Estados Unidos de Japón

Peter Tieryas

Fragmento

Creditos

Título original: United States of Japan 

Traducción: José Heisenberg 

1.ª edición: diciembre 2016 

© Ediciones B, S. A., 2016 

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-601-9 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. 

Contents
Contenido
Dedicatoria
Centro de reubicación bélica núm. 51 - 1 de julio de 1948 - 8.15
Sur de San José - 2 de julio de 1948 - 12.13
Los Ángeles - 4 de julio de 1948 - 10.23
CUARENTA AÑOS DESPUÉS
Los Ángeles - 30 de junio de 1988 - 0.09
2.12
8.39
9.38
10.15
11.31
12.11
12.54
18.12
20.37
23.41
Los Ángeles - 1 de julio de 1988 - 1.36
2.08
2.45
3.12
3.41
4.21
4.52
5.32
12.15
12.55
22.55
DIEZ AÑOS ANTES
San Diego - 2 de julio de 1978 - 8.05
10.08
11.25
12.43
14.31
15.16
19.34
21.12
11.41
PRESENTE
Los Ángeles - 3 de julio de 1988 - 2.43
4.02
4.59
5.43
6.02
7.44
7.52
9.16
9.42
11.13
18.49
20.22
23.43
Isla de Catalina - 4 de julio de 1988 - 0.18
10.11
12.12
13.45
14.37
15.14
17.53
18.39
20.46
Norte de San Diego - 5 de julio de 1988 - 5.23
VEINTIOCHO AÑOS ANTES
Los Ángeles - 6 de julio de 1960 - 16.12
Agradecimientos
japon

Dedicado a los dos Phils que me cambiaron la vida: Phil K. Dick, por haber avivado la imaginación de mi juventud, y Phil Jourdan, por haber creído en mí.

japon-1

Centro de reubicación bélica núm. 51

1 de julio de 1948

8.15

Hubo varias señales que anunciaron la muerte de los Estados Unidos de América. Ruth Ishimura, de veinte años de edad y encarcelada a cientos de kilómetros en un campo de reubicación para americanos de ascendencia japonesa, no tenía ni idea. El campo constaba de barracones destartalados, garitas de construcción barata y una alambrada de espino que marcaba el perímetro. Casi todo estaba cubierto de una gruesa capa de polvo; a Ruth le costaba respirar. Compartía dormitorio con once mujeres más; dos de ellas estaban consolando a Kimiko, otra reclusa.

—Siempre lo sueltan —le decían sus compañeras.

Kimiko estaba angustiada, con los ojos hinchados por el llanto y la garganta congestionada de flemas y tierra.

—La última vez, a Bernard le dieron tal paliza que pasó un mes sin poder andar. —El único pecado de Bernard era haber pasado cuatro semanas en Japón, ocho años atrás, por motivos de trabajo. A pesar de su profunda lealtad hacia los Estados Unidos de América, se encontraba bajo sospecha.

El camastro de Ruth estaba hecho un desastre, con partituras desperdigadas por las mantas del Ejército. El violín, con dos cuerdas rotas y otra tan desgastada que amenazaba con ceder de un momento a otro, descansaba junto a las partituras ajadas de Strauss y Vivaldi. Habían fabricado la mesa, las sillas, incluso las estanterías, con cajas rotas, cajones desmontados y cualquier desecho que pudieran encontrar. Los suelos de madera estaban cubiertos de polvo, a pesar de que los barrían todas las mañanas, y había que tener cuidado de no tropezar en las grietas. La estufa de aceite apestaba por el uso excesivo, y Ruth desearía tener algo que calentase más en las gélidas noches. Miró a Kimiko cuando los sollozos se intensificaron.

—Es la primera vez que lo retienen toda la noche —le dijo—. Siempre, siempre lo sueltan.

Ruth observó la expresión de desaliento de las dos mujeres que acompañaban a Kimiko. Por lo general, una noche de retención significaba lo peor. Estornudó; notaba algo atascado en la garganta. Se golpeó las costillas con la parte plana del puño, con la esperanza de desobstruirse los pulmones. A primera hora de la mañana ya empezaba a hacer calor; las temperaturas extremas eran habituales en aquella zona del desierto. Tenía el cuello perlado de sudor. Miró la fotografía de Kimiko de joven, una atractiva muchacha que había crecido como heredera de lo que otrora fue una fortuna.

—¡Ruth! ¡Ruth! —gritó desde fuera Ezekiel Song, su prometido, e irrumpió en el barracón—. ¡Se han ido todos los guardias! —exclamó al entrar.

—¿De qué hablas? —preguntó Ruth mientras le sacudía el polvo del pelo.

—Los americanos se han ido. Nadie los ha visto en toda la mañana. Los viejos dicen que los vieron marcharse.

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