Gatopardismo mexicano

Juan Antonio Cepeda

Fragmento

Título

Introducción

convéngase que la emoción histórica es parte de la
vida actual, y, sin su fulgor, nuestros valles y nuestras
montañas serían como un teatro sin luz.

ALFONSO REYES

Sueño con un país donde el combate a la corrupción sea una política pública real, sin simulaciones. Quiero aspirar a que en el corto plazo contemos con un verdadero Estado de derecho en el que la rendición de cuentas sea una práctica cotidiana y una razón de ser de la vida pública, pero reconozco también que los orígenes de la corrupción en México son históricos, culturales, racionales, económicos, jurídicos e, incluso, circunstanciales y azarosos en algún punto. Aun así, no deberíamos estar condenados a padecerla.

El gatopardismo es el obstáculo más urgente de derribar. Mientras el ejercicio del poder utilice la noción de cambio como una mera simulación, mientras todo cambie para que no cambie nada, el poder seguirá usufructuando a sus anchas de los recursos públicos para beneficio privado. Desde la Colonia y las tropelías de Hernán Cortés hasta nuestros muy aciagos días de casas blancas, estafas maestras, señores de las ligas y presidentes impresentables, pasando por numerosos revolucionarios y un tanto más de contrarrevolucionarios truhanes y rufianes, nuestra cultura mestiza ha preferido el gatopardismo a una transformación genuina.

Cuando hablamos de corrupción, en el momento en que nos detenemos a pensar y repensar los mecanismos y las tecnologías para combatirla, es muy probable que después de llevar a cabo un diagnóstico más o menos formal, más o menos acucioso, más o menos académico o intuitivo, determinemos cuando menos tres estrategias generales para combatirla: la construcción de instituciones y leyes, la prédica con el ejemplo y el diseño e implementación de un sistema de valores éticos y morales. En cualquiera de los tres casos, o con una combinación de ellos, todos en mayor o menor medida estaríamos de acuerdo en que serían los más factibles. Quizá en los detalles y en las especificidades podríamos debatir, podríamos convenir que una u otra regla, uno u otro ejemplo es mejor. Pero, a grandes rasgos, coincidiríamos en estos tres pilares enmarcados en un contexto de democracia. La guerra contra la corrupción puede ser tan sofisticada como nuestra creatividad y conocimiento nos lo permitan. Sin embargo, ningún sistema anticorrupción resiste la simulación. Peor aún, es incapaz sustancialmente de resistir el gatopardismo. Quisiera pensar que no hay más que poner límites al poder desde los mecanismos de la democracia para finiquitar de una vez por todas el lastre de la corrupción, que ha impedido a México crecer en todos los sentidos posibles. Confieso que me gustaría, pero no es suficiente. La enfermedad que vive México a causa de la corrupción es tan compleja que las recetas se quedan cortas.

En este libro me adentraré en el fenómeno de que todo puede cambiar para que no cambie nada. El gatopardismo mexicano ha impedido erigir un régimen político bajo los pilares correctos.

En La hora de la estrella, la grandiosa escritora brasileña Clarice Lispector escribe que, mientras tenga preguntas y no respuestas, seguirá escribiendo. Esa es la motivación principal de esta pesquisa. Confieso, con un poco de tranquilidad y enorme conciencia de causa, que en el tema de la corrupción existen más preguntas que respuestas.

Hace más de dos milenios que el término ha sido materia de reflexión, estudio y especulación de filósofos y científicos, de políticos e historiadores; sin embargo, el siglo XIX confirma que el esfuerzo es insuficiente: para confinar a la muerte a este flagelo hay que seguir haciendo preguntas porque las respuestas se quedan cortas. Combatir la corrupción es un asunto que requiere creatividad, innovación, reflexión formal y rigurosa e imaginación. Nuestro gatopardismo en lo que respecta a la corrupción se alimenta de la dificultad para entender el fenómeno, diagnosticarlo adecuadamente, medirlo, evidenciarlo, implementar las políticas públicas correctas, medir su impacto y desempeño, volver a hacer el diagnóstico, corregir las falencias y potenciar las virtudes, y así sucesivamente hasta lograr un algoritmo exitoso.

El propósito intelectual de este libro es reconstruir el rompecabezas histórico, social, político y cultural de la corrupción en México para mostrar cómo hemos sido proclives a mantener la corrupción y a que se manifieste de tanto en tanto una suerte de gatopardismo en el que los grupos de poder en oposición buscan cambiar el statu quo para instaurarse en el gobierno, pero, paradójicamente, sin cambiar nada en realidad.

IDEAS PARA GUARDAR EN EL BOLSILLO MIENTRAS ESCRIBO EL LIBRO, MIENTRAS USTED LO LEE

La corrupción en México es un fenómeno que no permite reducirse a simplezas. No somos corruptos solo por una fatalidad cultural. La corrupción no es el resultado del neoliberalismo de los últimos 30 años. La corrupción no se elimina por decreto. No traemos en el ADN un gen corrupto. A la corrupción la cruzan varias dimensiones que de alguna u otra manera la explican. Es una práctica racional que maximiza beneficios económicos; es una maña cultural que nos promete más que la honestidad; es un problema atávico que tiene siglos echando raíces; es una identidad lingüística que seguimos porque es sabiduría popular; es el corolario de leyes torcidas que privatizan el poder y recursos públicos. La corrupción está conformada también de usos y costumbres. Es un fenómeno social, cultural, económico, político y legal, pero con un origen en común: no nos pertenece por antonomasia, es una imposición, a veces consciente y a veces inconsciente, por parte del Estado. De cierta manera, estamos secuestrados por un Estado corrupto y sus tecnologías de poder. Esta condición que nos viene de fuera y se nos incorpora a través del placer o el dolor no significa eximirnos de la responsabilidad de nuestros actos de corrupción, sino que debería alertarnos del monstruo al que enfrentamos. No se trata de la voluntad del líder o la personal sin más para derrotar el flagelo. Requerimos un sistema integral, coordinado, colectivo, que haga frente al Estado.

Cuando se habla de la corrupción en México estamos frente a un problema común a todos que requiere ser referido en primera persona del plural. Nuestra corrupción. Aquella que nos envuelve a través de la imposición o del placer. A veces nos obligan a pagar un soborno contra nuestra voluntad. A veces lo hacemos mientras nos sentimos triunfadores. Así oscila nuestra corrupción, siempre como una opción, en muchas ocasiones como la primera y más obvia de las alternativas.

Me parece imprescindible, al abordar esta problemática, dejar de hablar de la corrupción de los mexicanos, como si nos exculpáramos de ella, como si nos fuera ajena. Dejemos de hablar de ella como el tropiezo ajeno. Pareciera que uno siempre está exento, porque es pulcro y honesto: la suciedad de allá fuera no me mancha, por eso estoy en condición de criti

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