preparado podía hacerlos felices me llenaba el alma. A decir verdad, no sabía en qué terminaría todo esto que tanto me apasionaba, pero sí sabía que yo era la más feliz horneando y pasando horas preparando nuevas recetas.

Así llegó el día en agosto de 1992 en que una amiga, que se distinguía por ser detallista y espléndida, me pidió que le vendiera un pay de pera con almendras, pensaba regalárselo a una señora que le había hecho un gran favor. Traté de convencerla de hacerlo sin costo alguno, pues para mí era un gusto hornear, pero a ella no le parecía correcto saludar con sombrero ajeno. Finalmente me convenció, se lo vendí calculando el costo de los ingredientes y una ganancia. A la señora que se lo regaló le encantó, por lo que al siguiente viernes me marcó para expresarme con gran emoción cuánto le había gustado y me mandó a hacer dos pays más para el fin de semana. ¡Me sentía la más feliz! Me pagarían por hacer lo que más me gustaba y, además, podía sacarles una sonrisa a todos los que los probarían, ¡maravilloso! A partir de ese día empezaron mis pedidos entre amigos y familiares, quienes a su vez recomendaban mis productos entre sus conocidos y así fue como la demanda fue creciendo día con día.

En ese momento mis hijas tenían uno y dos años, por lo que dividía mi tiempo entre mi rol de madre y la repostería, mi pasión, dando lo mejor de mí para cumplir con tan importantes misiones a la perfección. Esos primeros años fueron relativamente sencillos porque tenía en un mismo lugar a mi familia y mi pequeño negocio. Recuerdo ir corriendo de un lado al otro, al mercado a comprar los ingredientes, luego entregando pedidos en algunos restaurantes y cafeterías y regresando más tarde a cobrar las notas de crédito. Por lo general me llevaba a mis hijas conmigo para de esta manera estar juntas y aprovechar más el tiempo.

En un inicio horneaba los pasteles y las galletas en mi cocina, con una batidora pequeña verde, marca Osterizer, ¡la recuerdo perfecto! Mis primeros ahorros se fueron directo a comprar una batidora más grande. Poco después compré un horno de cinco charolas que instalé en la cochera de mi casa. Llegué a tener hasta tres hornos, más refrigeradores y congeladores regados por toda la casa. Durante cinco años estuve trabajando así, desde la comodidad de mi hogar, produciendo solo sobre pedido y mis clientes recogiendo sus postres en mi cochera.

El éxito fue tal, que llegó un momento en el que ahí ya no cabía, entre hornos, batidoras y refrigeradores, así que en 1997 decidí abrir mi primer punto de venta. Fue un gran paso que di con toda la ilusión del mundo, segura de que me iría muy bien (siempre he sido extremadamente positiva), y le puse por nombre Marisa, porque mis clientes así conocían mis productos: la rosca de chocolate de Marisa, las galletas de avena de Marisa, etcétera. Uno de los recuerdos más lindos que conservo es cuando vi mi marca pintada en el toldo del local. No cabía de orgullo y emoción. En ese entonces no tenía dinero para mandar a hacer un logo con algún diseñador profesional. Sin embargo, para mi gran suerte, José, el instalador del toldo, se ofreció a dibujarme un logo argumentando que él era bueno en esas cosas. Acepté su propuesta muy agradecida y así abrí mi primer local con su diseño no solo en la fachada, sino también en los empaques y en la papelería.

Esa primera versión la recuerdo con mucho cariño. Era un diseño simple y básico, tenía los mismos colores beige y café de la mayoría de las marcas de panaderías y esta

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos